El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 15 · Lo que dijo
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Capítulo 15 · Lo que dijo

Lo que dijo

La habitación de enfrente era una de las cuatro camas de la sala de mujeres, la que estaba más cerca de la ventana, y le pusieron sábanas encima del somier desnudo porque no había colchón y no había tiempo de traerlo.

Teresa cerró la puerta con Alma fuera.

—Usted ahí no hace falta.

Se quedó en el corredor.

Nieves pasó dos veces con sábanas. Rosario pasó cuatro con jarras.

Bedia bajó al recibidor a escribir y volvió a subir.

Gabriel llegó a las siete menos cuarto, se paró delante de la puerta cerrada, no llamó, y se sentó en el suelo del corredor con la espalda en la pared, que era lo mismo que había hecho el día anterior en el rellano.

A las siete y cinco Rosario salió con una jarra vacía y se apoyó en la pared del corredor, y allí se quedó con la jarra colgando de la mano.

—Habla —dijo.

—¿Qué ha dicho?

—Se lo ha preguntado la señora. Que qué ha pasado.

—¿Y?

Rosario se puso a mirar la jarra.

—Ha dicho que dio más fría. Eso primero. Que dio más fría y que no cambió. —Lo dijo despacio, buscándolo—. Y luego que se volvió y que perdió el volante.

—¿Eso ha dicho? ¿Con esas palabras?

—Con esas y con más aire entre unas y otras.

—¿Se volvió cómo?

—No lo ha dicho. Ha dicho me volví. —Rosario levantó la vista—. ¿Y eso qué quiere decir?

—Que no cerró.

—¿Y por qué no cerró?

—No lo sé.

Rosario se fue con la jarra hacia el fondo del corredor y Alma se quedó donde estaba y no escribió nada todavía, porque no tenía dónde apoyarse y porque lo que acababa de oír no lo había oído ella.

A las siete y cuarto Rosario volvió y a Alma se le ocurrió lo único que se le podía ocurrir.

—Yo le subo el agua.

—Es del grifo del fondo. Está lejos.

—Por eso.

Volvió con dos jarras llenas y Rosario le abrió la puerta y Teresa no estaba dentro.

Baeza estaba tapado hasta el pecho con una sábana y con la toalla de las iniciales debajo de la nuca.

Tenía los ojos cerrados y no apretados. Las manos se las habían dejado fuera, encima de la sábana, separadas del cuerpo, con las palmas hacia arriba y sin tocar nada, y era la única postura de todo aquello que parecía elegida.

Alma dejó las jarras en el suelo, junto a la cabecera, y se puso de rodillas para no hacer ruido.

—Soy la señorita Vega.

Baeza movió la cabeza medio dedo hacia donde estaba la voz.

—La fotógrafa.

Lo dijo con una voz que no era la suya, más baja y más corta de aire, pero lo dijo entero.

—Sí.

—Lo encontré.

Alma se quedó muy quieta.

—¿El qué, don Ramón?

—El volante. —Tragó y tardó en volver a empezar—. Lo encontré. No acabé.

—¿No acabó de cerrar?

—No acabé. —Y después de un rato—: Probé la anilla.

Rosario, desde los pies de la cama, asintió, como se le da la razón a un enfermo.

Alma sacó el cuaderno del bolsillo y el lápiz, apoyó el cuaderno en la rodilla y escribió las tres frases tal como habían salido, con las pausas marcadas con rayas, y encima la hora: siete y veinte, aproximada, reloj de Bedia. Y al lado, entre paréntesis, quién estaba delante.

—¿Quiere agua?

Baeza no contestó.

Teresa entró a las siete y media con una botella de aceite y un paño, vio a Alma de rodillas con el cuaderno y no abrió la boca en ese momento.

Se puso al otro lado de la cama.

—Don Ramón. Soy Teresa. ¿Me oye?

—Sí.

—¿Quiere que le suba la almohada?

—No.

Estuvo un rato sin decir nada, con el pecho trabajando.

Después dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada:

—Leonor Valcárcel.

Teresa dejó el paño encima de la mesilla.

—Don Ramón, descanse.

—Octubre. —El aire se le fue y volvió—. Puse cardíaco.

—Don Ramón.

—Lo puse yo.

Desde la puerta, Rosario dijo:

—¿Quién?

—Vete a por agua fría —dijo Teresa.

—Si acaba de subir la señorita...

—Vete a por agua fría.

Rosario se fue.

Alma seguía de rodillas con el lápiz en el papel, y lo que había escrito eran dos líneas: el nombre, con las dos palabras separadas y la uve bien hecha, y debajo octubre. Puse cardíaco.

—Deje eso —dijo Teresa.

—No.

—Le he dicho que lo deje.

—Y yo le he dicho que no. —Alma no levantó la voz y no alzó la vista—.

Es un nombre y un mes. Dentro de tres horas va a entrar en esta casa un juzgado y le va a preguntar a usted qué ha dicho este hombre, y usted va a contestar de memoria y yo también, y las dos nos vamos a equivocar, porque de memoria se equivoca todo el mundo.

Yo prefiero equivocarme por escrito y con la hora puesta.

—Está usted aprovechándose de un moribundo.

—Estoy apuntando lo que dice un testigo.

Teresa se enderezó al otro lado de la cama.

—¿Testigo de qué?

Alma no contestó, porque no lo sabía, y porque decirlo habría sido inventárselo.

Cerró el cuaderno con el lápiz dentro y se lo guardó.

—¿Le traigo más agua?

—No hace falta.

—Se la traigo.

A las ocho menos cuarto, Baeza pidió que no le dejaran solo. Lo pidió dos veces, y la segunda ya con dificultad, y pidió aire, y Teresa mandó abrir la ventana aunque hacía frío y Nieves la abrió del todo.

Después dejó de decir frases.

Lo que vino luego no fue silencio. Fue la voz volviéndose otra cosa: primero ronca, después con un ruido al tomar aire que no estaba antes, un ruido alto y fino que se oía desde el corredor con la puerta entornada.

Teresa se quedó dentro.

A partir de las ocho, cada cuarto de hora, alguien abría la puerta y volvía a cerrarla.

Alma se sentó en el corredor, en el suelo, a dos metros de Gabriel, porque no había sillas y porque estar de pie tres horas no lo aguanta nadie.

Sacó el cuaderno y puso en limpio lo de toda la mañana, en una página nueva y con un orden que no se había inventado ella sino que le habían enseñado para inventariar daños.

Arriba, la fecha.

Después, una columna estrecha para la hora y una ancha para el hecho, y a cada renglón, al final, entre paréntesis, de dónde le venía.

06:30 aprox. Entra en la ducha. (Rutina conocida. Él mismo, día 2.)

06:32 aprox. R. lo oye desde el corredor. Una vez. No una palabra. (R., a Bedia, delante de mí.)

Sin hora. R. abre la puerta del cuarto. Cilindro cerrado, agua cayendo. Lo llama dos veces. Sale a buscar a E. (R.)

Sin hora. E. corta el mando exterior. Después suelta la anilla con la palanca. (Visto por mí.)

Ocho minutos según los declarantes. (Bedia lo apunta así.)

06:45 aprox. Sale por su pie sujetado por E. y R. Ojos cerrados. Habla con la garganta. (Visto por mí.)

Estado de los mandos al abrirse: volante interior girado hacia la fría y no cerrado. Rayas frescas en el borde del alojamiento de la anilla. (Visto por mí, sin tocar. Bedia me manda salir.)

07:05 aprox. «Di más fría. No cambió. Me volví y perdí el volante.» (No lo he oído yo. Me lo repite R. en el corredor a las 07:05. Delante estaban la señora y R.)

07:20 aprox. «Lo encontré. No acabé. Probé la anilla.» (Oído por mí. Delante, R.)

07:35 aprox. «Leonor Valcárcel. Octubre. Puse cardíaco. Lo puse yo.» (Oído por mí. Delante, la señora. R. en la puerta oye el nombre y pregunta quién.)

07:45 aprox. Pide que no le dejen solo. Pide aire. Dos veces. (Oído desde el corredor.)

Lo leyó entero dos veces y le puso un renglón al pie:

Las horas son aproximadas y proceden del reloj de Bedia, que es el único que hay en esta ala. Lo que no he oído yo va marcado. No he tocado nada.

Después cerró el cuaderno y se lo puso debajo del muslo, sentada encima, que era la única caja fuerte que tenía.

Clara apareció en el corredor a las ocho y media. Se quedó de pie al fondo, sin acercarse a la puerta, con el abrigo puesto, y estuvo allí veinte minutos y se fue sin haber hablado con nadie.

Ramiro no subió en toda la mañana.

Gabriel habló una sola vez en todo ese rato.

—Ayer mi padre y hoy él.

—Sí.

—¿Usted ha visto morir a alguien?

—A mi madre.

—¿Y cuánto tardó?

—Once días.

Gabriel asintió y no preguntó más, y Alma le agradeció que no preguntara más.

Al rato dijo otra cosa.

—Ayer le dije a usted que el paño de la galería era del ochenta y seis.

—Me lo dijo.

—Lo puso mi padre el año en que abrió esto. —Tenía la cabeza apoyada en la pared y hablaba hacia el techo—. Yo tenía cuatro años. Me acuerdo del andamio y no me acuerdo de mi madre, que se murió tres años después. Uno se acuerda de lo que le dejan ver.

Alma no dijo nada a eso.

Gabriel estuvo un rato callado y después dijo, con otro tono:

—Cuando venga el juez va a preguntar quién estaba dónde.

—Sí.

—Yo estaba en mi cuarto las dos noches y no me ha visto nadie.

—A mí tampoco.

—Ya. —Se pasó las manos por la cara—. Por eso se lo digo.

A las ocho y media Bedia bajó al portón a mirar la calzada y volvió diciendo que faltaba una hora larga.

A las nueve menos cuarto, Nieves le llevó a Alma un tazón de café al corredor sin que se lo pidiera, y Alma se lo bebió entero de pie.

El ruido de dentro se fue haciendo más espaciado.

Alma lo notó porque llevaba una hora contando sin darse cuenta, del modo en que se cuentan las cosas que se repiten, y en algún momento entre una cosa y otra se dio cuenta de que estaba contando y dejó de hacerlo.

A eso de las nueve, Teresa mandó salir a Rosario.

Nadie volvió a entrar durante un rato.

Cuando Teresa abrió la puerta, no dijo nada. Se quedó en el vano con el paño en la mano y esperó a que la miraran.

Gabriel se levantó del suelo.

Bedia subió del recibidor con la carpeta y se quitó la gorra en el umbral, y desde allí, sin entrar, preguntó la hora, y como el único reloj seguía siendo el suyo, lo miró él y lo apuntó él.

—Yo no puedo certificar nada —dijo—. Que no le toque nadie hasta que venga el forense.

—Es el médico de esta casa —dijo Nieves.

—Y por eso mismo.

Nieves se echó a llorar en el corredor, de pie, sin taparse la cara, y Rosario se la llevó a la cocina cogida por el codo.

Al pasar por delante de Alma, Rosario se paró.

—Señorita.

—Dígame.

—Lo del nombre. —Tenía la voz entera y la cara no—. Yo lo oí desde la puerta y no oí lo demás. Oí el nombre y oí una palabra más y no sé cuál era.

—Ya.

—¿Usted lo oyó?

—Yo lo oí entero.

Rosario asintió despacio, como quien coloca una cosa en el sitio que le corresponde y se queda tranquila de haberla colocado.

—Pues eso —dijo—. Que lo oyó usted y yo no, y que yo voy a decir lo que oí y nada más.

Y se llevó a Nieves a la cocina.

Teresa salió de la habitación y cerró la puerta detrás de ella. Llevaba el paño todavía en la mano y lo dobló en cuatro mientras hablaba.

—Nieves, la sala grande sin tocar. Rosario, no se abre ninguna ventana más. El desayuno se sirve a las diez como todos los días.

—¿Hoy también? —dijo Rosario desde el pasillo.

—Hoy también. Van a entrar seis hombres en esta casa y no se van a encontrar la cocina apagada.

Bedia esperó a que terminara.

—Señora, cuando venga el juzgado le van a preguntar qué ha dicho el difunto esta mañana.

—Ya lo sé.

—Yo tengo que apuntar ahora lo que usted me diga, y después usted lo repetirá delante del juez. Cuanto más se parezcan las dos cosas, mejor para todos.

Teresa no tardó nada.

—Ha dicho que el agua salía demasiado caliente y que dio más fría y que no le hizo efecto. Y ha pedido aire tres o cuatro veces.

Bedia escribió.

—¿Algo más?

—Estaba muy fatigado. No se le entendía bien.

—¿Nada más?

—Nada más.

Alma estaba a cuatro pasos, en el corredor, con el cuaderno en la mano.

No dijo nada.

Lo que hizo fue mirar a Bedia, que escribía, y a Teresa, que esperaba a que terminara de escribir, y comprobar que en la libreta de aquel hombre acababa de entrar una mañana entera sin un nombre de mujer dentro.

Bedia cerró la carpeta.

—Gracias, señora.

Antes de bajar pasó por delante de la puerta, que Teresa había vuelto a cerrar.

Al fondo del corredor, en la última puerta, la de enfrente de la botica, estaba la consulta, y la consulta estaba abierta porque nadie había vuelto a cerrarla desde el martes.

Alma se quedó en el umbral sin entrar.

Los cuadernos de hule seguían en la estantería, apretados unos contra otros de un extremo al otro, sin un hueco, con los números en los lomos y con la misma letra por fuera desde el ochenta y seis.

Todos los días que había trabajado en aquella casa estaban ahí dentro. Se lo había dicho él mismo tres días antes, con la mano encima, muy contento.

Alma pensó que aquello lo iba a leer alguien mucho antes de lo que él había calculado, y no supo qué hacer con lo que sintió al pensarlo, porque no era pena y tampoco era lo contrario.

Cerró la puerta de la consulta y bajó al portón sin decírselo a nadie.

Estuvo un rato de pie en el arranque de la calzada, con el aire de la mañana y el cuaderno debajo del brazo, mirando el agua.

La piedra empezó a asomar por el tramo de tierra firme sucia de alga, en dos o tres sillares sueltos que aparecieron y volvieron a taparse y aparecieron otra vez. La junta clara del pretil quedó a la vista poco después.

A las nueve y treinta y cinco la Pasada estaba practicable de un extremo al otro, y desde el portón se veía entero el camino por el que podía venir cualquiera.

La calzada se había tapado a la una y cuarenta de la madrugada. Desde esa hora hasta esa otra, aquella isla no había tenido salida ni entrada, y todo lo que había pasado dentro había pasado con la puerta cerrada.

Bajó al cuarto oscuro a dejar el material y se quedó un momento delante del clavo de la puerta.

Del clavo colgaba el mandil de hule de la casa, el que le habían dado a ella el primer día y que llevaba usando toda la semana. Alma lo descolgó y lo puso encima de la mesa, y le dio la vuelta, y miró las bocamangas.

Estaban cogidas por dentro con dos pespuntes a mano, para acortarlas, con hilo pardo y puntada grande.

Se lo puso, se subió la manga y midió: entre el pespunte y la muñeca le sobraba el ancho de un dedo.

Se lo quitó, lo colgó otra vez en el clavo y subió a acostarse, y no lo apuntó.