Capítulo 14 · Ocho minutos
Ocho minutos
Alma llevaba despierta desde las cinco y no se había levantado, porque levantarse significaba bajar y abajo no tenía nada que hacer hasta que llegara el juzgado.
Oyó a Elpidio con el carbón, que era el ruido que ya le marcaba el principio de los días en aquella casa: los pasos del corredor de servicio, la puerta y el carbón cayendo en el cajón de hierro, primero una cesta y al rato la segunda.
Oyó, un poco después, a Rosario abriendo contraventanas en el piso de abajo, una por una, con ese ruido de gozne que hace cada una la suya.
Oyó a Bedia toser en el recibidor, dos veces, con la tos de un hombre que ha dormido sentado.
Y se estuvo quieta en la cama repasando una raya.
Era eso lo que llevaba haciendo desde las cinco.
Una raya horizontal, continua, a la altura de la rodilla en un paño de enlucido pintado al aceite, que estaba en dos negativos tomados con distinto diafragma y que no estaba en la pared cuando ella la tocó con la mano.
Le había dado vueltas toda la noche por el lado que sabía, que era el del material, y por ese lado no salía: un esmalte mate no se marca solo, y si se marca se marca en toda la altura y no en una línea, y una línea recta y continua de dos metros no la hace nada que caiga ni nada que salpique.
Una línea así la deja algo que se queda quieto a esa altura el tiempo suficiente.
Lo único que se queda quieto a una altura y deja una raya es un líquido, y esa palabra la había tenido delante toda la noche y la había apartado tres veces, porque una habitación con agua hasta la rodilla no deja el gres seco, ni las macetas secas, ni el cenicero seco, ni un cerco de humedad del tamaño exacto de un cuerpo y ni un dedo más.
No tenía ni idea de qué.
A las seis y veinte se vistió, por hacer algo.
A las seis y media estaba en el pasillo del primer piso con el cuaderno en la mano y el propósito de bajar a la cocina a que le dieran un café.
Lo que oyó no fue un grito.
Fue una carrera.
Alguien cruzó el paso de los dos escalones corriendo, y una persona que corre por una casa de piedra a las seis y media de la mañana suena de una manera que no suena ninguna otra cosa.
Después una puerta contra una pared. Después una voz de mujer llamando a alguien por su nombre, dos veces, cada vez más lejos.
Alma bajó.
En el recibidor, Bedia se estaba levantando de la silla con el capote resbalándosele de las rodillas.
—¿Qué pasa?
—No lo sé.
Cruzó el paso de los dos escalones y entró en el corredor del ala oeste, y a los tres pasos lo oyó.
Era el agua.
Venía del fondo del corredor, de detrás de la puerta cerrada del cuarterón de zinc, y era un ruido que Alma conocía porque se lo habían enseñado tres días antes con el brazo dentro: no el de un chorro, el de una lluvia muy fuerte encima de una chapa.
No se interrumpía.
Echó a correr.
El corredor del ala oeste es largo. Es de baldosa de gres en espiga con media caña en los encuentros y con un sumidero cada cuatro o cinco metros, y está en pendiente hacia los sumideros, y por eso, cuando Alma llevaba recorrida la mitad, empezó a pisar agua.
Poca. Una lámina. La que sale por debajo de una puerta cuando dentro se está desaguando más de lo que se puede tragar.
Estaba caliente.
Lo notó por los pies antes que por la cabeza, y lo que hizo fue seguir corriendo, y a los dos pasos siguientes ya tenía la falda mojada por el bajo y pesándole, y a los dos siguientes se la recogió con la mano libre.
Y durante todo ese trozo de corredor, que no eran ni treinta metros, el agua no dejó de sonar ni un segundo detrás de aquella puerta. Sonaba igual que a las seis y media del martes con el brazo de un hombre dentro explicando lo que costaba una envoltura. Sonaba como si no estuviera pasando nada.
Rosario venía de frente, desde el otro extremo, corriendo, con Elpidio detrás.
—¡Ahí!
Elpidio no dijo nada. Llegó a la puerta, la abrió de una patada con la mano que le quedaba libre y entró, y Alma entró detrás de él.
Dentro no se veía casi. El vapor había subido hasta la bóveda y bajaba otra vez por las paredes, y la única luz era la del ventanuco alto, que a esa hora de octubre es la luz de antes de que amanezca.
El cilindro estaba cerrado.
De la camisa niquelada salía vapor por todo el borde de arriba y por las juntas de la hoja curva, y de la corona de dentro seguía cayendo agua sobre la chapa con el ruido de siempre.
En el banco de la entrada estaban la ropa de Baeza doblada en tres, sus zapatos debajo, con el calzador encima, y una toalla blanca.
—¡Don Ramón! —gritó Rosario desde la puerta.
De dentro del cilindro salió un sonido. No una palabra.
Elpidio fue al mando de la pared en línea recta, sin mirar nada más, cogió el volante grande con las dos manos y lo giró.
Hacen falta dos vueltas y media.
Alma las contó sin querer contarlas, de pie a tres pasos, con el agua caliente por encima del tobillo y el cuaderno todavía en la mano, y lo que pensó durante esas dos vueltas y media lo pensó entero y con todas las palabras: yo sabía dónde estaba eso.
El ruido de la lluvia sobre la chapa se deshizo, se hizo goteo y se paró.
Lo que quedó fue el sumidero tragando, y se oyó mucho, porque era lo único.
Elpidio soltó el volante grande y bajó la mano un palmo, hasta la palanquita de mango de madera que había al lado, y tiró de ella.
Dentro del cilindro sonó el chasquido.
—Ábrala usted —dijo, y se apartó.
Rosario llegó primero. Metió los dedos por el borde de la hoja curva y tiró, y la hoja giró hacia dentro sobre sus bisagras, y entonces se vio.
Baeza estaba de rodillas en el fondo del cuenco del gres, con la frente apoyada en la columna central y las dos manos en el aire, un poco separadas del cuerpo, con las palmas hacia arriba.
Estaba vivo.
Se le oía respirar desde la puerta.
Elpidio y Rosario entraron los dos a la vez y no cabían los dos, y Elpidio le puso una mano debajo del brazo y Baeza dijo algo con la garganta, no con la boca, y Elpidio se la quitó y la puso en el hombro, más arriba.
—Así, don Ramón. Así. Vamos fuera.
Salió por su pie. Fue lo que dijeron todos después y fue verdad: salió por su pie, del cuenco al escalón y del escalón a la plataforma, con Elpidio por un lado y Rosario por el otro sujetándolo por donde podían, con los ojos cerrados y la cabeza baja.
Alma no se movió.
Estaba a tres pasos, en el sitio en el que llevaba desde el principio, y lo que hizo fue apartarse para dejar paso y coger la toalla del banco.
La toalla era suya. Estaba doblada en cuatro, seca, blanca, con las iniciales bordadas en una esquina, en el mismo sitio del banco en el que la dejaba todas las mañanas desde hacía veintidós años.
Se la dio a Rosario y Rosario se la puso por los hombros, y Baeza se encogió al notarla, y Rosario se la dejó puesta.
Al pasar por delante de ella volvió la cara hacia donde había oído moverse a alguien. No abrió los ojos.
—¿Quién hay?
—La señorita Vega —dijo Rosario.
—Ah.
Y siguieron andando los tres.
Teresa llegó cuando estaban saliendo al corredor.
Llegó vestida y peinada, y lo primero que hizo fue mirar el agua del suelo, y lo segundo fue apartar a Rosario y ponerse ella.
—Al cuarto de enfrente. Nieves, sábanas y la palangana grande. Rosario, agua fría en jarras, todas las que haya. Elpidio, no le sueltes el brazo.
—Señora, hay que avisar a un médico —dijo Nieves desde el corredor.
—El médico es él.
Se lo llevaron.
Alma se quedó sola en el cuarto de la ducha con el agua bajando por el suelo hacia el sumidero del corredor y el vapor deshaciéndose contra el ventanuco.
Se quedó porque no se le ocurrió salir.
Aquel cuarto, sin el ruido, era otro sitio.
El vapor se estaba yendo por arriba y se veía irse, y lo que iba quedando debajo era la plataforma de gres, el cilindro abierto, el banco de las perchas con la ropa doblada y los zapatos con el calzador encima, y en el suelo, alrededor del escalón, dos o tres centímetros de agua que se retiraban hacia el bordillo y del bordillo hacia la puerta.
En el aire seguía habiendo calor. No el de un cuarto caldeado: un calor con peso, húmedo, que se le metía a uno en la ropa y se quedaba.
Del borde de arriba de la camisa niquelada caían todavía gotas, cada vez más espaciadas, y cada una hacía su ruido en el cuenco.
Entonces sí se acercó.
El cilindro estaba abierto, con la hoja curva contra la pared del fondo y la anilla fuera de su alojamiento, echada, tal como la había dejado la palanquita de Elpidio.
Se agachó y miró dentro sin entrar y sin tocar nada.
El volante del rebaje estaba girado hacia el lado de la fría. No del todo. Se veía por el pico de pintura que tenía en el canto, que el día 2 estaba arriba y ahora estaba a las cuatro, y el recorrido entero eran muchas vueltas y aquello no era ni una.
En el borde de abajo del alojamiento de la anilla, la chapa niquelada tenía tres o cuatro rayas cortas y frescas, brillantes, en el metal.
Alma se puso las manos a la espalda.
Se quedó así un rato, agachada, con las manos detrás y sin tocar nada, mirando un volante a medio girar.
Detrás de ella, en la puerta, Bedia dijo:
—Señorita, haga el favor de salir de ahí.
Salió.
—¿Ha tocado usted algo?
—No.
—¿Ha visto quién ha cerrado el agua?
—Elpidio.
—¿Y antes?
—Antes no había nadie.
Bedia escribió.
Gabriel llegó entonces, sin chaqueta y con el pelo como se levanta uno, y se paró en la puerta del cuarto y miró el cilindro abierto y no entró.
—¿Está vivo?
—Está vivo —dijo Bedia—. Lo tiene la señora en el ala.
—¿Y qué ha pasado?
—Eso es lo que estoy preguntando yo.
Gabriel se pasó la mano por la cara y se fue por el corredor hacia el ala, y a los diez pasos se paró y volvió.
—¿Se puede ir a buscar a alguien?
—No hasta las nueve y media.
—¿Nadie?
—Nadie. La calzada está cubierta y no hay bote en esta isla. Lo he preguntado esta noche. —Bedia cerró la carpeta un dedo—. Y aunque lo hubiera, don Gabriel, el médico de esta casa es el que está ahí dentro.
Después, en el corredor, con el agua todavía corriendo hacia los sumideros, Bedia les fue preguntando a los tres por separado y en voz alta, porque no tenía otro sitio.
Rosario dijo que iba por el corredor con el cubo de la ceniza cuando le oyó, que fue una vez sola y que no era una palabra, que abrió la puerta, que vio el cilindro cerrado y el agua cayendo, que le llamó dos veces por su nombre y que salió corriendo a la caldera a por Elpidio porque ella no sabía dónde estaba lo que había que tocar.
Elpidio dijo que estaba echando la segunda cesta cuando entró Rosario, que subió el pasillo detrás de ella, que cortó por fuera y que soltó la anilla desde fuera con la palanca.
—¿Cuánto tiempo, desde que usted lo oyó hasta que él cortó?
Rosario calló.
—Yo no sé.
—Aproxime.
—Lo que se tarda en bajar al sótano y volver a subir corriendo.
—¿Y eso cuánto es?
—Cuatro minutos —dijo Elpidio—. Cuatro para ella de ida y vuelta, y yo por delante en la subida. Póngale ocho desde que entró.
Bedia lo apuntó así: ocho minutos, según los declarantes.
Después buscó en el corredor un reloj y no había ninguno, y preguntó la hora, y el único que llevaba reloj era él.
Eran las siete menos veinte.
—Otra cosa —dijo—. ¿Quién es el último que ha estado en esa habitación antes que él?
Se miraron.
—Nadie —dijo Rosario—. Ahí no entra nadie más.
—¿Y ayer?
—Ayer tampoco. Ayer no se usó, con lo que pasó.
—¿Y anteayer?
Elpidio contestó por ella.
—El martes por la mañana entró él, como todos los días, y entró la señorita a que se lo enseñaran.
Bedia se volvió.
—¿Usted entró ahí?
—El martes, a las seis y media de la mañana. Me lo enseñó él. Estuve dentro del cilindro con el agua cortada y con él delante.
—¿Y tocó usted los mandos?
—Toqué el volante de dentro y toqué la anilla. Los dos, con él delante, y él me los volvió a dejar como estaban.
—¿Por qué los tocó?
—Porque me los estaba enseñando y porque quería saber cómo se abría.
Bedia estuvo un momento con el lápiz parado encima del papel.
—Va usted a repetir eso mismo cuando venga el juez —dijo—. Palabra por palabra.
—Lo repito ahora si quiere.
—No hace falta ahora. —Escribió—. Hace falta que no le cambie ni una.
Alma se quedó la última en el corredor, sola, con las medias empapadas hasta la rodilla y el cuaderno en la mano, que no había soltado en ningún momento.
Bajó la vista.
El agua se iba por los sumideros sin prisa y sin ruido, porque el suelo de aquel corredor lo habían hecho en el ochenta y seis con la media caña en los encuentros y la pendiente bien dada, para que se pudiera baldear dos veces al día y no quedara un ángulo donde se acumulara nada.
En diez minutos no quedaba en el pasillo un dedo de agua.