El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 13 · Lo que se revela
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Capítulo 13 · Lo que se revela

Lo que se revela

Nieves fregó el recibidor a las cinco de la tarde.

Nadie se lo había mandado y no estaba sucio. Se puso de rodillas con el cubo y el cepillo y fregó la baldosa desde la puerta hasta el arranque de la escalera, y cuando terminó cambió el agua y volvió a empezar por el pasillo de la clínica.

Rosario le llevó la cena a doña Clara a la habitación porque doña Clara no bajó.

Gabriel estuvo hasta el anochecer sentado en el escalón del rellano, y cuando se levantó fue para preguntar a Elpidio si la puerta de abajo cerraba, y Elpidio le dijo que la hoja cerraba y el tope no, y Gabriel le dijo que la cerrara igual, y Elpidio la cerró.

Teresa dio nueve órdenes en dos horas y ninguna tenía que ver con lo de abajo.

Alma se encerró en el cuarto oscuro a las cinco y media.

Puso la campana roja, la mecha baja, y sacó las cubetas de porcelana del baúl y las alineó en el banco en el orden de siempre: revelador, agua, fijador, agua.

Llenó las dos de lavado con la botella de Elpidio, que era la buena, y lo hizo sin pensarlo y solo se dio cuenta al ver el tapón encima del banco.

Mezcló el revelador con la balanza de mano y la probeta, y lo hizo despacio porque era el único que le quedaba entero y en aquella casa no había dónde comprar más.

La sal de hidroquinona se le apelmazó en el papel de pesar y tuvo que rascarla con la espátula.

El agua de la mezcla le salió más fría de lo que quería y eso alarga los tiempos; lo apuntó en el canto del papel, que es donde se apuntan esas cosas, y decidió darle un cuarto más en vez de calentarla, porque calentar un revelador en una cocina llena de gente era la manera más rápida de que le preguntaran qué estaba haciendo.

Sacó el primer chasis.

Lo que tiene un revelado es que no se puede parar. Una vez que la placa entra en la primera cubeta, el tiempo corre y corre igual si a uno le tiembla la mano, y eso fue lo que necesitaba: un trabajo con reloj propio que no le preguntara nada.

Contó. Movió la cubeta con dos dedos por una esquina. Escurrió por el canto, pasó a la segunda, contó, pasó a la tercera.

En el fijador, al minuto largo, la placa se aclaró.

Cuando una placa se aclara, lo primero que aparece no es la imagen: es el negativo de la imagen, y un negativo es una cosa antipática de leer porque lo claro está oscuro y lo oscuro está claro y el ojo tarda en darse la vuelta.

Alma lo sostuvo por los cantos contra la luz roja y esperó a que el ojo se le diera la vuelta.

Salió la sala.

Salió entera, desde el quicio hasta el testero del norte: la mitad de la puerta de bronce por el borde izquierdo, el suelo en oblicuo con las juntas del gres corriendo hacia el fondo, la pata del banco de plantas, el zócalo de poniente, el arranque de la bóveda, y en el centro, a la derecha, el bulto oscuro que era lo que era.

Las tres franjas de luz de las ventanas altas habían salido como se sale una luz roja en una placa ortocromática, que es apenas: tres bandas grises, suaves, sin quemar nada.

El tiempo estaba bien.

Alma estuvo un buen rato mirándola, primero de lejos y después a un palmo, moviéndola en el aire para cambiarle el ángulo.

Lo que se veía se veía todo.

Fue leyéndola por partes, como se lee una placa de obra: primero los bordes, después el suelo, después lo alto, y lo del medio al final, porque lo del medio es lo que uno cree que ha ido a fotografiar y casi nunca lo es.

En el borde de la izquierda, la hoja de bronce abierta contra el quicio y, en el canto de la jamba, el ángulo de hierro del tope colgando de tres pernos, con el cuarto fuera y el mortero saltado alrededor.

Eso estaba nítido y era lo único de la placa que cualquiera podría entender sin ayuda: aquella puerta se había abierto rompiéndola desde fuera.

El suelo ocupaba media placa. Las juntas del gres corrían hacia el fondo en dos direcciones y se cruzaban, y en el gris uniforme de la baldosa seca, a la derecha, había una mancha más oscura y de borde definido, con la forma de un hombre echado de costado.

El borde de esa mancha era el que era. No había cerco degradado alrededor, ni un halo, ni un reguero hacia el sumidero del centro. Alma buscó el sumidero en la placa y lo encontró, y entre la mancha y el sumidero no había nada.

La petaca salió como un punto de luz en el gres, porque el peltre devuelve la luz y el gres no.

El reloj, junto a la pata del banco, salió abierto y se le veía la esfera, y no se le veía la hora, porque a esa distancia y con esa luz una esfera es una moneda.

La bóveda salió oscura y las tres ventanas altas, grises.

Y entonces, en el tercio bajo de la placa, a lo largo del paño de poniente, por detrás de las patas del banco, encontró una raya.

Era horizontal, continua, finísima, y la tenía delante desde el primer momento sin haberla mirado.

Acercó la placa hasta que la nariz le tocó el vidrio.

La raya iba de un extremo del paño al otro. Por debajo de ella el enlucido salía un punto más oscuro; por encima, un punto más claro. La diferencia era de las que no se ven en una pared y se ven en un negativo, porque el negativo no tiene otra cosa que hacer que comparar dos grises.

Pasaba por detrás de las cuatro patas del banco, sin interrumpirse.

Alma dejó la placa en el escurridor y se sentó.

Repasó lo que sabía de aquella pared, que era lo que había apuntado el día 2: enlucido liso, pintado al aceite con esmalte mate, bien dado, sin poro. Lo había tocado con la mano. No tenía raya.

Podía ser un defecto del vidrio. Podía ser una veladura de la emulsión, de las que salen en línea cuando una placa se ha guardado mal contra otra. Podía ser un reflejo de la luz de las ventanas altas sobre una diferencia de brillo del esmalte.

Podía ser cuatro cosas más y todas se comprobaban igual: con la segunda placa.

Reveló la segunda.

Salió más abierta y con menos tiempo, tal como la había tomado, y por eso salió peor de sala y mejor de suelo.

La raya estaba.

En el mismo sitio, a la misma altura, con la misma continuidad, y en una placa tomada con otro diafragma y otra exposición sobre un vidrio de otra caja.

Alma puso las dos una encima de otra contra el rojo, hizo coincidir las juntas del gres y miró.

Coincidían.

Lo que tenía delante no era del vidrio ni de la emulsión ni de la luz. Estaba en la pared.

Se quedó de pie delante del banco con las dos placas chorreando en la mano y el pulso trabajándole en el cuello, y lo único que pensó, y lo pensó con las palabras exactas de un oficio, fue: esto lo he fotografiado sin saber que lo estaba fotografiando.

Lavó las dos placas veinte minutos largos con el agua buena, porque una placa mal lavada empieza a irse a los dos años y aquellas dos no se iban a ir. Las escurrió, las colgó del alambre con dos pinzas y esperó.

Mientras se secaban no hizo nada. No se puede hacer nada.

Subió a cenar a las ocho porque no subir habría sido raro.

Cenaron cuatro en el comedor grande, con los dos candelabros de la noche anterior y el mantel de hilo puesto otra vez, porque Nieves no supo qué otra cosa poner.

Teresa presidió la mesa por primera vez desde el sitio de su marido, sin comentarlo y sin que nadie lo comentara.

Ramiro comió con apetito y habló del tiempo que iba a hacer falta para que el juzgado de Torrelavega mandara a alguien. Gabriel no bajó. Clara no bajó.

—Dos días —dijo Ramiro—. Tres si se cruza el fin de semana.

—Mañana —dijo Teresa.

—Mañana viene un alguacil, si viene. El juez es otra cosa.

—Mañana.

Ramiro dejó el tenedor.

—Doña Teresa, se lo digo por su bien y no por llevarle la contraria.

Esta casa se ha quedado sin firma. Lo que había que firmar se firmaba hoy a mediodía y no se ha firmado.

Desde esta mañana, todo lo que se decida aquí lo decide usted sin papel que lo respalde, y todo lo que se decida así hay que poderlo explicar después.

—¿Qué he decidido yo hoy?

—Ha decidido usted que la casa cene.

—Y volvería a decidirlo.

—Y a mí me parece muy bien. —Ramiro cogió otra vez el tenedor—. Lo que digo es que lo apunte alguien.

Teresa se giró hacia Alma sin ningún preámbulo.

—Señorita. ¿Usted qué ha estado haciendo esta tarde?

Alma tenía las dos placas secándose a treinta pasos.

—Trabajando.

—El archivo está cerrado y la llave la tengo yo.

—Tengo catorce placas anotadas con desperfectos y tengo un cuarto de trabajo. Lo que se limpia y lo que se repara no se hace en el archivo; se hace abajo.

—¿Y hoy ha reparado usted algo?

—Hoy he preparado productos y he ordenado el material.

—Eso no es trabajar. Eso es estar.

—En mi oficio eso es media jornada.

Teresa no insistió y Alma siguió con la impresión, que no se le fue en toda la noche, de que no había insistido porque ya tenía lo que quería, que era saber que la señorita Vega había pasado la tarde sola en un cuarto sin ventanas con la puerta cerrada.

A las nueve y cuarto oyó el carro.

Subió al rellano con el pelo todavía atado para atrás y vio por la ventana dos faroles en la calzada, viniendo despacio.

El que llegó era un hombre de cincuenta años, de uniforme, con el capote todavía puesto y una carpeta debajo del brazo. Se llamaba Bedia. Se quitó el capote en el recibidor, lo dobló él mismo y lo dejó en una silla.

—¿Quién ha entrado ahí después de forzarse la puerta?

Se lo preguntó a Teresa, que era la que estaba delante.

—Todos los que bajamos.

—¿Y después?

Teresa tardó lo justo.

—Después ya no sé.

—Pues hay que saberlo. —Bedia abrió la carpeta sobre la consola y sacó un pliego—. Nombres, por favor. Los que bajaron a mediodía.

Los dijeron entre Teresa y Nieves. Elpidio, Gabriel, don Aurelio, la señora, Nieves, don Ramiro y la señorita Vega.

—¿Quién es la señorita Vega?

—Yo.

Bedia la miró y la apuntó.

—¿Y por la tarde ha bajado alguien?

Alma tenía las dos placas secándose en un alambre a treinta pasos de allí.

—Yo he bajado —dijo.

—¿A qué?

—A ver la habitación.

—¿Sola?

—Sola.

—¿Y tocó usted algo?

—No.

—¿Movió usted algo de sitio? ¿El cuerpo, la petaca, el reloj, una silla?

—No moví nada.

—¿Cuánto rato estuvo?

—Un cuarto de hora.

Bedia lo escribió entero, palabra por palabra, y no le preguntó qué había ido a hacer allí un cuarto de hora, y a Alma le quedó clarísimo que no se lo preguntaba porque no se le había ocurrido que una mujer bajara a un sótano con un cadáver a hacer algo que no fuera mirar.

Gabriel estaba en la puerta del comedor y no abrió la boca.

Bajaron a precintar a las nueve y media.

Bedia lo hizo bien y lo hizo despacio. Cerró la hoja de bronce hasta donde llegaba, que no era del todo porque el tope estaba arrancado, y como no cerraba del todo pasó la cinta por fuera: dos tiras cruzadas del quicio a la hoja y una tercera por el canto, y en los tres cruces puso lacre con una vela y le apretó encima el sello.

El lacre era encarnado y tardó en agarrar en el bronce frío. Tuvo que hacer el del canto dos veces.

Alma bajó con ellos y se quedó tres escalones por encima del descansillo, que era desde donde se veía sin estorbar.

Vio a Bedia hacer una cosa que no esperaba. Antes de poner la cinta, sacó del bolsillo un cabo de lápiz y escribió en el marco de bronce, en el sitio que iba a quedar tapado por la cinta, una raya corta y su inicial, y después puso la cinta encima.

—¿Y eso?

—Para que si alguien me levanta la cinta y me pone otra igual, yo lo sepa por debajo. —Apretó el lacre con el sello y sopló—. La cinta la compra cualquiera en Torrelavega.

—Esto no es una cerradura —dijo después, sin que nadie le hubiera dicho nada—. Esto es para que si alguien entra se sepa. Hasta que venga el juzgado, aquí no baja nadie, ni usted, señora, ni el hijo del difunto, ni yo.

—¿Y mañana? —dijo Teresa.

—Mañana en cuanto la calzada dé paso. A eso de las diez.

Subieron. Bedia se quedó a dormir en una silla del recibidor con el capote encima, porque dijo que a esas horas no volvía a cruzar y porque no dijo la otra razón.

Alma se metió en el cuarto oscuro a las once.

Las dos placas estaban secas. Las descolgó, las metió en dos fundas de papel nuevas y escribió en cada una, con lápiz, la fecha, la hora de la toma y la palabra sala .

Después las guardó en el fondo de la caja de las vírgenes, debajo de los cartones, que era el único sitio de aquella casa donde nadie iba a meter la mano sin que ella se enterara.

Podía haber subido con ellas al recibidor.

Estaba allí, dormido en una silla, con el capote por encima, un hombre con una carpeta que llevaba dos horas apuntando nombres y horas, y aquellas dos placas contestaban por adelantado una pregunta que él todavía no sabía que iba a hacer.

Y había una raya en una pared que ella no entendía.

Ese fue el argumento y lo tuvo claro desde el principio, y aun así tardó un rato en aceptárselo: que no se entrega una prueba que uno no sabe leer, porque el que la recibe tampoco la va a saber leer y entonces deja de ser una prueba y pasa a ser un papel raro que tomó sin permiso una mujer que nadie ha llamado.

Primero entenderlo. Después entregarlo.

Cerró la caja, echó el pestillo por dentro y apagó el quinqué.