El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 12 · La barra
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Capítulo 12 · La barra

La barra

A las siete y media Teresa no apareció a abrir el archivo, y a las ocho menos cuarto Alma subió a buscarla y se encontró la cocina llena de gente hablando de otra cosa.

—Está abierta —decía Nieves—. Sigue abierta desde anoche.

—Pues se habrá quedado dormido.

—He bajado y he llamado dos veces.

—¿Y?

—Y nada. Y no voy a llamar tres.

Teresa estaba de pie junto al fogón con la taza en la mano.

—Déjalo —dijo—. Hoy tiene el día que tiene. Que duerma lo que quiera y que suba cuando suba.

Alma esperó en la puerta a que aquello terminara y después dijo lo del archivo, y Teresa la miró como si le hablaran de una casa distinta.

—Hoy no.

—Ayer también dijo hoy no.

—Y hoy le digo hoy no. Hoy firma mi marido.

A media mañana la casa se puso a trabajar para el mediodía.

Nieves sacó la vajilla del aparador grande, Rosario fregó el suelo del despacho de rodillas y Ramiro bajó a las diez con dos tomos debajo del brazo y se instaló en el comedor a esperar, y estuvo esperando dos horas con el sombrero en la silla de al lado.

Alma bajó al cuarto oscuro porque era el único sitio de aquella casa donde tenía algo que hacer sin pedir permiso.

Limpió dos placas de las que tenían la emulsión levantada en un borde, con el pincel y con una paciencia que no tenía, y a la media hora dejó el pincel porque se le estaba yendo la mano.

Subió a las once.

Clara estaba en la galería, sentada en el banco, de cara a los vidrios y de espaldas a la puerta, con las manos en el regazo y sin nada delante. Se veía el ala oeste entera desde allí.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo Clara, sin volverse.

—¿Le traigo algo?

—No.

Alma se fue.

A las once y media Teresa mandó a Nieves otra vez.

Nieves bajó y volvió a subir más deprisa de lo que había bajado.

—Sigue sin contestar y la barra está echada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he empujado.

Teresa dejó lo que tenía en las manos encima de una silla, que era la primera cosa que Alma le veía dejar fuera de su sitio en tres días.

—Llama a Elpidio.

Elpidio bajó con el farol y con Gabriel detrás, y volvieron los dos a los diez minutos.

—Está echada —dijo Elpidio—. Y no contesta.

—¿Puede estar dormido?

—Puede.

—¿Y si no?

Elpidio no contestó a eso.

—Hay que forzarla —dijo Gabriel.

—Espere usted a que venga el notario —dijo Ramiro desde la puerta del comedor. Se había levantado sin que nadie lo viera levantarse—. Está a punto de llegar y si esa puerta se abre delante de él, luego no hay nada que discutir.

—Está mi padre ahí dentro.

—Su padre lleva ahí desde anoche, don Gabriel. Media hora más no lo arregla y sí arregla otras cosas. —Ramiro se puso el sombrero—. Digo yo.

Teresa no contestó y su silencio valió por una orden, y nadie bajó.

El carro del notario entró por la Pasada a las doce y media. Alma lo miró desde la ventana del rellano: venía al paso, sin prisa ninguna, y detrás de él el agua ya había empezado a subir por los dos lados.

Don Aurelio Otaola era un hombre pequeño y muy pulcro, con una cartera de mano y un paraguas que no le hacía falta. Le explicaron la cosa en el recibidor y en pie, y él escuchó con el sombrero puesto y después se lo quitó.

—¿A qué hora se cierra la calzada?

—A la una y cuarto —dijo Elpidio.

—Entonces bajemos ya.

Bajaron siete por la escalera de piedra: Elpidio delante con el farol y una palanqueta, después Gabriel, después Otaola, después Teresa, después Nieves, después Ramiro, y la última Alma, que no tenía ningún derecho a estar allí y a la que nadie le dijo que se quedara arriba.

Baeza y Clara se quedaron en el cuerpo sur.

En el descansillo, Elpidio empujó la hoja con el hombro y la hoja se movió un dedo y se paró en seco, con el ruido de un hierro contra otro hierro.

—Ahí está.

—Don Álvaro —dijo Otaola en voz alta, pegado a la puerta—. Don Álvaro, soy Aurelio Otaola.

Nada.

Elpidio metió la palanqueta entre la hoja y la jamba, a la altura de la barra, y empezó a hacer palanca.

La barra no se movió. Lo que se movió fue el tope, que era un ángulo de hierro atornillado a la fábrica con cuatro pernos, y se movió a la cuarta o quinta vez, y a la sexta uno de los pernos salió de la piedra con un trozo de mortero pegado y la barra pasó por encima y la hoja se abrió hacia dentro de golpe.

Salió aire caliente.

Fue lo primero. Antes que la luz, antes que el olor, antes que nada: por la puerta abierta salió una bocanada de aire templado, como el que sale de una cocina en invierno, y detrás un olor a sal y a piedra mojada.

Elpidio entró con el farol y se paró a los tres pasos.

—Ahí está.

Lo dijo de espaldas, y lo dijo de una manera que hizo que nadie preguntara qué.

Don Álvaro Orive estaba en el suelo, junto al banco de plantas, echado sobre el costado izquierdo, con un brazo debajo del cuerpo y el otro estirado hacia la pared.

Estaba empapado.

La ropa le chorreaba todavía por el bajo de la chaqueta; el pelo lo tenía pegado al cráneo; el cuello de la camisa, blanco, transparentaba. Debajo de él, en el gres, había un cerco de humedad del tamaño de su cuerpo y ni un dedo más.

El resto del suelo estaba seco.

No mojado y secándose. Seco, del todo, como el suelo de una cocina a media tarde. Alma lo vio desde la puerta, desde donde no había entrado todavía, y lo vio antes que nada porque llevaba tres días midiendo humedades.

—Dios santo —dijo Otaola.

Gabriel pasó por delante de todos y se arrodilló al lado de su padre y le puso la mano en la cara, y en cuanto se la puso la retiró.

—Está frío.

Elpidio se agachó al otro lado, tocó el gres con la palma abierta y la levantó enseguida.

—Esto no.

Nadie le hizo caso.

Lo repitió una vez más, más bajo, y se quedó de rodillas con la mano encima de la baldosa, y después se levantó y se fue hasta el rincón del norte y volvió, mirando el suelo todo el camino, y cuando volvió no dijo nada.

Alma sí lo había oído.

Se agachó donde él se había agachado y puso la mano.

El gres estaba tibio. No caliente: tibio, como está tibia una piedra al sol a media mañana, con el calor saliendo de dentro y no de arriba. Lo probó en tres sitios, a dos pasos uno de otro, y en los tres estaba igual.

Dos días antes había puesto la mano en aquel mismo suelo y estaba frío, y el hombre que ahora estaba de pie detrás de ella, con el farol en la mano, le había dicho que aquello no se encendía hasta noviembre.

Alma calló.

Se puso de pie, se limpió la palma en la falda y se apartó.

Teresa se quedó en el umbral. Nieves se puso a rezar en voz baja y se calló ella sola. Ramiro no entró; se quedó detrás de Otaola, y desde allí, sin moverse, fue mirando la sala entera de izquierda a derecha, despacio, una vez.

Alma entró tres pasos y no se movió.

La puerta de bronce estaba abierta hacia dentro, con la barra corrida y el tope arrancado.

Por la boca del norte, detrás de la reja, se oía el mar.

Las tres ventanas altas estaban donde siempre, cerradas de fábrica.

El banco de plantas estaba contra el paño de poniente, con sus tres macetas vacías y el cenicero.

En el suelo, a un palmo de la mano estirada de don Álvaro, había una petaca de peltre con el tapón puesto.

Más allá, junto a la pata del banco, un reloj de bolsillo abierto por la tapa, con la cadena estirada.

Otaola sacó una libreta.

—¿Quién ha forzado la puerta?

—Yo —dijo Elpidio.

—¿A qué hora?

—Ahora mismo. Serán las doce y cincuenta.

—¿Estaba la barra echada?

—Estaba echada. La ha visto usted.

—La he visto. —Otaola escribía de pie, con la libreta apoyada en el antebrazo—. ¿Hay otra entrada a esta habitación?

—No.

—¿Por ahí? —Señaló con el lápiz la boca del norte.

—Por ahí hay una reja y detrás el mar.

Otaola se acercó a la reja con el farol de Elpidio, metió la mano entre dos barrotes hasta el codo y la sacó.

—Escriba usted que el declarante afirma que no hay otra entrada y que yo he comprobado la reja —dijo, a nadie, y lo escribió él mismo.

—Don Aurelio —dijo Ramiro desde atrás—. La calzada.

Otaola miró su reloj.

—Subo. —Cerró la libreta—. Nadie toca nada de esta habitación. Ni el cuerpo, ni eso del suelo, ni una silla. Cierren la puerta como puedan y que no baje nadie. Vuelvo con el juzgado en cuanto la marea me deje, y si no me deja hoy, mañana temprano.

—¿Y mientras? —dijo Teresa.

—Mientras, nada. Mientras es lo más importante.

Subió con Elpidio y a la una y cinco salió por la Pasada, y desde el rellano del cuerpo sur se le vio cruzar deprisa, con el paraguas en la mano, por una calzada que ya tenía agua en los bordes.

Baeza bajó después, cuando ya había subido todo el mundo, y bajó solo y volvió solo, y en el recibidor dijo lo que tenía que decir con la voz que se usa para eso.

—Está muerto desde hace horas. No ha sido esta mañana.

—¿De qué? —dijo Gabriel.

—Eso no lo digo yo. Eso lo dirá quien tenga que decirlo y con el cuerpo delante y con tiempo. —Se lavó las manos en el aguamanil del recibidor y se las secó con su propio pañuelo—. Yo lo único que puedo certificar es que está muerto, y ni eso me van a dejar certificarlo a mí, siendo de la casa.

—¿Y el agua?

—¿Qué agua?

—Estaba empapado.

—Estaba empapado —dijo Baeza— y el suelo está seco, y eso es una cosa que a mí no me toca explicar. Yo he visto ahogados y he visto gente mojada, y lo de ahí abajo no es lo uno ni lo otro. Es las dos y no puede ser las dos.

Y se fue al salón y se sentó y estuvo allí tres horas sin hablar con nadie, lo cual, en él, era la única señal que había dado en toda la mañana.

La casa se quedó en silencio durante una hora larga.

Después la casa hizo lo que hacen las casas: se comió lo que estaba puesto, porque estaba puesto, y a nadie se le ocurrió otra cosa que hacer con siete cubiertos y una vajilla sacada del aparador.

Alma comió dos cucharadas.

A las cuatro menos cuarto subió al cuarto del sur, abrió el baúl y sacó la cámara.

No lo pensó.

Eso fue lo que se dijo después, muchas veces, y era verdad a medias: no pensó si podía, ni si debía, ni qué iba a pasarle.

Lo que sí pensó, y lo pensó como se piensa el orden de un trabajo, fue que el suelo de aquella sala estaba seco y que dentro de unas horas ya no lo iba a estar igual, y que el cerco de debajo del cuerpo se estaba yendo mientras ellos comían sopa.

Bajó con la cámara al hombro y el trípode debajo del brazo, y en el rellano estaba Gabriel sentado en el primer escalón con las manos colgando entre las rodillas.

La vio. Vio la cámara.

—Van a venir esta noche o mañana —dijo Alma.

—Sí.

—Cuando vengan, esto no va a estar así.

Gabriel se puso a mirar el suelo del rellano.

—Hay que bajar con luz —dijo—. El farol está en la carbonera.

—Tengo magnesio y no lo voy a usar. Bajo con lo que haya.

—Entonces baje.

Se apartó del escalón y no se levantó.

Abajo, a las cuatro, la sala estaba roja.

El sol de poniente entraba por los tres huecos altos y caía en tres franjas largas y quietas que cruzaban la bóveda, bajaban por la pared de enfrente y llegaban al suelo.

Todo lo que tocaban lo ponía de ese color.

El gres, rojo. La cal, rosa. Las manos de don Álvaro, que seguía donde lo habían dejado, rojas.

Alma se quedó dos minutos sin hacer nada, midiendo la luz con los ojos, que era lo único que podía hacer.

Después montó el trípode junto a la entrada, a la izquierda, contra el quicio.

Lo puso ahí por dos razones y ninguna tenía que ver con don Álvaro.

La primera, que desde el centro de la sala habría tenido la luz de frente y las tres franjas rojas le habrían quemado la mitad de la placa.

La segunda, que desde el quicio la habitación se cogía en oblicuo, y en oblicuo entran el suelo, el arranque de las dos paredes largas y el zócalo entero, mientras que de frente entra una pared y el resto se pierde.

Un perito que fotografía una habitación la fotografía desde una esquina.

Eso se lo había enseñado el hombre con el que aprendió, que hacía fotografía de obra para un arquitecto de Santander, y lo había repetido tantas veces que ya no sabía decirlo con otras palabras: una habitación son sus encuentros.

Lo que pasa en una habitación pasa donde el suelo se junta con la pared.

Bajó el trípode hasta la altura de su cintura, porque cuanto más alto se pone el aparato menos zócalo entra, y desde arriba un suelo no se lee.

Abrió el chasis, cargó, calculó y disparó.

Contó despacio, con la mano en el sombrero del objetivo y sin tocar el aparato.

Doce.

Cerró.

Cambió de chasis y lo hizo otra vez desde el mismo sitio, más abierto y con menos tiempo, porque una placa sola no es nada y dos placas de la misma cosa con exposición distinta son una que sirve.

Después desmontó, recogió y no hizo una tercera.

Antes de salir miró el suelo una vez más, y el cerco de humedad de debajo del cuerpo era ya un palmo más estrecho que a mediodía.

Subió con los dos chasis dentro del abrigo y la cámara al hombro.

Gabriel seguía en el escalón del rellano.

—¿Ha terminado?

—He terminado.

Alma pasó por delante de él y él no le preguntó qué había hecho, y ella tampoco se lo dijo, y en el bolsillo interior del abrigo, contra el chaleco, al lado de una carta que llevaba allí desde el lunes, iban dos vidrios impresionados que a partir de aquel momento existían y que nadie le había pedido.