El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 11 · La cena
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Capítulo 11 · La cena

La cena

La carpeta de piel atada con cintas estaba encima del aparador cuando Alma entró en el comedor, y no estaba allí a la hora de comer.

Nieves había sacado el mantel bueno, que era de hilo y tenía las dobleces marcadas de llevar años en un cajón, y había puesto siete cubiertos y dos candelabros.

En la cabecera, junto al plato de don Álvaro, había un tintero de viaje y un secante pequeño, como si alguien fuera a firmar algo entre el pescado y la carne.

No firmó nadie nada. El tintero estuvo allí toda la cena sin que se le quitara el tapón, y eso también era una manera de hablar.

Se sentaron a las nueve y media.

Álvaro esperó a que sirvieran el segundo plato.

—Bueno —dijo, y dejó los cubiertos cruzados—. He querido que estuvierais todos porque esto no es cosa de decírselo a cada uno por su lado.

Nadie contestó, que era lo que él quería.

—El jueves a mediodía viene don Aurelio Otaola de Ruicanto.

Se firma aquí, en el despacho, y comemos después.

—Puso la mano abierta sobre el mantel, del lado de su mujer—.

Lo que se firma es el usufructo vitalicio de la isla y de la casa a favor de Teresa, y la administración del archivo, que va aparte y va en el mismo acto.

Teresa no levantó la vista del plato ni movió las manos, que las tenía las dos en el regazo.

—Enhorabuena —dijo Baeza, y levantó la copa.

Nadie más la levantó, y Baeza la dejó en la mesa a medio camino y se rio de sí mismo con una sola sílaba para arreglarlo.

Gabriel se pasó la servilleta por la boca.

—¿Y lo demás?

—Lo demás está como está.

—Lo demás soy yo, padre.

—Lo demás eres tú y no se toca —dijo Álvaro—. Tú tienes lo tuyo cuando tenga que ser. Esto es otra cosa. Esto es que esta casa no puede quedarse un día sin nadie que la firme, y yo tengo cincuenta y siete años y me canso subiendo del portón.

—Eso no lo arregla un usufructo.

—Eso lo arregla que la que lleva dieciséis años llevando esta casa pueda enseñar un papel cuando alguien se lo pida en vez de tener que llamarme a mí.

Gabriel no dijo nada más. Se quedó con la servilleta en la mano, mirando el borde del plato, y después la dejó en la mesa doblada, lo cual fue el único gesto brusco que hizo en toda la noche.

Ramiro se había echado atrás en la silla desde la palabra usufructo.

—¿El archivo entra como qué?

—Como lo que es.

—Don Álvaro, con todo respeto: el archivo no es una cosa. Es una habitación con estanterías, unos muebles, unos vidrios y unos papeles, y cada una de esas cuatro cosas tiene un modo distinto de pasar de una mano a otra. —Cogió el pan y no se lo comió—. ¿Hay inventario?

—Lo hay desde hace veinte años.

—¿Hay inventario firmado con fecha de este año?

Silencio.

—Lo va a haber —dijo Álvaro— porque para eso está aquí la señorita.

Alma sintió que la mesa entera se volvía a mirarla y siguió comiendo, que era lo único que podía hacer.

—Pues entonces yo pediría que se firme después y no antes —dijo Ramiro—.

Si se firma el jueves y el inventario se cierra la semana que viene, lo que se ha transmitido es una palabra.

Se transmiten trescientas once piezas o se transmite una habitación; no es lo mismo y el día de mañana lo va a preguntar alguien que no seamos nosotros.

—El jueves a mediodía —dijo Álvaro.

—Como usted quiera. Yo lo digo y usted lo apunta.

—Lo apunta usted, que para eso le pago.

Ramiro inclinó la cabeza y se comió el pan.

Clara llevaba toda la cena sin hablar. Comía poco y despacio y dejaba el cuchillo en el borde del plato entre bocado y bocado.

—¿Y yo?

Lo dijo bajo y sin dejar el cuchillo.

Álvaro tardó lo que se tarda en decidir si va a oír una pregunta.

—¿Tú qué, Clara?

—Tú eres mi curador. Lo eres desde el ochenta y nueve y lo firmó un juez de Torrelavega en diciembre. Si tú pasas la administración de esta casa a tu mujer, quiero saber si lo mío pasa también y a quién.

—Lo tuyo no es de esta casa.

—Lo mío se paga de esta casa. Todos los meses, desde hace diecinueve años. Y lo firmas tú.

—Clara.

—No te estoy pidiendo nada —dijo Clara—. Te estoy preguntando el nombre de quien va a firmarlo a partir del jueves. Eso tiene una respuesta de dos palabras.

Álvaro se echó hacia atrás y sonrió con la boca cerrada, y volvió al gesto paternal con que llevaba tres días recibiendo a todo el mundo.

—Se decidió en su día lo que había que decidir y se hizo lo mejor para todos, y eso no cambia el jueves ni el jueves de la semana que viene.

—Esa no era la pregunta.

—Come, mujer.

Clara dejó el cuchillo en el borde del plato y no lo volvió a coger.

Baeza intentó salvar la mesa hablando del tiempo y lo consiguió durante un cuarto de hora, porque Ramiro se le apuntó enseguida y entre los dos llevaron la conversación a un asunto de arbitrios de Ruicanto que no le importaba a nadie.

Rosario entró dos veces a cambiar platos y las dos veces entró y salió sin que nadie la mirara, y a la segunda se le resbaló una cuchara y la recogió del suelo antes de que hubiera terminado de sonar.

Álvaro volvió a hablar con el asado.

—Y ya que estamos, una cosa más, que también es de esta noche. —Dejó el cuchillo—. El archivo se queda donde está y como está. No sale de esta isla ni una placa. Eso quiero que lo oiga todo el mundo y quiero que lo oiga también la señorita, que es la que las tiene en la mano.

—No pensaba sacar ninguna —dijo Alma.

—Ya lo sé. Se lo digo para que cuando se lo pidan sepa usted que la respuesta ya está dada y no es suya.

—¿Y quién me lo va a pedir?

—Nadie —dijo Álvaro—. Y si alguien se lo pide, me lo dice a mí.

Miró a Gabriel al decirlo, o miró hacia donde estaba Gabriel, que no es lo mismo y desde el otro lado de la mesa no se distinguía.

Baeza levantó la copa por segunda vez, y esta vez sí bebió alguien: bebió Ramiro, que bebía siempre que se levantaba una copa.

—Por la casa —dijo Baeza.

—Por la casa —dijo Ramiro.

Clara se llevó el vaso de agua a los labios y no bebió.

Alma miró a Teresa dos veces durante ese cuarto de hora.

Teresa comió todo lo que le pusieron, dio dos órdenes a Rosario sobre el café y, cuando se levantaron, fue la última en dejar la silla recta.

Del comedor se pasó al salón para el café y de allí se fue deshaciendo la noche.

Clara se retiró la primera. Gabriel salió detrás de su padre al pasillo y estuvieron hablando en voz baja al pie de la escalera, y Alma, que bajaba a por el cuaderno, los oyó sin querer y sin entender más que el final, que fue Álvaro diciendo «pues mañana» y Gabriel diciendo que muy bien, dos veces.

Alma se metió en el cuarto oscuro a las diez y media a recoger, y en el corredor del ala oeste, sentado en el arcón del estrechamiento, con la espalda contra la pared y los codos en las rodillas, estaba Gabriel.

—¿Baja usted a trabajar a estas horas?

—Bajo a cerrar.

—Ya.

Alma pasó de largo dos pasos y se paró.

—¿Quiere que le diga una cosa? Ese arcón está encima de una rejilla de ventilación y por eso ahí abajo hace corriente. Lleva usted media hora cogiendo frío.

Gabriel se levantó.

—Mi padre tiene razón —dijo—. Es lo peor de todo.

—No tengo opinión sobre eso.

—Sí que la tiene. Todo el mundo ha tenido opinión esta noche menos usted y Teresa.

—Se metió los pulgares en el chaleco—. Yo no llevo esta casa.

No la he llevado nunca. Me fui a estudiar, volví, y cuando volví ya estaba llevada.

Si mañana me la ponen en las manos la hundo en dos años, y él lo sabe, y por eso hace lo que hace, y tiene razón, y es lo peor de todo.

—Lo que ha dicho no es que usted no sirva.

—¿Qué ha dicho entonces?

—Ha dicho que esta casa necesita que alguien pueda enseñar un papel. —Alma se cambió el cuaderno de brazo—. Eso no habla de usted. Habla de la casa.

Gabriel calló.

—Usted lo que quería saber —dijo Alma— es qué pasa con el archivo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque es lo único que ha preguntado dos veces esta noche, y la segunda vez no ha llegado a preguntarlo.

Gabriel se rio una sola vez, sin ganas.

—¿Y si le dijera que lo que quiero es que se saque de aquí?

—Le diría que su padre acaba de decir delante de siete personas que de aquí no sale, y que a partir de esta noche lo que salga de aquí saldrá mal.

—Ya.

—Y le diría otra cosa —dijo Alma—. Si alguna vez tiene que salir, que salga contado. Con un papel firmado, con las piezas numeradas y con dos personas que digan cuántas eran. Porque un archivo que se saca a escondidas no es un archivo que se salva. Es un archivo que desaparece.

Gabriel la miró más de lo necesario.

—Buenas noches, señorita Vega.

—Buenas noches.

A las once menos cuarto, en el corredor de la clínica, Alma se cruzó con Baeza y con Álvaro.

Baeza tenía la llave de la botica en la mano y la cara de quien hace un favor por costumbre.

—Es la última vez que bajo a esta hora —dijo.

—Es la última vez todas las veces —dijo Álvaro.

Baeza abrió, sacó la botella verde de la balda de abajo, la destapó y Álvaro le tendió la petaca. Se la llenó allí mismo, con un embudo de latón que estaba colgado dentro del armario y que tenía su sitio marcado en el polvo.

—Con esto no le doy más hasta el jueves.

—Con esto me llega.

Álvaro enroscó el tapón, se guardó la petaca en el bolsillo interior y le dio dos golpecitos por fuera.

Al pasar junto a Alma le hizo un gesto con la cabeza.

—Descanse, señorita.

—Buenas noches.

Ella subió por la escalera de servicio y él siguió por el corredor hacia el cuerpo sur, y Baeza cerró la botica y dio la vuelta a la llave dos veces, que fue lo que Alma oyó mientras subía el primer tramo.

En el rellano del cuerpo sur se paró.

La puerta de tablero que ella había tomado el primer día por una alacena estaba abierta de par en par, sujeta con una cuña de madera que había en el suelo para eso, y por el hueco subía el aire de abajo, que olía a marisma y estaba tres o cuatro grados más frío que el del pasillo.

Nieves pasaba en ese momento con el candelero de apagar.

—Se queda abierta —dijo Alma.

—Se queda. Mientras el señor esté abajo, esa no se toca.

—¿Y cuánto se está?

—Según. Unas noches una hora y otras hasta las tantas. —Nieves apagó la lámpara del rellano y dejó encendido un cabo en la repisa—. Cuando sube, la cierra él y quita la cuña. Si por la mañana sigue abierta es que se ha quedado dormido ahí abajo, y entonces se le baja el café.

—¿Eso pasa?

—Ha pasado.

Se fue por el pasillo con el candelero.

Alma se quedó sola en el rellano, con el hueco abierto al lado y el aire frío subiendo por él.

Abajo, muy lejos y muy hondo, se oyó el golpe corto y seco de una barra de hierro entrando en un tope.

Alma se quedó donde estaba.

Aquel ruido lo hacía un hombre de cincuenta y siete años echando el cerrojo de su propio sótano para que no le molestaran. Lo había oído la casa entera y nadie se había asomado, porque en aquella casa todo el mundo sabía lo que significaba.

Lo que le pareció raro, mientras subía, fue otra cosa, y no era la barra.

Era que un hombre que a mediodía había anunciado que el jueves iba a firmar delante de un notario la mitad de lo que tenía, bajara esa misma noche a un sótano a beber solo.

No era asunto suyo. Lo pensó en el primer tramo de la escalera y lo había dejado de pensar antes del segundo, porque estaba cansada, porque llevaba dos noches durmiendo poco y porque al día siguiente, a las siete, tenía por fin el archivo y un cotejo con el registro que llevaba tres días pidiendo.

Antes de subir se paró en el office, donde Rosario estaba fregando sola.

—Rosario.

—Diga, señorita.

—La que estaba antes que yo en el cuarto oscuro.

Rosario no levantó la vista de la pila.

—Esa se fue.

—¿Dormía en esta casa?

—En el cuarto del pasillo de atrás, el que está al lado del mío.

—¿Y quién duerme ahí ahora?

—Nadie. Está cerrado desde enero y la llave la tiene el ama. —Rosario sacó las manos del agua y se las secó en el delantal, y lo hizo despacio, y lo hizo para no tener que decir la frase siguiente—. Señorita, a mí de esa no me pregunte, que ya me lo dijeron una vez.

—¿Quién se lo dijo?

—Buenas noches, señorita.

Se acostó con el cuaderno en la mesilla y con la carta debajo de la almohada, que era donde la ponía todas las noches sin haber decidido nunca ponerla ahí.