El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 10 · Los que llegan
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Capítulo 10 · Los que llegan

Los que llegan

Desde las ocho, la casa hizo un ruido distinto.

Rosario subió y bajó cuatro veces con jergones a la espalda, y los jergones olían a lo que huele un jergón que lleva un año enrollado.

Nieves abrió de par en par las dos habitaciones del ala este y las dejó abiertas con una silla puesta de través en el pasillo para que nadie las cerrara, y mandó encender las dos chimeneas a las nueve de la mañana, en septiembre, y cuando Rosario dijo algo, contestó que era eso o que las sábanas se pusieran verdes.

Una casa que lleva veinte años cerrando habitaciones tarda en aprender a abrirlas, y aquella mañana se le notó: las puertas del ala este chirriaron las dos, las bisagras estaban secas y nadie encontró la aceitera hasta las diez.

Alma bajó a las nueve para ir al archivo y se encontró a Teresa en el recibidor con el llavero en la mano y el sombrero puesto.

—Hoy no.

—Hemos dicho a las siete.

—Hemos dicho a las siete y son las nueve, y a las diez menos cuarto llega gente. —Teresa se estaba poniendo los guantes—. Mañana a las siete.

—¿Y hoy qué hago?

—Hoy hace usted lo que quiera menos entrar en esa habitación.

Se fue al portón con Nieves y Alma se quedó en el recibidor con el cuaderno en la mano, que era exactamente donde se había quedado el día que llegó.

Bajó al portón detrás de ellas, a veinte pasos, porque no tenía nada mejor.

El carro venía por la calzada despacio, con el caballo pisando corto en el fuco, y detrás venía un segundo carro más pequeño, de varas, cargado con baúles y con cuatro cajones de madera atados.

Del primero bajó un hombre grueso, de unos cuarenta y tantos, con abrigo de buen paño y polainas, que dio los buenos días a Teresa antes de tocar el suelo y que mientras hablaba con ella iba contando con la vista los bultos del segundo carro.

—Ramiro Gálvez —dijo Nieves a media voz, al lado de Alma—. Las cuentas.

Del segundo bajó una mujer.

Lo hizo sola. El mozo del carro le tendió la mano y ella la miró y bajó sin cogerla, poniendo primero un pie y después el otro, con cuidado, del modo en que baja alguien que no quiere que después se diga que la ayudaron.

Era alta, delgada, de unos cuarenta años, con el pelo gris recogido sin adorno y un abrigo oscuro de corte antiguo pero impecable. Llevaba en la mano un bolso de viaje pequeño y no lo soltó.

—¿Y esa?

—Doña Clara —dijo Nieves, y no dijo más, y se adelantó a coger el bolso.

Clara no se lo dio.

—Gracias, Nieves. Pesa poco.

—Como usted quiera.

Subieron todos por el sendero en el orden en que subía aquella casa: Teresa delante con Ramiro, después Nieves, después Clara, y detrás los mozos con los baúles. Alma fue la última porque no era de nadie.

A media cuesta, Clara se paró a mirar el ala oeste, y se paró de la manera en que se para quien lleva andado ese camino muchas veces y siempre se para en el mismo sitio.

Alma, que venía detrás, tuvo que pararse también para no echársele encima.

—Perdone.

—No ha hecho nada. —Clara no se volvió—. ¿Usted es la que ha venido por las fotografías?

—Sí.

—Me lo escribieron. —Se cambió el bolso de mano—. ¿Ha entrado ya?

—Ayer. Empiezo mañana.

Clara asintió una vez, con la vista todavía puesta en la fachada, y echó a andar.

Subieron juntas el último tramo sin decir nada más. Al llegar a la cancela de hierro, Clara la abrió ella misma antes de que Nieves llegara a hacerlo, la sostuvo con la mano para que pasara Alma, y la soltó después.

Los cuatro cajones de madera del segundo carro eran de don Ramiro y subieron a sus habitaciones, y como pesaban y Nieves tenía las manos ocupadas, Alma cogió uno.

Las habitaciones del ala este estaban al final de un corredor corto, pasada una vuelta. Había una sola puerta. Alma lo notó porque llevaba dos días contando puertas.

Nieves venía delante con el llavero y se paró a abrir.

—Esta es de las de doble cara —dijo, más para sí que para nadie, y probó dos llaves antes de acertar.

La cerradura tenía bocallave por los dos lados. Alma la vio al pasar, porque la hoja quedó abierta contra la pared y las dos caras se veían a la vez: el escudo de latón por fuera y otro igual por dentro, y en los dos el agujero.

—¿Se cierra por dentro?

—Se cierra por dentro y por fuera, con la misma llave.

—Nieves separó una del manojo y la dejó en la repisa de la entrada—.

Esta se la dejo aquí a don Ramiro. La otra la tengo yo con las de la casa, que si no, el día que se deje algo dentro y se vaya a Santander, hay que llamar a un cerrajero de Torrelavega.

—¿Hay dos y no más?

—Hay dos. Como todas.

Dentro, la primera pieza era un despacho: mesa grande de nogal, dos sillones de cuero, una estantería vacía esperando, un brasero apagado y, en la pared del fondo, en lo alto, un tragaluz alargado del tamaño de una bandeja, con el marco de hierro empotrado en la fábrica y sin ninguna manera visible de abrirse.

Debajo del tragaluz, un diván estrecho de crin con un cojín de terciopelo, de esos que hay en los despachos para que nadie se tumbe.

Al fondo, a la derecha, un vano sin puerta daba a una segunda pieza más pequeña, y en la segunda pieza estaban la cama, el lavabo y el armario.

Aquella no tenía ventana ninguna: ni tragaluz, ni hueco, ni respiradero.

Se ventilaba por el vano, y por el vano se salía al despacho, y del despacho se salía por la puerta de las dos bocallaves.

Rosario estaba dentro terminando de hacer la cama y salió con las sábanas viejas dobladas en el brazo.

—Perdone, señorita.

—¿Aquí no hay más ventana que esa de arriba?

—En el despacho esa y en el cuarto ninguna. —Rosario miró el tragaluz como se mira una cosa que lleva ahí toda la vida—. Está clavado. Se puso así cuando se hizo, con el hierro metido en la pared. Aquí lo que hay es que en invierno se abre la puerta al pasillo y ya está.

Se fue con las sábanas.

Ramiro entró detrás de ella.

—Ahí, ahí, en el suelo, no en la mesa.

Alma dejó el cajón donde le dijeron.

—Gracias. ¿Usted es la de las fotografías?

—Soy la restauradora.

—Es lo mismo pero cuesta más. —Se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de un sillón, y con el abrigo quitado se le vio la cadena del reloj y una uña rota—. ¿Ha visto usted ya el material?

—Lo he contado.

—¿Cuántas?

—Trescientas once.

Ramiro asintió dos veces, despacio, y Alma tuvo la impresión de que no era la primera vez que oía ese número.

—Bien. Eso está bien. —Abrió el primero de los cajones con una palanqueta que llevaba él mismo—.

Yo vengo cuatro días y cierro el ejercicio y me voy.

Lo que le pida a usted, si le pido algo, será una nota firmada de en qué estado está eso y cuánto costaría ponerlo en condiciones.

Nada más. Y me lo pone usted por partidas.

—¿Por partidas?

—Por partidas. Materiales por un lado, jornales por otro y transporte aparte. Si me lo pone junto, no me sirve, porque entonces soy yo el que tiene que repartirlo y lo reparto a mi manera, y mi manera no siempre le conviene a usted.

Del cajón fue sacando libros: tomos de a folio, encuadernados en holandesa, con el canto pintado.

Los iba poniendo en la estantería de pie, por años, y cada uno llevaba en el lomo una etiqueta y, sobre la etiqueta, una oblea de lacre encarnado con un sello pequeño, que él iba rompiendo con la uña del pulgar según los colocaba.

Las obleas rotas las dejaba caer en un platillo de la mesa.

—¿Los precinta usted mismo?

—Los precinto yo mismo. —Rompió otra—. Un libro que viaja abierto es un libro que no ha viajado solo. Esto es cera y un sello, no es una caja fuerte, pero si alguien lo levanta ya no lo puede poner igual, y con eso me basta.

—¿Y el sello?

—Lo llevo aquí. —Se tocó el bolsillo del chaleco y no lo sacó—. Cada uno tiene el suyo. La señora tiene el suyo, y el de la casa está en el despacho de don Álvaro, y el mío es mío. Es la única cosa de este oficio que no se presta.

Alma miró el platillo de las obleas rotas. Eran de un encarnado oscuro, casi marrón, con una estrella de ocho puntas dentro de un círculo.

—Una cosa, señorita. —Ramiro colocó el último tomo y se limpió las manos una contra otra—. Ese papel suyo de los tres puntos.

Alma no se movió.

—Lo de grabar el número en el vidrio es buena idea y le va a costar que se lo aprueben, porque eso son jornales. Lo del cotejo con el registro lo va a tener usted, porque a mí también me interesa y yo lo voy a pedir por mi lado. Lo del agua se lo van a negar.

—¿Se lo ha enseñado don Álvaro?

—Me lo ha leído en voz alta esta mañana en el portón, antes de quitarse el sombrero.

—Ramiro sonrió con la cara entera, y no fue una sonrisa desagradable—.

No se lo tome a mal. En esta casa se lee todo en voz alta y lo que no se lee en voz alta se comenta.

Usted lo que tiene que hacer es decidir qué quiere que se comente.

Bajó al comedor a la una y allí estaba Clara, sola, de pie junto a la ventana, con el abrigo todavía puesto.

—Usted es la que ha contado las placas.

—Alma Vega.

—Clara Orive. —No le tendió la mano—. ¿Cuántas ha dicho?

—Eso tendría que preguntárselo a doña Teresa.

—Se lo estoy preguntando a usted, que es la que las ha contado.

—Trescientas once.

Clara no abrió la boca durante un rato largo, con la vista puesta en el cristal.

—¿Los sobres de fuera son todos iguales?

—No. Los primeros son de papel de trapo, gris, con una filigrana. Después se pasó a manila.

—¿Y los grises llevan el número en romanos.

No lo preguntó. Lo dijo.

—Sí.

—Eso no es una manera de numerar fotografías —dijo Clara—.

Es la manera de numerar los meses en un libro de cuentas.

El que lo hizo no estaba haciendo un archivo; estaba llevando una contabilidad y le tocó esto además.

Si algún día tiene usted delante los libros de la casa de aquellos años, míreles las cabeceras.

—¿Y por qué se cambió?

—Porque se acabó el papel.

Clara se apartó de la ventana y se sentó a la mesa, y al sentarse se abrió el abrigo por primera vez.

—¿Cuántos grises hay?

—Cuarenta y dos.

—Cuarenta y dos —repitió—. Bien.

Y no dijo si estaba bien porque le cuadrara o porque le sobrara.

Nieves entró con la sopera y la conversación se acabó porque Clara la dejó acabarse.

Comieron siete: Álvaro, Teresa, Gabriel, Baeza, Clara, Ramiro y Alma. En la cabecera contraria quedaron dos sillas puestas y vacías que nadie explicó y que Nieves retiró entre el primer plato y el segundo.

Álvaro estuvo hablador. Contó dos veces la misma historia de un barco encallado en el ochenta y cuatro y las dos veces la remató igual.

A los postres se dirigió a Alma por primera vez.

—Su papel lo he leído.

—Gracias.

—El cotejo lo tendrá usted mañana, con mi mujer y con don Ramiro delante, que para eso está aquí. Lo de grabar los vidrios se verá. Lo del agua no.

—¿Puedo preguntar por qué no?

—Porque abrir una llave que lleva nueve años cerrada es meterle agua a una tubería que lleva nueve años seca, y eso revienta por donde le parece y lo paga la casa. —Se limpió la boca—. Si necesita usted agua de lluvia, Elpidio le sube la que quiera en botellas.

—Eso ya lo hace.

—Pues entonces ya está resuelto.

Alma asintió, porque era verdad que estaba resuelto y porque era mentira que ella hubiera pedido lo que había pedido.

—Y otra cosa —dijo Álvaro, ya levantándose, y lo dijo a la mesa entera y no a ella—. Esta noche cenamos todos aquí. Todos. Que no se me escape nadie con una jaqueca.

Se fue al despacho.

Alma se quedó sentada mientras los demás se levantaban, y lo que se le quedó de la comida no fue la negativa.

Fue que un hombre que llevaba tres horas en la isla ya sabía de memoria los tres puntos de un papel que ella había dejado en un despacho a oscuras la noche anterior, y que una mujer que no había entrado en el archivo sabía cómo estaban numerados los cuarenta y dos sobres más antiguos y por qué.

Llevaba dos días teniendo mucho cuidado con lo que escribía.

No se le había ocurrido tener cuidado con dónde lo dejaba.