El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 9 · La sala de abajo
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Capítulo 9 · La sala de abajo

La sala de abajo

Elpidio volvió a buscarla a las siete con el mismo farol.

—Si quiere ver la de abajo, es ahora. Después de cenar no bajo.

La bajada empezaba en un rellano del cuerpo sur, detrás de una puerta de tablero que Alma había tomado por una alacena.

Era una escalera de piedra, recta, larga, encajonada entre dos muros, con un pasamanos de hierro por un solo lado y peldaños tan gastados en el centro que había que pisar hacia fuera.

Bajaron mucho. Más de lo que Alma esperaba. A media escalera dejó de oler a casa y empezó a oler a marisma.

—¿Esto por dónde va?

—Por dentro de la roca. La casa está arriba y esto baja hasta casi el nivel del agua. —Elpidio iba delante y hablaba hacia arriba—. Cuando se hizo la casa, esto ya estaba. Dicen que era un almacén de pescado. Yo no sé.

Al final de la escalera había un descansillo y una puerta que no se parecía a ninguna otra de la casa.

Era de bronce, de una sola hoja, con marco del mismo metal empotrado en la fábrica y un reborde continuo alrededor, forrado de una junta de goma dura que había sido negra.

Abría hacia dentro. No tenía cerradura. Tenía, por la cara de dentro, una barra de hierro plana que corría por dos cáncamos y encajaba en un tope del marco.

Elpidio empujó y la hoja se movió con un chupón, como se despega una tapa.

—Pesa lo suyo —dijo.

Alma se quedó en el descansillo con la mano en el canto de la hoja. La junta era continua y de una pieza, sin empalme, y el reborde del marco entraba en ella un dedo entero. Las bisagras, tres, estaban por el lado de dentro.

—¿Esto abre para dentro siempre?

—Siempre.

—¿Y por qué no para fuera, que sería más cómodo?

—Porque si abriera para fuera no apretaría. —Elpidio la empujó con la yema y la hoja volvió a su sitio sola—. Cuanto más hay dentro, más se aprieta contra la junta. Si abriera al revés, con dos dedos de agua ya le estaría chorreando por el descansillo.

Alma lo apuntó sin sacar el cuaderno, que es como se apuntan las cosas que no se van a olvidar.

La sala era rectangular, más larga que ancha, con la bóveda de ladrillo arrancando por encima de la cabeza y, en el testero de poniente, muy arriba, tres ventanas alargadas y estrechas, a la altura de un hombre subido en otro.

Los vidrios de las tres eran rojos.

Alma se paró en el umbral y se quedó mirándolos.

A esa hora, con el sol ya bajo por fuera, la luz que entraba por aquellos tres huecos caía en tres franjas sobre el suelo y sobre la pared de enfrente, y todo lo que tocaba lo ponía del color que tiene una brasa por debajo de la ceniza.

La cal de la bóveda estaba rosa. Las manos de Elpidio, con el farol, estaban rosas.

—¿Y eso?

—Eso se puso en el noventa y tres.

—¿Por qué rojo?

—Por lo que fuera. Antes eran normales. Se rompió una con una galerna y se cambiaron las tres.

—¿Se cambiaron las tres porque se rompió una?

—Se cambiaron las tres. —Elpidio levantó el farol para que ella viera el suelo—. Cuidado, que está en pendiente.

Alma miró otra vez hacia arriba. Los tres huecos eran estrechos y estaban a una altura a la que no se llega ni con una silla encima de una mesa. Para cambiarlos había hecho falta andamio, un vidriero traído de fuera y una semana de trabajo, y se habían cambiado los tres.

El color era exactamente el de la campana que ella tenía puesta en el quinqué de abajo.

Lo apuntó como apuntaba lo demás: sin ponerle al lado ninguna palabra.

El suelo era de gres, de baldosa grande, en pendiente hacia el centro, y en el centro había una tapa redonda de bronce con una reja.

Alma se agachó y puso la palma abierta en la baldosa.

Estaba fría.

—Debajo de esto es donde pasa el circuito de la caldera —dijo Elpidio—. Se nota mucho cuando está. En enero puede usted quitarse los zapatos aquí dentro y andar descalza.

—¿Y ahora no está.

—Ahora no está. Hasta noviembre, no.

En la pared de poniente, ocupándola casi entera, había un paño liso de enlucido pintado al aceite, desde el suelo hasta la altura del pecho, y por encima del paño empezaba la fábrica vista.

Delante del paño, arrimado, había un banco de plantas de los de invernadero, de bastidor de madera con travesaños abiertos y las patas rematadas en una moldura, sin cajones y sin nada debajo.

Encima del banco había tres macetas vacías y un cenicero.

—¿Y esto qué hace aquí?

—Estorbaba arriba.

Alma pasó la mano por el enlucido. Era liso y estaba pintado con esmalte mate, bien dado, sin poro.

Y en la pared del fondo, la del norte, a la altura de la rodilla, había una boca.

Era un arco bajo de sillería con una reja de barrotes verticales muy juntos, y detrás de la reja, oscuridad y un olor distinto, más frío y más vivo. Alma se acercó y oyó, muy abajo, un ruido de agua que entraba y salía sin prisa.

—Eso da al mar.

—Eso es el mar —dijo Elpidio—. Hay una galería que sale a la cala. Por ahí desagua todo esto desde que se construyó. La reja lleva ahí desde antes que yo y no pasa ni un perro.

—¿Y entra?

—Entra si se le deja.

Se puso a su lado con el farol y señaló con la barbilla, primero a la boca y después hacia arriba, hacia el arranque de la bóveda.

—Esta sala se llena y se vacía. Para eso está. Antes se llenaba de agua de mar para los baños.

—¿Baños de qué?

—De mar, pero calientes. —Elpidio hizo un gesto redondo con el farol que abarcaba el suelo—.

Se metía el agua, se encendía el circuito de abajo y se templaba, y las señoras se estaban ahí dentro el rato que les mandaran.

El agua del mar tiene sales y las sales curan, o eso se decía. Yo lo que sé es el carbón que costaba.

—¿Cuántas a la vez?

—Cuatro o cinco. Había un banco corrido en esta pared y otro en aquella, y se sentaban con el agua por aquí. —Se marcó con el canto de la mano a la altura de la cintura—. Los bancos los quitaron cuando se cerró. Se ven los agujeros.

Alma miró y los vio: dos hileras de agujeros tapados con mortero a lo largo de los dos muros largos, a la misma altura, igual de espaciados.

—Y por eso hay una puerta que cierra por dentro y una junta. La entrada tiene su llave y la salida tiene la suya, y las dos están arriba, en el cuarto de las válvulas, detrás de los paneles del corredor.

—Enséñemelo.

—Ahí no entro con nadie sin que me lo manden.

—¿Ni usted?

—Yo entro yo solo, que es distinto. —Volvió a bajar el farol—. Y no le sirve de nada verlo. Son dos husillos largos, uno para cada cosa, y se dan vueltas hasta que se abren.

—¿Y eso tarda?

—Lo suyo. Son de los de antes, de rosca muy fina. Para abrir del todo hay que estar un rato dándole.

Alma miró el suelo, la boca del norte, la puerta de bronce, la barra.

—¿Y para vaciarla?

—Ahí está lo que tiene esto. —Elpidio se apoyó en el quicio—.

La salida va por debajo, y por debajo sólo baja si el mar está por debajo.

El suelo de esta sala está a uno cuarenta en las marcas del puerto.

Mientras el mar no esté por debajo de eso, usted abre el husillo de la salida y no se va nada; es más, le entra. Hay que esperar a que baje.

—¿Y cuánto se espera?

—Según el día. Unas veces dos horas y otras seis. Eso lo sabe cualquiera de aquí sin mirar papel: se asoma al portón y mira la junta.

—Entonces si alguien llena esto y no puede esperar, se queda lleno.

—Se queda lleno. No hay otra manera. —Elpidio se enderezó—. Por eso no se llena.

Alma pasó el dedo por el rincón donde el enlucido se encontraba con el gres y se lo miró a la luz del farol. Salió con una raspa blanca, fina, seca, del color de la harina.

Se la llevó a la lengua sin pensarlo.

—Ya —dijo Elpidio—. Eso lo tiene todo esto. Se friega y a los tres meses vuelve.

—¿Aunque no se llene?

—Aunque no se llene. Por ahí detrás anda el mar y se cuela por donde puede. No en cantidad; en humedad. —Señaló la boca del norte—. El mar no hace falta que entre para dejarse notar.

Alma sacó el cuaderno y dibujó la planta con dos trazos: el rectángulo, la puerta abajo, la boca arriba, la tapa del centro.

Anotó el gres, el paño de enlucido, las tres ventanas y el color de los vidrios.

Anotó que no había humedad en las paredes por encima de la rodilla y que el enlucido estaba sano, y eso último lo anotó con gusto, porque era la primera buena noticia que daba aquella casa en dos días.

—¿Y aquí baja alguien?

—Aquí baja el señor.

—¿A qué?

—A estar. —Elpidio lo dijo sin ningún misterio, del modo en que se dice que alguien fuma—. Baja dos o tres noches a la semana, se trae la petaca, se sienta ahí. —Señaló el banco de plantas con el farol—. Y echa la barra.

—¿La barra por dentro?

—Por dentro.

—¿Para qué?

—Para que no baje nadie a decirle nada. —Elpidio se encogió de hombros—. Lleva haciéndolo años. Nieves sabe que cuando la puerta de arriba está abierta y él no está en su cuarto, es que está aquí, y no se baja. Y cuando sube, la deja sin echar y ya está.

Alma miró la barra. Corría por dos cáncamos y encajaba en el tope con un cuarto de vuelta de la mano. Desde dentro se echaba en un segundo. Desde fuera no había nada que tocar.

—¿Y si le pasa algo ahí dentro?

—Pues se fuerza. —Elpidio dio dos golpes con los nudillos en la hoja de bronce, y el bronce sonó a macizo—. Se fuerza y me lo descuentan a mí.

—¿Se ha forzado alguna vez?

—Nunca.

Alma cogió la barra con la mano y la corrió. Iba dura al principio, por la sal de los cáncamos, y después corría sola, y encajó en el tope con un golpe seco y corto que se oyó en toda la bóveda.

Volvió a sacarla y lo hizo otra vez, mirándose la mano.

Un cuarto de vuelta de muñeca y ya estaba. Cualquiera podía. Un hombre de cincuenta y siete años con la petaca en el bolsillo podía, sin pensarlo, todas las noches, mientras se acomodaba.

—No la deje echada —dijo Elpidio.

—No la voy a dejar echada.

—Lo digo porque si sale usted y la deja, después hay que bajar a sacarla, y la única manera de sacarla es estando dentro.

Alma la sacó del tope y la dejó corrida hacia el cáncamo del lado de las bisagras, que era como la había encontrado.

Después se limpió la palma en la falda. Tenía una raya de herrumbre y una de sal.

—¿Y las baldas de las ventanas, las de arriba, se abren?

—No se abren. Están de fábrica. Ahí no entra ni sale nada.

Salieron y subieron. A mitad de la escalera Alma se paró para dejar pasar una respiración y oyó, por debajo, otra vez el ruido de la boca del norte, que ahora era distinto: más seguido, más adentro.

—Está subiendo —dijo Elpidio sin pararse.

—¿Mucho?

—Toda esta semana va a más. —Le esperó en el peldaño de arriba con el farol en alto—. La grande de este ciclo cae la semana que viene, de noche. Esa noche el agua sube hasta donde no sube nunca, y al día siguiente la calzada se queda seca hasta más tarde que ningún otro día.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Eso no es nada —dijo Elpidio—. Eso es el mar, que va y viene y no pregunta.

Cerró la puerta de tablero del rellano y le dio la vuelta al picaporte, y desde el otro lado ya no se oía nada.

—¿Y por qué se dejó de usar?

Elpidio se paró con la mano todavía en el picaporte.

—Porque se cerró la casa.

—Eso no es una razón. Un sitio así se puede usar sin casa. Se llena, se calienta y se baña quien quiera.

—Pues porque cuesta dinero y no da ninguno. —Descolgó el farol del clavo del rellano, donde lo había dejado—. Y porque el señor no quiere gente ahí abajo.

—¿Ninguna?

—Ninguna. Ahí baja él y bajo yo cuando hay que purgar. —Empezó a andar hacia la escalera de servicio—. Se lo digo por si mañana se le ocurre a usted bajar sola a mirar una pared. No baje. Si quiere volver, me lo dice y bajo con usted, y si me lo dice dos veces, bajo dos veces.

—¿Y si bajo sola?

—Si baja usted sola no se entera nadie, porque esa puerta no chirría y esa escalera no se oye desde arriba —dijo Elpidio—. Y por eso mismo no baje.