Capítulo 8 · Carbón
Carbón
Elpidio la estaba esperando en el arranque de la escalera de servicio con un farol encendido a las cuatro de la tarde, que era su manera de decir que aquello iba a durar.
—Me ha dicho la señora que se lo enseñe todo.
—Si le viene mal, lo dejamos.
—No me viene mal. Me viene a destiempo, que es otra cosa. —Empezó a bajar—. Usted va a escribir un papel, ¿no?
—Voy a escribir un informe.
—¿Y en ese papel se puede poner lo que haga falta?
—Se puede poner lo que yo vea.
—Entonces suba luego conmigo a la azotea.
La carbonera estaba debajo del ala oeste, en un sótano de bóveda con el suelo de tierra apisonada.
Olía a carbón mojado y a saco. Había un montón contra la pared del fondo, una pala, un cajón de hierro con ruedas y, colgada de cuatro alcayatas a lo largo del muro de la izquierda, una escala de madera.
Alma se paró debajo.
—¿Y esto?
—Eso es de la terraza. —Elpidio levantó el farol—. Antes se bajaba desde la terraza a la cala por ahí. En el noventa y nueve se descolgó el tramo de abajo y se metió aquí, y aquí lleva.
—¿Por qué?
—Porque se cerró la casa y porque aquello estaba a la vista desde el mar. —Bajó el farol—. Y porque un día un chico del pueblo subió por ella y le costó a don Álvaro una conversación.
—¿Y lo de arriba sigue puesto?
—Lo de arriba está empotrado en la roca y no se quita. Le falta esto de abajo, que son doce metros. —Recorrió la escala con el farol de un extremo al otro—. Para volver a montarlo hacen falta dos hombres, una cuerda, luz, que alguien lo mande y que quede apuntado. No se sube ahí por gusto.
La caldera estaba en el mismo sótano, pasada una puerta de hierro, en un recinto encalado con el techo negro.
Era una caldera de carbón, cilíndrica, con la puerta del hogar embellecida y un manómetro que Elpidio miró nada más entrar, por costumbre. Del cuerpo salían dos ramales gruesos forrados de amianto que subían y se metían en la bóveda.
—Esta es la única —dijo Elpidio—. No hay otra en toda la isla.
—¿Y da para todo?
—Da para lo que hay, que es poco. —Se agachó, abrió el cenicero y lo volvió a cerrar—.
Por ahí sale el agua caliente de la casa y de la clínica.
Y por ahí sale un circuito que va por debajo del suelo de la sala de abajo y la templa.
Los dos del mismo fuego. Si enciendo para una cosa, lo tengo caliente para la otra, y si no enciendo, no hay ninguna de las dos.
—¿Qué sala de abajo?
—La de mareas. Ya bajaremos.
—¿Y eso se usa todo el año?
—Eso se enciende a primeros de noviembre y se apaga en marzo. —Se limpió las manos en un trapo que tenía metido en el cinto—. En octubre le doy un repaso, que es ahora, porque si se enciende con una junta seca me lo pagan a mí.
—¿Un repaso de cuánto?
—De una mañana. Purgar, mirar las llaves, y encender un rato para ver si tira. —Volvió a coger el farol—. Este año lo tengo que hacer y no he encontrado el día.
De un clavo al lado de la puerta del hogar colgaba, atado con un cordel, un cuaderno de hule con las tapas negras de abrirlo con las manos sucias.
—¿Y eso?
Elpidio lo descolgó y se lo puso delante sin que se lo pidiera.
Eran columnas. Una fecha, una hora, una raya por cada cesta de carbón y, al final del renglón, una letra.
—Aquí apunto lo que gasto y para qué. Ce de casa, ese de sala. —Pasó tres hojas hacia atrás con el dedo gordo—. Mire el invierno pasado. De noviembre a marzo, todos los días las dos letras. Y de abril para acá, ce sola y nada más.
—¿Y esto lo mira alguien?
—Lo miraba don Ramiro cuando venía a cerrar el año. Ahora ya no sé si lo mira. —Volvió a colgarlo del clavo y le dio un golpecito con los nudillos para que quedara plano contra la pared—. Yo lo apunto igual. Las cuentas de uno no se llevan para que se las miren.
Alma lo apuntó todo porque apuntaba las cosas, y porque en un informe sobre humedad y conservación importa mucho saber qué días de la casa hay un suelo caliente debajo y qué días no.
Subieron.
La azotea estaba encima del cuerpo central del ala, y era un rectángulo de gravilla con antepecho bajo y un registro de hierro en el medio. Desde allí se veía la isla entera, el cerrado de mampostería, la Pasada descubierta a esa hora y, hacia el norte, la loma que caía a la cala.
Elpidio levantó la tapa del registro.
Debajo había un depósito de obra forrado de cemento bruñido, ancho como una habitación pequeña y hondo hasta donde llegaba la luz del farol. El agua estaba muy quieta y muy limpia, y en el fondo se veía el bruñido.
—Esto es de lluvia —dijo—. Toda la cubierta baja aquí. No hay bomba ni la ha habido nunca: de aquí sale por su peso y llega adonde tiene que llegar, porque está más alto que todo lo demás.
—¿Y adónde llega?
—Antes llegaba a media casa. —Elpidio dejó el farol en el antepecho y señaló con la barbilla cuatro llaves de paso alineadas en una arqueta abierta junto al registro, con sus volantes de mariposa—.
Ahora sólo a estas dos. Las otras dos están cerradas desde que se cerró la casa, y una de ellas es la del ala de abajo.
—¿La del pasillo largo?
—Esa.
—¿Y se puede abrir?
—Se puede abrir en un minuto. Lo que no se puede es abrirla yo porque a usted le apetezca. —Lo dijo sin aspereza—. Eso lo manda el señor. Se le dice, dice que sí y yo abro. Yo aquí abro y cierro lo que me mandan y anoto lo que gasto, y por eso llevo siete años aquí y no seis meses.
Alma se agachó junto al registro y metió la mano en el agua.
Estaba fría y tenía ese tacto que tiene el agua de lluvia, que resbala más de lo que debería.
—¿Le puedo pedir una cosa?
—Diga.
—Una botella de esta. Dos, si puede ser, y con tapón.
Elpidio la miró.
—¿Para qué quiere agua de lluvia?
—Para lavar placas. La del grifo tiene cal y la cal se queda dentro de la gelatina y no sale. Esta no tiene.
—Eso es verdad —dijo él, y lo dijo con cierto gusto, como quien ve confirmada una opinión que tenía desde hacía tiempo y que en aquella casa no le interesaba a nadie—. Yo se lo he dicho a la señora por la ropa blanca y me manda hervirla igual.
Bajó a por dos botellas de a litro, las llenó con un cazo largo, las taponó y se las dio.
Antes de cerrar el registro, Alma señaló el canalón del ala oeste, que desde allí se veía entero, descolgado en dos tramos y con la chapa abierta por la unión.
—¿Eso es lo que quería que pusiera en el papel?
—Eso es. —Elpidio se quedó mirándolo—. Lo he pedido tres veces. Se moja el forjado, se moja la pared por dentro y luego la señora quita el moho con lejía y vuelve a salir. Si lo pone usted en un informe firmado, a lo mejor lo hacen.
—Lo voy a poner.
—Póngalo con la palabra que usan ellos.
—¿Cuál es?
—Conservación —dijo Elpidio—. Si se dice que se estropea la casa, lo arreglan. Si se dice que se moja una pared, no.
A las seis menos cuarto Alma estaba otra vez en el cuarto oscuro con el pestillo echado.
Puso el vidrio grande de pie contra la madera negra, tendió la tira de trapo por el canto, encendió el quinqué con la campana roja y lo dejó detrás y a la izquierda, y se arrodilló.
Primero la del grifo, para tener el orden bien hecho, porque el orden es lo único que distingue una prueba de una casualidad.
Llenó una jarra, vertió despacio, la lámina se formó entera y bajó hasta el banco, y su reflejo rojo se quedó mirándola con la jarra en la mano hasta que se acabó el agua.
Repitió con la jarra llena otra vez, y una tercera acercando la cara hasta que el vaho le estropeó el borde de abajo. Nada.
Secó el vidrio con un paño limpio, lo miró al sesgo para asegurarse de que no quedaba película, y esperó a que estuviera seco del todo. Mientras esperaba escribió la hora y el resultado, que era ninguno, porque también se apunta lo que no pasa.
Después destapó una de las botellas de Elpidio.
El tapón chirrió y al salir dejó ir un olor a nada, a agua quieta de aljibe.
Vertió.
La lámina bajó igual que la anterior, sin diferencia ninguna que un ojo pudiera medir: la misma velocidad, el mismo reparto, el mismo modo de juntarse por debajo de la tela. Durante dos segundos su reflejo sostuvo la jarra como ella la sostenía.
Al tercero la soltó.
No la dejó: la soltó, con las dos manos a la vez, y la jarra desapareció por debajo del encuadre sin que se oyera nada.
Después el reflejo se quitó un abrigo que Alma no llevaba puesto y lo dejó doblado en el respaldo de una silla que en aquel cuarto no había, y siguió de pie con los brazos colgando, esperando.
Alma cortó la lámina con el canto de la mano.
El agua se abrió, la imagen se rompió en tiras y volvió a juntarse siendo una mujer arrodillada con una jarra, y esta vez Alma no se apartó ni soltó nada. Siguió arrodillada, con la mano en el vidrio mojado, hasta que dejó de caer agua del trapo.
Después se sentó en el suelo, con la espalda contra la pila y la botella entre las rodillas, y estuvo así hasta que se le enfrió el sudor.
Lo tenía. Era lo que había ido a buscar y era una cosa limpia y pequeña y cabía en una línea: la del grifo no, la de la lluvia sí.
No hacía falta que lloviera en ese momento.
No hacía falta un temporal. No hacía falta la galería, ni aquel paño del ochenta y seis, ni ningún vidrio en particular.
Hacía falta que el agua hubiera caído del cielo, y daba igual cuándo.
Lo escribió así, en la página de la izquierda, y no puso al lado lo que había visto hacer al reflejo, igual que no lo había puesto la primera vez.
Después se levantó, secó el vidrio, lo guardó, taponó la botella, metió las dos debajo del banco detrás del cubo y abrió el cuaderno.
Lo que escribió fue esto, y lo escribió con letra de informe y no de apunte, porque iba a copiarlo en limpio esa misma noche para don Álvaro:
Se solicita, para la correcta ejecución del encargo: primero, cotejo del recuento con el registro de la administración, en presencia de quien se designe.
Segundo, autorización para grabar en el canto de cada placa su número, con punta de diamante.
Tercero, apertura de la llave de paso del depósito de lluvia correspondiente al ala oeste, por ser esa agua la única de la casa apta para lavado fotográfico, y hallarse en dicha ala tanto el archivo como la sala de trabajo.
Leyó los tres puntos dos veces.
Los dos primeros los necesitaba de verdad.
El tercero también lo necesitaba de verdad, y además servía para otra cosa, y esa otra cosa no estaba escrita en ninguna parte y era la razón por la que iba a firmarlo.
Puso la fecha y firmó Alma Vega.
Lo copió en limpio en un pliego, lo dobló en tres y subió a dejarlo.
El despacho estaba a oscuras y la puerta entornada.
Alma no entró. Puso el pliego en la bandeja de latón de la consola del recibidor, encima de dos cartas que ya había allí, y estuvo un momento mirando aquella bandeja, que era la misma en la que ella había dejado el cuaderno el día anterior mientras comían.
—Eso ahí no llega.
Nieves venía del comedor con una jarra.
—¿Cómo que no llega?
—Ahí se deja lo que va a Ruicanto. Para él, en la mesa del despacho y encima del secante, o no lo ve. —Dejó la jarra en la consola, cogió el pliego y lo tuvo un segundo en la mano, del derecho, con el doblez hacia ella—. ¿Se lo dejo yo?
—Se lo dejo yo.
Nieves se lo devolvió sin ninguna prisa y sin mirarlo, y volvió a coger la jarra.
—A las nueve se cena. Mañana llegan los de fuera y se cena a las nueve y media, y pasado, no sé.
Alma entró en el despacho, encendió una cerilla, buscó el secante y puso el pliego encima, en el centro, bien cuadrado con el canto de la mesa.
La cerilla le duró lo justo para ver que en la carpeta de piel con sus cintas alguien había escrito a lápiz, en la tapa, una fecha del primero de octubre y la palabra notario .