El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 7 · La séptima puerta
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Capítulo 7 · La séptima puerta

La séptima puerta

Alma se paró delante del arcón y no siguió andando, y como Teresa iba detrás tuvo que pararse también.

—Esta.

—Esa no es suya.

—Ninguna es mía. Esa la necesito.

—¿Para qué?

—Para el informe. —Alma abrió el cuaderno por la página del recuento y la sostuvo en alto—.

Voy a firmar un documento que diga en qué estado está un fondo de trescientas once piezas y dónde se hicieron.

Si dejo una habitación de esta ala sin abrir, el documento no vale nada y a quien se lo enseñen lo sabrá.

—Ahí no hay placas.

—Mejor. Se tarda menos.

Teresa se quedó con la mano en el llavero un momento largo. Después buscó, y tardó en encontrarla, una llave que no estaba con las otras sino suelta en el fondo del bolsillo.

Empujó la hoja. El pomo era liso y hubo que empujar con toda la palma.

Dentro no había nada que se pareciera a un trastero.

Era una habitación estrecha y larga, más larga que ancha, con el suelo de la misma baldosa en espiga del pasillo y con la misma media caña en los encuentros.

La pared del fondo, la del hueco tapiado, estaba enfoscada y pintada al aceite y no tenía ninguna abertura, y eso Alma ya lo sabía desde el jardín.

Lo que no sabía era lo de la pared larga de la izquierda.

Ocupándola casi entera, montado sobre un bastidor de hierro atornillado al suelo y a la pared, había un paño de vidrio de una sola pieza, de dos metros de ancho y de la altura de una persona con el brazo levantado.

Detrás del vidrio, a un dedo de él, la pared estaba pintada de negro mate hasta el techo.

Por encima del bastidor, a lo largo de todo el borde superior del paño, corría un tubo de plomo con una hilera de perforaciones hacia abajo y, debajo de las perforaciones, un canal de chapa con un labio.

El tubo entraba por el techo. En el techo había un manguito, una llave de paso pequeña con volante de mariposa y una brida.

En el suelo, delante del paño, a metro y medio, había una peana de fundición de unos treinta centímetros de alta, atornillada a la baldosa con cuatro pernos, y de la peana salía una columna con un tornillo de apriete y, encima de la columna, una horquilla forrada de cuero.

Alma se acercó primero al vidrio, porque era lo suyo.

Era una luna de una sola hoja, y una luna de ese tamaño en el ochenta y seis no se compraba en Ruicanto.

Pasó la yema por la cara y no encontró ondulación: estaba pulida por las dos caras, no estirada.

Por el canto, el bastidor la tapaba, pero en la esquina de abajo, donde el hierro hacía ángulo, se veía el grueso, y el grueso era de los de escaparate.

La cara que daba a la habitación estaba limpia de un modo que no le cuadró con nueve años cerrada.

La otra, la que daba a la pared negra, tenía polvo.

Se agachó y miró a contraluz de la puerta, y en el tercio inferior de la cara buena, en toda su anchura, había una banda mate, un velo finísimo y uniforme, de esos que deja el agua dura cuando se seca mil veces en el mismo sitio.

Al pie del paño, en la baldosa, corría un canalillo rehundido de un dedo de ancho, con una pendiente clarísima hacia el testero del cubículo, y allí acababa en un sumidero de latón de la mitad de tamaño que los del pasillo.

Alma se puso de rodillas y metió los dedos por el hueco que quedaba entre el vidrio y la pared negra.

Cabían los cuatro dedos y no cabía la mano. Por dentro, el hueco estaba limpio: sin telarañas, sin polvo acumulado en el fondo, sin lo que se acumula en nueve años en una ranura horizontal de una casa cerrada. Sacó el pañuelo, lo pasó a lo largo todo lo que le llegó el brazo y lo miró.

Salió gris, que es lo que sale de cualquier parte.

Después arrimó la cara al suelo y miró a contraluz por debajo del bastidor. La pared negra bajaba hasta la baldosa y estaba pintada también por detrás del hierro, hasta abajo, sin dejar un palmo sin cubrir.

Pintar lo que no se ve cuesta el mismo jornal que pintar lo que se ve.

Alma se puso de pie y se apartó dos pasos, y sólo entonces vio la habitación en conjunto: una pared de vidrio con la pared de detrás pintada de negro, un tubo por arriba, un desagüe por abajo y nada más.

Después puso la barbilla en la horquilla.

Le venía justo. El cuero estaba gastado en el fondo del hueco y liso en los bordes.

Desde allí lo que se veía era el paño de vidrio, entero, a metro y medio, con la pared negra detrás.

Se veía a sí misma.

—Quítese de ahí.

Lo dijo desde la puerta y lo dijo deprisa, antes de que Alma hubiera terminado de acomodar la barbilla.

Alma se enderezó.

—Perdone.

—No tiene que pedir perdón. Es hierro viejo y está atornillado a una baldosa que se puede levantar. —Teresa dio un paso dentro y se paró en el mismo sitio en que se había parado antes—. ¿Quiere que le suban un café ahí abajo o va a subir usted al comedor?

—Subiré.

—Como quiera.

Alma se apartó y dio la vuelta a la peana. El tornillo de apriete servía para subir y bajar la columna, y tenía marcas de uso repartidas en un palmo y medio de recorrido. La horquilla no giraba: estaba fija, mirando al paño.

—¿Esto qué es? —dijo.

—Aquí se hacían las fotografías.

—Eso ya lo había supuesto.

Fue entonces cuando vio el portillo.

A la derecha del paño, en el testero corto, había un tabique de fábrica que no llegaba al techo y que formaba un cubículo de poco más de un metro, con su propia puertecita.

En el tabique, a la altura de los ojos de una persona de pie y a un palmo escaso del canto del vidrio, se abría un hueco rectangular del tamaño de un libro, con el marco rebajado en bisel y dos ranuras verticales talladas en la madera del cerco, una a cada lado, para que algo entrara a presión y quedara sujeto.

Alma abrió la puertecita del cubículo y entró.

Dentro cabía una persona y un trípode y no cabían dos personas.

Había un gancho en la pared a la altura de la cabeza, del que se cuelga una linterna de taller.

Había una repisa a la altura de la cintura con un cerco redondo, del tamaño del culo de un frasco de un litro, y al lado del cerco una quemadura antigua en la madera, alargada, de haber dejado algo encendido demasiado cerca.

En el suelo, marcadas en la baldosa con óxido, tres manchas dispuestas en triángulo, y el triángulo no estaba centrado en el cubículo sino arrimado al tabique, para que el aparato quedara lo más cerca posible del hueco.

Puso el ojo en el portillo.

Lo que se veía desde allí era el paño de vidrio, de costado, y en el paño de vidrio se veía el sitio donde acababa de estar su propia barbilla.

No se veía la peana. No se veía la horquilla. Del cuerpo que se apoyara en aquel hierro no entraba nada en el hueco: sólo entraba lo que el vidrio devolviera de él, y sólo desde ese ángulo.

Salió del cubículo y miró al techo, que era lo único que le faltaba.

El tubo de plomo entraba por una roza abierta en la bóveda y tapada después con yeso, y la roza venía del lado del pasillo, no del lado de fuera. Junto al manguito había un segundo brazo del mismo plomo, cortado y aplastado a martillo, que en su día había ido a alguna parte y ya no iba.

Sacó el cuaderno.

—¿Qué hace?

—Medir.

—No hace falta que mida un trastero.

—Señora, haga usted el favor de sujetarme esto por el otro extremo.

Se lo dijo sin levantar la vista y con la cinta ya desenrollada, y Teresa, que llevaba cinco horas dando órdenes, le sujetó la cinta.

Alma tomó cinco medidas y las anotó. Del suelo a la horquilla.

De la horquilla al vidrio. Del vidrio al portillo.

La altura del portillo. El recorrido del tornillo de apriete.

Dibujó la planta, marcó el paño, la peana, el tabique y el hueco, y trazó una línea recta desde el portillo hasta el vidrio y otra desde el vidrio hasta donde estaría la cara de quien se apoyara.

Las dos líneas se cruzaban en el vidrio. Ninguna de las dos pasaba por el cuerpo.

No escribió nada debajo del dibujo.

Buscó una banqueta, y como no la había, se subió al canto de la peana sujetándose en el bastidor, y llegó con la mano a la llave de mariposa del techo.

—Baje de ahí.

—Un momento.

La mariposa estaba dura y cedió a la tercera. Alma la abrió una vuelta entera y esperó.

No cayó nada. Ni una gota. En la boca del tubo, en las perforaciones que le quedaban a un palmo de la cara, había el residuo blanco y seco que deja el agua cuando se va y no vuelve.

Volvió a cerrar y bajó.

—¿Y el tubo de arriba?

—Agua.

—Eso lo veo. ¿De dónde?

—De arriba —dijo Teresa—. Hay un depósito en la azotea. Se lo enseñará Elpidio esta tarde, que es lo suyo.

—¿Y para qué se mojaba un vidrio en una habitación donde se hacían retratos?

—Yo no soy fotógrafa.

—Yo sí, y no se me ocurre.

—¿Y ese canalillo del suelo lo puso el mismo que puso el tubo? —dijo Alma.

—No lo sé.

—Lo puso el mismo. Se ve en la baldosa, que está cortada a la vez. —Alma señaló con el lápiz, sin tocar—. Se mojaba ese vidrio de arriba abajo y se recogía abajo. Eso no es una gotera que se arregló. Eso se proyectó así, con su desagüe propio y su pendiente, y costó dinero.

—Habría que preguntárselo a quien lo hiciera.

—¿Y quién lo hizo?

—Han pasado veintidós años, señorita.

Alma dijo la verdad y no dijo toda la verdad, porque una cosa sí se le ocurría.

Baeza había dicho por la mañana que la postura la ponía él.

Una horquilla de barbilla es de las cosas más viejas que hay en el oficio: se pone para que una cabeza no se mueva durante una exposición larga, y con emulsiones lentas y luz de interior una exposición larga es medio minuto, y en medio minuto una persona se mueve aunque no quiera.

Todo aquello encajaba con un aparato para sujetar a alguien quieto.

Lo que no encajaba era que la horquilla mirase al vidrio y el objetivo mirase al vidrio y nadie mirase a la persona.

Se guardó la cinta.

—¿Cómo se llama esta habitación?

—No se llama.

—Tendrá un nombre en la casa. Todo lo que tiene puerta tiene nombre.

—El cuarto del fondo del pasillo.

—El cuarto del fondo del pasillo es el archivo.

—Pues entonces este no tiene —dijo Teresa—. Aquí se hacían fotografías y se dejaron de hacer, y después se ha ido metiendo lo que sobraba, y ya está.

Alma miró alrededor. No sobraba nada. En aquella habitación no había un mueble, ni una caja, ni una silla, ni una cortina, ni un clavo del que colgar algo. Estaba barrida.

Antes de salir, Alma se paró en la hoja de la puerta y la miró por dentro.

Por dentro no había pomo. Había un escudo de latón sin tirador y el agujero de la cerradura, y alrededor del agujero la pintura estaba desgastada en un cerco del tamaño de una moneda grande, de haberla buscado a oscuras con la uña muchas veces.

—¿Esta puerta se cerraba con llave?

—Todas las de este pasillo se cierran con llave.

—Por fuera.

—Por fuera y por dentro, si se tiene la llave.

—¿Y si no se tiene?

Teresa esperó a que Alma saliera al corredor y entonces cerró.

—Entonces se llama —dijo.

Devolvió la llave suelta al fondo del bolsillo, no al llavero.

—A las cuatro —dijo—. Y coma usted algo, que ayer no comió.

Alma bajó al cuarto oscuro, se sentó en el banco y abrió el cuaderno por la primera página de la mañana, la del recuento.

Tenía apuntadas cuatro columnas y trescientas once líneas, y arriba, en la cabecera que se había hecho ella misma para no perderse, había copiado los rótulos impresos de la ficha tal como venían, porque se copian los rótulos de un impreso y no se resumen.

Nombre. Ingreso. Exposición. Sala de observación.

Aquello no estaba escrito a mano ni rellenado en un hueco.

Estaba impreso, con tipo de imprenta, en trescientas once cartulinas encargadas a un taller y pagadas con dinero.

Nadie manda imprimir el nombre de una habitación si esa habitación no va a existir mucho tiempo y no va a llamarse siempre igual.

Alma dejó el dedo encima del renglón.

Hacía una hora había estado con la barbilla puesta en el hierro de esa habitación y con una cinta métrica en las manos, y la mujer que le sujetaba el otro extremo de la cinta le había dicho que aquello no se llamaba de ninguna manera.

Buscó la página de las medidas, la del dibujo con las dos líneas que se cruzaban en el vidrio, y arriba, donde no había puesto nada, escribió el nombre.