El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 6 · El recuento
15%

Capítulo 6 · El recuento

El recuento

Teresa llevaba veinte minutos en el corredor con el llavero en la mano.

—Las siete era las siete.

—El doctor se ha alargado.

—El doctor se alarga siempre. —Metió la llave—. Usted ha venido a trabajar conmigo, no con él.

La habitación era más grande de lo que le había parecido desde el umbral el día anterior.

Ocupaba todo el testero del ala, con estanterías de pino barnizado de suelo a techo en tres paredes y una mesa larga bajo una ventana alta y estrecha que daba al norte.

En el suelo, delante de la mesa, había una tarima para que la humedad no subiera.

Olía a papel y a barniz viejo y no olía a moho, que fue lo primero que Alma comprobó.

Las estanterías estaban llenas de cajas planas de cartón forrado, tumbadas, con una etiqueta en el canto.

—¿Puedo?

—Para eso está.

Sacó una caja del estante de la altura del pecho y la puso en la mesa. Dentro, de pie y separados por lengüetas de cartón, había sobres. Cada sobre llevaba escrito a mano, en el faldón, una letra, un año y un número. Dentro de cada sobre, una placa de vidrio con su papel de seda.

Alma sacó el primero.

El sobre era de papel de trapo gris, blando, con el grano abierto, del tipo que se usaba para envolver antes de que se generalizara el de pasta. Lo inclinó hacia la ventana. La filigrana apareció antes que la tinta: una campana con dos líneas debajo.

—Estos son los antiguos —dijo Teresa.

—¿Cuántos?

—Los de esa caja y los de la siguiente.

Alma los contó. Cuarenta y dos, todos de trapo gris, todos con la misma campana, todos con la cifra en romanos. El más antiguo era de marzo del ochenta y nueve y el último de marzo del noventa.

Después abrió una caja del estante de arriba. Manila, ocre, liso, con la cifra en arábigos.

—Y a partir de aquí ya no se cambió más.

—Se acabó el papel de antes y se compró otro —dijo Teresa—. No tiene más historia.

—La tiene para mí. —Alma puso los dos sobres juntos sobre la mesa, el gris y el ocre, uno al lado del otro—.

Mire. El de trapo pesa más, se abre por la solapa sin desgarrar y tiene esa marca, que la puso el fabricante y no se imita a mano.

El de manila es más barato y más limpio y no tiene marca ninguna.

Si mañana alguien me trae un sobre y me dice que es del ochenta y nueve, yo no necesito creerle.

Lo levanto contra la luz y lo sé. Y si el sobre miente, deja de importarme lo que ponga escrito encima.

—Nadie va a traerle sobres.

—Ya lo sé. Se lo digo por que entienda por qué voy a tardar más de lo que le gustaría.

Teresa se sentó en la única silla que había, junto a la puerta, y allí se quedó las cinco horas siguientes.

Alma trabajó por cajas.

Hizo cuatro columnas en el cuaderno: letra, número, año de la ficha y observación.

Cada sobre traía dentro, doblada en cuatro y metida entre la placa y el papel de seda, una ficha de cartulina impresa.

Arriba, el membrete de la casa. Debajo, tres renglones con el rótulo ya puesto y el hueco en blanco para rellenar a mano: nombre, ingreso y exposición.

A la derecha del renglón de la exposición, también impreso, sin hueco ninguno, porque siempre era el mismo sitio: Sala de observación.

Y al pie, una línea manuscrita que empezaba igual en las trescientas once: Indicación: . Después, dos o tres palabras.

Las dos o tres palabras eran casi siempre las mismas.

Indicación: rebeldía doméstica.

Indicación: negativa persistente.

Indicación: ideas de marcharse.

Indicación: exaltación al contradecirla.

Indicación: no reconoce autoridad.

Alma leyó unas cuantas al principio, por saber qué tenía entre manos, y después dejó de leerlas porque leerlas la hacía ir más despacio.

Alma no copió los nombres. Copió la letra, el número, el año y si el sobre era de trapo o de manila, que era su trabajo y era también lo único que podía hacer durante cinco horas con una mujer sentada detrás mirándole las manos.

A las nueve llevaba ciento veinte y le dolía el sitio entre el pulgar y el índice, que es donde duele cuando se abren sobres durante dos horas.

Se cambió de mano para levantar y dejó la derecha sólo para escribir.

A las diez se había hecho un sistema: sacar la placa una cuarta, leer el faldón, mirar la emulsión al sesgo contra la ventana, devolverla, cerrar, dejar el sobre de canto en la mitad derecha de la caja y no volver a tocarlo.

A la placa que estaba bien no hay que hacerle nada, y casi todas estaban bien.

El ala norte, el barniz de los estantes y la tarima del suelo habían hecho durante veinte años un trabajo mejor que muchos museos.

Encontró once con la emulsión levantada en un borde y tres con veladura de humedad antigua, y las apuntó aparte con su número, que era para lo que la habían llamado.

A las once y media había terminado y tenía trescientas once.

Los números iban de uno a trescientos once en una sola serie corrida, y las letras estaban repartidas en bloques: todos los de una letra juntos, y dentro de la letra, seguidos.

La letra no tenía nada que ver con el año.

Había placas del noventa y uno con número bajo y placas del noventa y cinco con número alto, y en la misma letra convivían el noventa y el noventa y siete.

Alma anotó eso y no intentó explicarlo, porque no era suyo el sistema.

La erre ocupaba del doscientos cuarenta y uno al doscientos ochenta y nueve. Los abrió todos, uno por uno, y no faltaba ninguno. Lo escribió así: erre, entera, sin hueco.

Después hizo la segunda cuenta, que no le había pedido nadie.

Tomó los años de las fichas y los agrupó: cuántas en el ochenta y nueve, cuántas en el noventa, y así hasta el siete.

Le salió una curva que subía despacio, se ensanchaba mucho a partir del noventa y tres y se estrechaba a partir del noventa y nueve sin llegar nunca a cero. La última era del año pasado.

Miró la columna un buen rato.

—¿Le falta algo? —dijo Teresa desde la silla.

—Me sobra.

—¿Qué le sobra?

—Nueve años. —Alma dio la vuelta al cuaderno para que se viera desde allí, aunque desde allí no se veía—. Esta casa cerró en el noventa y nueve. Aquí hay placas de después, y las hay de todos los años, y la última es del verano pasado.

—Se atendieron casos sueltos. Lo dijo mi marido ayer.

—Ya.

—¿Le parece poco?

—Me parece un dato. Los datos no me parecen nada, señora; los apunto.

Teresa no dijo nada.

Entre las diez y las once, mientras contaba, Alma había ido mirando las imágenes, porque no se puede no mirarlas.

No eran retratos.

En la primera que sacó, una mujer de la que sólo se veía la espalda y el brazo echaba un puñado de papeles a una lumbre.

En la siguiente, dos manos arrancaban una hoja de un libro cosido, y la hoja estaba a medio arrancar, con el desgarro vivo.

En otra, alguien se ponía unas botas de calle sentado al borde de una cama.

En otra, una figura de pie en el vano de una puerta abierta, a contraluz, saliendo, con la cara tan negra como el resto.

En otra, una mano abierta iba hacia la cara de un hombre y no había llegado.

En otra, una mujer de espaldas metía una llave en una cerradura por el lado de dentro.

En otra, alguien recogía a un niño del suelo, y el niño estaba de espaldas y la mujer también, y no se sabía de quién era la casa ni de quién el niño.

Ninguna miraba a la cámara. En ninguna se le veía la cara a nadie. En todas había alguien haciendo algo, y el algo estaba a medias.

Alma había visto fotografía clínica antes. Había copiado láminas de un cirujano de Valladolid y sabía qué aspecto tiene: el enfermo de frente, el enfermo de perfil, una regla al lado, la zona descubierta y el fondo neutro. Servía para comparar un martes con el martes siguiente.

Aquello no servía para comparar nada. Aquello eran escenas.

Lo que se le ocurrió, y lo que se le siguió ocurriendo durante el resto de la mañana sin que nada se lo desmintiera, fue lo que le habían dicho a las siete de la mañana en el pasillo de abajo.

La postura la ponía yo. Un médico que dirige, alguien detrás del aparato, una mujer a la que se le indica lo que tiene que hacer con las manos, y una placa al final para enseñarle a un tribunal, o a un cuñado, o a un juez, lo que aquella mujer hacía cuando se le dejaba.

Le pareció repugnante y le pareció verosímil, y siguió contando.

La luz era la misma en las trescientas once. La distancia era la misma. El encuadre, siempre a la misma altura y siempre sin cortar los pies.

A las doce menos cuarto hizo una cosa que no estaba en el encargo.

Cogió la caja que tenía delante, sacó tres sobres seguidos, les quitó las placas y las puso las tres en fila sobre la mesa, con las fichas boca abajo y los sobres en el otro extremo. Después se apartó, se lavó las manos en el aguamanil de la esquina y volvió.

Las tres eran mujeres sin cara haciendo tres cosas distintas. No supo decir cuál era cuál.

Volvió a emparejarlas por el orden en que las había dejado, que era el único que había, y se le quedó una duda de un segundo con las dos últimas, y ese segundo le duró toda la tarde.

Después repitió la operación con una sola.

Sacó la placa de su sobre y la puso encima de la mesa desnuda, sin el papel de seda y sin la ficha. Apartó el sobre a un palmo.

Sobre la mesa quedó un rectángulo de vidrio con una mujer sin cara poniéndose unas botas.

Podía ser de cualquiera. Podía ser de nadie. Nada en el vidrio decía qué año era, ni en qué casa, ni quién había estado delante. Lo único que lo decía estaba en el papel que ella acababa de apartar un palmo.

—Esto es lo que peor me parece de todo —dijo.

—¿El qué?

—Que la placa no sabe quién es. —Volvió a meterla en su sobre—. Lo sabe el sobre. Si alguien cambia un vidrio de sobre, la placa no protesta. No hay marca, no hay número en el vidrio, no hay nada. Y el que venga después leerá lo que ponga en el papel.

—El que venga después leerá también el registro.

—El registro es otro papel.

—El registro está en mi armario y lo llevo yo desde el noventa y dos —dijo Teresa—. Y no se ha equivocado nunca.

—Enséñemelo.

—No.

—Necesito cotejar lo que he contado con lo que usted tiene apuntado. Si no cuadra, lo que no cuadra lo arreglamos hoy y no dentro de veinte años.

—Cuadra.

—Eso lo dicen los dos juntos, no uno solo.

—Se lo pide usted a mi marido —dijo Teresa—. Si él quiere que un libro de esta casa salga de mi armario, sale.

—No he dicho que salga. He dicho que lo abramos usted y yo en una mesa, con el cuaderno al lado, y que tarde lo que tarde.

—Ya le he contestado.

—No he dicho que se haya equivocado. He dicho que es de papel.

Teresa se levantó de la silla, que era lo que llevaba cinco horas sin hacer, y se acercó a la mesa.

—Usted ha venido a conservar unos vidrios.

—He venido a conservar un fondo. Un fondo son los vidrios y lo que dice de quién son. Si le arreglo los vidrios y le dejo el resto como está, dentro de veinte años tendrá usted trescientas once fotografías preciosas de nadie.

Se quedaron las dos a los dos lados de la mesa, con la caja abierta en medio.

—¿Y qué propone?

—Un número grabado en el canto de cada vidrio, con punta de diamante. Es feo, es lento y no se puede quitar. Si algún día alguien se lleva un sobre, el vidrio sigue diciendo el suyo.

—Eso no se decide aquí.

—Eso ya me lo imaginaba. —Alma empezó a recoger—. Se lo diré a don Álvaro por escrito, que es como le gusta.

Teresa recorrió con la vista los estantes, el trabajo de la mañana, las cajas puestas en la mesa por orden.

—Deje la erre para el final —dijo—. Está en el estante alto y no quiero verla a usted subida en nada.

—La erre ya está hecha. Del doscientos cuarenta y uno al doscientos ochenta y nueve.

—Del doscientos cuarenta y uno al doscientos ochenta y nueve —repitió Teresa.

Y lo dijo sin acercarse a mirar, con la vista puesta en la ventana, del mismo modo en que se dice la fecha del propio nacimiento.

Antes de cerrar la caja de la ele, Alma volvió a las últimas.

Las tres más nuevas del fondo eran del verano del año pasado y estaban peor conservadas que las de mil ochocientos noventa, que es lo que pasa cuando se trabaja deprisa.

Las miró una por una contra el ventanuco, y no miró lo que había en ellas: miró el revelado.

Miró si el que las había hecho tenía la mano cansada, si había sacado el chasis con prisa, si había un dedo marcado en el canto.

Había un dedo marcado en el canto de la última.

Un pulgar, pequeño, entero, con la yema puesta encima de la emulsión todavía blanda.

Alma lo estuvo mirando un rato y después metió la placa en su sobre y cerró la caja, y no apuntó nada en la columna de observaciones, porque la columna de observaciones era del archivo y aquello no era del archivo.

Después Teresa cogió el llavero y esperó junto a la puerta a que Alma saliera delante.

En el corredor estaba Gabriel, apoyado en la pared del lado de la ventana, con las manos en los bolsillos y aire de llevar allí un rato.

—Madre —dijo, y se corrigió en el acto—. Teresa. ¿Han terminado?

—Hemos terminado. —Teresa cerró y se fue hacia el cuerpo sur sin esperarlos.

Gabriel se apartó de la pared.

—¿Se puede saber cuántas hay?

—Trescientas once.

—¿Y están bien?

—Están mejor de lo que tienen derecho a estar. —Alma se cambió el cuaderno de brazo—. Catorce hay que tratarlas. El resto aguanta otros veinte años si nadie las cambia de sitio y si esa ala deja de mojarse por dentro.

Gabriel miró la puerta cerrada.

—¿Puedo ver una?

—Hoy no. Está cerrado.

—Mañana, entonces.

—Mañana. —Alma empezó a andar y él se puso a su lado—. Y cuando la vea, la coge usted como le dije ayer.

—Por los cantos —dijo Gabriel—. Con las dos manos y encima de una mesa.

Lo dijo sin presumir y sin pedir nada a cambio, y siguió andando, y a Alma le molestó un poco que se lo hubiera aprendido.