El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 5 · La ducha
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Capítulo 5 · La ducha

La ducha

Lo bueno, según Baeza, era el pasillo.

—Fíjese en el suelo —dijo—. Esto lo hicieron en el ochenta y seis y no se ha levantado una sola pieza.

Era una baldosa de gres en espiga, con media caña en el encuentro con la pared para que no quedara ángulo donde se acumulara nada, y en el centro del pasillo, cada cuatro o cinco metros, un sumidero con reja de latón.

Todo el corredor estaba en pendiente hacia esos sumideros.

Se veía porque una canica habría sabido adónde ir.

—Aquí se baldeaba dos veces al día.

—¿Y ahora?

—Ahora se barre. —Abrió la primera puerta de la izquierda y encendió—. Pase.

Era una sala larga con cuatro camas de hierro pintado de blanco, sin colchones, con los somieres desnudos y las patas metidas en unas copas de porcelana que Alma tardó un segundo en entender: eran para el agua, para que no subieran los insectos.

Contra la pared, un armario vitrina vacío y una mesa de mármol con desagüe propio.

—Esto era la sala de mujeres —dijo Baeza—. Doce plazas en su mejor momento, y aun así no dábamos abasto. Ahora cuatro camas y ninguna ocupada desde hace nueve años.

—¿Y usted sigue aquí.

—Yo sigo aquí porque en esta casa hay gente que se pone enferma como en todas partes, y porque las cosas no se abandonan. —Cerró el armario vitrina, que estaba cerrado—. Venga, que le enseño la botica.

La botica era un cuarto de dos por dos con un armario de pino hasta el techo, de puertas de cuarterón, y una mesa auxiliar de mármol con una balanza y un mortero. Baeza sacó la llave del bolsillo del chaleco.

—Esto lo llevo yo.

El armario tenía cuatro baldas y en las baldas frascos de vidrio topacio con etiqueta de imprenta, alineados por tamaño y no por orden alfabético, con los cuellos hacia fuera. Faltaban muchos. Donde faltaba uno había un cerco de polvo con su forma.

—¿Y esto sigue en uso?

—Lo justo. Aquí ya no se despacha nada. Alcohol, yodo, un poco de bicarbonato y lo que haga falta si alguien se corta. —Cerró una puerta y abrió la otra—. Y esto de aquí no es botica, es de la casa.

En la balda de abajo, fuera de la fila de los topacios, había tres botellas de vidrio verde con cápsula y una de ellas empezada, con el corcho puesto de medio lado.

—Cordial. El señor Orive lo toma por las noches desde hace años. Se lo tenemos aquí porque en la despensa se lo iban bebiendo.

—¿Se lo receta usted?

—No hay nada que recetar. Es anís con hierbas y mucha costumbre. —Volvió a cerrar y dio la vuelta a la llave—. Se llena él la petaca cuando le apetece y se la baja. Eso no lo arregla un médico.

La cerradura del armario era de las de una sola gorja, con el escudo de latón suelto por uno de los tornillos. Alma lo vio sin querer verlo, de la misma manera en que se ve que una placa está guillotinada por un lado.

—Vamos a lo que le interesa —dijo Baeza.

Lo que le interesaba a Baeza estaba al final del pasillo, detrás de una puerta de dos hojas con el cuarterón forrado de zinc.

Era una habitación cuadrada con el suelo también en pendiente, un banco corrido de madera junto a la entrada con perchas encima, y en el centro, sobre una plataforma de gres levantada un escalón, un cilindro de chapa niquelada de la altura de un hombre con el brazo en alto.

—Esto es lo que ya no se hace —dijo Baeza, y no lo dijo con pena.

El cilindro estaba hecho de una camisa de chapa perforada, abierta por un cuarto que giraba sobre unas bisagras verticales, a modo de puerta curva.

Por dentro, una columna central de latón subía desde el suelo hasta una corona redonda de la anchura de un plato grande.

La chapa estaba taladrada en cuatro hileras a cuatro alturas distintas, y los agujeros eran del grosor de un alfiler gordo.

—Cuatro alturas —dijo Baeza—. Cabeza, hombros, riñones y piernas. Y por detrás, ocho tubos que reparten. Esto no es un chorro. Un chorro es lo que tenían en los balnearios y hace más daño que bien. Esto es una envoltura.

Abrió la hoja curva y se apartó para dejarle sitio.

—¿Puedo?

—Para eso la he traído.

Alma subió el escalón y entró.

Dentro cabía de pie y no mucho más. El gres del suelo estaba rehundido en cuenco, con el sumidero en el punto bajo, y el sumidero estaba libre: se le veía la rejilla y por debajo el codo. Un bordillo bajo separaba aquello del resto de la plataforma.

Las paredes de la camisa por el lado interior estaban pulidas, sin junta y sin resalte, y cuando pasó la palma abierta de arriba abajo no encontró nada: ni un borde, ni un tornillo, ni una costura.

Sólo la curva y los agujeros, y los agujeros estaban avellanados por dentro para que no cortaran.

La columna central era lisa de la misma manera.

Lo único que sobresalía en todo el recinto era un volante de rueda, de unos cuatro dedos de diámetro, metido en un rebaje de la chapa a la altura de su esternón.

—Ciento dieciocho centímetros —dijo Baeza desde fuera—. Y el rebaje es de cuatro. Iba a ir montado por fuera y se mandó rehundir, porque un volante que sobresale es un golpe en la espalda esperando.

Alma cerró la mano en el volante. Giraba con resistencia y giraba mucho: dio tres vueltas enteras y todavía no había hecho tope.

—Eso es la mezcla —dijo Baeza—. Y también el cierre, en el mismo mando. Hacia un lado abre y calienta, hacia el otro cierra y enfría. El agua entra ya cargada desde fuera y aquí dentro sólo se le da el punto.

—¿Cuántas vueltas para cerrar del todo?

—Las que hagan falta. Nunca las he contado.

Un palmo por encima del volante, en la chapa, había una anilla plana embutida en su alojamiento, del tamaño de un aro de servilleta.

—Eso abre.

—Eso abre —dijo Baeza—. Levante.

Alma metió las yemas por debajo del aro y tiró hacia fuera. Estaba encajado y hubo que sacarlo con la punta de los dedos. Después giró un cuarto de vuelta, con un chasquido, y entonces tiró hacia sí, y el cuarto de la camisa se abrió hacia dentro sobre sus bisagras.

Tres movimientos con la misma mano. Levantar, girar, tirar.

—Se hace en un segundo —dijo Baeza.

—Se hace en un segundo con los dedos.

—Con los dedos se hace todo, señorita.

Salió al escalón y se secó las manos en la falda por costumbre, aunque el níquel estaba limpio.

Baeza se había puesto junto a la pared de la entrada, donde había un segundo mando, este a la vista, con un volante mayor y una placa de latón debajo.

—Y esto es lo de fuera. Carga y corta. Mientras esto está cerrado, ahí dentro no cae una gota, aunque el de dentro esté abierto del todo. —Lo giró una vuelta y esperó—. Ya está cargando. Mire.

Dentro del cilindro no pasó nada.

—Lo ve. Ahora el de dentro.

Metió el brazo por la abertura, buscó el rebaje sin mirar, con la seguridad de quien lo ha hecho diez mil veces, y abrió.

El agua salió de las cuatro hileras a la vez, hacia dentro, en un cono cerrado, y el ruido no fue el de un chorro sino el de una lluvia muy fuerte encima de una chapa. Un vapor delgado empezó a salir por arriba.

Baeza dejó el brazo dentro un momento, con la mano a un palmo de la corona.

—Algo caliente está —dijo, y corrigió sin sacar el brazo, con dos dedos, girando el volante hacia la fría. El vapor bajó—. Llevo veintidós años haciendo eso todas las mañanas y no lo he pensado nunca.

—¿Usted la usa?

—Todos los días a las seis y media. —Cerró el mando interior, después el exterior, y sacó el brazo mojado hasta el codo—. No hay mejor cosa para la circulación. Y le diré una más: es el único aparato de esta casa que nunca ha estropeado a nadie.

—¿La caliente de dónde viene?

—De la caldera, que es una sola para toda la casa y está abajo.

—¿Y la fría?

Baeza hizo un gesto vago hacia el suelo y hacia el norte.

—La fría entra por su lado. Hay una llave en el cuarto técnico, detrás de los paneles del corredor de abajo, y de eso sabe Elpidio y no sé yo.

A mí me llega aquí y con eso me basta. —Se secó el brazo con un paño que tenía colgado en el banco—.

Ese hombre podría cortarme el agua un día y yo no sabría ni adónde ir a protestar.

Lo dijo como se dice una gracia sobre un criado.

Del clavo que había junto a la placa de latón colgaba una barra de hierro plana, de una vara de larga, con un ojo en un extremo y una uña doblada en el otro.

—¿Y eso?

Baeza la descolgó y la volvió a colgar en el mismo clavo.

—Un pasador. Entra por fuera en el alojamiento de la anilla y no deja abrir desde dentro.

—¿Para qué?

—Para las que no se estaban quietas.

Lo dijo sin cambiar el tono con que había hablado de la pendiente del suelo.

—Había tratamientos de veinte minutos y mujeres que a los tres salían.

Y salir a los tres es no haberlo hecho, y no haberlo hecho es tener que repetirlo al día siguiente, y al final acaba siendo peor para ellas.

—Se ajustó el puño de la camisa—. Se ponía el pasador y se les decía el tiempo, y sabiendo el tiempo lo aguantaban mucho mejor.

Esto usted no lo entenderá porque no ha visto lo que hay dentro de una cabeza cuando se descompone.

—¿Y si una de ellas hubiera querido salir de verdad?

—Ninguna quiere salir de verdad, señorita. Quieren salir.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo. Ahí está todo el oficio.

Alma miró el clavo, la barra y el alojamiento de la anilla, que ahora que sabía para qué servía tenía una forma distinta.

—¿Y quién decidía los veinte minutos?

—Yo.

—¿Y quién decidía si estaba enferma?

—Yo, con el señor Orive. —Baeza se rio, y esta vez fue una risa de verdad, corta—. No me mire así. En Santander lo decide otro señor en otro despacho y nadie le pregunta su nombre. Aquí por lo menos se sabía quién firmaba.

Junto al mando exterior, a la altura de la cadera, había una palanquita con el mango de madera.

—¿Y esa?

—Esa suelta la anilla desde fuera. Va por su lado, sin pasar por el pasador. Es para abrir aunque el de dentro no pueda. —La accionó, y dentro del cilindro sonó el mismo chasquido que Alma había hecho con la mano—. Nunca ha hecho falta, pero está.

Alma sacó el cuaderno.

—¿Le importa?

—Al contrario.

Dibujó la planta en dos minutos, marcó la posición del mando exterior, la del interior, la de la anilla y la del clavo, y escribió al lado de cada una lo que hacía. Baeza se puso a mirar por encima de su hombro y estuvo callado hasta que ella terminó, y entonces dijo:

—Dibuja usted bien.

—Dibujo exacto, que es otra cosa.

—Le voy a decir algo, señorita Vega, y no se lo tome a mal.

—Se apoyó de espaldas en el banco de las perchas—.

Aquí han venido en nueve años dos hombres a tasar el material y los dos me preguntaron cuánto pesaba el níquel.

Usted es la primera persona que ha metido la mano ahí dentro para ver si había de dónde agarrarse.

Alma cerró el cuaderno.

—No había.

—¿Cómo dice?

—Que no hay de dónde agarrarse. Es lo que he ido a ver y no hay.

—Claro que no. Si hubiera, se harían daño.

Salieron al pasillo. Baeza cerró la puerta del zinc y se quedó con la llave en la mano, dándole vueltas.

—Le pediré una cosa a cambio del paseo —dijo—. Cuando llegue usted a las fotografías, avíseme. Hay algunas que hice yo.

—¿Usted fotografiaba?

—Yo dirigía. La cámara la ponía otro. —Volvió a guardarse la llave—. Pero la postura la ponía yo, y eso es lo que sale.

—Venga, que le queda una.

La última puerta del pasillo, la de enfrente de la botica, era su consulta. Había una mesa, dos sillas, un perchero y, ocupando la pared entera, una estantería con cuadernos de tapas de hule numerados en el lomo, apretados unos contra otros, sin un hueco.

Baeza los recorrió con el dorso de la mano, de izquierda a derecha, como se pasa la mano por el lomo de un caballo.

—Del ochenta y seis a hoy —dijo—. Todos los días que he trabajado en esta casa están ahí dentro. Todos. Sin faltar uno.

—¿Y qué se escribe?

—Lo que entra y lo que sale. Quién llegó, en qué estado, qué se hizo, qué se le dio y qué pasó después. —Sacó uno del medio, lo abrió por cualquier parte y se lo enseñó de lejos sin dejárselo—. Mire la letra. La misma en veintidós años. Eso no lo tiene ni el Hospital de San Rafael.

—¿Y esto lo lee alguien?

—Ahora no. Algún día sí. —Volvió a meterlo en su sitio y lo empujó hasta que quedó a ras de los demás—. Un hombre puede equivocarse, señorita, pero si lo ha escrito todo, lo que hizo se puede juzgar. El que no escribe es el que tiene miedo.

Se fue por el pasillo hacia el cuerpo sur con las manos a la espalda, satisfecho de la mañana.

Alma se quedó donde estaba.

Tenía la palma derecha todavía tibia del níquel y en la yema del índice el hormigueo de haber tirado de un aro que estaba más duro de lo que parecía.

Se miró la mano. El borde, el que se había golpeado la tarde anterior en la galería, seguía sensible, y al cerrar el puño el aro le había apretado justo encima.

Abrió y cerró la mano dos veces.

Después se subió la manga y estuvo un rato pasándose la yema del pulgar por la muñeca, buscando el hueso, calculando qué anchura tenía aquello y cuánta fuerza hacía falta para levantar, girar y tirar con las manos mojadas.