El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 4 · Dos aguas
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Capítulo 4 · Dos aguas

Dos aguas

Oyó a Elpidio antes de que hubiera luz: los pasos del corredor de servicio, una puerta, y después el ruido del carbón entrando en un cajón de hierro, que es un ruido que no se parece a ningún otro y que se oye por el suelo antes que por el aire.

Alma estaba vestida desde hacía un rato.

Antes de bajar abrió la contraventana del cuarto del sur y sacó la cara.

Había dejado de llover en algún momento de la noche y el cielo estaba limpio por levante, con esa claridad sucia que va por delante del amanecer.

Abajo, el camino de Ruicanto se veía entero y la calzada no, porque a esa hora estaba debajo del agua.

Cerró la contraventana.

Bajó con el quinqué apagado y lo encendió ya dentro del cuarto oscuro, con la puerta cerrada.

Después le quitó el tubo, le puso la campana de vidrio rojo que traía en el baúl envuelta en una toalla y volvió a subir la mecha.

El cuarto pasó del amarillo a ese rojo de trabajo con el que se ve dónde están las cosas y no se ve de qué color son.

Lo primero fue el agua de la casa.

Abrió el grifo de latón y lo dejó correr hasta que se fue la herrumbre del principio. Llenó la segunda orza hasta la misma altura a la que estaba la otra, la dejó en el banco y ató a su cuello un cordel con dos nudos, para no equivocarse en la oscuridad. La orza de la lluvia tenía un nudo.

Después preparó la superficie.

De la caja sacó un vidrio de los grandes, de los que se usan para prensar copias, sin emulsión, y lo lavó y lo secó hasta que al pasar el dorso del dedo no chirrió ni resbaló.

Lo apoyó de pie contra el fondo del banco, inclinado lo justo para que aguantara solo, y detrás no puso nada, porque la madera embreada era negra y una madera negra detrás de un vidrio hace exactamente lo que hace la noche detrás de una ventana.

Le faltaba el reparto del agua. Si se vierte de golpe, el agua baja en cuerda por el centro y deja los lados secos. Cortó una tira de la toalla, la dobló en tres y la tendió a lo largo del canto superior, con las puntas colgando por los dos lados.

Puso el quinqué en el suelo, detrás de ella y a la izquierda, y se arrodilló delante del banco.

Se vio en el vidrio: la mitad de la cara y un hombro, en rojo oscuro.

Levantó la orza de los dos nudos y empezó a verter sobre la tira de trapo, despacio, cuidando de no cortar el hilo. El agua se repartió por la tela, salió por debajo en una lámina fina y bajó por la cara del vidrio hasta el banco y del banco a la pila, sin interrumpirse.

Su reflejo se quedó mirándola a través de la lámina, movido y deformado por el agua como está movido cualquier reflejo debajo de un agua que corre, y no hizo otra cosa.

Alma esperó hasta que se acabó la orza.

Volvió a llenarla en el grifo y repitió, esta vez con la cara más cerca y la lámina más gruesa. Y una tercera vez, más lejos, para probar otro ángulo.

La tercera vez le temblaba el brazo de sostener el peso, y eso fue todo lo que pasó.

Secó el vidrio, secó el banco y se sentó en el suelo con la espalda en la pila.

La conclusión fácil era que la tarde anterior se había dejado engañar por una lámina de agua en un paño viejo, con poca luz y el brazo cansado.

Se la ofreció a sí misma con todo el cuidado con que se ofrece una explicación cómoda, y no la aceptó, porque una lámina de agua en un paño viejo no pone una puerta de dos hojas donde hay tres aspidistras.

Estaba llenando la orza de un nudo cuando llamaron.

Nadie golpeó la puerta. Lo que se oyó fue una llave entrando en la cerradura desde fuera y parándose antes de girar, y después sí, tres golpes.

—Un momento.

Tapó las dos orzas con sus platos y abrió.

Teresa estaba en el corredor con una palmatoria, vestida de la misma manera que a mediodía, con el pelo hecho.

—La cañería de esta ala suena en toda la casa —dijo—. ¿Lleva mucho?

—Una hora.

—¿Haciendo qué?

—Trabajando.

—Anoche pidió usted dos orzas en la cocina. Dijo que para revelar. —Teresa no levantó la voz ni la palmatoria—. ¿Qué reveló usted anoche?

—Nada.

—Entonces no era para revelar.

—Era para el trabajo. Revelar es una parte del trabajo y lo dije porque era lo más corto de decir y la mujer tenía las manos en la masa.

—Aquí lo más corto no siempre es lo mejor.

Alma se apartó de la puerta para que entrara, que era la única contestación que iba a servir de algo.

Teresa entró dos pasos y se quedó allí. Miró la luz roja, el vidrio grande apoyado en el banco, la toalla cortada, las dos orzas con sus platos encima y el cordel de los dos nudos, y no tocó nada.

—Estoy probando el agua de la casa —dijo Alma.

—El agua de la casa es buena.

—Para beberla, seguro. Para lavar una placa, eso hay que verlo.

—Levantó el plato de la orza sin nudos y la inclinó hacia la luz—.

Una placa, cuando se revela, hay que lavarla mucho rato.

Si el agua lleva cal, al secarse deja un velo blanco encima de la gelatina y ese velo ya no se quita, porque se queda dentro.

Si lleva hierro, la mancha sale a los meses, y sale en forma de puntos, y para entonces uno ya ha devuelto el trabajo y cobrado.

—Aquí no se ha quejado nadie del agua.

—Aquí no ha revelado nadie con ella este año.

—Volvió a tapar la orza—. Lo que hago es esto: dejo correr agua por un vidrio limpio y miro cómo baja y cómo seca.

Si baja entera y seca sin dejar borde, sirve.

Si se corta en regueros o deja una raya al secar, no sirve y hay que buscar otra, o filtrarla, o dar más lavados.

También hay que saber cuánto tarda, porque el tiempo de lavado no se puede acortar y si aquí el agua sale floja tendré que contar con eso todos los días.

—¿Y por eso dos?

—Por eso dos. Una de la casa y otra de fuera, para comparar. Lo que no se compara no se sabe.

—¿Y por qué a las cinco de la mañana?

—Porque a las siete me abre usted el archivo.

Teresa tardó un momento en contestar y Alma no supo si era porque la respuesta le había gustado o porque le había gustado poco.

—Hay agua mejor que la del grifo —dijo al fin—. Se lo pide usted a Elpidio y él le dirá de dónde la saca. No ande buscándola por su cuenta.

—No estoy buscando nada por mi cuenta. Estoy trabajando en la habitación que se me ha dado.

—Está trabajando con la puerta cerrada y la luz puesta a una hora en que esta casa duerme.

—Es un cuarto oscuro, señora. Si abro la puerta no sirve de nada tenerlo.

Teresa miró el tragaluz atornillado, la plancha de zinc, el quinqué rojo en el suelo.

—¿Subió usted anoche a la galería?

—Subí.

—¿A qué?

—A mirar una placa con luz de poniente. Es la única parte de esta casa donde entra luz de costado a esa hora.

—¿Y don Gabriel?

—Subió después.

Teresa asintió una vez, como quien confirma un dato que ya tenía y quería oír con la misma boca.

—La galería es lo más nuevo de esta casa y es lo que mejor se conserva —dijo—. No se siente usted en el banco cuando llueve. Se moja la pared por dentro y luego el moho lo quito yo.

—No me senté.

—Pues no se siente.

Dio media vuelta.

—A las siete en el corredor —dijo desde la puerta—. Y se peina usted, que a las nueve baja mi marido.

Cuando se apagaron los pasos, Alma echó el pestillo.

Puso el vidrio otra vez de pie contra la madera negra, tendió la tira de trapo por el canto y volvió a arrodillarse. Destapó la orza del nudo. El agua de la lluvia estaba más fría que la del grifo y tenía dentro, en el fondo, dos briznas de algo del arriate.

Empezó a verter.

La lámina tardó en formarse porque la tela se había secado y había que empaparla otra vez, y durante unos segundos el agua bajó en dos regueros separados con una calle seca en medio. Luego la tela cedió y se juntaron y bajó entera.

Su reflejo apareció detrás del agua, rojo, con la orza en las dos manos.

Alma se quedó muy quieta.

El reflejo dejó la orza en el suelo.

No hubo retraso ni temblor. Lo que pasó fue esto: la mujer del vidrio bajó las manos, colocó la orza a su lado con cuidado, se limpió las palmas en la falda y levantó la cara.

Alma tenía la orza en alto y estaba vertiendo.

Metió la mano abierta en la lámina y la arrastró de un lado a otro del vidrio.

El agua se descompuso, saltó por encima del canto, le corrió por dentro de la manga hasta el codo, y la orza se le escapó de la otra mano y golpeó de plano contra el banco y de canto contra la baldosa, y se abrió en tres pedazos con el ruido que hace el barro, que es un ruido corto.

El agua se fue por el suelo hacia la pila.

Alma se quedó de rodillas en medio, con la mano abierta todavía pegada al vidrio, mirando cómo se le iba entre las baldosas lo que había tardado un cuarto de hora en recoger.

Cuando dejó de correr, se levantó.

Lo primero fue el vidrio grande: lo secó, lo miró al trasluz por si el golpe le había abierto algo y lo guardó en su caja.

Después la caja de las placas, que estaba en el suelo y a la que le había llegado el agua por un canto: la abrió, sacó las treinta y seis fundas de una en una y las pasó por el trapo aunque solo dos venían húmedas.

Después recogió los pedazos de la orza y los puso en el cubo.

Después se miró la manga, que estaba empapada desde la muñeca hasta arriba, y se la escurrió.

Quedaba, en el rincón, la orza de los dos nudos, llena de agua de la casa, intacta.

Se sentó en el banco y abrió el cuaderno.

Día 2. Agua de la casa: baja entera, seca sin borde, sirve para lavados. Agua de lluvia recogida en el patio norte: se ha derramado. Volver a recoger.

Miró la línea un buen rato. Estaba escrita en el mismo cuaderno donde figuraban su nombre entero y su calle, y decía lo que había hecho y no decía por qué.

No añadió nada. Cerró el cuaderno, le puso la goma y lo guardó dentro del baúl, debajo de la ropa, que era donde debería haber estado desde el primer día.

Habría podido subir al cuarto de Gabriel y contarle que el vidrio de su galería hacía eso. Él la había visto pegarle un golpe a un paño y no había preguntado más que una vez, y una persona que solo pregunta una vez es una persona a la que se le puede contestar tarde.

No subió.

Pasó el trapo por el suelo mientras hacía la lista, que es como se hacen las listas.

Una superficie que se porta de dos maneras según qué agua le caiga encima tiene una propiedad, y una propiedad se mide.

Recoger más agua, y esta vez en algo que no se rompa.

Saber si hacía falta el vidrio de la galería o valía cualquiera, y eso ya lo había contestado sin darse cuenta, de rodillas delante de un vidrio de prensar copias comprado en Santander por dos reales.

Y tenía una cosa más, y esa no se medía.

Había estado a punto de mirar. Con la mano dentro del agua, en el momento de arrastrarla, había hecho un cálculo de menos de un segundo entre cortar la lámina y dejarla correr, y había cortado.

No porque no quisiera saber. Porque sabía perfectamente qué iba a haber al otro lado y no quería volver a verlo con la casa levantándose al otro lado de la puerta.

Se cambió de blusa, se peinó, se ató el pelo con la cinta y salió al corredor con la palmatoria.

El ala estaba a oscuras y olía a jabón de sosa, que es un olor que no se va de un sitio aunque lleve años sin fregarse con él. Debajo de la baldosa, a lo largo de todo el corredor, se oía correr agua. No goteo: caudal, continuo, del grosor de una conducción de servicio, yendo hacia el norte.

Alma se paró a escucharlo un momento. Era la caldera de Elpidio, que la había encendido antes de que hubiera luz, y el agua ya estaba llegando a este extremo de la casa.

Lo que la entretuvo no fue el ruido sino la distancia: el agua venía desde muy lejos y seguía adelante después de pasar por debajo de ella.

Siguió andando. Pasó por delante del estrechamiento del arcón y no se paró en la puerta del pomo liso. Pasó por delante de la suya, que era la única sin número.

Al fondo, por debajo de la puerta de la clínica, había luz, y contra esa luz se recortaba un hombre de pie, con las manos a la espalda, esperando desde antes de la hora.

—Puntual —dijo Baeza—. Eso aquí lo aprecia poca gente.

Abrió la puerta y se apartó para dejarla pasar.

—Pase, que empezamos por lo bueno.