Capítulo 3 · Cuatro movimientos
Cuatro movimientos
A las siete subió a la galería con la funda de cartón debajo del brazo, porque a esa hora la luz entra de costado y de costado es como se mira un vidrio.
La galería corría a lo largo de toda la fachada de poniente del cuerpo sur, un pasillo estrecho que en su día estuvo al aire y que alguien había cerrado con carpintería de hierro y paños de vidrio de suelo a techo.
Había un banco corrido pegado a la pared interior, tres macetas con aspidistras que nadie regaba desde hacía tiempo y una mesita de mimbre.
El suelo era de baldosa hidráulica, y la baldosa estaba fría.
Alma dejó la funda en la mesita, sacó la placa por los cantos y la sostuvo contra el paño central con el brazo estirado.
La silla vacía apareció con más detalle del que había tenido en el rellano.
Ahora se veía el suelo debajo de la silla, que era de tarima y no de baldosa, y se veía que la ventana del fondo estaba abierta de par en par en un día que no parecía de verano.
La franja borrosa de primer plano seguía sin poder ser otra cosa que un brazo saliendo del encuadre, y el borrón tenía el arrastre característico de algo que se mueve durante una exposición larga.
Le dio la vuelta con las dos manos sobre la mesita. En el reverso, el vidrio tenía la mella antigua del canto inferior y, en el ángulo contrario, una burbuja dentro de la masa, del tamaño de un grano de mijo, redonda y con la superficie interior lisa.
La volvió a meter en la funda.
Después se acercó al vidrio y miró hacia fuera.
Desde allí se veía el ala oeste en escorzo, con la fila de huecos del piso alto puesta en hilera como los agujeros de una regla. A esa hora el sol estaba bajo y por debajo de las nubes, y la luz llegaba rasante desde el mar, que es la luz que denuncia los revoques.
El hueco ciego devolvió la luz igual que todos los demás.
Alma cambió de sitio para cogerlo más de lado.
El enfoscado del tapiado no era de la misma época que el resto: tenía el grano más fino y un llagueado falso pintado encima, hecho con pincel y hecho por alguien que sabía hacerlo.
Con la luz de frente se confundía. Con la luz rasante se veía que la cenefa pintada no cuadraba con las hiladas verdaderas de los huecos contiguos por un par de centímetros.
Era un trabajo caro. Nadie tapia una ventana con un trabajo caro para ahorrarse una ventana.
—Va a llover.
Gabriel estaba en el arranque de la galería, con la chaqueta al brazo y la puerta abierta detrás.
—Ya está lloviendo —dijo Alma.
—Ahora empieza de verdad.
Se acercó y se paró a dos pasos, mirando lo mismo que ella sin saber qué era lo que ella miraba.
—La calzada ya está —dijo—. Se ha visto hará media hora.
—Lo sé.
—No la he visto bajar.
—No tengo nada que hacer en tierra.
Gabriel dejó la chaqueta doblada en el respaldo del banco.
—¿Ha podido mirar el fondo?
—He mirado el aire de la habitación durante cuatro segundos.
—Mañana.
—Mañana. —Alma se giró hacia él—. ¿Quién era la chica?
—¿Qué chica?
—La del cuarto oscuro. La que se acortó las mangas de un mandil de hombre y cosió las bocamangas por dentro para que no le bailaran. La que dejó un frasco destapado sobre el banco y no volvió a taparlo.
Gabriel miró la baldosa.
—Una ayudante. Estuvo aquí el año pasado.
—¿Cuánto tiempo?
—Desde marzo. Hasta diciembre, más o menos.
—Nueve meses no es una ayudante. Nueve meses es alguien que sabía lo que tenía entre manos.
—Sabía.
—¿Y por qué se fue?
Se hizo un silencio que Alma dejó estar porque tenía interés en ver cuánto duraba.
—Se marchó —dijo Gabriel—. En invierno.
—Eso ya lo ha dicho.
—Aquí se dijo que se había llevado cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. —Levantó la vista y la sostuvo—. Yo no lo he comprobado.
—¿No lo ha comprobado o no ha querido comprobarlo?
—Señorita Vega, hay preguntas de esta casa que no son mías.
—El contrato lo firmó usted.
—El contrato sí. —Se apoyó de espaldas en el hierro del montante y cruzó los brazos—. Y ya que estamos, dígame usted una cosa. ¿Por qué ha venido?
—Porque me han pagado el viaje y la mitad por adelantado.
—Eso lo pone en el papel. Se lo pregunto porque en Santander hay tres casas que hacen este trabajo y todas tienen hombres de cuarenta años que lo llevan haciendo desde antes de que usted naciera. Yo escribí a una de esas casas. Me contestó usted.
—Le contesté porque el encargo estaba mal descrito y quise saber qué era.
—¿Y ahora que empieza a saberlo?
—Ahora sé menos que esta mañana.
Gabriel no sonrió del todo.
—Eso le pasa a todo el mundo aquí.
—A mí me pasa con las cosas que están mal contadas.
—Alma se volvió otra vez hacia el vidrio—.
Una habitación de trabajo no se deja nueve meses con un frasco abierto.
Se tira lo que sobra, se tapa lo que queda y se cierra la puerta.
Eso lo hace cualquiera en diez minutos. Si no se hizo, es que nadie tuvo esos diez minutos.
—O que a nadie se le ocurrió.
—Alguien le quitó el envoltorio a la habitación. Alguien pasó un trapo por el banco, una sola vez, alrededor del frasco, y no movió el frasco. Eso no es que no se le ocurriera. Eso es prisa.
Gabriel tardó.
—¿Y qué quiere que le diga?
—Nada —dijo Alma—. Se lo estoy contando porque es mi oficio y porque mañana voy a entrar en una habitación que también lleva tiempo cerrada, y me gustaría saber si allí tuvieron los diez minutos.
Y no dijo más, y él no se fue, que era lo que Alma habría hecho en su lugar.
La lluvia llegó de golpe, como llega en la costa, sin trueno y sin viento por delante.
Primero sonó en la cubierta de zinc del alero y un momento después cayó sobre los paños de la galería en una cortina entera, y lo que hasta entonces habían sido gotas separadas pasó a ser una lámina continua bajando por el vidrio sin interrupción.
El paisaje de fuera desapareció. Lo que quedó fue el reflejo de dentro sobre un fondo casi negro: el banco, la mesita, las aspidistras, Gabriel a dos pasos y Alma delante del paño central, con la funda de cartón en la mano izquierda.
Había una burbuja en el vidrio de la galería, a la altura de su cara. Alma levantó la mano derecha para señalarla, por decir algo y porque llevaba media hora con los ojos puestos en burbujas.
La mano de su reflejo subió con la suya y bajó después que ella.
No mucho después. Lo que tarda una puerta bien colgada en acabar de cerrarse.
Alma bajó la mano y la volvió a subir.
Esta vez el reflejo la acompañó sin retraso.
Se movió un paso a la derecha, que era lo primero que había que hacer, porque en un paño de vidrio antiguo hay zonas de espesor desigual y el espesor desigual desplaza y retrasa una imagen.
El reflejo se movió con ella. Miró de reojo hacia donde estaba Gabriel: él se reflejaba a su izquierda, en el paño contiguo, con la chaqueta del banco por detrás, y lo hacía como tenía que hacerlo.
Acercó la cara al vidrio hasta que el vaho de su propia respiración le estropeó la mitad inferior de la imagen, y lo limpió con la manga, y buscó con la mirada el canto del paño para comprobar si detrás había una segunda hoja.
No había segunda hoja. Había un junquillo de hierro, masilla vieja y el negro de fuera.
Pasó la yema del índice por el vidrio siguiendo el recorrido del agua por la cara exterior. El agua bajaba entera, sin cortarse, alimentada por el alero.
—¿Qué busca? —dijo Gabriel.
—Una segunda superficie.
—No hay.
—Ya lo veo.
Volvió a ponerse de frente.
Su reflejo estaba de frente, con la funda en la mano izquierda, igual que ella.
Después soltó la funda.
Alma no la había soltado. La tenía cogida, la notaba en los dedos, notaba el canto del cartón contra el nacimiento del pulgar.
El reflejo dejó caer la funda al suelo y se giró hacia su derecha.
En el paño, detrás de él, ya no estaban el banco ni las aspidistras.
Había un tramo de pared encalada y una puerta de dos hojas con el cuarterón inferior recién pintado, y la puerta estaba abierta hacia dentro, y en el vano había una mujer de espaldas, con el pelo recogido y un abrigo de viaje puesto, a medio salir.
El reflejo de Alma la cogió por la muñeca.
No había forcejeo en aquello. Era el gesto exacto de quien sujeta a alguien que se va: la mano abarcando la muñeca por debajo, el pulgar cruzado por encima, el peso echado atrás. La mujer no se volvió. No hubo tirón, ni cara, ni nada que sirviera para reconocerla.
El reflejo de Alma tiró de ella hacia dentro, empujó la hoja de la puerta con el hombro hasta cerrarla, y se quedó allí, contra la puerta cerrada, sin soltarle la muñeca.
No se oía nada. Fuera seguía la lluvia sobre el zinc y dentro seguía la respiración de un hombre a dos pasos, y de aquello no venía ningún sonido, ni el de una hoja al encajar, que es un sonido que hace toda puerta.
Alma golpeó el vidrio con la palma abierta.
Lo hizo con toda la fuerza del brazo y con la mano plana, y el paño entero sonó y vibró en el junquillo, y por la cara exterior el agua saltó del recorrido y se descompuso en hilos separados que tardaron un momento en volver a juntarse.
En ese momento no hubo lámina.
En ese momento el vidrio devolvió una mujer de veintidós años con un abrigo prestado, la mano derecha pegada al paño y una funda de cartón en la izquierda, sin puerta detrás, sin pared encalada y sin nadie más.
Alma se apartó del vidrio.
Lo primero que hizo fue abrir la funda y sacar la placa, y la miró contra la poca luz que quedaba en el otro extremo de la galería, los cuatro cantos y la cara de la emulsión, y estaba entera y seca.
Lo segundo fue mirarse la mano. La tenía roja del borde de la palma hasta la muñeca y le pitaba el hueso pequeño del canto.
Gabriel no se había movido de donde estaba.
—El paño es del ochenta y seis —dijo—. Esos no se rompen. Los del ala nueva sí.
—Ya.
—¿Qué ha visto?
—El vidrio.
Él miró el paño. Miró el agua, que volvía a bajar entera, y el reflejo de los dos, que estaba donde tenía que estar y hacía lo que tenía que hacer.
—Yo no veo nada —dijo.
—Ya lo sé.
Era verdad y era lo peor de todo, y Alma tuvo que darse la vuelta para decirlo, porque él se había puesto a su lado, a menos de un brazo, mirando el mismo paño desde casi el mismo sitio, y lo que estaba viendo era una galería con dos personas dentro.
Gabriel cogió su chaqueta del respaldo.
—¿Bajamos? Aquí se está mal cuando llueve.
Y no volvió a mirar el vidrio, ni en ese momento, ni al salir.
Alma se quedó sola.
Volvió al paño. Se puso donde había estado, con los pies en la misma junta de la baldosa, la funda en la izquierda, la cara a un palmo del vidrio. El agua bajaba entera. La luz de dentro era la misma porque nadie había encendido nada. El reflejo era el suyo.
Esperó lo que tardó en dolerle la mano, que fue bastante.
Cambió de paño y probó en el siguiente, y en el siguiente, recorriendo la galería de norte a sur con la lámina corriendo por delante de todos. No ocurrió nada en ninguno.
Después se sentó en el banco, con los codos en las rodillas, y se estuvo quieta hasta que dejó de tener sentido seguir sentada.
Había tres cosas que sabía y las tres eran de la clase que no sirve.
Sabía que el agua estaba corriendo por fuera cuando ocurrió y que había dejado de correr cuando dejó de ocurrir.
Sabía que la mujer del abrigo de viaje no tenía cara y no la iba a tener.
Y sabía que la puerta de dos hojas con el cuarterón recién pintado no estaba en aquella galería, no estaba en aquel corredor y, por lo que ella había visto de la casa en nueve horas, no estaba en aquella casa.
Guardó la placa en la funda y la funda debajo del brazo. Después salió por la puerta del testero norte, la que da al patio de servicio, y se quedó fuera bajo el alero con la lluvia cayéndole en los zapatos.
El agua venía de la cubierta de zinc y caía a plomo desde el canalón roto, un chorro del grosor de un dedo que había abierto un hoyo en la tierra del arriate. Alma metió las dos manos debajo del chorro y las dejó llenarse. Estaba fría y no sabía a nada.
Volvió a entrar, bajó a la cocina, cogió del vasar dos orzas de barro vidriado del mismo tamaño y se las llevó. La cocinera le preguntó para qué y ella dijo que para revelar.
Puso una de las orzas debajo del canalón roto, ajustándola con el pie hasta que el chorro le entró por el centro. Se llenó deprisa. Cuando llegó a dos dedos del borde la sacó de allí, la tapó con un plato y la metió en el cuarto oscuro, en el suelo, debajo del banco, junto a la pila.
La otra orza la dejó vacía al lado.
Luego encendió el quinqué, abrió el cuaderno por la página del horario y escribió una línea:
Día 1. Orza llena bajo el canalón del patio norte, siete y cuarenta. Agua de lluvia. Segunda orza vacía para agua de la casa.
Se quedó un rato con la pluma en la mano.
No escribió nada más.