El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 2 · El nombre que da #2
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Capítulo 2 · El nombre que da #2

Aquello no era una respuesta a la pregunta que ella había hecho, y Alma lo dejó estar.

A las cuatro, al pasar por delante del despacho, Álvaro la llamó desde dentro sin subir la voz, con la seguridad del que sabe que en su casa se le oye.

—Señorita. Un momento.

El despacho daba al este y a esa hora ya no tenía luz. Había una mesa grande con un secante nuevo, un tintero de dos bocas y una carpeta de piel atada con cintas, y en la pared de enfrente, colgados a la altura de los ojos de un hombre sentado, tres retratos con marco de nogal.

Álvaro descolgó el del medio y lo puso sobre la mesa, de cara a ella.

Era un retrato de estudio, una mujer joven de tres cuartos, con el pelo alto, tomado hacía veinte años o más. El papel estaba amarillo por los bordes y en la zona del hombro derecho la imagen había perdido densidad y se iba hacia el blanco.

—¿Eso se puede arreglar?

—El positivo no. Eso está oxidado y lo que se ha ido no vuelve.

—¿Y entonces?

—Si tiene usted el negativo, se hace una copia nueva y se conserva bien tratada. Si no lo tiene, se puede fotografiar este y sacar de ahí un negativo. La copia será peor que la primera y mejor que lo que va a quedar de esta dentro de diez años.

Álvaro se quedó mirando el retrato con las dos manos apoyadas en el canto de la mesa.

—No sé si hay negativo. Aquí ha habido de todo y nunca se ha llevado cuenta de lo doméstico.

—¿Es de la casa?

—Es la madre de Gabriel. —Le dio la vuelta al marco y lo volvió a dejar como estaba—. Se decidió no ponerle nada al chico en su cuarto cuando era pequeño, y después ya no se hizo. Ahora tiene veintiséis años y a lo mejor lo quiere. O a lo mejor no. Usted hágalo y ya veremos.

—Necesitaría abrir el marco.

—Ábralo.

—Y necesito que conste que lo he abierto yo y cuándo. Si mañana aparece una mancha en ese papel, quiero tener escrito que estaba antes.

Álvaro la miró entonces por primera vez del modo en que miraba a los demás, un poco después de que hubieran terminado de hablar.

—Es usted muy cuidadosa para la edad que tiene.

—Soy cuidadosa para el oficio que tengo.

—Eso ha sonado a contestación.

—Lo ha sido.

Álvaro se rio con la garganta, sin abrir la boca, y volvió a colgar el retrato en su sitio, y lo dejó derecho con dos dedos.

—Póngamelo por escrito, entonces, ya que le gusta. Y no me lo enseñe hasta que esté.

Teresa la llevó por el corredor largo a las cinco.

Abrió la última puerta con una llave que sacó de un llavero que llevaba en el bolsillo, no al cinto como Nieves, la sostuvo abierta el tiempo de que Alma viera desde el umbral una habitación con estanterías de suelo a techo y una mesa larga bajo una ventana alta, y la volvió a cerrar.

—Mañana a las siete —dijo.

—Solo he visto el aire.

—Mañana lo ve despacio. Hoy no tengo tiempo y usted no entra sin mí.

Bajaron el corredor en silencio.

A media altura del ala, Teresa acortó el paso para dejarla pasar delante por un estrechamiento donde había un arcón, y al pasar Alma se encontró de frente con una puerta que ya había contado esa mañana desde el jardín, contándola por fuera y por el otro nombre.

El número de loza del dintel estaba entero, con el esmalte sin saltar y sin la sombra gris que tenían los demás alrededor de los tornillos.

Era el único del corredor que parecía puesto hacía poco.

La puerta no tenía tirador. Tenía un pomo liso, de los que se agarran con toda la mano.

—Nieves le sube algo a las nueve —dijo Teresa al despedirse—. La señorita cena en su cuarto los días de viaje.

No dijo señorita Vega.

En el cuarto del sur, Rosario había subido una palangana y estaba de rodillas junto a la chimenea apagada, sacando ceniza con una paleta y echándola en un cubo. Tenía diecinueve años y las manos rojas hasta la muñeca, con la línea limpia donde acababan las mangas.

—Perdone, señorita, que ya me iba.

—No me estorba.

—Es que esto hay que hacerlo antes del brasero y el brasero es mañana. —Se sentó en los talones—. Su ropa mojada démela, que abajo hay fuego hasta las diez.

Alma le dio las medias y los zapatos. Rosario miró la suela y las costuras de los zapatos con la naturalidad de quien ha visto llegar a mucha gente por la calzada.

—Estos los pongo lejos de la lumbre. Si se los seco deprisa se le abren.

—Ya lo sé.

—Ya, pero lo digo porque hay quien los quiere secos para mañana. —Se levantó con el cubo—. El agua caliente se la subo a las seis y media, que me lo ha dicho la señora.

—¿Y hay agua caliente a las seis y media?

—Hay desde antes. Elpidio enciende la caldera a las cinco, los días que la enciende.

Baja con el carbón antes de que haya luz y ya no se le oye más en toda la mañana.

—Se paró en la puerta con el cubo apoyado en la cadera—.

Si necesita algo por la noche, no llame; baje.

De noche las campanillas de esta ala no dan en la cocina, dan en el cuarto de la señora.

Cuando se quedó sola, Alma se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de la silla.

Después se miró las manos a la luz de la ventana.

Las yemas se le habían quedado blandas y arrugadas del agua caliente y del trapo, y así no servían: una yema reblandecida no distingue una veladura de un depósito, ni un borde cortado de un borde roto.

Se las secó a conciencia con la lana del abrigo, dedo por dedo, y las dejó al aire hasta que volvieron a tener tacto.

Alma bajó al cuarto oscuro, encendió el quinqué y abrió el cuaderno para escribir lo del horario, las tres horas y la llave.

En la primera página, arriba, con su letra y con la tinta de hacía cinco semanas, estaba lo que ella misma había escrito la tarde en que aceptó el trabajo, porque es lo que se escribe en la primera página de un cuaderno de obra por si se pierde:

Alma Roldán Vega. Calle del Sol, 14, tercero. Santander.

Se quedó mirándolo con la pluma en el aire.

El cuaderno había estado dos horas y media en la consola del recibidor, cerrado, con la goma puesta, al lado de un plato para las tarjetas, en un pasillo por el que habían pasado seis personas y el servicio.

Y un cuaderno cerrado no dice nada. Ni que lo hayan abierto, ni que no.