Capítulo 2 · El nombre que da
El nombre que da
El agua caliente llegó antes que la mesa auxiliar y la trajo un hombre de unos cuarenta años con las manos negras de un trabajo que no era el de subir agua.
—Elpidio Cuesta —dijo—. Deje la puerta abierta, que si no le entra vapor y le sube el polvo del suelo.
Puso el caldero en el banco sin apoyarlo del todo, comprobó con el dorso de los dedos que la madera embreada no chupaba, y entonces lo dejó. Después miró el grifo.
—Ese tarda.
—Ya lo he visto.
—Tarda porque la toma está arriba y el ramal de esta ala es el último. Si necesita agua a una hora fija, dígamelo la víspera y se la subo. —Se limpió las palmas en el pantalón—. La mesa se la traigo luego. Está en la carbonera y hay que sacarle un clavo.
—¿Baila?
—Baila la que hay ahí arriba. La de la carbonera es de fragua y pesa lo que tres.
Cuando se fue, Alma fregó el banco con agua caliente y un trapo, empezando por el extremo de la pila y avanzando hacia el otro.
La madera embreada soltó un color pardo durante dos pasadas y a la tercera dejó de soltarlo.
Los cercos redondos de los frascos no se fueron. Tampoco esperaba que se fueran.
A la una y media subió a lavarse las manos y bajó con el cuaderno en la mano.
Comieron a las dos y cuarto.
La mesa del comedor del cuerpo sur era larga para seis y estaban seis.
Don Álvaro Orive presidía, con la servilleta metida por el cuello y las manos grandes y limpias apoyadas a los lados del plato mientras esperaba a que sirvieran.
Tenía cincuenta y tantos y la costumbre de mirar a quien hablaba un poco después de que hubiera empezado a hablar.
—Siéntese aquí —dijo, y señaló la silla de su izquierda—. Se le ha echado la marea encima. A todos nos pasa el primer día.
—No se me ha echado. He llegado con tiempo.
—Mejor. Aquí se aprende deprisa o se cena en Ruicanto.
A su derecha se sentaba una mujer de unos treinta y tantos, vestida de gris oscuro, con el pelo recogido bajo y sin una sola joya salvo la alianza. No tocó el pan hasta que estuvieron todos servidos, y entonces lo partió con las dos manos, en dos, sin migas.
—Mi mujer —dijo Álvaro—. Teresa.
—Señora.
—Doña Teresa está bien. —Dejó media rebanada en el plato de Álvaro sin que él la pidiera—. ¿Cómo se llama usted?
—Alma Vega.
—Vega.
Lo dijo una vez, en el mismo tono con que había dicho lo del pan.
—¿Le han puesto el cuarto del sur?
—Sí.
—Es el más frío del corredor pero da al camino. Rosario le sube un brasero a partir de mañana. Hoy no, porque hoy se enciende la cocina tarde. —Se volvió hacia el otro extremo de la mesa—. Doctor, usted come a las dos, no a las dos y cuarto. Ha sido cosa mía.
—Ha sido cosa de la marea, señora —dijo el médico, y a Alma—: Baeza. Yo llevo la parte de arriba de esta casa. Lo que queda de ella.
Tenía cincuenta años, buen color y unos puños de camisa que se le veían un centímetro por debajo de la chaqueta, iguales los dos. Comía con método.
—¿Y usted qué edad tiene, si se puede saber?
—Veintidós.
—Veintidós. —Dejó el tenedor—. No lo digo por nada. Lo digo porque a esa edad la vista es un instrumento excelente y el criterio todavía no. Tendrá usted cuidado con eso.
—Tendré cuidado con la humedad —dijo Alma—. Es lo que estropea las placas.
Gabriel, enfrente, levantó la vista del plato y la volvió a bajar.
Sirvieron una sopa con fideos, después bacalao, y el bacalao venía de la despensa, no del mar. Alma tenía las medias secas y los zapatos no. Notaba la sal de la calzada en el cuero, tirante, cada vez que doblaba el pie debajo de la silla.
—Hablemos del trabajo —dijo Álvaro cuando levantaron la sopa—. Se decidió el año pasado que aquello había que ponerlo en condiciones. Hubo que dejarlo entonces por otras cosas. Se ha vuelto a decidir ahora.
—¿Quién lo decidió?
Álvaro sonrió con media boca.
—La casa, señorita. Se llega a un punto en que una casa decide sola.
—Necesito saber de cuántas piezas hablamos y en qué estado.
—De eso ya le informarán.
—Y necesito el encargo por escrito.
Se hizo una pausa que duró lo que tarda una sopera en salir por una puerta.
—Tiene usted un contrato —dijo Gabriel.
—Tengo un contrato que dice restauración y copia de fondo fotográfico y no dice cuántas piezas, ni si puedo abrir un sobre, ni si puedo separar una placa de su funda para mirarle el reverso. Si me equivoco en eso, el que paga las consecuencias es el fondo.
—Nadie le va a pedir cuentas por mirar un reverso —dijo Álvaro.
—Yo sí me las pido.
Baeza se rio por la nariz, con simpatía.
—Ahí tiene usted el criterio, doctor —dijo Gabriel.
—Ahí tengo una profesional —dijo Baeza—. No es lo mismo. Una profesional es lo que uno quiere cuando el trabajo es el que es.
Teresa retiró su plato dos dedos hacia delante, que era la manera que tenía de pedir la palabra.
—El fondo está en el ala oeste, en la última habitación del corredor largo —dijo—.
Se abre con llave y la llave la llevo yo.
Puede trabajar allí de nueve a doce y de cuatro a siete, y las placas no salen de esa habitación.
Si necesita copiar, se traen al cuarto oscuro las que vaya a copiar ese día y vuelven antes de las siete.
—De nueve a doce no me sirve —dijo Alma.
—Es el horario de la casa.
—Es el horario de la casa para hacer camas. Para mirar un vidrio hace falta luz lateral, y la luz lateral de esa ala la tiene usted a primera hora y al final de la tarde. A las once no tengo nada.
—Entonces se levanta usted antes —dijo Teresa.
—Con mucho gusto. Deme la llave.
—La llave no.
Teresa se limpió los labios, dobló la servilleta por la mitad y la dejó a la izquierda del plato.
—Le abro yo a las siete y le cierro yo a las doce —dijo—. Y por la tarde igual. Usted no tiene por qué cargar con una llave que no es suya, y yo tengo que saber cuándo hay alguien dentro de esa habitación. Coma, que se le enfría.
Alma comió.
No era una negativa y había que estar dentro de la mesa para oírlo. Le habían dado tres horas más al día y le habían quitado la posibilidad de estar sola en el archivo un solo minuto. Y se lo habían servido con el pan.
—A las siete, entonces —dijo.
—A las siete. —Teresa se volvió hacia la puerta—. Rosario, el agua caliente de la señorita que suba a las seis y media, no a las siete, que después no hay quien la encuentre.
Rosario dijo que sí desde el pasillo.
Baeza se echó atrás en la silla.
—Antes de las siete tengo yo el ala para mí solo —dijo—. Si quiere ver cómo está aquello, la espero mañana a las seis y media en la puerta de la clínica y se lo enseño en un cuarto de hora. Después ya no puedo; después hay que hacer otras cosas.
—¿Qué es lo que hay que ver?
—Lo que queda. —Se pasó la servilleta por el bigote—. Aparatos, casi todo. No se asuste, que están limpios. Es más limpio ahora que cuando funcionaba.
—No me asusto.
—Ya me parecía.
—El miércoles tendremos más gente —dijo Álvaro—. Viene mi hermana y viene Gálvez con los libros. Hay que ir cerrando lo del año.
—Don Ramiro se queda en el ala este —dijo Teresa—. Como siempre.
—Como siempre.
—¿Su hermana vive fuera? —preguntó Alma.
—Mi hermana vive donde le conviene —dijo Álvaro—. Este año le conviene aquí.
—Doña Clara ha estado en esta casa más años que ninguno de nosotros —dijo Baeza, y lo dijo hacia el plato—. Lo que pasa es que la casa era otra cosa entonces.
—La casa cerró en el noventa y nueve —dijo Álvaro.
—Cerró la matrícula.
—Cerró la casa, doctor.
Baeza levantó la palma un par de dedos por encima del mantel, que era su manera de retirar una palabra sin retirarla, y siguió comiendo.
Álvaro dio por terminada la comida levantando las dos manos de la mesa.
—Mi mujer le enseñará el corredor esta tarde —dijo—. Y usted haga lo que sepa hacer, que para eso se la ha traído. No hace falta que me cuente los pasos.
Se fue por el pasillo hacia el despacho y Baeza detrás.
Alma salió la última. Su cuaderno se había quedado donde lo había puesto al sentarse, en la consola del recibidor, entre un plato de latón para las tarjetas y un paragüero, y cuando pasó a recogerlo se lo encontró exactamente igual: cerrado, con la goma puesta, con la esquina derecha sobresaliendo del canto de la consola lo mismo que antes.
Lo cogió y se lo puso debajo del brazo.
En el paso de los dos escalones alcanzó a Gabriel, que había bajado antes con una funda de cartón en la mano.
—Le traigo esto —dijo él—. Para que vea de qué hablamos.
Y sacó la placa de la funda con el pulgar y el índice puestos encima y debajo, uno en cada cara, como se coge una galleta.
Alma le agarró la muñeca.
Lo hizo antes de decidirlo, y en cuanto la tuvo cogida la soltó, pero ya le había girado la mano hacia arriba lo suficiente para que el vidrio quedara horizontal.
—Por los cantos —dijo—. Nunca por la cara. Los dedos dejan grasa y la grasa se come la gelatina por debajo. Lo que toque usted hoy se ve dentro de dos años.
Gabriel no se disculpó ni se rio. Cambió los dedos de sitio, se puso la placa en horizontal sobre la palma abierta y la sujetó por los bordes con el pulgar y el meñique.
—¿Así?
—Así.
—¿Y si tengo que darle la vuelta?
—Con las dos manos y encima de una mesa. Nunca en el aire.
La dejó sobre el alféizar del rellano, que era lo más parecido a una mesa que había allí, y le dio la vuelta con las dos manos.
Era un retrato de interior sin retratado: una silla vacía junto a una ventana y, en primer plano, una franja borrosa que podía ser un brazo saliendo del encuadre. La emulsión estaba bien. El vidrio tenía en el canto inferior una mella pequeña y antigua, con el borde ya romo.
—¿Es todo así? —preguntó Alma.
—No lo sé.
—¿No las ha visto?
—He visto algunas. —Miró la silla vacía—. No sabría decirle qué estoy viendo.
Alma volvió a meter la placa en su funda por el lado por el que había salido.
—¿De cuántas hablamos?
—Eso se lo dirá ella.
—Se lo estoy preguntando a usted, que es quien me ha contratado.
Gabriel tardó en contestar y no fue por buscar una cifra.
—Muchas —dijo—. Están numeradas. No se preocupe, que están numeradas.