El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 1 · La Pasada
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El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908

El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908

Por Celia Montalban

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Capítulo 1 · La Pasada

La Pasada

Dijo el apellido tres veces antes de llegar al primer mojón, para quitarle a la boca la costumbre de seguir. La primera vez le salió con una pausa donde no debía haberla. La segunda quedó limpio. La tercera ya no tuvo que pensarlo.

El carretero no pasó del arranque de la calzada. Bajó el baúl a la piedra, lo dejó de canto para que no cogiera el agua parada y estaba otra vez en el pescante antes de que ella terminara de contar el dinero.

—Hasta aquí —dijo, y lo señaló con la barbilla, porque tenía las manos ocupadas con las riendas—. La yegua no pisa esto mojado.

—¿Y el baúl?

—Sale alguien. Siempre sale alguien.

No preguntó si quería esperar. Dio la vuelta al carro en el ensanche de tierra donde acababa el camino de Ruicanto y se fue sin mirar atrás, con esa prisa de la gente que conoce la hora.

Alma se quedó sola con dos bultos y una calzada delante.

Medía lo que mide un buen paseo y se metía en el mar en línea recta, sin apoyos ni ojos, sillares del ancho de un carro colocados a hueso sobre una restinga que alguien había aprovechado hacía mucho.

Al final, pequeño por la distancia, un cerrado de mampostería con un portón, y por encima el tejado del cuerpo sur.

La isla subía detrás en una loma sin árboles.

El mar se había retirado hacía poco rato.

Lo probaba todo lo que había dejado atrás.

Una franja de fuco pegada al canto de poniente, ya tiesa en los bordes y todavía blanda en el centro, con moscas encima.

Una costra blanca en las juntas, del grosor de una uña, que se deshacía en polvo si se la rascaba y volvía a formarse dos veces al día.

Agua quieta en las concavidades de los sillares, sin corriente, porque no tenía adónde ir.

Un cangrejo pequeño que cruzó de charco a charco y se metió debajo de una piedra suelta.

Nadie salía todavía del portón.

Se colgó la correa de la caja al hombro contrario y empezó a andar.

El baúl podía esperar; la caja no. Llevaba dentro las placas vírgenes en sus fundas, separadas por cartón, y cuando la caja iba derecha el peso no se movía.

Al tercer sillar notó que había empezado a llevarla cogida por debajo con las dos manos, como se lleva una bandeja, y no se corrigió.

El viento venía de fuera y traía agua pulverizada que no llegaba a mojar pero dejaba la cara tirante.

A mitad de camino se detuvo, dejó la caja sobre la piedra seca, se abrió el abrigo y sacó la carta del bolsillo de fuera para pasarla al de dentro.

Antes de guardarla leyó la última línea, que se sabía.

Lo demás, cuando nos veamos.

La firmaba una mujer que decía haber trabajado con su hermana en el ala oeste y que había preferido no dar señas.

Escribía bien, con letra grande y separada, y contaba cuatro cosas: que Julia había estado allí hasta el invierno, que se había marchado sin decir a nadie adónde, que en la casa se hablaba de un robo y que un hombre llamado Orive buscaba a alguien que supiera de placas antiguas.

Alma dobló la carta por donde ya estaba doblada y se la metió debajo del chaleco. Antes de levantar la caja pasó el pulgar por la costura de la tapa, de un extremo al otro. Salió limpio. El agua pulverizada todavía no había encontrado el camino de dentro.

Contra lo que había supuesto, la piedra no resbalaba. Lo que resbalaba era el fuco.

Cuando llegó al portón, la mujer que la esperaba llevaba allí el tiempo suficiente para haberse cruzado de brazos.

—¿La señorita Vega?

—Sí.

—Nieves Cobo. Voy para dentro con eso.

Y alargó las dos manos hacia la caja.

—Esto lo llevo yo —dijo Alma.

—No pesa tanto.

—No es por el peso.

Nieves no bajó las manos enseguida. Era vieja de verdad, de las que ya no se sabe cuánto, con el pelo tirante y el llavero al cinto por fuera del delantal, donde se ve. Miró la caja, después el baúl que seguía al otro extremo de la calzada, y después a Alma.

—En esta casa las visitas no entran cargadas —dijo.

—No soy una visita.

—Ya.

Lo dijo sin acritud y con las cinco letras completas, y a Alma le quedó claro que acababa de perder algo que no sabía que estaba en juego.

—Hay dentro treinta y seis vidrios sin impresionar —dijo—. Si uno se astilla en el canto, lo descubro dentro de un mes, cuando ya no sirva de nada. Prefiero ser yo quien lo rompa.

Nieves la miró más. Después se dio la vuelta y llamó hacia el jardín, y de la caseta del portón salió un chico de unos quince años al que mandó a por el baúl.

—Que lo traiga de canto —dijo Alma.

—Ya lo ha oído —dijo Nieves, sin volverse.

Subieron por el jardín. Era un terreno en cuesta con dos vueltas de sendero y setos bajos de escaramujo aguantando el viento, y a medida que subían el mar fue quedando por debajo y la calzada se vio entera, tendida sobre el agua como una cosa provisional.

El chico las adelantó en la primera vuelta del sendero con el baúl al hombro y no de canto.

Alma abrió la boca y la volvió a cerrar.

Dentro del baúl no había vidrio; había ropa, un juego de cubetas de porcelana y los cuadernos.

Si se la hubiera jugado con aquello, habría perdido la segunda partida en veinte minutos.

—¿A qué hora se abre mañana? —preguntó Alma.

—No se abre a una hora.

—Quiero decir a qué hora podría volver a salir.

—Eso es otra pregunta. —Nieves iba delante y hablaba sin girar la cabeza—.

La calzada está a la vista dos veces al día y las dos veces un rato distinto.

Hoy se ha quedado descubierta a las seis y cuarto de la mañana y se tapa a las once menos cuarto.

Esta noche vuelve a estar, pero de noche no la cruza nadie que no tenga que hacerlo, y menos con equipaje.

Mañana es lo mismo más tarde. Se retrasa cada día lo que se tarda en fregar la loza del desayuno, poco más o menos, y así hasta que vuelve a caer de madrugada y empieza otra vez.

—¿Y quién lo lleva? ¿Hay una tabla?

—Hay una tabla en el cuarto del guarda y no la mira nadie.

Se mira la piedra. Cuando el agua le llega a la última junta del pretil del portón, todavía le da tiempo de ir y volver andando deprisa.

Cuando le ha pasado de ahí, ya no. Los de fuera se fían de las horas y los de aquí nos fiamos de la junta, porque el agua no siempre sube igual.

Con levante tarda más. Con temporal de fuera no la cruza nadie.

—¿Y si alguien se queda al otro lado?

—Se espera. Es lo que se hace.

Alma miró hacia atrás. Desde aquella altura se veía el agua entrando por los dos costados de la calzada a la vez, muy despacio, sin oleaje.

—¿Cuánto falta?

—Menos de una hora. —Nieves abrió la cancela de hierro del jardín alto y la sostuvo con el pie—. Si tiene algo que mandar a tierra, lo dice ahora.

—No tengo nada que mandar.

—Pues ya está.

La casa era de dos tiempos y se veía. El cuerpo sur, viejo, de sillería gris y ventanas estrechas, con la galería acristalada añadida después por el lado de poniente para cerrar un corredor que antes estaba al aire.

Y pegada a él, en ángulo, un ala larga de ladrillo enfoscado y ventanas iguales, con una hilera de chimeneas de altura equivocada, que era de otro siglo y de otro oficio.

El ala estaba hecha con la mano de quien construye para que salgan las cuentas.

Las ventanas del piso alto eran catorce y estaban a la misma distancia unas de otras, con el mismo dintel y el mismo alféizar de cemento.

Alma las fue contando mientras subía, por costumbre y porque estaban ahí para contarlas.

La séptima no era una ventana. Tenía el mismo dintel y el mismo alféizar, y el hueco estaba cerrado con ladrillo enrasado y enfoscado por encima, del color del resto, un poco más claro. Nadie había intentado disimular la forma. Solo se había suprimido la función.

—¿Esa de ahí? —dijo Alma.

Nieves miró sin pararse.

—Esa da al ala. No da a fuera.

—Da al mismo sitio que las otras trece.

—Pues entonces no sé —dijo Nieves, y siguió subiendo.

Entraron por el cuerpo sur. Dentro había el frío de las casas que se calientan por partes.

—El señor Orive la recibe después de comer —dijo Nieves—. Don Gabriel está aquí. Su cuarto es el del sur; le he puesto el del sur porque es el que da al camino, y me han dicho que trabaja de noche.

—A veces.

—Pues el del sur.

Cruzaron al ala oeste por un paso con dos escalones de bajada.

El suelo cambió de tarima a baldosa. El techo era más bajo y el pasillo más largo de lo que Alma había calculado desde fuera, con puertas iguales a los dos lados y números pequeños de loza sobre el dintel, casi todos con el esmalte saltado.

Nieves se paró delante de una puerta sin número y sacó el llavero.

—Aquí lo tenía preparado don Gabriel.

Tuvo que probar dos llaves. La segunda entró bien pero la cerradura no cedió al primer cuarto de vuelta, y cuando cedió lo hizo de golpe, con el ruido suelto de un mecanismo al que no le falta grasa sino uso.

La habitación era estrecha y larga, sin ventana, con un tragaluz alto tapado por dentro con una plancha de zinc atornillada. Nieves entró primero y encendió un quinqué que había junto a la puerta.

Alma dejó la caja en el suelo antes de mirar nada.

Había un banco corrido de madera embreada a lo largo de la pared de la derecha, y debajo del banco una pila de piedra con desagüe y un grifo alto de latón.

Encima del banco, dos estantes. En el de arriba, una hilera de frascos con etiqueta, y en la madera, debajo de cada frasco, un cerco redondo más oscuro, del tamaño exacto de su culo de vidrio. Había cuatro cercos y tres frascos.

En la pared del fondo, un alambre tendido de lado a lado con pinzas de madera. Una de las pinzas estaba cerrada sobre nada.

Del clavo de detrás de la puerta colgaba un mandil de hule. Lo habían acortado de mangas y las bocamangas estaban cosidas a mano por dentro, con puntada larga, para que no le bailaran a un brazo más delgado que el del hombre para el que se hizo.

Y en el banco, en el extremo más cercano a la pila, había un frasco sin tapón.

La etiqueta estaba en blanco. Dentro no quedaba líquido: quedaba una costra amarilla que había subido por las paredes del vidrio hasta donde llegó el nivel y se había quedado allí, seca, con la forma de un menisco.

Alrededor de la base, sobre la madera, el mismo cerco de siempre, y por fuera del cerco un reguero fino y blanco que alguien había limpiado con un trapo pasado una sola vez.

Alma se quedó con las manos quietas.

—¿Quién trabajaba aquí?

—Una chica.

—¿Cuándo?

—El año pasado. —Nieves apagó el quinqué y volvió a encenderlo, porque la mecha estaba alta y hacía humo—. ¿Le sirve el sitio?

—Me sirve.

—Entonces la llave es suya mientras esté. —Soltó una llave del llavero, y para soltarla tuvo que abrir la anilla con la uña del pulgar y hacerle dar la vuelta entera al aro—. Yo tengo la otra. De este cuarto hay dos y no hay más, que es lo que se hace con los cuartos que se cierran solos.

Alma cerró la mano sobre la llave y notó que estaba caliente de haber ido colgada al costado de Nieves toda la mañana.

—Gracias.

Nieves miró el mandil del clavo, después la pinza cerrada del alambre, y no abrió la boca de ninguna de las dos cosas.

Desde el pasillo llegó ruido de botas y en la puerta apareció un hombre joven, alto, con el pelo mojado en las sienes de haber estado fuera. Traía un guante puesto y otro en la mano, y se quedó en el umbral en vez de entrar.

—Señorita Vega. Gabriel Orive. Perdone que no haya bajado al portón.

—No hacía falta.

—Sí que hacía falta. —Se quitó el otro guante—. ¿Le ha dicho Nieves lo de la calzada?

—Me lo ha dicho.

—Bien. Es la única cosa de esta casa que no admite discusión. —Miró la caja que seguía en el suelo, y después el banco, y después no miró el frasco—. ¿Está el cuarto como para trabajar?

—Le falta agua caliente y le sobra polvo. Lo demás está.

—Elpidio le sube agua. ¿Qué más?

—Una mesa auxiliar que no baile, un cubo y un trapo que no suelte pelusa. Y saber cuándo puedo entrar en el archivo.

Gabriel se pasó el guante por la palma de la otra mano.

—Lo del archivo se lo dirá mi madrastra.

—¿Y usted no?

—Yo la he traído —dijo—. Ella lleva las llaves.

Se quedaron los tres un momento sin decir nada. Nieves esperaba con la puerta abierta del modo en que espera quien tiene otras siete cosas que hacer.

—La dejo instalarse —dijo Gabriel—. Comemos a las dos.

Cuando se fueron, Alma esperó a que los pasos doblaran el ángulo del pasillo. Después volvió al banco y miró el frasco de cerca, sin tocarlo.

La costra había subido y se había parado. Eso no lo hace un frasco que se acaba. Lo hace un frasco al que le quitan el tapón, lo dejan al aire y no vuelven a por él.

Sacó el pañuelo, envolvió el vidrio por el cuello y lo pasó al estante de arriba, al cerco vacío, donde le correspondía estar. Encajó exactamente.

Luego abrió la caja sobre el banco y levantó los cartones de dos en dos. Treinta y seis fundas, treinta y seis vidrios, todos con los cuatro cantos vivos y ninguno con la película saltada. Los volvió a colocar en el mismo orden y cerró.

Era lo único de aquella mañana que había salido como estaba previsto.

Abrió el grifo de latón para ver qué daba.

Tardó, sonó dentro de la pared y al final vino un chorro estrecho y frío, con un hilo de herrumbre los primeros segundos y después claro.

Lo dejó correr un poco y lo cerró. La pila tenía en el fondo el desagüe libre y una mancha vieja que no se iba con nada, alargada, que salía del sumidero hacia el borde.

Se acercó a olerla por costumbre. No olía a nada. Hacía demasiado tiempo.

Después subió al cuarto del sur, deshizo el baúl a medias, se cambió las medias que llevaba mojadas por los tobillos y bajó otra vez.

No fue al comedor. Salió al jardín y bajó los dos tramos del sendero hasta el portón, y desde el portón salió al arranque de la calzada.

Ya no se podía cruzar.

El agua había entrado por los dos costados y se había juntado por encima de la piedra sin ruido, sin espuma, subiendo por las juntas como sube el agua en un paño.

Quedaban descubiertos tres sillares del arranque, después una zona donde se adivinaba la línea gris de la calzada por debajo, y después nada.

El fuco que por la mañana estaba tieso flotaba ahora abierto, moviéndose todo en la misma dirección.

Buscó en el pretil del portón la junta de la que le había hablado Nieves. Estaba a la altura de su cadera y tenía la piedra de encima más clara que la de debajo, con la línea de separación tan recta como si la hubieran trazado. El agua ya le había pasado por encima el grueso de dos dedos.

Alma se puso a mirar hasta que la última piedra dejó de verse.

No se veía distinto de un sitio donde nunca hubiera habido un camino.

Se giró hacia la casa. En la mano derecha, sin acordarse de haberla sacado del bolsillo, llevaba la llave de una habitación que otra mujer había cerrado sin recoger.