El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 38 · El cotejo #2
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Capítulo 38 · El cotejo #2

Había un paquete de sobres de papel manila, tamaño de fábrica, abierto, al que le faltaban tres.

Había un frasco de tinta negra y una pluma con el plumín gastado por el lado izquierdo, que es como lo gasta el que escribe con la mano vuelta.

Y en el fondo, debajo del papel que forraba el cajón, había una llave de hierro con el paletón de dos guardas, larga, con la caña sin brillo de no usarse, y Bedia la subió al archivo, la metió en la cerradura de abajo y le dio dos vueltas en los dos sentidos.

—Abre —dijo.

Teresa lo vio todo de pie, en el pasillo, con las manos delante y sin apoyarse en nada.

Cuando terminaron, Requejo salió al pasillo y le habló sin subir la voz.

—Teresa Cobián, queda usted detenida. Va usted a ser conducida a Ruicanto de la Mar y de allí al juzgado de Torrelavega. Se le va a leer esto y va a poder decir lo que quiera, y lo que diga se va a escribir entero.

Cué empezó a escribir.

Teresa estuvo callada el tiempo que tarda una persona en decidir si va a hablar o no.

Después miró a Requejo.

—¿Puedo decir una cosa?

—Puede usted decir lo que quiera.

—No es un descargo.

—Dígala igual.

Y Teresa Cobián, con las manos delante y sin una lágrima y sin levantar la voz, dijo:

—Yo entré en esta casa en el noventa, y no entré a servir.

—Esperó a que la pluma llegara—. Entré por esa puerta de ahí abajo con un papel firmado por mi padre y con un dictamen firmado por un médico, y estuve dos años donde estuvieron las demás.

En esa habitación hay trescientas y pico placas y en una de ellas estoy yo con diecinueve años.

Cué escribía y no levantaba la cabeza.

—Es la número doce y no la ha mirado usted esta mañana, porque han mirado la ce y la mía va en otra letra. Mírela cuando quiera. Yo sé lo que se ve en ella y sé lo que no se ve, que es quién la puso ahí.

—Señora...

—Déjeme acabar, que llevo dieciocho años sin decir esto y no lo voy a decir dos veces.

—No levantó la voz ni una vez—. El que abrió el agua era el médico y el que guardó el vidrio era el dueño.

En el noventa y dos uno de los dos me sacó de aquella sala y me puso un juego de llaves en la mano, y yo cogí las llaves.

Podía no cogerlas. Cogerlas era lo mismo que quedarme, y me quedé, y he llevado esta casa dieciséis años y he pagado jornales y he cerrado puertas y he mandado barrer pasillos por encima de esas trescientas y pico mujeres.

A los dos los he servido y a los dos los he enterrado esta semana.

Eso quiero que conste antes que lo demás.

—Consta.

—Y quiero decir otra cosa.

—Dígala.

Entonces Teresa se volvió y miró a Alma, que estaba de pie en la puerta del archivo con las manos todavía en el paño blanco.

Y no la miró con odio. La miró como se mira a alguien a quien se lleva mirando mucho tiempo.

—Pregúntele usted a esta señorita cómo se llama.

Cué alzó la vista.

—Se llama Vega —dijo.

—Se llama Roldán —dijo Teresa—. Alma Roldán Vega.

Y el nueve de enero de este año yo cerré una partida de nueve días de jornal a nombre de una ayudante de cuarto oscuro que se hacía llamar Julia Roldán y que se fue de aquí sin cobrarlos.

Está escrito de mi mano en el libro que tiene usted ahí abajo, en la página de la primera semana de enero, y lo firmo ahora mismo si hace falta.

Nadie dijo nada.

—Esa mujer era su hermana —dijo Teresa—. Y esta señorita lleva nueve días en mi casa comiendo en mi mesa, contando mis placas, diciéndole a usted lo que tiene que pensar, y no se lo ha dicho.

Alma oyó su propio nombre dicho en voz alta en aquel pasillo y lo oyó ir a parar a una pluma.

Y lo que hizo entonces no lo decidió.

Dio dos pasos hacia delante, con el paño blanco todavía en la mano, y dijo:

—Yo se lo dije a este señor el viernes y está en la primera línea de mi declaración.

Le salió alto y le salió deprisa, y en cuanto lo dijo supo tres cosas a la vez: que era verdad, que no era una respuesta a lo que Teresa había dicho, y que acababa de contestar delante de un juez de instrucción a una detenida, que es lo único que no se hace.

Requejo no la miró.

—Señorita Vega, salga usted de este pasillo.

—Señor juez...

—Salga usted de este pasillo.

Alma salió.

La vio salir a ella a la una y media, desde la ventana del rellano, cuando subió a hacer el hatillo con Nieves detrás y un guardia en la puerta.

Teresa cogió dos mudas, un chal, un peine y un rosario, y después se paró delante de la cómoda y estuvo un rato mirando lo que había encima, que eran un cepillo, un devocionario y una fotografía de estudio de un hombre con levita.

No cogió la fotografía.

Lo que hizo antes de salir fue una cosa que Alma no se esperó y que no entendió del todo hasta mucho después: se acercó a la cama, tiró de la colcha por los dos lados hasta dejarla derecha, metió los picos por debajo del colchón y ahuecó la almohada.

Después dijo, sin volverse:

—El libro de la despensa lo lleva Nieves desde hoy y no sabe hacer la cuenta del pan. Que se lo mire alguien el sábado.

Y bajó la escalera ella sola, delante del guardia y no detrás.

A las dos y media, en el portón, con la calzada abierta y el sol dando de lado, salieron por la lengua de piedra el alguacil Bedia a caballo, el guardia de la terraza andando al lado del carro, y en el carro, sentada muy derecha con un hatillo en las rodillas, Teresa Cobián.

Nieves se lo había hecho. Dos mudas, un chal, un peine y un rosario.

Rosario lloró en la cocina por cuarta vez en la semana, y lloró por una mujer que le había estado mandando nueve horas al día desde que entró a servir con quince años.

Cuando el carro dobló la revuelta, el guardia que quedaba en el portón cerró el registro, se lo puso debajo del brazo, cogió la silla con la otra mano y subió la cuesta, porque tenía orden de estar a la vista de la habitación de doña Clara mientras hubiera luz, y la orden no la había levantado nadie.

Alma se quedó abajo.

Se quedó de pie en el portón, sola, mirando el ensanche de tierra vacío del otro lado, y después se giró hacia la casa y miró hacia arriba.

La terraza del norte estaba vacía.

El portón estaba vacío.

En el suelo, donde había estado la silla del guardia durante cuatro días, la tierra estaba más clara en cuatro puntos, y los cuatro puntos se iban a borrar con la primera lluvia.