El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 39 · Lo que declaró por la tarde
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Capítulo 39 · Lo que declaró por la tarde

Lo que declaró por la tarde

Requejo la mandó llamar a las tres, cuando el carro llevaba media hora doblada la revuelta.

Cué estaba sentado con la cartera abierta y un pliego nuevo, y había mojado la pluma antes de que ella entrara.

—Siéntese, señorita. Esto es una declaración y se toma como tal.

—Sí, señor.

—Diga usted su nombre.

—Alma Roldán Vega.

—¿Edad?

—Veintidós años.

—¿Profesión?

—Restauradora y conservadora de material fotográfico.

—¿Con qué nombre trabaja usted?

—Con el segundo apellido. Vega. Lo uso desde que empecé, hace cuatro años, y no lo uso por esconderme: lo uso porque en este oficio, si una firma un informe con dos apellidos y uno de ellos es corriente, nadie se acuerda del informe.

—¿Y en esta casa?

—En esta casa me presenté como Vega el día que llegué, y firmé Vega en el libro del ama, y declaré delante de usted el día cinco con mi nombre entero, y está en la primera línea del acta que tiene ahí el señor secretario.

Requejo estuvo callado un momento.

—Eso es verdad y ya lo he mirado esta mañana antes de llamarla. —Puso las dos manos encima de la mesa—. Y ahora le voy a decir lo que le pasa a usted con las verdades, que es que las dice todas en el orden que le conviene. Usted me dijo cómo se llama. Nunca me dijo a qué venía.

—Vine a restaurar un archivo. Hay un contrato.

—Hay un contrato y usted lo ha cumplido mejor que nadie en esta casa. No me haga perder la tarde.

Alma se miró las manos.

—Vine también por otra cosa.

—Dígala.

—Mi hermana Julia entró a trabajar en esta casa en marzo del año pasado.

—Lo dijo entero y sin pararse, porque si se paraba no iba a poder—.

De ayudante de cuarto oscuro, y se hacía llamar Julia Roldán.

Escribió a casa cuatro veces entre marzo y agosto y después no volvió a escribir.

En enero de este año nos llegó una carta de esta casa diciendo que se había marchado sin avisar en diciembre y que se le debían nueve días de jornal.

Mi padre escribió dos veces preguntando y le contestaron lo mismo con las mismas palabras.

En junio recibí yo una carta anónima. Y este verano don Gabriel Orive escribió a tres casas de Madrid pidiendo un restaurador para este archivo, y una de las tres era donde yo trabajo, y contesté yo.

Cué escribía y no levantaba la cabeza.

—¿Usted vino a buscarla?

—Sí.

—¿Y por qué no me lo dijo el día cinco?

—Porque el día cinco había un muerto en esta casa, y el día cinco yo era la única persona de aquí dentro que sabía dónde estaba cada placa, y pensé que si decía eso me sacaban de esta isla en el carro de la tarde.

—Alma alzó la vista—. Y porque pensé que si me sacaban de esta isla no me iba a enterar nunca de lo que le había pasado a mi hermana.

Eso lo pensé el día cinco, y era verdad, y no me exime de nada.

—Al menos no me lo adorna usted.

—No.

—Ha hablado usted de una carta anónima.

—En junio. Sin firma, con letra disfrazada, echada en Ruicanto de la Mar.

—¿Qué decía?

—Decía que en esta casa había pasado algo con una mujer que trabajó aquí y que si alguien quería saberlo tenía que venir a verlo.

—¿Con esas palabras?

—Con más palabras y con ese sentido. Me la sé.

—¿La conserva usted?

—La conservo.

—Tráigamela.

—Mañana por la mañana.

—¿Por qué mañana y no ahora?

—Porque está en el fondo de mi baúl debajo de mi ropa y porque llevo dos horas sin comer y me tiemblan las manos. —Alma lo dijo bajo—. Y porque si se la traigo ahora se la voy a dar y usted la va a leer esta tarde con prisa, y esa carta hay que leerla despacio.

Requejo la miró.

—Mañana a primera hora.

—Mañana a primera hora.

Y Cué lo escribió, con la hora, y aquel renglón iba a ser, dentro de seis horas, el único trozo de aquella tarde del que Alma no se avergonzara.

Requejo se levantó y anduvo hasta la ventana y volvió.

—¿Usted ha venido a buscar un cadáver o a una persona?

—A una persona.

—¿Y la ha encontrado?

Y allí, en aquella habitación, con un hombre de pie delante de ella y otro con la pluma a media altura, Alma Roldán Vega dijo:

—No he encontrado a mi hermana en esta casa.

Cué levantó la cabeza.

Fue un movimiento pequeño y duró medio segundo, y levantó la cabeza porque llevaba veinte años escribiendo lo que dice la gente y sabía distinguir una contestación de una respuesta.

Requejo no lo notó, o lo notó y decidió que aquel día ya había hecho bastante.

—Bien —dijo—. Póngalo tal cual.

Cué lo puso tal cual.

Y después, cuando terminó el acta y Alma la firmó, Requejo hizo lo que tenía que hacer.

—Señorita, a partir de este momento queda usted relevada de toda intervención en el archivo.

Alma levantó la cabeza.

—Señor juez...

—No es un castigo y no la estoy acusando de nada.

Es que usted ha declarado esta tarde que tiene un interés personal en esta casa, y yo no puedo tener a una persona con un interés personal manejando las piezas de una instrucción.

Eso lo tumba cualquier abogado de Torrelavega en dos minutos y todo lo que ha hecho usted esta semana se cae con ello.

—Lo que he hecho esta semana está firmado y fechado.

—Y por eso mismo lo quiero proteger. —Requejo se sentó por fin—. Lo hecho, hecho está y vale. Lo de mañana lo hace otro. Usted queda a disposición de este juzgado como testigo y como perita informante, y no vuelve a tocar un sobre de esa habitación.

Alma estuvo un momento sin decir nada.

Nueve días llevaba en aquella isla y en nueve días había contado trescientas once piezas dos veces, había fechado un vidrio, había desmontado un sobre y había hecho un cotejo que iba a sostenerse en un juicio, y todo aquello se lo acababan de quitar en una frase y con razón.

—¿Puedo terminar la nota de estado de las catorce placas del ala oeste?

—Esa la termina usted y me la entrega, porque es material y no es prueba. Lo demás, no.

—Gracias.

—Y una cosa más. —Requejo la miró—. El guardia del ala oeste sigue donde está hasta mañana por la mañana.

Yo levanto esa vigilancia cuando tenga el acta de hoy cerrada y leída, y no antes, porque si la levanto esta tarde por corazonada y mañana aparece algo, la que se queda desamparada es ella.

Dígaselo usted, si quiere, que a mí no me va a creer.

Alma se lo dijo.

Doña Clara la escuchó de pie, junto a la ventana de su habitación, con las manos cruzadas por delante, y cuando acabó dijo que muchas gracias y que ya lo vería mañana, y no abrió la boca más y no se sentó mientras Alma estuvo allí, que es la manera educada de decirle a alguien que se vaya.

La Pasada se cerró a las cinco y veinticinco.

Alma lo miró desde la ventana del rellano, que era donde lo veía siempre, y lo vio con la frente en el cristal frío.

El agua entró por los dos costados y se juntó en el centro y tapó la piedra, y en diez minutos no quedó más que una franja algo más clara que el resto. Después del cierre el mar siguió subiendo, porque el ciclo llevaba creciendo desde el jueves y aquella noche daba la pleamar más alta de la semana.

Antes de eso, a las cuatro, había bajado al cuarto oscuro por costumbre.

Abrió, encendió la campana roja, se sentó en la banqueta y se puso a mirar la pila vacía.

No tenía nada que hacer allí. Las catorce placas estaban en su caja con los listones puestos, los sobres nuevos estaban escritos y el archivo era de otro desde las dos y media. Lo único suyo que quedaba en aquella habitación eran los frascos, y los frascos se recogen en veinte minutos.

Los recogió.

Vació el fijador en el sumidero y aclaró el bidón. Tapó el barniz y lo puso de pie. Enrolló los paños. Limpió el tubo del quinqué con papel de seda, que era una cosa que hacía todos los días desde el primer día y que nadie le había pedido. Contó las cubetas, las apiló y las dejó boca abajo.

Y cuando terminó se dio cuenta de que acababa de dejar un cuarto oscuro como se deja cuando una se va, y de que lo había hecho sin decidirlo.

Subió a las cinco.

Por debajo de la casa empezó a oírse el agua.

En Santa Brida, con la marea alta, el mar entra por la boca del sur y sube por las galerías del roquedo y se para debajo de la casa, y allí hace un ruido hueco y espaciado que sube por los muros y se oye en las habitaciones del norte como si alguien diera un golpe cada muchos segundos en una puerta lejana.

Aquella noche se oyó desde las seis.

Alma no bajó a cenar.

Nieves le subió un plato a las ocho y se lo dejó en la mesita y siguió de pie mirándola.

—Coma usted.

—Luego.

—Ahora, que yo la veo.

Comió tres cucharadas delante de ella y Nieves se dio por satisfecha y se llevó el plato a la mitad.

—Señorita.

—Diga.

—Lo del apellido.

—Dígalo, Nieves.

—Que yo la serví a su hermana nueve meses y no até cabos hasta esta tarde, y llevo dos horas en la cocina sentada acordándome de cosas que no me quiero acordar.

—La vieja se apoyó en el quicio—. Aquella chica bajaba a la cocina a las once de la noche a por agua caliente y se llevaba la jarra al cuarto oscuro.

Y una noche de noviembre la vi llorar en el escalón del patio y le pregunté y me dijo que era el frío.

—¿Y usted qué hizo?

—Le di una manta.

Se quedaron las dos calladas.

—Eso está bien —dijo Alma.

—Eso no es nada.

—Es lo que había.

Nieves se fue con el plato.

Gabriel llamó a las nueve menos veinte.

Se quedó en el pasillo y no entró, con las manos en los bolsillos, y lo primero que dijo fue que no venía a preguntarle nada.

—Pues pregunte.

—No.

—Pregunte, don Gabriel, que si no lo pregunta hoy lo va a pensar todos los días.

Gabriel se apoyó en el marco.

—¿Se acercó usted a mí por eso?

—No.

—Contésteme despacio.

—Se lo contesto despacio. —Alma se puso de pie—.

Yo llegué a esta casa a buscar a mi hermana y llevaba cinco días aquí cuando usted me dio conversación en el salón delante de la chimenea.

Todo lo que le dije a usted de aquella placa era verdad y se lo habría dicho igual a un desconocido en un tren.

Todo lo que le dije de la caja era lo que le convenía y se lo dije porque me lo preguntó.

Y lo de ayer por la mañana no me convenía nada y lo hice yo.

—Ya.

—Y le voy a decir lo otro, porque si no se lo digo yo se lo va a decir usted solo a las tres de la mañana.

—Alma se cruzó de brazos—. Yo entré aquí mintiendo.

No sobre lo que sé hacer, que eso lo hago mejor que nadie que vayan a mandar aquí.

Sobre a qué venía. Y he estado nueve días dejando que la gente de esta casa me contara cosas creyendo que hablaban con una restauradora.

Eso es verdad y es feo y no tiene arreglo.

Gabriel se quedó mirándola.

—¿Y su hermana?

—Mi hermana lleva catorce meses sin escribir a su padre.

No era una respuesta y él no insistió, y eso fue lo último que se dijeron aquella noche.

A las nueve menos diez Alma se sentó a terminar la nota de estado de las catorce placas, que era lo único que le quedaba permitido hacer en aquella isla.

A las nueve menos cinco oyó un roce en la puerta.

Nadie llamó. Era el ruido que hace un papel al pasar por debajo de una puerta y quedarse trabado un momento en la moqueta.

Alma se levantó y abrió y en el pasillo no había nadie.

En el suelo, a medio meter, había un papel doblado en cuatro.

Lo recogió y lo abrió debajo de la palmatoria.

Era media cuartilla de papel de estraza y estaba escrito a lápiz, con letra rápida y menuda, con una letra que ella había visto por primera vez a los nueve años en el margen de un libro de la escuela.

A las nueve en la sala de abajo. Baja sola. La puerta está abierta y no hace falta que traigas nada, ya está todo preparado y no tienes que hacer nada más que mirar. Después firmas lo que te dejo encima del banco. Sé que vas a venir porque tú no me vas a dejar otra vez.

Debajo, sin firma, había una línea más:

Si traes a alguien contigo, esto no sirve de nada y yo lo hago igual.

Alma miró el reloj de la repisa.

Eran las nueve menos cinco, y por debajo de la casa, cada muchos segundos, el agua daba en la piedra.