Capítulo 40 · Veinte cincuenta y ocho
Veinte cincuenta y ocho
Tardó tres minutos.
Tres minutos en bajar dos tramos de escalera con una palmatoria en una mano y en el otro brazo el cuaderno de tapas de hule, el sobre de la carta de junio y media cuartilla de papel de estraza, y no fueron tres minutos de duda, porque la duda la había tenido dos noches antes de rodillas delante de un baúl y aquella no era la misma mujer.
En el despacho había luz. Requejo estaba de pie leyendo el acta de la tarde y Cué sentado, y los dos levantaron la cabeza a la vez.
Alma puso las tres cosas encima de la mesa.
—Señor juez, mi hermana Julia Roldán está viva, está en esta casa ahora mismo y va a matarse en la sala de abajo dentro de dos minutos.
Requejo no dijo nada durante un segundo entero.
—Siga.
—Ha entrado por la galería del desagüe. Lleva viviendo desde diciembre del año pasado en la casa del guardés de la cala del oeste.
Yo la encontré allí el día seis. He hablado con ella dos veces, el día seis y ayer por la tarde, las dos con permiso de usted para bajar y las dos horas están firmadas en la libreta del guardia de la terraza.
—Siga.
—Ella mató a don Álvaro Orive. Abrió la toma del mar de la sala a las cuatro y diez de la madrugada del jueves y la cerró a las cinco y veinte, y lo tenía medido de junio con una regla y un cordel, y después abrió el serpentín para que el suelo estuviera seco cuando entraran.
Y el jueves por la noche cerró la llave de la fría de la clínica en el corredor de los paneles, y por eso se escaldó don Ramón Baeza el viernes, y eso es todo lo que hizo con él y así me lo dijo.
Cué había empezado a escribir sin que nadie se lo mandara.
—Ayer por la tarde se atribuyó también el incendio y es mentira.
Lo contó diciendo que echó el resto del petróleo por encima de la colcha de la cama, y en esas habitaciones la cama está en la alcoba de dentro y no ardió y se halló hecha.
Lo supe en el momento en que lo dijo y no la corregí y no se lo dije a nadie.
Al señor secretario le contesté que no cuando me lo preguntó de frente, anoche, antes de lacrar.
—¿Eso también lo pongo? —dijo Cué.
—Eso lo primero —dijo Alma.
Empujó el cuaderno de tapas de hule hacia el centro de la mesa.
—Aquí están los dos encuentros enteros, escritos el mismo día, con las horas cotejadas con la libreta del guardia y firmados con mi nombre completo.
Aquí está la carta anónima de junio, que es de su letra y que hoy le he dicho a usted que le traería mañana.
Y esto es lo que me ha pasado por debajo de la puerta hace cuatro minutos.
Requejo cogió la media cuartilla y la leyó de un golpe.
Después miró el reloj de la repisa.
—Cué, la hora.
—Las nueve menos dos.
Y a partir de ahí aquel hombre no volvió a mirar a Alma en once minutos.
—Elpidio. —Lo dijo hacia el pasillo y lo dijo alto—. ¡Elpidio!
Vino desde la cocina secándose las manos.
—La sala de abajo se está llenando. ¿Por dónde se corta?
—Por el husillo del cuarto de válvulas, que está detrás de la sala, en el corredor técnico.
—¿Cuánto tarda usted?
—En llegar, dos minutos por la escalera de servicio. En cerrarlo, lo que tarde en darle vueltas, que son muchas y va duro.
—Váyase ya y no pare a hablar con nadie. Si el cuarto de válvulas está cerrado, lo abre como sea.
Elpidio tiró el paño al suelo y se fue.
—La boca de la galería la entablé yo el domingo por la mañana, como se me mandó —dijo desde la escalera, sin pararse—. Tabla de dos pulgadas y ocho clavos.
—Pues mírela también.
—Cué. La portezuela del corredor técnico. Usted se pone delante y no sale de ahí y no deja salir a nadie por ese lado, y si sale alguien usted no lo agarra, usted grita. ¿Está claro?
—Está claro.
—Orive.
Gabriel estaba en el umbral. Llevaba allí desde la palabra viva.
—Usted conmigo.
—Sí.
—Señorita Vega, usted delante, porque es a usted a quien ha citado y porque es la única cara que esa mujer va a querer ver. Va usted a la puerta y no entra.
—No voy a entrar.
—No me ha entendido. —Requejo cogió el farol grande de encima del arcón—. No entra usted aunque le parezca que hay que entrar. Detrás de usted voy yo.
Salieron los cuatro al pasillo y Requejo se paró un segundo en el arranque de la escalera, porque era el hombre que era, e hizo la cuenta en voz alta para que la oyera el secretario.
—Bedia, en el camino de Ruicanto con la detenida.
El guardia del norte, con él. Aquí queda uno, en el ala oeste, con orden mía de no moverse de delante de esa puerta.
Y los dos puestos de noche, el de la portezuela y el del rellano, los levanté yo esta mañana al quedarme con un hombre, y lo puse en el acta y lo firmé.
—Voy a por él —dijo Gabriel.
—Usted no va a ninguna parte. —Requejo ya estaba bajando—. Del ala oeste a la sala de abajo hay cuatro minutos de ida y cuatro de vuelta y no los tenemos, y si mando a alguien a buscarlo me quedo sin ese alguien. Vamos con lo que hay. Cué, apunte que lo he dicho aquí y a esta hora.
Cué lo escribió andando, que era una cosa que sabía hacer.
Bajaron.
En el rellano de abajo ya se olía.
El aire de la escalera de servicio, que olía a carbón y a comida desde que se construyó la casa, olía aquella noche a mar abierto, que es un olor de fuera y que dentro de una casa se nota como se nota una voz que no es de nadie de allí.
Y se oía.
Lo que se oía aquella noche no tenía nada que ver con el golpe hueco y espaciado de la marea debajo de la piedra. Era un chorro continuo y grueso cayendo desde media altura sobre algo que ya tenía agua, con ese ruido redondo y sin pausas que hace el agua cuando cae encima de agua.
El precinto de la puerta de la sala estaba roto.
El lacre había saltado en tres trozos y la cinta colgaba de un solo lado del marco, y la raya de lápiz de Bedia estaba partida y alguien la había mirado, porque el trozo de la madera tenía una marca de uña al lado.
Y la puerta estaba abierta del todo, echada contra la pared del corredor.
Por debajo del umbral salía agua.
Salía sin fuerza, en una lámina de dos dedos, corriéndose por el corredor hacia la escalera y buscando el sumidero del fondo, y ya había pasado de largo una alfombrilla enrollada y un cubo volcado.
Alma llegó a la puerta la primera y se paró en el umbral y no entró.
La sala de abajo tenía dos faroles encendidos, colgados de los ganchos de la pared, puestos allí por alguien que quería que se viera bien lo que había.
En el suelo había agua hasta media pantorrilla y estaba subiendo.
Entraba por la boca de la toma del mar, en el rincón del este, a la altura del pecho, y caía a plomo desde el tubo de bronce con el caudal entero abierto.
Y en el centro de la sala, de pie, con el agua por las rodillas y la falda pegada a las piernas, estaba Julia.
Estaba de cara a la puerta.
Tenía el brazo derecho levantado a la altura del hombro y la muñeca metida en la argolla de hierro de la pared, la de la barra de sujeción, y en la argolla había un candado cerrado.
—Has venido sola —dijo.
—No.
—Ya lo veo.
No lo dijo con rabia. Lo dijo como quien comprueba una cuenta.
Detrás de Alma se paró Requejo con el farol y detrás Gabriel, y Requejo no dijo una palabra, y aquello, que Alma no le agradeció hasta muchos meses después, fue lo que hizo posible todo lo demás.
—Julia.
—Está en el banco.
En el banco de piedra del fondo, por encima del nivel del agua, había una hoja de papel doblada y encima un lápiz, puestos los dos con cuidado y en paralelo.
—Léela desde ahí, que se lee.
Alma no se movió del umbral.
—No hace falta que la lea. Ya sé lo que pone.
—Pon lo que pone.
—Pone dos cosas, y una la puedo firmar y la otra no la puede firmar nadie.
—Alma habló alto, porque el chorro sonaba mucho—.
La primera es que las placas de ese archivo son anteriores a los hechos que se les parecen.
Eso lo puedo certificar yo de cada vidrio que mida, uno por uno, por el corte, por la emulsión y por el formato, y lo voy a hacer, y voy a poner mi nombre debajo, y si hace falta lo declaro en una sala.
—¿Y la otra?
—La otra es que los que salen en ellas son responsables de lo que se les ve hacer.
—Eso es lo mismo.
—Eso no es lo mismo y tú lo sabes mejor que yo, porque estuviste nueve meses copiándolas.
El agua había pasado de las rodillas.
—Julia, escúchame una cosa y después me callo.
Una placa prueba que existe un soporte y que ese soporte se impresionó un día.
Nada más. No prueba quién estaba delante, no prueba qué pensó y no prueba lo que hizo después.
Si yo firmo ese papel, dentro de veinte años cualquiera puede coger un vidrio de esa habitación y meter a una persona en la cárcel con él.
Y en esa habitación hay trescientas y pico placas y trescientas nueve son de mujeres a las que metieron ahí a la fuerza.
—Yo no quiero eso.
—Ya sé que no quieres eso. Es lo que pone tu papel.
—¿Y tú sabes lo que pasa si no lo firma nadie?
—dijo Julia—. Pasa lo de siempre. Dentro de dos años un tribunal dice que todo aquello es una colección de curiosidades de un médico raro que se murió, y lo mandan a un depósito, y a las de dentro no se les pregunta nada porque están locas o están muertas o están casadas con alguien que prefiere que no se hable.
Yo no quiero que esas placas condenen a nadie. Yo quiero que no se puedan tirar.
—Eso se consigue con un inventario y con una custodia, y eso lo estoy haciendo yo desde el día dos.
—Eso se consigue con un nombre debajo.
—Con el mío no.
—Con el tuyo, que eres la única de este país que puede decir de qué año es un vidrio y que a la vez sabe lo que se hacía en esa habitación.
—Y por eso mismo no.
El agua entraba y el chorro no paraba y las dos hablaban a gritos por encima de él, a cuatro metros, con una puerta abierta entre las dos y sin que nadie la tocara.
—Julia.
—Dime.
—El fuego del domingo no lo hiciste tú.
Julia no se movió.
—Lo hice yo.