El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 40 · Veinte cincuenta y ocho #2
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Capítulo 40 · Veinte cincuenta y ocho #2

—Lo hizo el ama de llaves, y esta mañana se la han llevado en un carro, y hay una llave y un sello y un sobre y una copia de contacto que lo prueban, y lo he probado yo.

—Alma se agarró al marco de la puerta con las dos manos—.

Tú dijiste que echaste el resto por encima de la colcha.

Esa cama está en la alcoba de dentro y apareció hecha. Lo que ardió fue el diván del despacho.

—Eso no es verdad.

—Eso lo oí decir tres veces el domingo por la noche desde un corredor mientras un secretario lo escribía.

—¿Y por qué no me lo dijiste ayer?

Y aquella pregunta, gritada por encima de un chorro de agua de mar por una mujer encadenada a una pared, fue lo único que aquella noche le dio a Alma en el sitio en que duele.

—Porque quería saber quién había sido —dijo—. Y porque prefería que fueran dos y no tres.

Julia la miró un buen rato.

—Te has pasado dos días investigándome.

—Sí.

—¿Y por eso vienes con un juez?

—He venido con un juez porque tú me has pasado un papel por debajo de una puerta.

Julia movió el brazo dentro de la argolla y el hierro sonó.

—Entonces no lo firmes.

—No lo voy a firmar.

—Entonces cierra la puerta.

Y allí estaba.

Alma lo entendió en el momento en que lo oyó, porque llevaba nueve días en aquella casa midiendo huecos y niveles y porque aquella tarde había visto por la ventana cómo se tapa una calzada.

Con la puerta abierta, aquella sala no se llenaba. Con la puerta abierta, el agua entraba por el tubo y se iba por el umbral y por el corredor, y el nivel subía poco y despacio y se paraba por debajo del pecho de una mujer de pie.

Con la puerta cerrada, aquella sala se llenaba hasta más de un metro en veinte minutos. Estaba medido, y lo había medido ella misma un mes de junio, sola, con lo que tenía a mano.

Su hermana se había encadenado a una pared, había abierto el agua, había dejado un papel encima de un banco y había puesto su propia vida al otro lado de una hoja de nogal que sólo podía empujar alguien de fuera.

—Ciérrala, Alma.

—No.

—Ciérrala y quédate dentro o quédate fuera, me da igual. Yo lo único que te pido es que no salga el agua.

—No.

—Es lo último que te voy a pedir en mi vida.

—Ya lo sé.

—Hay una placa en ese archivo —dijo Julia, y bajó la voz todo lo que se puede bajar la voz delante de un chorro— en la que un hombre está de pie en una orilla y hay alguien en el agua y el hombre no se mueve.

Ge, mil novecientos cinco, ciento catorce.

Yo la copié y escribí por detrás lo que se ve.

No estoy diciendo que esa placa seamos nosotras.

Estoy diciendo que aquí no hace falta una placa.

Aquí lo único que hace falta es que tú no hagas nada, que es lo más fácil del mundo y lo que hace todo el mundo siempre.

—No.

—Es que no te pido que me empujes.

—Ya lo sé.

—Te pido que te quedes quieta.

—Lo sé, Julia. —A Alma le salió la voz rara y siguió—. Y lo he estado haciendo cuatro días.

—¡Alma!

—¡No!

Le salió de abajo y le salió a todo pulmón, y después de gritarlo se dio cuenta de que le temblaban las piernas y de que no se había movido ni un dedo del umbral.

Y entonces hizo lo segundo, que era lo que había que hacer y que nadie le había dicho que hiciera.

Se giró hacia el corredor y gritó hacia el fondo, hacia la portezuela, con las dos manos en la boca:

—¡Elpidio! ¡Ciérralo! ¡Ciérralo ya!

Se oyó una voz que contestaba algo y no se entendió qué, y después no se oyó nada durante veinte segundos, y después el chorro cambió.

No se cortó de golpe. Bajó. Se hizo más fino y más alto de tono, y se quedó un momento en un hilo grueso, y volvió a bajar, y en el último tramo se fue a golpes, con el aire de la tubería dando dos patadas, y paró.

Y se hizo un silencio en el que sólo se oía el agua corriéndose por el umbral hacia el corredor.

Julia miró el tubo de bronce.

Después miró el suelo, que ya estaba bajando.

Y después miró a su hermana, que seguía de pie en el umbral con las botas dentro del agua y sin haber cruzado la línea de la puerta.

—Me has dejado sin nada —dijo.

—Sí.

Requejo entró por fin.

Entró con el agua por el tobillo, con el farol en alto, y fue derecho al banco, y no cogió la hoja: la señaló.

—Cué, esto se relaciona sin tocarlo y se levanta acta aquí dentro.

Después se volvió hacia el centro de la sala.

—Julia Roldán. Queda usted detenida por la muerte de Álvaro Orive Bustillo y por la de Ramón Baeza Solares. Va a ser conducida a Ruicanto de la Mar en cuanto abra la calzada y de allí al juzgado de Torrelavega. Todo lo que diga se va a escribir.

Julia no dijo nada.

—¿La llave de ese candado?

—En el agua.

—Elpidio, una sierra y una lima. Y mantas.

Elpidio volvió de arriba con las dos cosas y con una tercera que nadie le había pedido: una tabla de dos pulgadas, partida por el medio y con cuatro clavos torcidos todavía puestos.

—Estaba en el agua de la galería, a diez pasos de la boca.

—¿Desde fuera o desde dentro?

—Desde fuera, señor juez. Los clavos van doblados hacia dentro.

Cué lo apuntó y apuntó la hora.

Tardaron veinte minutos en sacarle la muñeca, y se la sacaron con la lima y con jabón y sin cortar el hierro, y cuando salió tenía la mano blanca y la manga rota y no abrió la boca.

La subieron a la cocina, la sentaron delante de la chapa y Nieves le puso una manta por los hombros y le acercó un tazón, y lo hizo sin mirar a nadie y sin pedir permiso, y nadie se lo impidió.

Alma se quedó en el corredor.

Estuvo allí de pie un rato largo, con las faldas pesando de agua hasta la rodilla, oyendo cómo el agua se iba por el sumidero del fondo con ese ruido que hace al final, cuando ya queda poca y empieza a tragar aire.

Gabriel se le acercó y no le dijo nada y no la tocó.

—Han sido once minutos —dijo ella.

—¿Qué?

—Desde que he entrado en el despacho. Once minutos. —Alma se miró las manos, que tenía abiertas y quietas—. Llevo cuatro días cargando con una cosa que se arreglaba en once minutos.

Y después, de pie en un corredor mojado y a las nueve y veinte de la noche del seis de octubre, Alma Roldán supo con toda claridad lo que iba a hacer con el resto de aquel asunto, y lo supo sin buscarlo y sin darse permiso, que es como se saben estas cosas.

Iba a fechar las trescientas once, una por una, con su nombre debajo.

Y no iba a firmar ni una palabra más.