Capítulo 41 · La galería
La galería
Requejo la llamó a las siete de la mañana y estuvo con ella once minutos y no se sentó ninguno de los dos.
—Le voy a decir tres cosas y después nos vamos a pasar dos meses viéndonos en un juzgado, así que se las digo hoy y no las repito.
—Dígalas.
—La primera. Usted ocultó a la autoridad durante cuatro días que había una persona viva en esta isla, y esa persona, en esos cuatro días, no mató a nadie más por casualidad y no por usted.
Eso va a constar y se lo va a leer alguien en voz alta delante de gente, y si algún día quiere usted un cargo público o un peritaje de los que dan de comer, le va a pesar. No hay manera de que no le pese.
—Lo sé.
—La segunda. Anoche, cuando pudo usted callarse doce minutos más y quedarse sin hermana y sin problema, bajó dos tramos de escalera y me lo puso todo encima de la mesa con su nombre en la primera línea.
Eso también va a constar y lo voy a escribir yo.
—Requejo se guardó las manos en el abrigo—.
Lo uno no borra lo otro. Van los dos en el mismo papel y el que lo lea que haga lo que quiera con ellos.
—¿Y la tercera?
—La tercera es que esta mañana he levantado la vigilancia de doña Clara, y que se lo he dicho yo antes de decírselo a usted, porque era mío el error y era mía la disculpa.
Alma bajó la cabeza.
—Gracias.
—No me las dé. —Requejo fue hacia la puerta—.
Una mujer ha pasado dos noches con un hombre sentado delante de su cuarto porque yo miré un sobre y creí que era una acusación.
Usted me dijo en esa misma habitación que aquel sobre no probaba nada de nadie y yo le contesté que ya lo sabía.
Los dos teníamos razón y yo puse el guardia igual.
Se paró con la mano en el picaporte.
—Señorita, ¿usted qué va a hacer ahora?
—Fechar las trescientas once, una por una, con mi nombre debajo.
—Eso no lo puede hacer usted, que está relevada.
—Eso lo puedo hacer yo el día que este juzgado me lo encargue por escrito, que va a ser dentro de seis meses, cuando busquen a alguien que sepa hacerlo y no encuentren a nadie más.
Requejo la miró un momento y se le movió en la cara una cosa que en nueve días no se le había movido y que se parecía a la risa.
—Es usted una mujer muy desagradable —dijo—. Suba a las nueve, que hay papeles que sólo entiende usted.
Doña Clara la mandó llamar a las ocho.
Estaba en el salón y no en su habitación, sentada en la butaca de al lado de la chimenea apagada, con la labor en el regazo y trabajando en ella de verdad, que era una cosa que en toda la semana no había hecho.
La puerta estaba abierta de par en par y no había ninguna silla de enea en ningún corredor de aquella casa.
—Siéntese usted.
Alma se sentó.
—El señor juez ha venido esta mañana a decirme que se había equivocado.
—Clara no levantó la vista de las agujas—.
Ha tardado cuatro minutos y no se ha justificado ni una vez.
Le voy a decir una cosa, señorita: yo llevo diecinueve años oyendo a hombres explicarme por qué era necesario lo que me estaban haciendo, y ese es el primero que viene a decirme que no lo era.
—Es un buen juez.
—Es el primero. —Clara dio dos puntadas—. Y ahora dígame usted lo suyo, que para eso la he llamado.
—¿Lo mío?
—Lleva usted desde anoche con una cosa en la boca y se la ha tragado tres veces delante de mí. Escúpala.
Alma se quedó mirando la chimenea.
Y lo dijo, porque en aquella casa ya no le quedaba nada que proteger y porque llevaba nueve días sin poder decirle la verdad a nadie.
—Yo quería que mi hermana estuviera en algún sitio del que no se pudiera ir.
Clara paró las agujas.
—Siga.
—El sábado, cuando la encontré en aquella cala, lo primero que sentí fue descanso, y el descanso llegó antes que la alegría y duró más.
—Alma tenía las manos juntas encima de las rodillas y las miraba—.
Llevaba catorce meses sin saber si estaba viva, y de pronto sabía dónde estaba, y sabía que no se podía mover de allí sin que yo me enterara, porque a aquella cala no se baja más que por una escala que montan y desmontan con registro.
Y el domingo por la noche, cuando creí que había quemado a un hombre, lo primero que pensé no fue en el muerto.
Pensé que si lo decía me la iban a llevar y que no la iba a volver a ver más que a través de una reja.
—¿Y el lunes?
—El lunes supe que había mentido en lo del fuego y me callé, y me dije a mí misma que era para separarla de un tercer crimen. Y era verdad. Y por debajo había otra cosa.
—Dígala con las palabras.
—Que mientras la instrucción no llegara hasta ella, ella seguía estando en un sitio del que no se podía ir y al que sólo llegaba yo. —Alma alzó la vista—. Yo quería a mi hermana retenida, señora. No presa. Retenida. Guardada donde yo pudiera ir a verla.
Clara la escuchó entera y no se movió.
Después dejó la labor en el brazo de la butaca y estuvo un rato mirando la chimenea apagada, y Alma se preparó para lo que fuera.
—Eso que acaba usted de decir —dijo Clara— me lo dijeron a mí en esta casa en diciembre del ochenta y nueve dos hombres y un abogado, y no lo dijeron así de claro.
—Señora...
—Déjeme terminar, que esto lo he pensado mucho y no lo he dicho nunca.
—Clara puso las dos manos en los brazos de la butaca—.
A mí me guardaron. Esa es la palabra que usaron ellos y la que ha usado usted.
Me guardaron porque era peligroso que yo anduviera suelta, y después porque era peligroso que firmara, y después ya no hizo falta que fuera peligroso nada, porque estaba guardada y se había convertido en la manera de estar.
Y el que firmaba lo hacía queriéndome. Eso es lo que a usted nadie le ha explicado todavía y yo se lo voy a explicar hoy porque mañana se va: el que me guardó a mí me quería.
No me quería bien, pero me quería, y si le hubieran preguntado habría dicho exactamente lo que ha dicho usted y con esa misma cara.
Alma no dijo nada.
—¿Y sabe usted lo que le voy a decir después de eso? —Clara volvió a coger la labor—. Que anoche bajó usted dos tramos de escalera y lo contó todo, y que a las nueve y media su hermana estaba viva y con una manta por los hombros en mi cocina.
—Eso no arregla lo otro.
—No, no lo arregla. —Clara metió la aguja—.
Las dos cosas son suyas y se las lleva usted las dos en el mismo baúl.
Lo que yo le estoy diciendo, señorita, es que en esta casa ha habido durante diecinueve años gente con ese deseo, y usted es la primera que lo dice en voz alta estando yo delante, y la primera que además ha hecho lo contrario habiendo podido no hacerlo. Con eso se vive. Mal, pero se vive.
Se quedaron un rato calladas.
—Señora.
—Dígame.
—¿Usted qué va a hacer?
—Yo voy a pedir que me quiten la curaduría. —Clara lo dijo sin levantar la voz y sin dejar de hacer punto—. Me lo va a denegar un juzgado, y lo voy a volver a pedir, y me lo van a denegar otra vez. Tengo treinta y ocho años y toda la tarde libre.
Los papeles eran un legajo de correspondencia del despacho de don Álvaro que Cué había abierto la noche anterior y que nadie sabía leer.
Eran cartas de familias.
Setenta y tantas, de quince años, escritas casi todas con letra de gente que no escribe a menudo, pidiendo cosas a aquella casa: una fecha de ingreso, un certificado, una ropa, un retrato, una razón.
Algunas estaban contestadas con copia de la contestación pinchada detrás, y las contestaciones eran todas la misma contestación con distinta fecha.
El trabajo de Alma era sencillo y era el peor que había hecho en su vida: leer cada carta y decir, cuando se podía, a qué pieza del archivo se refería.
Las fue haciendo por orden.
Y a la mitad del segundo atado, en una carta de hacía once meses escrita en papel de cuaderno y con dos faltas, leyó esto:
Muy señor mío: mi hermana Leonor Valcárcel Sainz entró en esa casa en enero de mil novecientos seis y murió allí en octubre del año pasado, según se nos comunicó por carta que conservo.
Lo que pido no es dinero ni es pleito. Pido saber si queda algo de ella en esa casa, un papel, un retrato o lo que sea, y pido verlo yo con mis ojos aunque sea una vez y aunque tenga que ir andando desde Cabezón.
Tengo cuarenta y un años y no tengo más familia que la que se quedó ahí.
Estaba firmada Matilde Valcárcel Sainz.
Detrás iba pinchada la copia de la contestación, de cinco renglones, en la que se le hacía saber que en el establecimiento no obraba documentación de carácter personal susceptible de ser facilitada a particulares.
Alma la leyó dos veces.
Después la dejó encima del montón de la derecha, que era el de las que se referían a una pieza identificable, y escribió en la hoja de relación, con su letra pequeña y derecha, la signatura que correspondía.
Ele, mil novecientos seis, cero veintiuno.
Y no dijo nada más.
No dijo que aquella signatura la tenía copiada desde el viernes por la noche en una página de su cuaderno que no era del recuento y que no le había pedido nadie.
No dijo que aquella noche había tenido la placa en la mano más rato del que hacía falta.
No dijo que el lunes, al abrirse aquella habitación con un juez delante y una pieza falsa dentro, lo primero que había hecho, antes de contar, había sido cruzar la sala entera para comprobar que seguía en su cajón.
Siguió con el atado.
A las once bajó Gabriel al despacho con dos tazas y dejó una a su lado sin decir nada, y no se sentó mirando los tres montones de cartas.
—¿Eso qué es?
—Setenta y seis familias.
Gabriel cogió una del montón de la izquierda, que era el de las que no se podían identificar, y la leyó de pie, y la volvió a dejar donde estaba y la puso derecha.
—Mi padre contestaba a esto.
—Su padre contestaba a esto con cinco renglones y la misma fórmula desde el noventa y tres, y se ve porque están todas pinchadas detrás.
—Ya.
—Don Gabriel.
—Dígame.
—Cuando esto acabe, y va a tardar dos años, alguien va a tener que contestar otra vez a estas setenta y seis. —Alma puso la mano encima del montón—. Y el que conteste no puede ser un juzgado, porque un juzgado contesta lo que puede contestar. Tiene que ser esta casa.
Gabriel aguantó un rato con la taza en la mano.
—Esta casa no va a ser mía.
—Esta casa da igual de quién sea. Lo que hace falta es una firma y un poco de dinero para el franqueo, y las dos cosas las tiene usted.
—¿Y qué les digo?
—Lo que hay. —Alma se volvió en la silla—. Que existe, que está bajo custodia, que se les va a decir qué hay de los suyos en cuanto se pueda decir y que no se va a destruir nada. Eso es todo y es más de lo que han tenido en quince años.
Gabriel dejó la taza en la mesa.
—¿Usted me ayuda con eso?
—Yo con eso le ayudo.
A las dos menos cuarto abrió la calzada.
Se llevaron a Julia a las dos, en el carro de la casa, con Elpidio en el pescante y con Cué al lado, porque no quedaba nadie más y porque Requejo no quiso esperar a otra marea.
Iba con una manta de Nieves por los hombros y con la muñeca vendada y no miró hacia la casa ni una vez.
Alma lo vio desde la galería.
La galería del cuerpo sur es un pasillo largo con la pared de poniente de vidrio, de vidrios cuadrados montados en plomo, que en su día fue el sitio donde salían a tomar el aire las que podían salir. Tiene tres butacas de mimbre, una mesa y un suelo de baldosa que en octubre está siempre frío.
Alma se quedó allí después de que el carro doblara la revuelta.
Y a las dos y media se puso a llover.
Llovió de golpe y de lado, con el viento del oeste, y el agua dio contra los vidrios de poniente con ese ruido de arena que hace la lluvia cuando viene con sal de mar dentro.
Los cuadros de vidrio se mojaron por fuera.
Y Alma, que llevaba nueve días sin acercarse a aquel pasillo y que había aprendido a atravesarlo mirando al suelo, se quedó de pie en el centro, con la mano en el respaldo de una butaca de mimbre, mirando su propio reflejo en la pared mojada.
El reflejo dejó de moverse con ella.
Fue un desfase pequeño, de nada, como cuando dos relojes se separan un segundo: ella levantó la barbilla y el reflejo la levantó tarde.
Después el reflejo se volvió hacia la derecha, hacia un armario de puertas de madera que en aquella galería no existe, y se agachó.
Tiró del cajón segundo.
Pasó los sobres con dos dedos hasta la mitad, sacó uno, lo miró el tiempo que se tarda en leer una signatura, se abrió el abrigo con la mano libre y se lo metió por dentro, contra el costado. Después empujó el cajón con la cadera hasta que cerró.
Y se enderezó, y se giró hacia el frente, y miró a Alma con la mano por fuera de la tela sujetando lo que llevaba debajo.
Alma no se movió.
No se tapó la cara, no se apartó y no golpeó el vidrio.
Se quedó donde estaba, con la mano en el respaldo de mimbre, mirando aquello de frente, con la lluvia dándole a la pared por el otro lado, y lo miró entero y hasta el final, que era lo único que le quedaba por hacer aquella mañana y lo único que no le había mandado nadie.
Duró lo que dura.
Después el viento cambió un punto, la lluvia dejó de batir aquel paño de vidrio, y el agua de fuera empezó a correrse hacia abajo en regueros y a dejar el cuadro seco por arriba.
Y según se iba secando, de arriba abajo, el reflejo volvió a ser el de una mujer de veintidós años de pie en una galería, con el pelo mal recogido, con un chal viejo y con las dos manos apoyadas en el respaldo de una butaca.
Cuando estuvo seco del todo, Alma soltó el respaldo.
Tenía el dibujo del mimbre marcado en la cara interna de los cuatro dedos de la mano derecha, blanco y en relieve, con la piel hundida en las juntas.
Se frotó la mano contra la falda mientras bajaba la escalera, y para cuando llegó al despacho ya no se le notaba nada.