El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Epílogo · El tren
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Epílogo · El tren

Epílogo

El tren

El sumario se cerró el veintisiete de noviembre y el tren salía de Torrelavega a las siete y cuarenta de la mañana del veintinueve.

Alma llevaba siete semanas en una pensión de la calle de la Estación, declarando.

Había declarado once veces: cuatro sobre el archivo, tres sobre el sobre falso, dos sobre el cotejo, una sobre los días seis y ocho, y una sobre sí misma, que duró cinco horas y en la que un abogado de Santander con las uñas comidas le preguntó dieciocho veces por qué no había hablado antes y ella contestó dieciocho veces lo mismo, que era la verdad, y que no mejoró ninguna de las dieciocho.

Teresa Cobián negó la muerte de Ramiro Gálvez y admitió el sobre.

Dijo que lo fabricó para que la placa volviera a estar donde tenía que estar, y que la había sacado de allí porque era suya de heredad, y en aquella palabra, heredad, estuvo un fiscal media hora sin sacarle nada más.

Julia Roldán no negó nada.

El catorce de noviembre, en una sala con cuatro personas, repitió las horas y los minutos exactamente igual que se los había dicho a su hermana sentada en una piedra, sin quitar nada y sin añadir nada, y cuando el instructor le preguntó si se arrepentía dijo que no había venido a eso.

Del incendio dijo que se lo había atribuido y que era mentira y que lo había hecho por no dejar la obra a medias, y aquella frase se leyó en tres periódicos de Santander y en dos de Madrid y no se entendió en ninguno.

Alma pidió verla dos veces.

La primera se lo denegaron. La segunda se lo concedieron, el veinticinco por la tarde, once minutos, en un locutorio con una reja de barrotes de hierro pintados de verde y un funcionario sentado en un taburete al lado con un cuaderno de hule y un lápiz, apuntando.

Se dijeron cuatro cosas.

Que Alma iba a fechar las trescientas once y que iba a firmar con su nombre debajo de cada una, y que no iba a firmar nada más.

Que a su padre le habían escrito desde el juzgado y que había contestado él mismo, de su puño, tres renglones.

Que a Julia le habían puesto un abogado de oficio de veintiséis años.

Y que hacía frío.

El funcionario lo apuntó todo. Cuando dijeron que hacía frío, también.

A los once minutos se levantó y dijo que se había acabado, y Julia se levantó al mismo tiempo, y no se tocaron porque no se podía, y lo último que Alma le vio hacer a su hermana en aquel año fue estirarse el puño izquierdo de la blusa para taparse la muñeca, que era una cosa que había empezado a hacer en noviembre.

El juzgado acordó el doce de noviembre el depósito judicial del archivo entero, sus sobres y sus fichas, y prohibió expresamente la destrucción, la exhibición pública y la salida de originales.

Acordó también, a instancia de la perita informante y con el voto en contra de nadie, porque nadie se opuso, que pudieran hacerse copias de trabajo de piezas concretas cuando lo pidiera una persona con interés acreditado, bajo acta y sin que la copia acreditara por sí sola cosa alguna sobre su contenido.

La primera se hizo el veintiséis de noviembre por la tarde.

La hizo Alma, con permiso, en un cuarto prestado de un fotógrafo de la calle Ancha, con una placa que le llevó Cué en una caja y que se volvió a llevar Cué en la misma caja cuarenta minutos después.

Salió una copia de contacto de nueve por doce, bien lavada, bien fijada, sin prisa.

Por detrás escribió a lápiz la signatura, la fecha de la copia, su nombre, y debajo:

Esta copia reproduce un soporte existente en el archivo Orive. No acredita quién fue fotografiado, ni cuándo, ni por qué.

Y la metió en un sobre a nombre de Matilde Valcárcel Sainz, en Cabezón de la Sal, para que la mandara el juzgado, porque era el juzgado quien tenía que mandarla y no ella.

Cuando la dejó encima de la mesa de Cué, Cué la miró y después la miró a ella.

—¿Quiere usted que le avise de cuándo se entrega?

—Sí.

Cué la acompañó hasta la puerta del juzgado con las manos a la espalda.

—Señorita.

—Diga.

—El acta del día ocho. La que cerré yo preguntándole a usted si había algo más.

—La recuerdo.

—Yo también. —Cué se paró en el escalón—. Lleva veinte años pasándome lo mismo y esta vez ha sido al revés: esta vez me contestaron que no y dos días después me lo contaron entero y a tiempo. En mi oficio eso no pasa.

—Lo conté en el último minuto, señor secretario, y eso no es lo mismo.

—El último minuto es a tiempo. —Se puso el sombrero—. Lo que no es a tiempo es el mes que viene.

Y Alma volvió a la pensión, y sacó el cuaderno de tapas de hule, y lo abrió por la página de después del recuento, aquella que no era del recuento y que no le había pedido nadie, donde llevaba desde el dos de octubre escrita a lápiz una signatura sola en mitad de una hoja en blanco.

La miró un rato.

Después pasó la página y siguió con lo que estaba haciendo.

Las dos llaves de la puerta de don Ramiro Gálvez no aparecieron.

Se buscaron en la casa, en el pozo, en la carbonera y en el tramo de calzada que queda seco dos veces al día. En el sumario consta que no se hallaron, y no consta ninguna explicación de por qué.

Gabriel llegó a la estación a las siete y veinte con el cuello del abrigo subido y con un paquete atado con cordel.

—Son los borradores.

—¿De las setenta y seis?

—De las once primeras. —Se lo dio—. Las he hecho yo y están mal, y por eso se las doy a usted.

Alma se sacó del bolsillo un sobre pequeño y se lo puso en la mano.

—Y esto es suyo.

—¿Qué es?

—Ábralo aquí, que si lo abre en el tren se le arruga.

Gabriel lo abrió.

Dentro había una copia nueva del retrato de estudio de una mujer joven sentada de tres cuartos, con el pelo recogido alto y la mano izquierda encima del brazo de la silla.

—El original está en el despacho de su padre, en su marco, y ese papel se está yendo por los bordes y dentro de diez años no se verá.

Su padre me mandó copiarlo el primer día.

Yo abrí el marco y lo hice constar por escrito, y había negativo: estaba en la caja de lo doméstico, sin ficha y sin sobre, que es donde estaba en esa casa todo lo que no le importaba a nadie.

Gabriel no dijo nada durante un rato largo.

—Yo no tengo ninguna de ella.

—Ahora tiene una.

—¿Y por qué me la da hoy?

—Porque era un encargo de octubre y estamos en noviembre —dijo Alma—, y porque yo los encargos los entrego.

—Se las devuelvo corregidas antes de Navidad —dijo Alma.

—No hay prisa.

—Sí que hay prisa. Hay quince años de prisa.

Gabriel se rio con media boca, que era como se reía él.

Estuvieron los dos en el andén sin decir nada durante un rato, que en un andén se hace largo.

—Alma.

—Diga.

—No le voy a preguntar nada y no le voy a proponer nada, porque me parece que hoy sería una falta de respeto a las dos cosas.

—Me parece bien.

Gabriel se guardó el sobre en el bolsillo de dentro, con las dos manos, como se guarda lo que no se quiere doblar.

Después la besó.

Fue tan corto como el primero y no se pareció en nada, porque el primero lo acortó ella y este lo acortó él, y porque encima de un andén con gente hay un límite que en un despacho con la puerta abierta no hay.

Cuando se apartó, dijo lo que traía pensado desde la cuesta.

—Ya son dos.

—Ya son dos —dijo Alma.

—Y le voy a decir solamente que yo voy a estar en Bilbao a partir de enero, que voy a trabajar en una consignataria de un primo de mi madre por un sueldo, y que la casa la lleva un administrador del juzgado.

—¿Y doña Clara?

—Doña Clara ha pedido por segunda vez que le quiten la curaduría. —Gabriel miró la vía—. Se la han vuelto a denegar. Dice que lo va a pedir todos los años el mismo día, que es el doce de diciembre, y que va a ser muy pesada.

—Va a ser muy pesada.

—Nieves se queda de guarda con Elpidio. Rosario se ha colocado en Ruicanto, en una casa con dos niños, y está contenta.

El tren entró a las siete y treinta y cinco.

Alma subió con el baúl pequeño, el paquete de los borradores y el cuaderno, y encontró sitio en un departamento de tercera con dos hombres que iban a Reinosa y una mujer con un cesto.

Se sentó de espaldas a la marcha, en el asiento del pasillo.

A las siete y cuarenta el tren arrancó y a los dos minutos se puso a llover.

Fue una lluvia de noviembre, de las que no cesan, y dio contra la ventanilla y se quedó allí, y con el tren andando el agua no se estuvo quieta ni un momento: se iba en rayas hacia atrás, se juntaba, se soltaba y volvía a empezar, y en un vidrio así no se sostiene una imagen.

Alma lo supo sin mirar.

Abrió el cuaderno encima de las rodillas, sacó el lápiz y se puso a trabajar en la lista que llevaba haciendo desde el jueves: qué material iba a necesitar para fechar trescientas once placas, cuánto iba a tardar, y a quién había que pedírselo.

Papel. Listones. Cajas de transporte. Dos lupas. Una regla de acero. Una mesa debajo de una claraboya que diera al norte.

Escribió cuatro páginas con la letra pequeña y derecha, sin levantar la cabeza, mientras el tren subía hacia el puerto y el agua corría hacia atrás por el vidrio de al lado.

En Bárcena pararon once minutos.

La mujer del cesto le ofreció una manzana y Alma la cogió y le dio las gracias, y se la comió entera mirando el techo del departamento, y dejó el corazón envuelto en el papel de la merienda porque en el suelo no se tira.

Después el tren volvió a arrancar.

Y en toda la subida, hasta que se le acabó la luz para escribir, Alma Roldán no miró ni una sola vez hacia la ventanilla, y no fue por miedo, y ella lo sabía.