En el vaso del baño hay dos cepillos. Uno es azul.
Yo uso el blanco. El de mi marido se queda abajo, en el baño de servicio.
Así que el azul no es de nadie.
Y está mojado.
Llevo diez días en esta casa. Aquí no vive nadie más que mi marido y yo.
Él dice que el cepillo siempre ha estado ahí. Que lo puse yo. Que lo olvido todo.
En lo último tiene razón: hay tres años de mi vida que no puedo reconstruir.
Mi marido se cepilla abajo. Es el único baño de la casa con pestillo por dentro, y nunca me explicó por qué.
Yo cuento cosas. Catorce puertas. Treinta y ocho pasos de la cama a la puerta. Doce arriba, doce abajo, siete, siete. Contar es lo único que me mantiene entera, y las cuentas no mienten.
Las cuentas de esta casa dicen cuatro cosas:
Que alguien compra comida para dos desde hace catorce meses.
Que se han comprado veinticuatro cepillos de dientes en tres años, en un piso donde vivía un solo hombre.
Que a los planos les falta un espacio de tres metros treinta debajo del final del pasillo.
Y que el panel de la alarma guarda cien noches seguidas con movimiento en el pasillo de arriba, a las tres y doce. Cuando la casa estaba vacía.
Mi hermana desapareció hace tres años. La policía dijo que se fue por su cuenta.
Mi marido fue su psiquiatra durante dieciocho meses, y nunca me lo contó.
Ahora estoy sola en una casa que no puedo abrir, con un hombre que me llama «cariño» con cuatro segundos de retraso. Cuatro segundos es una mentira: una verdad sale en dos.
No sé quién es el hombre con el que vivo. No sé quién soy yo desde hace tres años.
Pero sé contar. Y ya he empezado.






