El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 38
87%

CAPÍTULO 38

El billete mide seis centímetros por diez.

Lo he medido con la regla de la cocina, la de madera.

La que tiene el agujero quemado en el mango.

Y lo he medido tres veces porque las dos primeras me he equivocado al apoyar el borde en el número uno en vez de en el cero.

Seis por diez. Cartón térmico. La banda magnética negra abajo, de dos milímetros, y el canto izquierdo dentado porque salió de una máquina que cortaba mal.

Doce billetes iguales he tenido en la mano en mi vida y nunca he medido ninguno.

—Inés.

—Dime.

—Llevas nueve minutos con eso en la mano.

—Seis por diez.

—Ya. —Marga está sentada al otro lado de la mesa con las dos manos alrededor del vaso de agua, y no me lo está reprochando: me está avisando—. Cuando tú mides una cosa es que la cosa no te cabe en la cabeza.

Dejo el billete encima de la mesa. Lo alineo con el borde. Lo vuelvo a alinear.

El cuerpo hace lo suyo, y lo lleva haciendo desde que Octavia se sentó en la silla de madera hace cuarenta minutos: se me duermen los dedos de la mano izquierda.

No del frío. Del codo. Llevo cuarenta minutos con el codo apoyado en el mismo sitio de la mesa, en la esquina, donde la madera está más lisa, y el nervio se ha quedado debajo y ahora los dedos me responden a medias.

Me muerdo el nudillo del índice para que vuelva el pinchazo. Vuelve.

· · ·

—Octavia.

—Dime, cariño.

—El veintiuno de marzo de hace tres años. ¿Su hijo durmió aquí?

—Ya te he dicho que llegó después de las once.

—¿Y usted a qué hora se acostó?

—A las once.

—¿Y a qué hora se levantó?

—A las cuatro. —Y lo dice sin pensarlo, y luego frunce el ceño, porque se está oyendo—. Me desperté a las cuatro. No me levanté. Fui a la cocina a las cuatro y media y él estaba sentado en la mesa.

—¿Con los zapatos en el recibidor?

—Con los zapatos en el recibidor. Y la luz encendida. Y una cosa encima de la mesa.

La pregunta es por qué lo compró de ida. Un billete de ida, para una mujer que ya se había ido, en un tren que salía del pueblo donde estaba el sótano, seis horas después de la hora a la que él bajó a ese sótano.

Sí. La sé. Es la voz con la que te pone la mano abierta delante de la cara y te dice un momentito.

—¿Y usted se fue?

—Me fui.

—¿Por qué?

Mi suegra lleva sesenta y tres años guardando fichas en sobres de papel manila. Y esta mañana ha entrado en esta casa con el código de la puerta y cuatro bolsas de la compra. Y me contesta con la cosa más sencilla del mundo.

—Porque era mi hijo y llevaba toda la vida diciéndome «mamá, vete a la cama».

Marga coge el billete.

Lo gira. Mira el dorso, donde no hay nada, y luego el anverso otra vez. Se pone las gafas de leer, que tiene colgadas del cuello con la cadenita de ferretería, exactamente la misma cadenita que sale en la fotografía, y yo no puedo dejar de mirar la cadenita.

—Coche cuatro —dice.

—Sí.

—Plaza doce be.

—Sí.

—Ventanilla o pasillo, en un Regional Exprés de cuatro coches.

—No lo sé.

—Doce be es pasillo. —Deja el billete—. Los B son de pasillo en los Regional Exprés. Los A y los F, ventanilla.

Me quedo mirándola.

—¿Tú cogías el tren?

—El de las siete y diez. —Y se quita las gafas—.

Cuarenta minutos. Y en el billete ponía siempre lo mismo, porque sacaba bono de diez y el bono te imprime la plaza fija.

Y a mí me tocaba la nueve be. Y durante dieciocho meses me senté en la nueve be y conocí el nombre de cuatro personas que no me hablaron nunca.

—Marga.

—Dime.

—El veintiuno de marzo. ¿Dónde estabas tú a las seis y cuarenta y dos de la tarde?

Mi hermana, que lleva tiempo esperando que alguien le haga una pregunta con una hora exacta, me contesta sin levantar la voz.

—En el sótano de la casa de mamá. Día ocho. Llevaba ocho días. Y a las seis y cuarenta y dos de la tarde estaba sentada en el suelo con la espalda contra la pared del fondo, la que da al patio. Porque a esa hora se oye la persiana del vecino bajar y yo llevaba ocho días esperando ese ruido.

Silencio.

—¿Y qué más?

—Que ese día no bajó nadie. Tú bajabas cada ocho horas. Te tocaba a las siete. —Hace una pausa—. Y a las siete no bajaste.

—Marga.

—Bajaste a las once y media de la noche, con una bandeja, y no me dijiste nada, y me cambiaste la toalla, y te fuiste. Y a las once y cuarenta oí la puerta de la calle.

Me llevo la mano a la boca. No para taparme nada.

—¿Quién entró?

—Nadie. —Y Marga deja las gafas en la mesa, con las dos patas abiertas, y me mira—. Alguien abrió la puerta del portal con una llave, no con el picaporte. Y luego bajó por la escalera del sótano. Y se paró delante de la puerta. Y estuvo ahí.

—¿Cuánto?

—Tres horas.

—Marga.

—De las once y cuarenta a las dos y cuarenta.

—Y lo dice con la voz plana de quien ha contado esto mil veces para sí misma y nunca en voz alta—.

No llamó. No habló. No metió la llave. Se quedó de pie al otro lado, y yo estuve tres horas sentada en el suelo con la palma abierta en la madera escuchando a un hombre respirar.

—¿Y por qué no gritaste?

—Porque grité. —Y se le mueve algo en la cara—. Grité durante los primeros veinte minutos. Y él no dijo nada. Y a los veinte minutos paré, porque entendí una cosa.

—¿Qué?

—Que no estaba esperando a que yo parara. Estaba esperando a que yo me durmiera.

Octavia se ha levantado.

Está en el fregadero, de espaldas, y ha abierto el grifo y tiene las dos manos debajo del agua. Y lleva dos minutos así. Y el agua corre y corre y la bota de goma del imán no se ha movido porque nadie ha abierto la nevera.

—Octavia.

—Un momento, cariño.

—Octavia.

—Que estoy contando. —Y no se gira—. Estoy contando los dedos. Tengo las manos debajo del agua y estoy contando los dedos, porque si dejo de contar los dedos voy a decir una cosa de mi hijo que no se puede desdecir.

Marga y yo nos miramos.

—Cuéntelos —dice Marga—. Diez en cada mano. Y luego díganos la cosa.

Octavia Salaverría cierra el grifo, se seca las manos en el paño de cuadros que colgó Vera hace tres días y que ya tiene el borde deshilachado. Se sienta otra vez en la silla de madera. Y pone las dos manos encima de la mesa con los diez dedos a la vista.

—El billete lo compró mi hijo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque el veinte de marzo por la noche cenó aquí. —Y mira el billete—. Y a las nueve y media dijo «mamá, mañana cojo el coche temprano» y yo le dije «¿a dónde vas?» y él me dijo «a un pueblo, a ver a una paciente». Y yo le dije «¿el veintiuno? ¿Todo el día?» y él me dijo «todo el día».

—Y fue.

—Y fue. —Se calla—. Y a la vuelta me trajo una bolsa de la farmacia con cuatro cepillos de dientes verdes y me dijo «mamá, estos son los buenos, los de toda la vida». Yo le dije «Galo, yo ya tengo». Y él me dijo «ya lo sé».

Marga tiene las dos manos planas en la mesa.

—Cuatro —dice.

—Cuatro. Y los metió en el cajón del aparador, en el de los manteles, y allí estuvieron hasta abril, que fue cuando metí su abrigo en la lavadora.

—¿Y los otros tres?

—No lo sé, cariño. Yo solo vi uno. El que tenía grabado M. VEGA, que estaba en el bolsillo del abrigo con el billete.

Marga cierra los ojos.

—Señora.

—Octavia.

—Octavia. Los otros tres no los compró el veinte de marzo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque uno de ellos lo tengo yo. —Y mi hermana abre los ojos—. Está en una caja precintada debajo del armario de la habitación grande, con cinta de embalar marrón de la buena. Y lleva catorce meses ahí y nadie la ha abierto. Y yo lo sé porque la caja pesa lo mismo hoy que el día que la puso.

Me giro hacia ella.

—Marga. ¿Qué caja?

—La que subió él el segundo día. —Y se encoge de hombros, ese encogimiento mínimo de profesora que ya ha corregido el examen—.

Bajó al sótano de mamá con una linterna y una manta térmica y una caja de cartón precintada.

Y la dejó en el rincón. Y no la abrió delante de mí.

Y al día siguiente la subió a la casa esta.

Y yo llevo catorce meses oyéndole pasar por encima con esa caja en el suelo.

—¿Y no me lo has dicho?

—No me lo has preguntado.

Octavia se lleva la mano a la boca.

—Cariño. La habitación grande.

—¿Qué?

—Que la caja está en la habitación grande. —Y mi suegra se ha quedado muy pálida, y tiene la voz exactamente igual, y eso es lo peor—. Cariño, en la habitación grande no hay armario.

Me levanto. La silla raspa la baldosa y el ruido me sube por los dientes.

Cruzo el pasillo con las manos todavía medio dormidas del codo.

Y el aire de marzo entra por la ventana del rellano que Octavia cerró esta mañana y que alguien ha vuelto a abrir.

Y la persiana del salón está a medio bajar.

Y en el recibidor siguen las dos cajas de agua con la esquina blanda.

Subo los cinco peldaños. Cruzo el vestidor.

La puerta pintada está abierta de par en par desde el miércoles, con la tarjeta blanca colgando del lector con un cordón que nadie le puso.

La habitación grande, la del fondo, la que tiene dos metros noventa de armario empotrado con las puertas correderas de espejo, tiene el armario vacío.

Vacío.

Las cuatro baldas a la vista. Ni una percha. Ni una caja. Ni una cinta de embalar marrón de la buena.

En el suelo, en el sitio exacto donde debería estar el armario si el armario midiera dos metros noventa y no dos metros cuarenta, la pared tiene una raya de polvo de cincuenta centímetros de ancho. Me agacho. Pongo la palma abierta en la raya. Está caliente.

Desde el otro lado, muy cerca, con la boca casi pegada a la madera que no es madera, alguien dice mi nombre con una voz que lleva años sin usarla.

—Vera.

No Inés. Vera.

—¿Galo?

La voz, al otro lado de cincuenta centímetros de pared que no estaban en ningún plano, me contesta con una pregunta.

—¿Cuánto hace que se fue el inspector?