El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

«La caja»

La cinta de embalar es marrón, de cincuenta milímetros de ancho, y está puesta en cruz.

No en paralelo. En cruz: una tira a lo largo y otra a lo ancho, y las dos se cruzan en el centro exacto de la tapa. Y en el cruce hay un tercer trozo de cuatro centímetros puesto encima, como un refuerzo. Como se refuerza una cosa que se va a mover mucho.

La caja mide sesenta por cuarenta y treinta y cinco de alto. Cartón de doble canal, del gris por dentro. Tiene una etiqueta de una mudanza en un lateral, escrita a mano, y en la etiqueta pone solo una palabra:

INSTRUMENTAL Llevo nueve minutos de rodillas delante del armario vacío de la habitación grande, con la caja encima de las piernas, y no la he abierto.

Detrás de mí, en el umbral, están Marga con el jersey de lana azul y Octavia con las dos manos en el marco de la puerta.

Al otro lado de la pared del fondo, sentado en el suelo, con la boca a cincuenta centímetros de la madera que no es madera, está mi marido.

—Vera.

—Dime.

—No la abras tú.

—¿Por qué?

—Porque no la precinté para ti.

—¿Para quién?

Galo Salaverría, arquitecto de formación y psiquiatra de oficio, contesta desde el otro lado de la pared con la voz que usa en las sesiones, la voz baja y sin prisa. La voz con la que lleva dieciocho meses y setenta y dos sesiones hablando con la mujer que está de pie detrás de mí.

—Para ella.

· · ·

La abro yo.

La cinta sale mal, en tiras largas que se estiran y se quedan pegadas entre sí. Y el cartón de la tapa se desfibra en la esquina izquierda porque la cinta llevaba catorce meses y el adhesivo se ha vuelto duro. Debajo de la tapa hay una manta térmica doblada en cuatro, la plateada, la del desván.

Debajo de la manta hay un cuaderno.

Debajo del cuaderno hay una caja de farmacia en su blíster, sin abrir.

Debajo de la caja de farmacia hay una llave.

Debajo de la llave no hay nada más. El fondo de la caja. La marca cuadrada de las cuatro cosas, y una capa finísima de polvo. Y en el polvo, en la esquina de atrás a la derecha. Una huella dactilar de alguien que metió la mano una vez y no volvió a meterla.

Saco la caja de farmacia.

Es un cepillo de dientes verde. De farmacia, de mango ancho, con la banda antideslizante en el centro. En el blíster, en la cartulina de atrás, hay una etiqueta impresa con cuatro letras y un espacio en blanco donde debería ir el nombre.

El nombre no está.

—Marga. Este no tiene nombre.

Mi hermana coge el blíster. Lo gira. Mira la etiqueta vacía durante mucho rato, y luego mira la llave, y luego mira la pared del fondo.

—Cuatro cepillos —dice.

—Cuatro.

—Uno con M. VEGA. Uno con I. VEGA, que estará en algún cajón de esta casa y que tú llevas un año usando sin mirar la etiqueta.

Uno con V. SALAVERRÍA, que es el que debería estar en el vaso del baño de arriba desde el día que te mudaste.

—Y deja el blíster en el suelo, encima de la manta térmica—. Y uno sin nombre.

—Marga.

—Dime.

—¿Para quién es el cuarto?

Mi hermana, que lleva años contestando a todo con una cuenta, con una raya, con un número, me contesta con lo único que tiene.

—No lo sé.

· · ·

El cuaderno es de tapas duras, color crudo, tamaño cuartilla, con una goma elástica alrededor.

Lo abro por la primera página.

Aquí es donde se me para la cuenta, porque lo que hay escrito no es la letra de Galo y tampoco es la mía, y está en primera persona, y no está en cursiva.

· · ·

DÍA 8 · 21 de marzo. La he sacado a las 23:40.

Pesa cuarenta y nueve kilos. La herida del antebrazo tiene veintitrés centímetros y está cosida con seis puntos irregulares, hechos por una persona que no es cirujana y que cosió con aguja curva de botiquín doméstico.

No ha gritado en toda la extracción. Le he preguntado por qué.

Me ha dicho: «porque ya había decidido cómo iba a salir de ahí». No he entendido la respuesta. La anoto.

DÍA 9. He alquilado la casa de la calle del Olmo con el nombre de la sociedad. No he declarado a nadie. Esto es cuatro delitos y lo sé. Sigo.

DÍA 10. Me ha pedido un libro. Le he dicho que mañana. Me ha dicho que los libros del club llegan el día tres de cada mes y que si no se lo traigo el día tres no sirve. Le he traído cuatro el día cuatro. No ha abierto ninguno.

DÍA 47. Hoy he entendido lo del día tres. No es el libro. Es que el día tres es el único día del mes en el que sabe que va a pasar algo. Le he dicho que se lo podía traer cuando quisiera. Me ha dicho: «entonces no sirve.»

DÍA 112. He dejado de preguntarle si quiere salir. No porque no quiera que salga. Porque cada vez que se lo pregunto cuenta los días, y cada vez que cuenta los días le salen los mismos, y yo ya no puedo oír ese número.

DÍA 366. Hoy la he visto en una galería.

DÍA 366, más tarde. He vuelto a la galería tres veces esta semana. No he entrado. Se llama Vera Salaverría y tiene una tarjeta del supermercado del pueblo a ese nombre y no sabe que yo sé que se llama Inés.

DÍA 388. Me he acercado. He dicho una frase sobre un cuadro que no me gustaba. Ella ha dicho una frase sobre el marco. Hemos estado cuarenta minutos delante de un cuadro que no mirábamos.

DÍA 412. Le he hecho la fotografía. He puesto la fecha al dorso y he escrito «primera sesión juntos» porque es lo que necesito leer cuando la mire. Ella la ha mirado y me ha dicho: «Galo, esa fue la última.» No he corregido la inscripción.

DÍA 668. Mañana la traslado. La casa nueva tiene el conducto de chapa galvanizada de doscientos milímetros y la trampilla en el desván, y ella ya sabe por dónde se sube.

Le he preguntado si quiere que le ponga una escalera.

Me ha dicho que no. Que si le pongo una escalera, la casa deja de ser un sitio y pasa a ser un mueble.

DÍA 669. Hemos entrado. Ha contado las baldosas del sótano en nueve segundos. Ha dicho: «cuarenta y dos.» Ha dicho que cuarenta y dos es un número malo porque no se puede partir en dos mitades iguales de baldosas enteras, y se ha sentado en la cama de la izquierda.

DÍA 700. He comprado el edredón de repuesto. Lo voy a airear yo.

DÍA 731. Nos hemos casado en el registro civil. Ha firmado Vera Salaverría. Yo he firmado debajo. El funcionario nos ha dado la enhorabuena y nos ha dicho que éramos la pareja número catorce de la mañana.

DÍA 732. He terminado de grabar los cepillos. Tres de cuatro. El cuarto lo dejo sin grabar porque todavía no sé si va a hacer falta.

DÍA 1.094. Hoy se muda. La casa lleva catorce meses terminada y le he dicho catorce veces que todavía no. Se ha creído las catorce.

DÍA 1.095. He bajado a las 03:14. He estado once minutos. No he abierto la puerta. He vuelto a subir y he puesto la grabadora en el vestidor para no tener que acordarme.

· · ·

Cierro el cuaderno.

La goma elástica hace un chasquido pequeño al pasar por la esquina. Detrás de mí no se oye nada. Ni Marga. Ni Octavia. Ni la nevera, que ha parado.

Marga se sienta en el suelo.

No se desmaya ni se cae: se sienta, despacio, con las dos manos apoyadas primero y luego el peso entero, igual que se sienta alguien a esperar un autobús. Se queda mirando la caja con la manta térmica dentro y el blíster sin nombre encima.

—Setenta y dos sesiones —dice.

—Marga.

—Le dije setenta y dos. —Y se mira las manos—. Y él las ha contado todas. Una por día. Mil noventa y cinco días.

—No las ha contado todas. Ha contado los días.

—Sí. —Y levanta la cabeza—. Eso es peor.

Cojo la llave.

Es la metálica. La vieja. La que llevaba catorce meses en el llavero con las otras cuatro que no abren nada, y que Galo se llevó el miércoles por la mañana con el abrigo puesto y la maleta de cabina medio vacía.

Está aquí.

Está aquí, en el fondo de una caja precintada con cinta marrón puesta en cruz, debajo de un cuaderno de tapas duras y de un cepillo de dientes sin grabar.

—Octavia.

—Dime, cariño.

—Su hijo se fue el miércoles con una llave.

—Con la del llavero.

—Esta es la del llavero.

Mi suegra se acerca. Coge la llave. La mira contra la luz de la ventana, la luz de marzo a las cuatro de la tarde y entra de lado y le cruza la palma.

—No es la del llavero —dice.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la del llavero la tengo yo. —Y se saca del bolsillo de la falda una llave metálica, igual de larga, igual de gastada en el paletón, y la pone al lado de la otra, en la mano abierta—.

Me la dio el día de la boda. Las dos son del año de la casa.

Las pidió al cerrajero de Alicante de seis en seis, porque pidió seis y le sobraron.

Miro las dos llaves en su mano.

—¿Y cuáles son las otras cuatro?

—Dos se las quedó él. Una me la dio a mí. —Y cierra la mano despacio—. Y la cuarta no me dijo para quién era.

Marga se ha levantado del suelo.

Está delante de la pared del fondo, con la palma abierta en la raya de polvo de cincuenta centímetros, a la altura de una cara sentada.

—Galo.

Silencio.

—Galo. La segunda tarjeta.

Silencio.

—La pediste a las siete y media de la mañana del miércoles, con recibo y con factura, y le dijiste al instalador que no me avisara. —Y Marga no sube la voz; la baja—. ¿Para quién era la segunda tarjeta, Galo?

Desde el otro lado de la pared, muy cerca. La boca casi pegada a la madera que no es madera. Mi marido dice, y en doce meses de matrimonio no lo había dicho nunca, y en tres años de conocimiento el nombre que no ha dicho nunca en voz alta.

—Inés.

Marga retira la palma de la pared.

—No es para mí —dice.

—No.

—Galo. ¿Para quién es la segunda tarjeta?

La pared del fondo de la habitación grande, la que no está en ningún plano, la que tiene cincuenta centímetros de polvo caliente en el suelo y una raya donde debería haber un armario de dos metros noventa. Contesta con lo único que le queda por decir.

—Para la que viene detrás.