El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

«Las seis llaves»

—…y por eso las cuentas no salen.

—Inés.

—Que no salen, Marga. Seis llaves. Octavia tiene una en la mano y otra en el bolsillo de la falda, y esa ya son dos.

En la caja había una. Tres. Galo se quedó dos.

Cinco. Y Octavia dice que la cuarta no sabe para quién era, pero la cuarta ya está contada, así que lo que no sabe es para quién era la sexta.

Mi hermana está sentada en el suelo de la habitación grande, con la espalda contra la pared del fondo, con la pared caliente, y tiene el cuaderno de tapas crudas abierto en las rodillas. No lo está leyendo. Lo tiene abierto por la página de la goma, y le está pasando el dedo por el canto.

—¿Y qué más da?

—Que da igual exactamente lo mismo. —Y me froto la cara con las dos manos, y las manos me huelen al adhesivo viejo de la cinta de embalar, y ese olor me lleva a un sitio—.

En la floristería teníamos una caja de llaves.

Nueve llaves y ninguna etiqueta, y mi madre decía «esta es la del almacén» y cogía una, y era la del almacén.

Siempre. Nueve años. Un día se murió y yo estuve cuatro meses probando llaves.

Y resultó que la del almacén era la del almacén porque todas abrían el almacén menos una.

Y la que no lo abría era la de la cámara frigorífica.

Y mi madre no la usaba nunca porque la cámara la abría yo.

—Marga.

—Que mi madre tenía nueve llaves y usaba ocho, y la novena la tenía para que yo no supiera cuál era.

Marga deja de pasarle el dedo al canto.

—Eso no es lo que estás diciendo.

—Es lo que estoy intentando decir.

—Estás diciendo que había una llave de más y que la de más era la tuya.

Me quedo callada, porque es verdad, y porque llevo cuarenta minutos contando llaves para no contar otra cosa.

· · ·

Octavia está en el umbral con las dos manos en el bolso.

No ha dicho nada en media hora. Ha estado mirando la raya de polvo de cincuenta centímetros en el suelo, y la pared del fondo, y el armario vacío de dos metros cuarenta donde el plano decía dos metros noventa.

—Cariño. Yo medí esta habitación.

—¿Cuándo?

—El día que la vi. —Y entra, y se para en la raya, y pone la punta del zapato en el borde del polvo—.

Vine con la chica de las cortinas en junio del año pasado y medí con los pasos, porque no llevaba cinta.

Doce pasos de pared a pared. Y le dije «doce pasos, hazme cuenta para doce», y ella me dijo «señora, en el plano pone nueve y medio».

—¿Y qué hizo?

—Le dije que se equivocaba el plano. —Y Octavia se mira el zapato—. Y ella me miró como se mira a una suegra, una mirada que tengo muy vista, y me hizo las cortinas para nueve y medio.

—¿Y sobraron?

—Cincuenta centímetros de tela. Los tengo doblados en el altillo. —Levanta la vista—. Llevo diez meses con cincuenta centímetros de tela doblados en el altillo y una cuenta que no me sale, y no he vuelto a medir porque si volvía a medir me salía.

Marga se ha puesto de pie.

—Señora.

—Octavia.

—Octavia. Su hijo no construyó esta habitación.

—Sé leer un plano, Marga.

—Construyó la casa entera. Los planos son suyos.

Los firmó él, los visó el colegio en enero del año pasado y los registró en el ayuntamiento, y en esos planos esta habitación tiene dos metros noventa de armario y no hay nada detrás.

—Y mi hermana pone la palma abierta en la pared del fondo, en la raya—.

Lo que hay detrás lo hizo después. Con la casa terminada, con usted midiendo con los pasos, y con su nuera durmiendo a cuatro metros.

—Ya lo sé, cariño.

—¿Y no se lo va a preguntar?

Octavia Salaverría. Las dos manos otra vez en el bolso y la espalda recta. Contesta con la frase que ha usado tres veces en cuatro días y que esta vez suena a lo que es. Una confesión.

—En esta familia siempre hemos pensado que las preguntas se hacen una vez y luego se calla uno.

—Pues ya la hizo una vez.

—No. —Y le tiembla la voz, y no es un temblor grande: es una sílaba—. La vez que la hice me contestó «mamá, luego». Y yo me callé. Y el luego ha durado tres años.

· · ·

Suena el timbre.

No el del portón. El de la casa. Tres timbres seguidos, con medio segundo entre uno y otro: así llama la gente que ha llamado antes y no le han abierto.

Bajo los cinco peldaños. Cruzo el vestidor. Miro por la mirilla.

Es Darío.

Lleva el mismo abrigo del miércoles, mojado en los hombros aunque no llueve. Y tiene en la mano una carpeta de plástico transparente con unas hojas dentro. Y la carpeta está doblada por la esquina como si haya viajado en un bolsillo.

Abro.

No le doy la mano. No le digo nada. Me aparto. Darío Ferrán entra en el vestíbulo, mira las dos cajas de agua con la esquina blanda, mira la escalera del sótano. Mira la raya de luz de marzo que entra por la ventana del rellano. Y me dice:

—No las he arrancado.

—¿Qué?

—Las páginas. Las del libro de registro. —Y deja la carpeta en la consola, encima de la marca circular que deja el llavero—. Estuve cuarenta minutos delante del tomo con la mano en el borde del folio. Y no las arranqué.

—Darío.

—Lo que hice fue otra cosa y no sé si es mejor.

—¿Qué hiciste?

—Pedir la certificación. —Y abre la carpeta—.

Una copia certificada de la diligencia de entrada de la madrugada del quince de marzo, con el sello del archivo y la firma del secretario.

Tarda seis semanas. La pedí el miércoles por la mañana a las nueve y veinte, antes de llamarte, y me la han dado hoy porque el secretario es amigo mío desde la academia y le he dicho que era para un recurso.

Miro las hojas. Son dos. Las mismas dos. Con el membrete azul arriba y el sello en tinta negra abajo, y esta vez un segundo sello encima, en morado, con una fecha.

—¿Y eso qué cambia?

—Que si yo arranco las mías, el libro queda mutilado y es un delito, y además no sirve de nada porque la hoja sigue en el archivo histórico desde el dos mil veintidós.

—Y cierra la carpeta—. Y que si alguien pregunta, la certificación prueba que la diligencia existe y que yo la pedí antes de saber nada de lo demás.

—Darío. ¿Y el tomo?

—El tomo sigue en su estantería con las dos páginas dentro.

—¿Y no las has arrancado porque no hacía falta?

—No las he arrancado porque me he pasado tres años pensando que lo que había hecho mal era firmarlas.

—Y se pasa la mano por la cara, y la mano le tiembla un poco, y no lo disimula—.

Y esta mañana, en el archivo, con el tomo abierto, he entendido que lo que hice mal no fue firmarlas. Fue irme a casa.

· · ·

Desde arriba llega un ruido.

Es un ruido de madera que cede, no de pasos, largo, seco. Y luego otro más corto. Y luego el aire. Una corriente que cruza la casa entera de golpe y mueve la cortina del salón y hace bailar el polvo en el rectángulo de luz del rellano.

Alguien ha abierto una puerta que no está en ningún plano.

Subo.

Los cinco peldaños. El vestidor. La habitación grande.

El armario vacío de dos metros cuarenta tiene el fondo abierto.

No roto: abierto. Dos hojas de contrachapado de nueve milímetros girando sobre bisagras de piano. Hacia dentro. Y detrás un hueco de cincuenta centímetros de ancho por dos metros veinte de alto. Un escalón de obra en el suelo y una bombilla desnuda colgando de un cable trenzado, encendida.

En el hueco, de pie, con la mano todavía en el canto de la hoja derecha, está Galo.

Lleva el traje gris del miércoles. La camisa blanca. La corbata doblada en tres en el bolsillo. Y en la muñeca izquierda, encima del puño, un reloj de esfera blanca.

El reloj que no se pone nunca porque le aprieta.

—Galo.

—Vera.

—Llevas dos días ahí dentro.

—Dos días y seis horas. —Y lo dice con la precisión de alguien que ha estado contando—. He salido tres veces. De noche. He bebido del grifo del sótano de instalaciones y he comido dos de los cuatro yogures que quedaban en la nevera.

—Te he visto abrir la nevera el miércoles.

—El miércoles estaba en Alicante.

—Galo.

—El miércoles estaba en el coche, en la carretera de la costa, y he vuelto a las once de la noche y he entrado por el garaje.

—Y sale del hueco, y pone el pie en el escalón de obra, y se queda ahí, medio dentro y medio fuera—.

La tarjeta la pedí desde el área de servicio de la Nacional a las siete y media de la mañana.

Estaba sentado en un banco de hormigón con un café de máquina que sabía a vaso.

Miro el reloj. La esfera blanca. La correa metálica apretada en el tercer eslabón, con la marca roja en la piel de debajo.

—Te aprieta.

—Sí.

—Nunca te lo pones.

—Nunca.

—¿Por qué lo llevas hoy?

Galo Salaverría, que en doce meses de matrimonio no me ha dicho una frase que no hubiera ensayado, se mira la muñeca como si no supiera qué hace ahí.

—Porque hoy no voy a decir nada que haya pensado antes.

—Galo.

—Sí.

—El inhibidor del jardín. La línea filtrada. El código que me diste, que no era el código.

—Los tres los puse yo. Y el del móvil lo quité el miércoles por la tarde, cuando me fui. —¿Y las dos llamadas del fijo? La mujer que dijo «Mentirosa». —Esa línea no la decidí yo. En el sótano de instalaciones hay una roseta de dos pares, de cuando la obra. Yo no la puse y no la he tocado nunca.

—¿Para que no pudiera pedir ayuda?

—Para que no te la dieran. —Y lo dice como se dice una medida de obra—. Esta línea solo deja pasar los números que elegí yo. El móvil no tenía servicio porque el servicio es una puerta. Y el código que te di no abre nada porque no quise que abriera nada.

—Eso es una jaula.

—Es un muro. —Y se mira la muñeca otra vez—.

Tú eres la única persona viva que sabe dónde está Marga Vega Ortiz y no lo sabe.

Mientras no pudieras llamar a nadie, nadie podía llamarte.

Y mientras nadie pudiera llamarte, el hombre que lleva tiempo buscando un cadáver sin cadáver no tenía de dónde tirar.

· · ·

Se sienta en el suelo.

No en el hueco: fuera, en la habitación grande, en la raya de polvo de cincuenta centímetros, con la espalda contra la pared del fondo, que es la pared que Marga lleva dos días tocando con la palma abierta.

Marga hace algo que no estaba previsto y que nadie le ha pedido.

Se sienta al lado.

En el polvo. Con el jersey de lana azul. Con las gafas de leer colgando del cuello en la cadenita de ferretería. La misma cadenita de la fotografía del veintiuno de marzo. Y con el cuaderno de tapas crudas cerrado en el regazo y la goma elástica pasada por la esquina.

Octavia se queda de pie en el umbral. Darío detrás de ella, con la carpeta de plástico en la mano.

Yo me siento enfrente, en el suelo, con las piernas cruzadas, como me sentaba en el rellano de la calle del Horno a las cinco de la tarde de los días de octubre a mirar el polvo.

Cuatro personas en el suelo de una habitación que no existe.

Nadie habla durante mucho rato.

Galo se quita el reloj. Se lo saca por la mano, no por la hebilla, estirando la correa, y se queda con la marca roja en la muñeca. Y pone el reloj en el suelo. En el centro de los cuatro. La esfera blanca hacia arriba.

Son las cinco y cuarto.

Nadie le pregunta la hora a nadie.

Marga coge el cuaderno. Le quita la goma. Lo abre por el principio, por la página del día ocho, y se lo pone a Galo encima de las rodillas, abierto, con las dos manos encima para que no se cierre.

Luego le pasa el dedo por el canto de la página, despacio, una vez.

—Léemelo —dice.