El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

«Léemelo»

El reloj marca las cinco y diecisiete y lleva dos minutos parado en las cinco y diecisiete.

El segundero se ha quedado enganchado en el tercer eslabón de la correa, que es donde Galo lo ha dejado al quitárselo, y cada cuatro o cinco segundos da un salto y vuelve al mismo sitio. Lo he contado once veces. Once saltos en dos minutos.

Estamos los cuatro en el suelo de una habitación que no existe, alrededor de un reloj parado, y nadie ha dicho nada desde que Marga le puso el cuaderno abierto encima de las rodillas.

Y Galo empieza a leer.

· · ·

—Día ocho. Veintiuno de marzo. —Tiene la voz de las sesiones: baja, sin prisa, con las comas todas iguales—. La he sacado a las veintitrés cuarenta. Pesa cuarenta y nueve kilos.

Se para.

—Sigue —dice Marga.

—La herida del antebrazo tiene veintitrés centímetros y está cosida con seis puntos irregulares, hechos por una persona que no es cirujana y que cosió con aguja curva de botiquín doméstico.

—Sigue.

—No ha gritado en toda la extracción. Le he preguntado por qué. Me ha dicho: «porque ya había decidido cómo iba a salir de ahí.» No he entendido la respuesta. La anoto.

Marga no se mueve. Tiene las dos manos en las rodillas, con las palmas hacia arriba, y los pulgares se le están moviendo solos, el uno contra el otro, a un ritmo que no es el de nada.

Y yo estoy sentada en la baldosa con las piernas cruzadas y llevo siete minutos notando algo que en cuarenta y cuatro años no había notado: que el suelo de esta habitación está a dos grados menos que el del pasillo.

Lo sé porque la baldosa me está robando el calor por los isquiones y por las palmas.

Y porque el frío me está subiendo por las muñecas y se me ha instalado en los codos.

Y hace cuatro minutos que me he dado cuenta de que estoy temblando y de que no es de frío.

—Día diez —lee Galo—. Me ha pedido un libro. Le he dicho que mañana. Me ha dicho que los libros del club llegan el día tres de cada mes y que si no se lo traigo el día tres no sirve. Le he traído cuatro el día cuatro. No ha abierto ninguno.

—Ahí te equivocaste —dice Marga.

—Me lo has dicho dos veces.

—No te equivocaste en el día. Te equivocaste en pensar que era el libro.

—Eso no lo sé.

—Era el tres. —Y mi hermana sigue con las palmas hacia arriba y los pulgares moviéndose—. El tres es el único día del mes en que sé que va a pasar una cosa. Los otros treinta son iguales y yo los cuento, pero el tres no lo cuento porque ya viene.

Galo pasa la hoja.

El papel hace un ruido seco. La goma elástica está en el suelo, al lado del reloj, y la hoja al pasar roza la esfera y el segundero da un salto y vuelve al mismo sitio.

· · ·

—Día cuarenta y siete. Hoy he entendido lo del día tres. No es el libro. Es que el día tres es el único día del mes en el que sabe que va a pasar algo. Le he dicho que se lo podía traer cuando quisiera. Me ha dicho: «entonces no sirve.»

Silencio.

—Día ciento doce. He dejado de preguntarle si quiere salir. No porque no quiera que salga. Porque cada vez que se lo pregunto cuenta los días, y cada vez que cuenta los días le salen los mismos, y yo ya no puedo oír ese número.

Marga gira la cabeza muy despacio.

—¿Cuál?

—El tuyo.

—Galo. ¿Cuál era el número?

Y mi marido lleva años anotando días en un cuaderno de tapas crudas. Y ha estado dos días y seis horas dentro de un hueco de cincuenta centímetros detrás de un armario que no existe. Contesta mirando la hoja.

—Mil noventa y cuatro.

Y yo, sentada en el suelo frío con las manos temblando y la boca seca, entiendo de golpe la cosa que llevaba dos semanas sin entender: que los dos han estado contando lo mismo.

Que ella contaba los días que llevaba debajo y él contaba los días que llevaba ella debajo.

Que las cuarenta y siete hojas de la pared y las mil noventa y cinco líneas del cuaderno son la misma cuenta hecha desde los dos lados de una pared de nueve milímetros de contrachapado.

Y que ninguno de los dos se lo dijo nunca al otro.

—Sigue —dice Marga.

—Día cuatrocientos doce. Le he hecho la fotografía.

—Esa no.

—Es la que has pedido.

—Galo. Esa no. —Y le tiembla la voz a ella, y no es una sílaba: es la frase entera—. Esa me la sé. Esa dice «primera sesión juntos» y fue la última y tú lo sabías y no lo corregiste. Léeme la del día trescientos sesenta y seis.

Galo retrocede hojas.

Retrocede el cuatrocientos once. Retrocede el cuatrocientos diez. Retrocede el cuatrocientos.

Y yo, mientras retrocede las hojas, me doy cuenta de que llevo nueve minutos con la mano izquierda apoyada en la baldosa y de que se me ha dormido. Y de que no la he movido porque si la muevo tengo que decidir qué hago con ella.

—Día trescientos sesenta y seis —lee Galo—. Hoy la he visto en una galería.

Nadie respira.

—Día trescientos sesenta y seis, más tarde. He vuelto a la galería tres veces esta semana. No he entrado. Se llama Vera Salaverría y tiene una tarjeta del supermercado del pueblo a ese nombre y no sabe que yo sé que se llama Inés.

Me llevo la mano dormida a la boca. La tengo fría y me sabe a metal.

—Día trescientos ochenta y ocho. Me he acercado. He dicho una frase sobre un cuadro que no me gustaba. Ella ha dicho una frase sobre el marco. Hemos estado cuarenta minutos delante de un cuadro que no mirábamos.

—Galo.

—Dime, Vera.

—Yo me acuerdo de ese cuadro.

—Estaba en el pasillo. Se veía desde la puerta.

—Era un bodegón malo. Dos limones y una copa.

—Era un bodegón malísimo.

—Y tú dijiste que el marco era mejor que el cuadro.

—Y tú dijiste que los marcos siempre son mejores que los cuadros, porque el marco sabe lo que es. —Y pasa la hoja—. Estuve cuatro meses ensayando esa frase.

—¿Cuál?

—La del marco.

—Galo. ¿Y la mía?

—La tuya no la ensayé. La tuya me la aprendí después.

Octavia se ha sentado en el suelo.

No lo he visto. Estaba de pie en el umbral hace cuatro minutos y ahora está sentada en la raya de polvo. La falda alisada por debajo de los muslos y las dos manos en el regazo. Y tiene los ojos en el cuaderno y no parpadea.

—Día setecientos treinta y uno —lee Galo—. Nos hemos casado en el registro civil. Ha firmado Vera Salaverría. Yo he firmado debajo. El funcionario nos ha dado la enhorabuena y nos ha dicho que éramos la pareja número catorce de la mañana.

—Catorce —dice Octavia.

—Mamá.

—Que catorce. —Y no lo dice con ninguna inflexión—. Es el mismo número que las baldosas del pasillo de mi casa. Doce enteras y dos medias.

Nadie contesta. Nadie sabe qué hacer con eso y nadie lo recoge, y se queda ahí en medio de la habitación que no existe, al lado del reloj parado, durante los siguientes once segundos.

—Día setecientos treinta y dos —lee Galo—. He terminado de grabar los cepillos. Tres de cuatro. El cuarto lo dejo sin grabar porque todavía no sé si va a hacer falta.

Marga levanta la cabeza.

—¿Va a hacer falta?

Galo no contesta enseguida. Se mira la muñeca izquierda, donde está la marca roja del tercer eslabón, y se la frota con el pulgar de la otra mano, dos veces, en el sentido de la marca.

—No lo sé.

—Galo. Ayer, detrás de la pared, dijiste «para la que viene detrás».

—Ya lo sé.

—¿Quién viene detrás?

Y él deja de frotarse la muñeca.

—Nadie.

—Entonces por qué compraste cuatro.

—Porque en marzo de hace tres años yo no sabía si iba a haber una casa.

—Y en toda la tarde no le había cambiado la voz, y no es la voz de las sesiones: es la voz de un hombre de treinta y siete años sentado en el polvo—.

Sabía que iba a haber una mujer debajo de un suelo y que yo iba a estar encima.

Y compré cuatro cepillos porque no sabía cuántos íbamos a ser.

Silencio.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que somos cuatro. —Y Galo levanta la vista del cuaderno y mira a Marga, y luego a Octavia, y luego a mí, y luego otra vez a Marga—. Y que el cuarto cepillo no es para nadie.

—Galo. ¿Y para qué lo guardas?

Y él contesta con la frase que llevaba nueve días ensayando desde el otro lado de una puerta pintada. Y que ahora. Dicha en el suelo. Un reloj parado en el centro y cuatro personas alrededor, no suena a ensayada.

—Para acordarme de que una vez no supe cuántos íbamos a ser.

· · ·

Me levanto.

Las piernas no me responden bien porque llevo cuarenta minutos sentada en una baldosa que está dos grados más fría que el pasillo.

Y al ponerme de pie la sangre me baja de golpe a los pies y tengo que agarrarme al marco del armario vacío.

Es el mismo gesto que hizo mi hermana hace dos días al entrar en la cocina.

Y las dos nos hemos agarrado al mismo marco con cuarenta y ocho horas de diferencia.

Voy al salón. Vuelvo.

Traigo el cepillo verde del blíster, sin grabar, y la caja de farmacia vacía, y los pongo en el suelo al lado del reloj.

Y traigo el vaso de cristal del baño de arriba.

Con los dos cepillos dentro. El azul y el blanco. Las cerdas abiertas las dos, gastadas las dos, tocándose desde hace dos noches.

Pongo el vaso en el suelo, en el centro, al lado del reloj parado y del cepillo sin nombre.

—Galo.

—Dime, Vera.

—Tú recoges pájaros con el ala rota.

Él no contesta.

—Me lo dijiste una vez, en la cocina, hace once meses, hablando de un mirlo que se dio contra la ventana del estudio. Dijiste que no los recoges porque te den pena. —Me siento otra vez, despacio, con las dos manos en la baldosa—. Dijiste que los recoges porque luego son tuyos.

—Lo dije.

—¿Y yo?

—Tú no tenías el ala rota.

—Galo. Yo le rompí el ala a otra.

Y mi marido se queda mirando el vaso de cristal con los dos cepillos dentro, y el reloj parado al lado. Y el cepillo verde sin grabar en su blíster. Y el cuaderno de tapas crudas abierto en las rodillas de Marga con la página del día setecientos treinta y dos.

Y Galo Salaverría hace la única cosa que no he sabido predecir en doce meses de matrimonio.

Cierra el cuaderno. Le pone la goma. Y se lo devuelve.

—Ya no es mío.

Y Marga Vega Ortiz. El cuaderno de otro en el regazo y las palmas hacia arriba y los pulgares quietos, y en toda la tarde no habían estado quietos. Dice la frase con la que se cierra el día.

—Pues entonces léelo tú, Inés. Que es de las dos.