El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

«El cepillo de dientes extra»

Hay cuatro cepillos de dientes en el suelo de una habitación que no existe.

Uno azul, gastado, con las cerdas abiertas en abanico. Lleva tres años en un vaso de cristal y que antes estuvo en el bolsillo de un abrigo y antes en el suelo de un baño de dos metros por uno y medio.

Uno blanco, el mío, comprado en la farmacia del pueblo el día que llegué, que lleva dos semanas en esta casa y que han usado dos bocas.

Uno verde, de farmacia, grabado M. VEGA, con una mancha marrón del tamaño de una lenteja en la base del mango, que ha estado tres años en el bolsillo de un abrigo y dos semanas en un sobre de papel manila.

Y uno verde, de farmacia, en su blíster sin abrir, con la etiqueta impresa y el nombre en blanco.

Cuatro. Tres mujeres y un hueco.

Llevo doce minutos mirándolos y no he dicho nada, porque estoy haciendo una cuenta que no me sale.

· · ·

—Inés.

—Dime, Marga.

—Estás contando.

—Estoy contando.

—¿Y?

—Que hay cuatro cepillos y tres bocas.

Mi hermana está sentada en el suelo con el cuaderno de tapas crudas cerrado en el regazo y la goma elástica pasada por la esquina.

A su lado, Galo. Enfrente, Octavia, con las manos en el bolso.

Y en el umbral, de pie porque nadie le ha dicho que se siente, Darío con la carpeta de plástico transparente bajo el brazo.

El reloj parado sigue en el centro. Las cinco y diecisiete. El segundero enganchado en el tercer eslabón.

—Vera.

—Dime, Galo.

—El cuarto no es para una boca.

—¿Para qué es?

Y él coge el blíster del suelo, lo gira, y me enseña la cartulina de atrás, donde está la etiqueta impresa con el espacio en blanco.

—Para un nombre que no sé.

—Galo. Llevas tres años con ese cepillo en una caja precintada con cinta marrón puesta en cruz, esperando un nombre.

—Sí.

—¿Y si no viene?

—Pues se queda sin grabar. —Y lo deja otra vez en el suelo, al lado de los otros tres—. Que es lo que se hace con las cosas cuando una no sabe. Se guardan sin terminar.

Y aquí es donde me voy por las ramas, porque llevo toda la vida haciéndolo y porque si no me voy por las ramas tengo que decir la otra cosa.

En la floristería teníamos un cajón debajo de la cámara frigorífica.

El cajón de las cosas sin terminar: alambres cortados a la mitad, tutores de plástico verde partidos, cintas de rafia de dos centímetros cuando hacían falta veinte, y etiquetas.

Sobre todo etiquetas. Cientos de etiquetas en blanco, porque mi madre compraba los tacos de quinientas y escribía doce, y las otras cuatrocientas ochenta y ocho se quedaban ahí.

Yo le decía: «mamá, tira eso.» Y ella me decía: «no, que un día hace falta.

» Y un día hizo falta. Un día llegó un pedido de sesenta centros para un tanatorio y había que ponerles tarjeta a los sesenta, y en el cajón había cuatrocientas ochenta y ocho.

Mi madre se murió en noviembre de hace tres años y cuatro meses y yo todavía tengo el cajón.

No lo he tirado. Está en el trastero del piso del centro, con las etiquetas en blanco, y yo llevo doce meses casada y no he ido a buscarlo.

—Inés.

—Dime, Marga.

—Te has ido.

—Ya he vuelto.

· · ·

—Galo.

—Dime, Vera.

—La furgoneta verde.

Se queda callado, con la mano encima de la goma del cuaderno.

—Es una empresa de plantas. De verdad. Viveros La Solana. Tienen una nave en la carretera de la costa y facturan con IVA.

—¿Quién viene?

—Un hombre. Emilio. Cincuenta y ocho años, veintidós en la empresa. —Y hace una pausa—. Le falta media uña del pulgar derecho desde los nueve años. Se la pilló con la puerta de un coche. No le volvió a crecer. Se le puso negra y negra se le quedó.

Marga levanta la cabeza.

—La he visto.

—Está en la carpeta. Las miro todas.

—Tres años dejando una bandeja en la puerta de una casa con una mujer debajo del suelo.

—Tres años y cuatro meses. Catorce veces al año. Cincuenta y una bandejas.

—¿Y no preguntó nunca?

—Una vez.

Silencio.

—¿Cuándo?

—El segundo mes. Dijo: «¿y la señora no sale nunca?» Y yo le dije que la señora tenía noventa y un años y dormía dieciséis horas, y que la bandeja era para la chica que la cuidaba. —Galo se mira las manos—. Dijo «ah». Y siguió viniendo.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

Mi hermana se queda mirando el cepillo azul, de pie en el suelo, con las cerdas abiertas apuntando al techo.

—Pilar dijo que entrar la vio y salir no la vio nunca.

—Porque sale por el camino de servicio. La placa de delante solo se abre para entrar; para salir hay que rodear la casa. —Y Galo levanta las dos palmas, un centímetro, y las vuelve a bajar—. Su ventana da al norte.

Y desde el umbral, sin entrar del todo, con la carpeta de plástico transparente debajo del brazo, Darío Ferrán dice la única frase que le he oído decir en toda la tarde.

—Los albaranes.

—¿Qué?

—Que se los queda él. —Y Darío mira a Galo—. Firmados. Uno cada quince días todo este tiempo. Con la fecha y el sello de la empresa y la firma de un hombre que no preguntó.

Nadie contesta.

—Cincuenta y uno —dice Darío—. Eso es un registro.

Y yo pienso en el libro de la calle del Prado. En las dos páginas que Darío estuvo cuarenta minutos con la mano en el borde y no arrancó. Y en que en esta casa todo el mundo ha escrito lo que sabía y nadie ha hecho nada con lo que escribió.

· · ·

Marga coge el cepillo azul.

Lo saca del vaso de cristal con dos dedos, por el mango, y lo pone de pie en el suelo, en el centro, al lado del reloj.

—Cuéntalo.

—¿Qué?

—Las pasadas. —Y me mira—. Llevas doce minutos mirando cuatro cepillos y no has dicho nada. Así que cuéntalo.

Y yo, sentada en una baldosa que está dos grados más fría que el pasillo, con las manos todavía medio dormidas del codo y la boca seca, cuento.

—Treinta y ocho.

—¿Cómo?

—Doce arriba. Doce abajo. Siete por la derecha. Siete por la izquierda.

—¿Y quién te lo enseñó?

—Tú.

—¿Y cuándo?

—Cuando yo tenía cinco años y tú ocho, y mamá nos metía a las dos en la bañera para ahorrar agua.

—Y me oigo decirlo entero, sin pararme, por primera vez en tres años—.

Y te inventaste un código secreto de hermanas.

Y dijiste que si las dos lo hacíamos a la vez en dos cuartos de baño distintos, funcionaba.

—¿El qué?

—No lo sabes.

—No lo sé. —Y Marga deja el cepillo azul de pie en el suelo, erguido, con las cerdas abiertas apuntando al techo—. Llevo treinta y nueve años sin saberlo y doce días sin poder preguntárselo a nadie.

Silencio.

El segundero da un salto. Vuelve al mismo sitio.

—Marga.

—Dime.

—¿Sabes cuántos días hay desde el catorce de marzo de hace dos años?

—Setecientos cuarenta y tres.

—¿Y cuántas hojas escribiste?

—Cuarenta y siete.

—Uno de cada dieciséis.

—Uno de cada dieciséis. —Y se mira las palmas, que tiene hacia arriba—. Y los otros setecientos no existen. Los copié bien y no existen.

—Marga. Los otros setecientos existen. —Y me cuesta decirlo, porque es la primera vez en tres años que digo una cosa que no es una cuenta—.

Existen porque tú estabas en ellos. Aunque no dijera nada.

Aunque solo pusiera el bol en el borde de la mesa y me fuera.

Tú estabas, y contaste las baldosas, y aireaste un edredón veintiocho veces, y subiste ciento doce noches por un conducto de chapa a cepillarte los dientes delante de un espejo a oscuras.

—Inés. Eso no son setecientos días. Eso son mil noventa y cuatro.

—Son las cuentas que hay.

—Pues entonces las hojas están mal.

—No. —Y me río, y en toda la tarde no me había reído, y me sale en seco, dos veces—.

Las hojas están bien. Lo que está mal es la cuenta.

Cuarenta y siete no es uno de cada dieciséis.

Cuarenta y siete es todos los días en los que pasó algo.

Y los otros setecientos no son días en los que no pasó nada: son días en los que pasó lo mismo, que es otra cosa.

Marga se queda muy quieta.

—Repite eso.

—Que pasó lo mismo.

—Otra vez.

—Todos los días pasaba lo mismo. Tú contabas las baldosas.

Yo ponía el bol en el borde. Y eso no es nada, Marga, eso es lo que hace la gente cuando no puede hacer otra cosa.

—Y me llevo la mano a la cara—. Y yo llevaba tiempo creyendo que los días en los que no pasa nada son los días que no cuentan, y resulta que son los únicos que tenemos casi todos.

Y mi hermana, con las palmas hacia arriba y los pulgares quietos, me dice lo que llevaba años esperando y que no es la que ensayó.

—Pues entonces no te perdono.

· · ·

Octavia levanta la cabeza.

Darío da medio paso dentro de la habitación, y se para, y no lo termina.

Y yo me quedo mirando a Marga con las manos en la cara.

—Ya lo dijiste el miércoles.

—No. El miércoles te dije que no te perdonaba porque no podía. —Y se descruza de brazos y se apoya en la pared del fondo, la caliente—. Hoy te digo que no te perdono porque no me has dado lo que yo quería.

—¿Qué querías?

—Una respuesta que me gustara.

Me quito las manos de la cara.

—Marga. Tú me dijiste una vez, hace tres años, en el suelo de un baño, que si te contaba por qué y la respuesta te gustaba, no pasaba nada.

—Te lo dije.

—Y la respuesta no te gustó.

—No.

—¿Y pasó algo?

Y Marga Vega Ortiz, hermana mayor durante cuarenta y cuatro años, con el cepillo azul de pie en el suelo al lado de un reloj parado, me contesta con una voz que no había oído en esta casa en tres años. Es la voz de alguien que ha estado tres años esperando poder decir una frase entera.

—Pasó todo, Inés. Pasó que no me gustó la respuesta y me quedé debajo de una casa mil noventa y cuatro días.

Y eso es exactamente lo que no te puedo perdonar: que tenías razón.

Que la respuesta no me gustó y no pasó nada.

Que me quedé. Que dejé que me quedara. Que me cosiste el brazo con una aguja curva y sin anestesia y me reí y se me volvieron a abrir dos puntos, y al día siguiente me bajaste una bandeja con avena.

—Marga.

—Y que la avena estaba buena.

Silencio.

—Perdón —digo.

—Ya lo dijiste el miércoles. Cinco veces.

—Perdón otra vez.

—No hace falta. —Y se pasa la mano por la cara—. Hace falta que hagas otra cosa.

—¿Qué?