CAPÍTULO 42 #2
—Cualquier otra cosa. —Y me mira—. Da igual cuál. Eso es lo que no entiendes. Da exactamente igual cuál. Podrías haberme bajado un libro. Podrías haberme bajado un jersey que oliera a la calle. Podrías haberme dicho una mentira nueva.
Y hago lo único que se me ocurre, lo más pequeño del mundo y lo único que tengo a mano.
Cojo el cepillo verde del blíster sin abrir.
Y cojo el cuarto.
Y Galo se pone de pie, con la dificultad de las personas que han estado mucho rato en el suelo. Cruza la raya de polvo. Y pone la mano abierta en la pared del fondo, encima de la raya de cincuenta centímetros que lleva dos días haciendo mi hermana.
—Inés.
—Dime, Vera.
—El ciclo de doce minutos de la caldera. La tarjeta que no me diste. El código de socorro que no me enseñaste. El pestillo del baño de servicio. —Y dejo el cepillo en el suelo, alineado con los otros—. ¿Por qué no me dejaste salir?
Y mi marido contesta sin pensarlo y sin bajar la voz. Es como contesta él las cosas que ya estaban contestadas dentro: lleva mil noventa y cinco días escribiéndolas.
—Porque tú eres la única persona viva que sabe dónde está Marga Vega Ortiz y no lo sabe.
—Y quita la mano de la pared, y mira la raya de polvo que le ha quedado en la palma—.
Si te ibas, se lo contabas a alguien. Y si se lo contabas a alguien, ella salía.
Y si ella salía, tú ibas a la cárcel, y yo me quedaba sin las dos.
—Podías haberme echado.
—Podía. —Y se mira la palma—. Y no supe cuántos íbamos a ser hasta el día setecientos treinta y dos. Ya te lo he dicho.
Silencio.
—Doce minutos cada noche —dice—. Para que pudieras oírla. No para que pudieras llamarme a mí.
· · ·
El cepillo sin grabar está frío. El blíster se abre mal, con esa pestaña de plástico que nunca cede, y tengo que morderla, y me deja un canto vivo en el labio.
Saco el cepillo. Es verde. De farmacia. Mango ancho, banda antideslizante en el centro, cerdas duras.
Lo pongo de pie en el suelo, al lado del azul.
—Galo.
—Dime, Vera.
—¿Dónde se graban?
—En la farmacia de la carretera. Dos euros más y te lo hacen mientras esperas. —Hace una pausa—. ¿Por qué?
—Porque voy a bajar a grabarlo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Marga me está mirando.
—Inés. ¿Qué vas a poner?
Y yo, con el cepillo verde en la mano derecha y el blíster mordido en la izquierda, y la baldosa dos grados más fría que el pasillo. Y el reloj parado en las cinco y diecisiete. Y cuatro personas mirándome desde el suelo de una habitación que no está en ningún plano, le digo la verdad.
—No lo sé.
—Pues entonces no vayas.
—Voy.
—Inés.
—Que voy, Marga. —Y me pongo de pie, y esta vez las piernas me responden—.
Voy a bajar a la farmacia de la carretera y voy a ponerme en la cola y voy a esperar a que me graben un cepillo de dientes.
Y no sé qué nombre le voy a poner. Y voy a tardar lo que tarden.
Y eso es exactamente lo que me has pedido hace cuatro minutos.
Mi hermana se queda mirándome desde el suelo.
Y entonces Octavia Salaverría habla. Lleva tres horas sentada en una raya de polvo con las dos manos en el bolso y no ha dicho nada desde lo del catorce.
Se levanta con la dificultad de las personas que han estado mucho rato en el suelo, se alisa la falda con las dos manos. Y me pone el bolso en los brazos.
—Cariño. ¿No lo recuerdas?
—¿El qué?
—Que en esta familia, cuando alguien sale a la calle a una cosa que no sabe si va a poder hacer, no se le pregunta qué va a hacer.
—Y me cierra las manos alrededor del bolso—. Se le abre la puerta.
· · ·
Bajo los cinco peldaños.
Cruzo el vestidor. Paso por delante de la puerta pintada, que está abierta de par en par y tiene el lector con la tarjeta blanca colgando de un cordón que nadie le puso.
Llego al recibidor. Las dos cajas de agua con la esquina blanda siguen ahí. El charco seco de Galo sigue ahí, con la marca de los zapatos.
Y en la consola, alineada con el borde, la carpeta de plástico transparente con las dos hojas certificadas y el segundo sello en morado.
Cojo el abrigo. Cojo las llaves del coche de mamá, que siguen en el cajón de la cocina desde que llegué y que nadie ha tocado.
Abro la puerta principal con la llave metálica. No con el código. La llave está en mi mano y el código son cuatro cifras que significan el año en que se construyó una casa que tiene una habitación que no existe.
Y antes de salir me giro.
Marga está en lo alto de la escalera del sótano. El jersey de lana azul y las gafas de leer colgando del cuello en la cadenita de ferretería. Y tiene en la mano el vaso de cristal con los dos cepillos dentro.
El azul y el blanco.
—Inés. El extra.
—¿Qué?
—Que llevas tiempo preguntándote de quién era el cepillo extra del vaso del baño. —Y lo levanta un poco, para que lo vea, con las cerdas de los dos tocándose—. Y era mío. Y ahora son dos.
Me quedo en el umbral con la llave en la mano.
—Marga.
—Dime.
—¿Y el tercero?
Y mi hermana, desde lo alto de los cinco peldaños, con la luz de marzo de las cinco y media dándole de lado y el polvo girando dentro, me contesta señalándome la mano derecha con la barbilla.
—El tercero lo llevas tú. Y todavía no le has puesto nombre.