EPÍLOGO
«La hora del rellano»
La farmacia de la carretera tarda cuarenta minutos en grabarme el cepillo.
La máquina se atasca con la uve. Y el chico del mostrador tiene que abrir la tapa y sacar la fresa y limpiarla con un cepillito de dientes que usa para limpiar las fresas.
Y luego volver a empezar. Cuarenta minutos.
Me quedo de pie al lado del mostrador mirando cómo lo hace, y no me importa, y eso es lo que más me llama la atención de toda la tarde: que no me importa.
Cuando me lo da, el grabado está un poco más hondo en la primera letra que en las demás.
Lo miro en la palma de la mano durante el camino de vuelta.
Y no le he puesto nombre.
Le he puesto una fecha.
· · ·
Subo los cinco peldaños a las siete y veinte.
La casa tiene todas las luces encendidas. No ha pasado nunca. Y la ventana del rellano está abierta otra vez de par en par y el aire de marzo cruza el pasillo y se va por la puerta de la cocina.
En la mesa del salón hay cuatro vasos.
Dos con agua. Uno con un cepillo azul dentro. Y uno vacío, boca abajo, con el borde tocando el borde del de al lado.
Marga está en la cocina. Octavia está en la cocina. Las dos de pie, delante del fregadero, y Octavia le está enseñando a Marga cómo se dobla un paño en dos con los bordes cuadrados, y Marga la deja hacer.
En la puerta de la nevera hay una foto de periódico recortada.
La sujeta el imán de la bota de agua, que sigue torcida del mismo lado.
Es la entrega de la donación más grande de la historia de la Fundación Nido: una sociedad de George Town, Gran Caimán, y una cifra con seis ceros.
Octavia en el centro, con la mano encima del cheque.
Y a su derecha, un paso por detrás, con una copa vacía en la mano y los zapatos todavía con la tirita del talón, yo.
—Salgo en la foto —dice Octavia, sin volverse, doblando el paño otra vez—. Es lo que pediste. Y debajo no pone tu nombre de antes: se lo peleé al del periódico dos veces, porque en esta familia las preguntas se hacen una vez.
Marga mira el recorte. Mira el nombre. Y no dice nada, y deja que le enseñen a doblar el paño por cuarta vez.
· · ·
Galo no está.
Se fue a las seis con la maleta de cabina y el traje gris y la corbata doblada en tres en el bolsillo.
Y antes de salir puso el reloj de esfera blanca en la consola.
Al lado de la carpeta de plástico. La esfera hacia arriba.
Sigue parado en las cinco y diecisiete. Nadie le ha dado cuerda. Nadie se la va a dar.
En el recibidor, Darío habla por el móvil con la espalda contra la pared, y cuando me ve entrar se calla, y me dice con los labios, sin sonido. Una frase de dos palabras que no entiendo. Y luego se ríe y se va al porche a terminarla.
Y suena el teléfono de la casa.
La línea. La que decide otro.
Descuelgo al segundo timbre.
—¿Diga?
—Vera.
Es Pilar. Y tiene la voz de alguien que lleva cuatro horas decidiendo si llama.
—Pilar.
—He vuelto a llamar. Al número. Al del lunes.
Me apoyo en la consola. Con la espalda. Con las dos manos detrás.
—¿Y?
—Lo ha cogido.
—Pilar.
—Y he hablado. —Y se calla, y se le oye respirar, y luego lo dice todo de corrido, sin comas, como se suelta una cosa que ha estado mucho tiempo debajo de algo—.
Y no le he dicho nada de lo que llevaba seis años ensayando, que era lo de la pared y lo del ladrillo y lo de que fui a la parada y el autobús ya había pasado.
Le he dicho: «cariño, ¿cómo tienes el pelo?
» Y ella me ha dicho: «corto.» Y yo le he dicho: «pues te queda bien.
» Y se ha reído. Se ha reído, Vera. Y hemos estado veintidós minutos hablando de su pelo.
—Pilar.
—Veintidós minutos. Los he contado. —Y vuelve a respirar—. Y no hemos hablado de nada más. Ni una palabra de nada más. Y mañana vuelvo a llamar a las seis.
Cierro los ojos.
—¿Y si no lo coge?
—Pues llamo el lunes.
—Pilar. ¿Y si no te contesta nunca?
Y Pilar Ambrós, jardinera municipal durante dieciocho años, con el calendario de hace dos años abierto en noviembre y el fontanero del diecisiete tachado a lápiz, me contesta con la frase que le oí decir una vez en su pasillo. Delante de un ladrillo norte con una mano del tamaño de una mano.
—Cariño. Tapar se puede destapar.
· · ·
Cuelgo.
Dejo el teléfono en su sitio, alineado con el borde de la consola, con el cable recogido en dos vueltas.
Y subo al rellano.
La ventana está abierta y la luz de las siete y media entra en horizontal desde el patio, cruza los seis metros de pasillo entero y se muere en la pared del fondo, y dentro de la luz hay polvo. Mucho polvo. Girando despacio, subiendo y bajando, sin ninguna prisa.
Me siento en el tercer escalón.
Y por fin lo entiendo.
La hora del rellano no era una hora del reloj.
Era esto: las cinco de la tarde de los días de octubre.
Y las siete y media de los días de marzo.
Y el momento exacto en que el sol entra en horizontal por una ventana que da a un patio interior, cruza un pasillo entero y hace visible todo lo que llevaba meses flotando ahí dentro sin que nadie lo viera.
Mamá se sentaba aquí. En este escalón. A esta hora.
No a mirar el polvo.
A esperar a que el polvo se viera.
Me quedo hasta que se me enfrían las manos. Y luego me levanto, y bajo a la cocina, y pongo cuatro boles en el borde de la mesa, y digo en voz alta el nombre de las tres personas que están en esta casa.
Y desde el sótano no contesta nadie.
Porque en el sótano ya no hay nadie.