CAPÍTULO 37
«El cuarto sobre»
Octavia está abriendo el cuarto sobre cuando yo llego con la carta en la mano.
Lo está abriendo mal, además: con la uña del pulgar.
Rasgando el lomo por el borde largo en vez de por el corto.
Es por donde se abren los sobres de archivo porque la solapa corta está arriba y si rasgas por el largo te llevas la primera hoja.
Lleva sesenta y tres años abriendo sobres.
Hoy los abre como alguien a quien le tiemblan las manos y no quiere que se le note.
Marga está de pie junto a la nevera, con los zapatos puestos por fin y el jersey de lana azul encima del camisón, y no se acerca a la mesa.
Yo dejo la factura de Almendro Holding encima de los tres primeros sobres, con el borde alineado.
—Cariño, siéntate.
—Estoy bien de pie.
—Que te sientes.
Me siento. Octavia termina de rasgar. Mete dos dedos. Saca tres cosas y las pone en la mesa, en fila, en el orden en que salen, que no es ningún orden.
· · ·
Lo primero es una fotografía.
Diez por quince, igual que la otra, con los bordes blancos y el papel un poco curvado de haber estado tres años apretado contra un folio.
Es en color y está mal hecha: sale movida en una esquina, la de abajo a la derecha, como si quien disparaba estuviera empezando a bajar la cámara antes de tiempo.
Salen dos personas en un despacho.
Una es Galo. Está sentado detrás de una mesa. Con una camisa arremangada hasta el codo y un reloj en la muñeca izquierda. Y no mira al objetivo: mira a la otra persona. La cabeza ladeada y esa media sonrisa suya de cuando está escuchando algo que le parece inteligente.
La otra está de pie, en el lateral de la mesa, con medio cuerpo cortado por el encuadre.
Es una mujer de cuarenta y cuatro años con el pelo recogido y unas gafas de leer colgadas del cuello de la blusa en una cadenita metálica.
Tiene el brazo izquierdo rígido, pegado al costado, y la manga bajada hasta el puño aunque están en interiores y hace calor, porque en la foto la ventana de detrás está abierta y hay una cortina moviéndose.
Es mi hermana.
Es Marga con tres años menos y con el pelo más largo y con la boca cerrada, como la ponía en las salas de espera.
No digo nada. Me limito a mirar la cadenita de las gafas, una de esas baratas de ferretería, y el botón de arriba de la blusa. Que está descosido y sujeto con un imperdible. Y el reloj de Galo. Es el de la esfera blanca, el que no se pone nunca porque dice que le aprieta.
Al dorso, en la letra de Galo —pequeña, inclinada a la derecha, con los sietes tachados—, hay una fecha y cuatro palabras.
21 de marzo. Primera sesión juntos.
· · ·
Lo segundo es un cepillo de dientes.
Verde. De farmacia, de los de mango ancho con una banda de goma antideslizante en el centro. Y con el nombre grabado en el mango en letras mayúsculas pequeñas, grabado a máquina y no impreso. De esos que te hacen en el mostrador por dos euros más mientras esperas.
M. VEGA Lo cojo. Pesa lo que pesan estos cepillos. Las cerdas están gastadas hacia fuera, abiertas en abanico, y hay una mancha marrón clarísima en la base del mango, del tamaño de una lenteja, que no es óxido.
—Ese se lo compró mi hijo —dice Octavia.
—¿Cómo lo sabe?
La otra está de pie, en el lateral de la mesa, con medio cuerpo cortado por el encuadre.
Es una mujer de cuarenta y cuatro años con el pelo recogido y unas gafas de leer colgadas del cuello de la blusa en una cadenita metálica.
Tiene el brazo izquierdo rígido, pegado al costado, y la manga bajada hasta el puño aunque están en interiores y hace calor, porque en la foto la ventana de detrás está abierta y hay una cortina moviéndose.
—Este no se lo grabaron a mí.
Marga sigue de pie junto a la nevera. No se ha movido.
—Octavia.
—Dime, cariño.
—¿Cuánto tiempo estuvo mi hijo con esa mujer?
—Siete meses. Me lo dijo él.
—¿Y cómo se llamaba?
—Marga. —Y Octavia lo dice sin ninguna dificultad, como quien dice el nombre de una vecina—. Eso sí lo supe. Marga. Lo que no supe nunca fue el apellido, y mira por dónde.
Levanta la vista del cepillo y lo mira a ella.
Marga no contesta. Tiene las dos manos metidas en los bolsillos del jersey de lana azul y está mirando la fotografía de la mesa desde dos metros, sin acercarse, con la cabeza un poco ladeada, exactamente igual que sale en la foto.
—Señora.
—Octavia.
—Octavia. Yo no estuve siete meses con su hijo.
—Sé lo que hubo entre vosotros.
—Estuve dieciocho. Dieciocho meses de tratamiento. Cuarenta minutos los martes, ciento veinte euros la sesión. Y un psiquiatra de la privada que me dijo en la sexta que yo tenía una manera de contar las cosas que le parecía un síntoma. Y a mí me parecía un oficio.
—Ya lo sé, cariño.
—¿Y los siete meses?
—Los siete meses me los dijo él. —Y Octavia mueve un hombro, lo mínimo, como un pájaro que se acomoda—. Y en esta familia siempre hemos pensado que cuando un hombre te da un número que no cuadra, no es que se haya equivocado de número. Es que está contando otra cosa.
Silencio.
La nevera arranca. El imán de la bota se mueve y se queda torcido del mismo lado.
—Entonces no hubo cuatro mujeres —dice Marga.
—Hubo tres mujeres y una paciente.
—Y un sobre.
—Y un sobre. —Octavia lo alinea con los otros tres—. Yo los guardo iguales porque si los guardo distintos tengo que pensar en por qué.
· · ·
Lo tercero es un billete de tren.
Está doblado en tres, con los pliegues ya blancos de tanto abrirse y cerrarse, y Octavia lo desdobla con las dos manos, despacio, y lo pone encima de la fotografía, tapándole a Galo media cara.
Es un billete de Regional Exprés. Cartón térmico, de los antiguos, con la banda magnética negra en el borde de abajo y la impresión ya medio comida por el pliegue.
Lo leo.
ORIGEN: —— (esta estación). DESTINO: —— (la estación de la ciudad).
FECHA: 21 MAR. HORA: 18:42. COCHE 4. PLAZA 12B.
TARIFA: Adulto. Ida.
Debajo, en la casilla del titular, impreso en la misma tinta térmica que todo lo demás:
VEGA ORTIZ, INÉS Silencio. La nevera arranca. El imán de la bota se mueve y se queda torcido del mismo lado.
Me quedo mirando la casilla.
—Octavia. ¿De dónde ha salido esto?
—Del bolsillo del abrigo de mi hijo. —Y lo dice con la voz plana de quien ha ensayado la frase—.
En abril de hace tres años metí su abrigo en la lavadora sin vaciar los bolsillos, algo que no he hecho en mi vida ni antes ni después, y salió esto.
Estaba lavado y seco y arrugado y se leía igual. Lo planché.
—¿Y no le dijo nada?
—Le pregunté una vez.
—¿Y?
—Me dijo: «mamá, luego.» —Y Octavia se mira las manos—. Y en esta familia, cuando alguien te dice «luego», el luego dura tres años.
· · ·
Marga se ha acercado a la mesa. No se sienta. Se queda de pie al otro lado, mirando el billete desde arriba, con las manos todavía en los bolsillos.
Dice, muy despacio:
—Inés.
—Dime.
—Tú no cogiste ningún tren.
No contesto.
—Tú cogiste el coche de mamá. —Y lo dice sin ninguna inflexión, con la voz de quien corrige una traducción—.
A las seis de la mañana del día siete. Cuarenta minutos hasta la ciudad.
Aparcaste delante de un banco de la calle Alcalá.
Me lo contaste ayer por la mañana, sentada en esa cama, y lo contaste con esos detalles porque son los únicos que tienes.
—Marga.
—Y yo estuve siete días en un sótano y no cogí ningún tren.
Miro el billete.
FECHA: 21 MAR.
El veintiuno de marzo de hace tres años es el día ocho. Es el día en que Galo bajó a un sótano de la casa de mis padres con una linterna en la mano y encontró a mi hermana con siete rayas en una pared. Dos litros de agua y un cepillo de dientes azul. Y le quedaban unas treinta horas.
El tren sale a las dieciocho cuarenta y dos.
—Octavia.
—Dime, cariño.
Silencio. La nevera arranca. El imán de la bota se mueve y se queda torcido del mismo lado.
—¿Qué hora era cuando Galo volvió a casa ese día?
—No estaba aquí. Estaba en el piso del centro.
—¿Y a qué hora llegó?
—Tarde. —Y frunce el ceño, porque es una pregunta de contable y ella no lleva la contabilidad de eso—.
Cenó aquí. Recuerdo que cenó aquí porque hizo él la cena, y mi hijo no ha hecho una cena en su vida.
Y recuerdo que llegó con los zapatos mojados y se los dejó en el recibidor, y que al día siguiente estaban secos y nadie los había movido.
—¿A qué hora?
—Inés.
—¿A qué hora?
Mi suegra, que lleva sesenta y tres años guardando fichas y tres años guardando esta, cierra los ojos y me contesta con lo único que tiene.
—Después de las once. Porque yo me acosté a las once y aún no había llegado, y me desperté a las cuatro y ya estaba la luz de la cocina encendida y él sentado en la mesa con los zapatos en el recibidor.
Miro el billete.
Coche 4. Plaza 12B. Ida.
Un billete de ida comprado a nombre de Inés Vega Ortiz para un tren que sale a las dieciocho cuarenta y dos del veintiuno de marzo. El mismo día en que Galo Salaverría baja a un sótano con una linterna y saca de él a una mujer con el antebrazo abierto y siete rayas en una pared.
Aquí está el dato que no encaja.
Yo no cogí ese tren. Yo cogí el coche de mamá el día veinte a las seis de la mañana y conduje cuarenta minutos y aparqué delante de un banco de la calle Alcalá y me compré un nombre con un bolígrafo prestado.
El veintiuno de marzo, a las seis de la tarde, yo llevaba treinta y seis horas siendo Vera Salaverría.
Así que la pregunta no es por qué Galo compró un billete a mi nombre.
La pregunta es por qué lo compró de ida.
Un billete de ida, para una mujer que ya se había ido, en un tren que salía del pueblo donde estaba el sótano, seis horas después de la hora a la que él bajó a ese sótano.
Miro la fotografía. Galo con la camisa arremangada y el reloj que no se pone nunca. Marga de pie en el lateral, con el brazo izquierdo rígido y la manga bajada hasta el puño.
Al dorso, en la letra pequeña e inclinada con los sietes tachados:
21 de marzo. Primera sesión juntos.
—Marga.
—Dime.
—¿Cuántas sesiones tuviste con él?
—Dieciocho meses. Los martes. —Y saca una mano del bolsillo—. Setenta y dos, contando las que me canceló él.
—¿Y por qué pone «primera»?
Mi hermana coge la fotografía. Le da la vuelta. Mira las cuatro palabras durante mucho rato, con las gafas de leer colgando del cuello de la blusa y el botón de arriba sujeto con un imperdible, igual que en la foto.
Luego la deja boca abajo en la mesa, encima del billete, tapándole a Inés Vega Ortiz la plaza 12B.
—Porque el veintiuno de marzo no fue la primera —dice—. Fue la última. Y tu marido no se equivoca con las fechas.