El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 36
82%

CAPÍTULO 36

«La pelusa»

La pelusa del filtro de la secadora es de un gris azulado y tiene la forma exacta del filtro.

La saco con dos dedos, en una pieza. Y se me queda en la mano como una lámina de fieltro: los pelitos de las toallas, la borra del jersey de lana azul.

Las fibras del edredón que Marga aireó veintiocho veces y que ayer metí en la lavadora sin pensar.

Y encima de todo, brillando un poco. Tres hilos de elastano de unos calcetines que no son de nadie que viva en esta casa.

Llevo catorce meses recogiendo esta pelusa. Dos veces por semana. Ciento veinte veces. Y nunca la he mirado.

Hoy la miro porque no sé dónde poner las manos.

—Cariño, eso se tira.

—Ya sé dónde van las cosas.

—Pues tíralo.

La tiro. Al cubo de debajo del fregadero, encima de una bolsa de plástico arrugada. Y me lavo las manos, y el agua sale fría porque la caldera lleva una semana apagada, y me las lavo igual, veinte segundos, con el jabón de flores, y me las seco en el paño de cuadros.

Desde el pasillo llega el ruido de unos pies descalzos sobre la baldosa.

· · ·

Marga entra en la cocina.

Lleva los zapatos en la mano izquierda, colgando del tacón, como se lleva una lámpara. Va en camisón de franela gris y con las gafas de leer puestas, y se ha peinado con los dedos, y el pelo se le ha quedado con las rayas de los dedos.

Se para en el umbral.

Lo primero que hace no es mirar a Octavia.

Lo primero que hace es cerrar los ojos y volverlos a abrir, dos veces. Porque la luz de la cocina es de tubo fluorescente y da desde arriba. Y ella lleva catorce meses viendo la luz en un rectángulo torcido que entra por un conducto y se mueve un palmo por hora.

Le duelen los ojos. Lo veo: los tiene llorosos en el borde de abajo y parpadea sin ritmo.

Lo segundo que hace es agarrarse al marco de la puerta.

No por emoción. Por el suelo. Lleva catorce meses pisando hormigón pintado y grava, y esta cocina es de baldosa cerámica lisa, y el pie se le va medio centímetro hacia fuera en cada paso y ella lo está corrigiendo con la mano en el marco.

Lo tercero que hace es oler.

Levanta un poco la barbilla y aspira por la nariz, y luego otra vez, y se le mueve la garganta al tragar.

Dice, en voz baja, sin dirigirse a nadie:

—Suavizante de tapadera azul.

Octavia Salaverría, sesenta y tres años, de pie junto a la mesa del desayuno con el bolso en el antebrazo, se gira.

Pero no mira a la mujer descalza que acaba de entrar en su cocina. Me mira a mí. Y no pregunta nada.

—Inés.

· · ·

El nombre cae en la cocina y no pasa nada.

Esa es la peor parte: que no pasa nada. No se cae ningún vaso. No se apaga ninguna luz. La nevera arranca y la bota de goma del imán se mueve y se queda torcida del mismo lado.

Marga no se mueve del marco.

Yo estoy de pie entre las dos. Las manos todavía mojadas del agua fría, y noto el agua bajándome por la muñeca y metiéndose por el puño del jersey. Y no me seco. Porque si me seco tengo que mover un brazo y si muevo un brazo tengo que decidir qué hago con él.

—Octavia —digo.

—Cariño.

—No me llames así.

Mi suegra deja el bolso en la mesa, con las dos manos, despacio, y me contesta sin levantar la voz.

—Es tu nombre.

—Yo soy Inés. —Y la señalo. Marga se ha quedado en el umbral con los zapatos en la mano—. Ella es mi hermana. La mayor.

—Ya lo sé, cariño. —Me mira a mí. Y luego la mira a ella—. Llevo tres años sabiéndolo. Y llevo tiempo sin saber cómo se llama ella.

Marga se quita las gafas. Las dobla. Se las mete en el bolsillo del camisón, que no tiene bolsillo, y entonces las deja en la encimera, al lado del fregadero.

—Usted es la madre.

—Sí.

—La del fichero.

Octavia se queda muy quieta.

—¿Qué fichero?

—El de los cinco sobres. —Marga da un paso dentro de la cocina y corrige el pie con la mano en la encimera—. Los ha traído hoy en el bolso. Los he oído desde la escalera: el papel manila hace un ruido distinto del papel normal. Es más seco.

—Marga.

—Dime, cariño.

—No bajes tú también al detalle.

Mi hermana, con el camisón de franela gris y los pies descalzos sobre una baldosa que no pisa desde hace catorce meses, le contesta a mi suegra con la voz más tranquila que le he oído en tres años.

—Es lo único que sé hacer. Contar las cosas. Llevo mil noventa y cuatro días contándolas.

Octavia se sienta.

No en el sofá: en la silla de la cocina, la de madera, la de siempre. Y se sienta mal. La espalda recta y las manos en el regazo. Como se sienta alguien a quien le acaban de decir una cosa en un sitio donde no se dicen esas cosas.

Marga se sienta enfrente. Yo me quedo de pie.

—Señora.

—Octavia.

—Octavia. Usted tiene cinco sobres y cuatro tienen nombre.

—Cuatro.

—El quinto está en blanco.

—Sí.

—Y el cuarto también.

Octavia levanta la cabeza.

—¿Cómo sabes lo del cuarto?

—Porque su hijo estuvo siete meses con una mujer cuyo nombre usted no llegó a saber, y esa mujer se fue en marzo de hace tres años.

—Marga pone las dos manos en la mesa, planas—.

Y porque ayer por la noche mi hermana me contó que el catorce de marzo de hace tres años, a las doce y diez de la noche, ella estaba en el sótano de la casa de nuestra madre.

Y que a las seis de la mañana del día veinte se subió a un coche y se fue.

—Marga no va a contestarle por ese nombre, Octavia.

—Octavia. El cuarto sobre tiene una manchita en la esquina superior derecha.

Silencio.

—Sí.

—Del tamaño de una cabeza de alfiler.

—Sí.

—¿De qué es?

Mi suegra, que en cuarenta años no ha dicho nunca una palabrota y que insulta con elegancia, contesta con una voz a la que se le oye la edad.

—De sangre seca, cariño. Y no sé de quién.

Me apoyo en la encimera. Aquí es donde la cocina hace algo que no tiene nada que ver con nada de lo que estamos diciendo, y que es exactamente lo que hace la cocina siempre.

La secadora termina. Da tres pitidos, espera dos segundos, y da otros dos. Y luego empieza a enfriarse, y al enfriarse hace unos chasquidos pequeños de metal, uno cada cuatro o cinco segundos, y lleva catorce meses haciéndolos, y yo llevo catorce meses oyéndolos sin oírlos.

Hoy los oigo todos.

Marga gira la cabeza hacia el ruido. Se le van los ojos detrás del sonido, y luego vuelve, y se le ha quedado la boca un poco abierta.

—¿Qué es eso?

—La secadora.

—¿Ya ha terminado?

—Hace veinte segundos.

—Ah. —Y se lleva la mano al pecho, encima de la franela—. Es que hace unos chasquidos.

—Siempre los hace. Al enfriarse.

—Ya. —Y se queda escuchando—. Uno. Dos. Tres.

Miro a Octavia. Octavia mira a Marga. Y las dos hacemos al mismo tiempo la misma cuenta, y las dos sabemos que la otra la está haciendo, y ninguna de las dos la dice en voz alta.

Cuatro.

Cinco.

—Inés. —Y me mira a mí, porque es el único nombre de los dos que se sabe.

Contesto yo, porque me está llamando a mí. Mi hermana no levanta la vista de la secadora.

—Dime, Octavia.

—¿Cuántos días?

—Mil noventa y cuatro.

—¿Y cuántos has contado?

Mi hermana mayor. Los pies descalzos encima de una baldosa fría y las manos planas en la mesa de la cocina, contesta sin ninguna inflexión. Como se contesta a una pregunta de traducción que un alumno ha hecho mil veces.

—Mil noventa y cuatro.

· · ·

Octavia cierra los ojos.

Se lleva la mano derecha a la boca y se la deja ahí hasta que se le marca la boca, y cuando la baja tiene la marca de los dedos en la mejilla.

—Cariño. Yo lo sabía.

Marga no contesta.

—Sabía que había alguien en esta casa. No sabía quién.

Mi hijo me dijo en marzo de hace tres años que se le había muerto una hermana y que no quería hablar del tema.

Y en esta familia siempre hemos pensado que las preguntas se hacen una vez y luego se calla uno.

Así que me callé tres años. —Se mira la mano—.

Y hoy he entrado por el portón que no cierra.

Y había dos cajas de agua en el suelo y la caldera apagada en marzo y una ventana del rellano abierta de par en par. Y he pensado: mi hijo no vive solo.

—Octavia.

—Y luego he pensado una cosa peor. —Y levanta la vista hacia Marga—. He pensado: mi hijo tiene a alguien ahí dentro. Y he subido a la ventana a cerrarla y he estado veinte segundos con la mano en el marco pensando si bajaba a mirar el vestidor.

—¿Y por qué no has bajado?

Ella le contesta a mi hermana con la frase que lleva años usando, la misma que usó conmigo el día de la boda, la que usa esta familia.

—Porque si no había nadie, me quedaba sin la única explicación que tenía.

Me despego de la encimera. Voy al cubo de debajo del fregadero. Abro la puerta. Saco la pelusa del filtro, que he tirado hace cuatro minutos encima de una bolsa de plástico arrugada, y la pongo en la mesa, en el centro, entre los tres.

Es una lámina de fieltro gris azulado con la forma exacta del filtro.

—Marga.

—Dime.

—Esto es de la ropa de los tres. —Y la toco con un dedo—. Tus fibras del jersey azul. Las toallas de Octavia, que ha traído cuatro bolsas de la compra y dos son de ropa de cama. Y las mías.

—Ya.

—Todo mezclado. No se puede separar.

Marga mira la pelusa. Y luego me mira a mí. Y desde que ha subido la escalera no le había visto esta cara: la persona que era hace tiempo. La cara de alguien que corrige exámenes y se acuerda de todo.

—La pelusa me recuerda que estoy aquí —dice.

—¿Qué?

—Que es lo que yo llevaba catorce meses buscando. —Y se mira las manos—. Algo que no pudiera separar de las otras.

Octavia alarga la mano. Coge la lámina de fieltro con dos dedos, con mucho cuidado, como se coge una prueba. La mira al trasluz de la ventana de la cocina.

Luego la deja otra vez en la mesa y dice, sin mirar a ninguna de las dos:

—El cuarto sobre no está en blanco por dentro.

—Octavia.

—Dime, cariño.

—¿Qué hay dentro?

Mi suegra se levanta de la silla de madera, va al salón, vuelve con el montón de cinco sobres de papel manila debajo del brazo, y pone el cuarto encima de la pelusa.

—Una fotografía. Y un billete de tren. Y un cepillo de dientes verde.