CAPÍTULO 35
«Cuatro predecesoras»
Hay dos cajas de agua en el recibidor desde el miércoles, y una de las dos tiene una esquina blanda.
La otra no. La otra está bien. Pero la de la izquierda lleva tres días encima del charco que dejó Galo con los zapatos, y el cartón de la esquina inferior derecha se ha ido reblandeciendo por capas. Y ahora, cuando la toco con el dedo, cede un milímetro y vuelve.
Llevo cuatro minutos tocando la esquina de una caja de agua.
Esto es lo que hago. Esto es exactamente lo que hago desde hace tres años: cuando hay una cosa grande en medio de una habitación, me pongo a tocar una cosa pequeña que está al lado.
En la floristería, el día que se murió mamá, estuve veinte minutos ordenando las cintas del cajón por anchos.
Había nueve anchos. Los ordené de los nueve.
Y luego salí y ya estaba todo el mundo en la puerta.
Retiro el dedo. La esquina vuelve a su sitio.
Llaman al timbre.
· · ·
Es el repartidor. Pero no es el de ayer.
Este es más joven, veinte y pocos, con el pelo rapado y un pendiente en la ceja izquierda, y trae una tableta en la mano y un paquete plano debajo del brazo que no es agua.
—¿Vera Salaverría?
—Sí.
—Dos entregas. La de ayer no se pudo hacer por la avería de la furgoneta y la han metido en la ruta de hoy, así que le traigo el agua y esto. —Me tiende el paquete plano—. Esto es de mensajería. No es nuestro. Pero iba al mismo código postal y el jefe ha dicho que si pasábamos.
Cojo el paquete. Es un sobre rígido de cartón, tamaño folio, con mi nombre escrito a máquina en la etiqueta y sin remitente.
—¿Firma aquí?
Firmo con el dedo en la tableta. El cristal está rayado justo donde hay que firmar y la raya se me mete por el medio de la rúbrica.
—¿Es nuevo en la zona?
—Tercer día.
—¿Y ya sabe dónde está el portón que no cierra?
—Sí. El de los Salaverría. —Y mueve la mano como se espanta una mosca—. Me lo dijo el de ayer. Me dijo: «en esa casa el portón no cierra, llama y esperas, y si te abre una señora mayor no le digas que el agua viene de la nave de la carretera porque se cree que es de otra marca.»
Me quedo con la tableta en la mano.
—¿Una señora mayor?
—La que estaba ayer. —Y el chico mira hacia la casa por encima de mi hombro, con esa confianza de los veinte años que no han aprendido que mirar es molestar—. La del coche gris. Estaba aquí mismo cuando yo llegué, y me firmó ella el albarán del agua porque usted no salía.
Ayer, a las nueve y media de la mañana, yo estaba en el vestíbulo con la tarjeta blanca en una mano y el código de cuatro cifras en la otra.
Ayer, a las nueve y media de la mañana, Galo se acababa de ir.
—Chico.
—Dígame.
—¿Qué señora?
—Una señora mayor. Elegante. Con abrigo de paño. —Y hace un gesto con la mano libre, describiendo algo—. Me dijo que era la madre del dueño.
Dejo las dos cajas de agua en la cocina, junto al fregadero. Y me quedo de pie en el vestíbulo con el sobre rígido en la mano, y oigo pasos arriba.
No son los pasos de Marga. Los de Marga los conozco ya: van descalzos, cuentan las baldosas, y se paran dos veces, una en el tercer peldaño del pasillo y otra delante del baño.
Estos llevan tacón bajo. De goma. Y van despacio, con esa seguridad de quien sabe dónde está cada mueble.
Octavia Salaverría baja la escalera con un bolso en el antebrazo.
—Cariño.
—Octavia.
—He venido a pasar el fin de semana. —Y deja el bolso en la consola, en el sitio exacto donde Galo deja las llaves—.
He llamado tres veces al fijo y no lo has cogido.
Y luego he llamado al móvil de mi hijo y me ha saltado el buzón.
Y he pensado: se ha ido sola a la ciudad y ha dejado la casa abierta. Otra vez.
—Octavia.
—Y me he venido. Con la compra. —Señala con la barbilla hacia el coche, que está aparcado dentro del recinto, con el maletero abierto—. Cuatro bolsas. He traído pollo, que aquí no coméis pollo.
Miro la consola. El bolso de Octavia está encima de la marca circular que deja el llavero de Galo en la madera, y la está tapando.
—Octavia. ¿Cuándo has llegado?
—Hace veinte minutos. He entrado por el portón, que no cierra, y he llamado a la puerta, y como no abrías he metido el código.
—¿Qué código?
—El de siempre, cariño. —Y me mira como se mira a una persona que ha hecho una pregunta tonta—.
Mil novecientos setenta y cuatro. El año de la casa.
Me lo dio mi hijo hace un año, el día de la boda.
Y me dijo: «mamá, este número no se lo des a nadie.
» Y yo le dije: «hijo, si no se lo doy a nadie, ¿para qué me lo das?
» Y él me dijo: «para que puedas entrar cuando yo no esté. »
Octavia se quita los guantes. Uno. El otro. Los mete en el bolso.
—Así que he entrado. Y no estaba él. Y estabas tú en el vestíbulo con la boca abierta.
Y ahora mismo, cariño, vas a dejar ese sobre en la mesa y me vas a contar qué ha pasado en esta casa.
Porque el portón sigue sin cerrar y hay dos cajas de agua en el suelo y huele a cerrado en el pasillo de arriba.
· · ·
Pongo el sobre rígido en la mesa del salón. No lo abro.
Octavia se sienta en el sofá de siempre, el de la izquierda. Y cruza las piernas y se alisa el borde de la falda con dos dedos. Y yo me siento enfrente porque si me siento al lado no puedo mirarla.
—Antes de nada —dice—. ¿La floristería?
—¿Qué?
—La floristería. ¿La tienes abierta hoy? Porque si la tienes abierta hoy y te has venido sin cerrar, te han entrado ya tres veces este año.
Aquí tengo que decidir una cosa, y la decido en dos segundos, y es la primera mentira nueva que le digo a alguien en tres años.
—La traspasé en junio.
—Ah.
—A una chica del pueblo.
—Ah. —Y asiente muy despacio—. ¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque no me lo preguntaste.
Octavia se queda muy quieta. Y luego se ríe, y la risa le sale corta y seca, exactamente igual que la de su hijo.
—Caramba. —Se recoloca en el sofá—. Caramba, cariño. Eso ha sido de Salaverría. Galo me dijo eso mismo hace dos años.
—Octavia. ¿Qué has venido a hacer aquí?
Ella, con las dos manos en el regazo y la espalda recta, me contesta como se contesta a un notario.
—He venido a decirte que mi hijo ha tenido cuatro mujeres en esta casa antes que tú. Y que tú eres la quinta. Y que yo llevo sesenta y tres años guardando las cuatro fichas, y que hoy he traído la quinta.
· · ·
Se levanta. Va al bolso. Saca cinco sobres de papel manila, de los de archivo, todos iguales, con una etiqueta blanca en el frente, y los pone en la mesa de centro, en fila, alineados por el borde.
Cuatro tienen nombre escrito. El quinto no.
—Octavia.
—En esta familia siempre hemos sido ordenados, cariño. —Se sienta otra vez—. Mi madre guardaba las recetas en fichas. Yo guardo las mujeres de mi hijo en fichas. No es lo mismo, pero es el mismo gesto.
—¿Por qué?
—Porque las cuatro se fueron. Y cuando una mujer se va de una casa, la casa se queda con un hueco con forma de esa mujer, y si no lo anotas, al año no sabes de qué forma era el hueco.
—Mira los sobres—. La primera fue del dos mil nueve. Duró siete meses. La segunda, dos años. La tercera, nueve meses.
—¿Y la cuarta?
—La cuarta se fue en marzo. De hace tres años.
Miro el sobre. La etiqueta está en blanco, pero el papel tiene una manchita en la esquina superior derecha, del tamaño de una cabeza de alfiler, de un color que no es tinta.
—Octavia. ¿Cómo se llamaba la cuarta?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No me lo dijo nunca. —Y se alisa la falda con dos dedos—. Mi hijo estuvo siete meses con una mujer que yo no supe cómo se llamaba. Le pregunté tres veces y las tres me dijo «luego, mamá». Y luego se fue. Y yo me quedé con la ficha en blanco.
Miro los cuatro sobres. Miro el quinto, que tampoco tiene nombre.
—Octavia. ¿Y por qué me lo cuentas hoy?
Mi suegra, sesenta y tres años, con la falda alisada y las manos otra vez en el regazo, me dice la frase que llevaba veinte minutos preparando.
—Porque la quinta ficha tampoco la he podido rellenar.
—Yo tengo nombre.
—Tienes un nombre. —Y lo dice sin levantar la voz, sin ninguna crueldad, con la precisión de una mujer que ha corregido exámenes durante cuarenta años—.
Vera. Vera Salaverría. Un nombre muy bonito y muy reciente.
Y yo llevo un año llamándote por él y un año sin preguntar, porque en esta familia siempre hemos pensado que las preguntas se hacen una vez y luego se calla uno.
—Octavia.
—Pero hoy he entrado por el portón que no cierra.
Y había dos cajas de agua en el suelo. Y mi hijo no estaba.
Y su coche tampoco. Y la caldera está apagada en marzo.
—Se inclina un poco hacia delante—. Y arriba, cariño, en el pasillo, hay una ventana del rellano abierta de par en par con el aire de la calle entrando, y esa ventana lleva catorce meses atascada.
No contesto.
—Y la he cerrado yo.
· · ·
Me levanto. Voy a la mesa. Cojo el sobre rígido que ha traído el chico. Lo abro por el borde con el dedo, porque no tengo abrecartas, y el cartón se desgarra mal y deja una rebaba.
Dentro hay un folio. Una sola hoja. Impresa por una cara.
Es una factura.
ALMENDRO HOLDING S.L. · Servicio de instalación y mantenimiento de accesos Fecha: hoy, 08:14 Concepto: Duplicado de tarjeta de proximidad n.º 2 a nombre de VERA SALAVERRÍA. Solicitado telefónicamente por D. GALO SALAVERRÍA FERRER a las 07:31 h. Entrega en domicilio.
Importe: 41,20 € Forma de pago: Transferencia. Almendro Holding S.L.
Observaciones: El solicitante indica que no se avise a la destinataria.
Miro la última línea tres veces.
—Cariño. ¿Qué pone?
Yo le contesto con una voz que no reconozco, porque estoy haciendo cuentas, y las cuentas no salen.
—Pone que Galo pidió esta tarjeta ayer a las siete y media de la mañana.
—Bueno. Pues ya la tienes.
—Octavia. Galo se fue ayer a las nueve y media. Con una maleta. Al congreso de Alicante.
—Ya lo sé. Me lo dijo él.
—Y me dio la tarjeta en la mano. En el vestíbulo. A las nueve y veinte.
—Pues entonces ya la tenía pedida.
—No. —Y dejo la factura en la mesa, encima de los cinco sobres, con el borde alineado—. Me la dio a mí. Una tarjeta. Y esta factura dice que pidió dos.
Octavia se queda mirando la mesa.
Miro el recibidor. Las dos cajas de agua. La esquina blanda de la de la izquierda.
Desde arriba, desde el pasillo donde la ventana del rellano lleva veinte minutos cerrada, oigo un ruido.
Es un ruido pequeño. No metálico. Es de tela contra tela.
Alguien está bajando la escalera con unos zapatos en la mano.
Octavia gira la cabeza muy despacio hacia el techo.
Luego me mira a mí, y me pone la mano encima de la mía, encima de la factura. Y con la otra mano, sin dejar de mirarme. Cierra los cinco sobres de papel manila en un solo montón y los mete debajo del cojín del sofá.
—Cariño. En esta casa hay alguien más.