CAPÍTULO 34
«El ladrillo norte»
—…y por eso los contenedores nuevos son ilegales.
—Pilar.
—Que son ilegales, cariño. Los pusieron en marzo sin licencia de obra. Pregúntale a cualquiera del ayuntamiento y te dirá que no hace falta licencia para un contenedor, y eso es justamente lo que te dice alguien que la necesita.
Estoy sentada en la cocina de Pilar desde hace diez minutos y no he dicho una sola frase que no sea su nombre.
La cocina de Pilar tiene un calendario de una ferretería de la carretera colgado de un clavo, y el calendario es de hace dos años. Y está abierto en noviembre. Y en el diecisiete de noviembre alguien escribió a lápiz «fontanero» y lo tachó. Lleva dos años tachado. Nadie ha arrancado la hoja.
En la nevera hay un imán con forma de bota de agua, y la bota está torcida, y cada vez que Pilar abre la nevera la bota se mueve y vuelve a quedarse torcida del mismo lado.
—Pilar. He venido a preguntarte una cosa.
—Pregunta antes de terminar de preguntar, cariño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque has venido a las once de la mañana de un viernes, sin comprar nada, y te has sentado sin quitarte el abrigo.
—Pilar deja el paño de las manos encima de la mesa, doblado en dos—.
Cuando una mujer se sienta en mi cocina con el abrigo puesto es que se va a ir pronto o que se va a quedar mucho, y en los dos casos ha venido a preguntar.
Me quito el abrigo. Lo dejo en el respaldo de la silla, con las mangas por dentro, como lo dejaba mamá.
—Pilar. La noche del catorce de marzo.
Ella no se mueve.
—¿Cuál de los dos catorces?
—El de hace tres años.
—Ah. —Y coge el paño otra vez y se seca las manos, que ya están secas—. Ese.
—Tú vivías al lado. En la calle del Horno. Tu casa daba al patio interior de la nuestra.
—Daba y da. La casa sigue ahí. La alquilé.
—Pilar. Oíste algo.
Pilar Ambrós, cincuenta y cinco años, jardinera municipal durante dieciocho, con las manos encima de un paño doblado en dos en su cocina con el calendario de hace dos años abierto en noviembre, me contesta sin levantar la voz.
—Oí cuatro minutos.
· · ·
—¿Cuatro minutos?
—Cuatro. Los conté. —Y se mira las manos—.
Yo cuento las cosas. Es del oficio. Cuando plantas un seto cuentas los alveolos, cuando podas cuentas las yemas, cuando riegas cuentas los minutos porque el riego por goteo de la zona norte da tres litros por hora y si te pasas pudres la raíz. Así que cuando oí los gritos, conté.
—¿Gritos de quién?
—De dos. Una gritaba. La otra no.
Me quedo con el abrigo en el puño.
—¿Cómo que la otra no?
—Que había una que gritaba y otra que no gritaba.
Y eso es lo que me hizo salir al patio, porque los gritos de uno solo no son una pelea y yo llevaba dieciocho años oyendo a tu madre discutir consigo misma en esa cocina.
—Pilar dobla el paño otra vez. Ya estaba doblado—.
Pero una que grita y otra que no, eso sí que salí a mirarlo.
—¿Y qué viste?
—La ventana del baño. La del medio. Estaba abierta porque era marzo y hacía calor de día y frío de noche, y tu hermana la abría siempre en esa época. —Se para—. Y vi una mano en el marco.
—Pilar.
—Una mano de mujer, agarrada al marco de la ventana por dentro, con los dedos hacia fuera. Y duró cuatro segundos. Y luego se fue.
Silencio.
El imán de la bota se ha movido porque la nevera ha arrancado, y la bota se ha quedado torcida del mismo lado.
—¿Y qué hiciste?
Pilar Ambrós me contesta con la cosa más pequeña del mundo.
—Contar hasta cuatro.
—¿Cómo?
—Que conté hasta cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.
Y cuando llegué al cuatro ya no había mano.
—Y se pasa el paño por la boca, que no tiene nada—.
Y me quedé en el patio con el paño de la cocina en la mano, porque había salido a tender, y pensé: «habrá sido el viento.
» Y entré. Y tendí. Y al día siguiente por la mañana saqué la basura y vi el coche de tu madre salir marcha atrás por el camino, con el maletero abierto y una manta encima de las maletas.
—Pilar.
—Y no hice nada.
—Pilar.
—Nada. —Y me mira, y tiene los ojos muy secos y la boca muy apretada—. Y llevo años diciéndome que fue el viento.
· · ·
Me levanto. No sé para qué. Me vuelvo a sentar.
—Pilar. Yo estuve ahí.
—Lo sé porque te vi.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la que gritaba eras tú. —Y lo dice sin ninguna dureza, como se dice una cosa que se ha estado guardando—.
La otra era Marga. Y Marga no gritó. Cuatro minutos, cariño.
Yo he oído discutir a esa familia durante veintidós años al otro lado de una tapia y sé cómo grita cada una.
Tú gritas agudo y corto. Tu madre gritaba grave y largo. Y Marga no gritaba nunca.
—Pilar. ¿Por qué no me lo dijiste? Cuando vine en abril. Cuando me dijiste lo del cepillo rojo.
Ella se limpia las manos en el paño.
—Porque te lo dije de otra manera.
—¿Cómo?
—Te enseñé el cepillo de mi hija. —Se levanta. Va al aparador. Abre el cajón de abajo—. Te lo puse en la mano y te dije que era rojo y que lo guardaba desde hacía seis años. Y tú me dijiste «qué bonito». Y yo pensé: no me ha entendido. Y luego pensé: sí me ha entendido.
Saca una cosa del cajón y la pone en la mesa.
Es un vaso de cristal, de los de Nocilla, con un cepillo de dientes rojo dentro. Las cerdas están abiertas del todo, dobladas hacia fuera, amarillentas.
—Míralo.
—Pilar.
—Míralo, cariño.
Lo miro.
—¿Sabes por qué lo tengo en un vaso y no en un cajón?
—No.
—Porque en un cajón no lo veo. —Y se sienta otra vez—. Y mi hija se fue porque cuando volvió, la puerta ya no estaba.
No contesto. No puedo.
—Tenía diecinueve años. Se fue en julio.
Volvió en noviembre, un martes, a las cuatro de la tarde.
Yo estaba en el vivero municipal y el chico que trabajaba conmigo la vio entrar por el camino.
Y ella entró en la casa y subió a su habitación.
—Pilar se mira las manos—. Y su habitación no tenía puerta.
—Pilar.
—Se la había quitado en agosto. Y había tapiado el hueco.
Con ladrillo del norte, del bueno, del que se cuece a más temperatura, y con mortero de obra y no de bricolaje, y la pared la dejé lisa y la pinté del mismo color que el pasillo.
—Y levanta la vista—. Tapar se puede destapar, cariño.
Tapiar es para siempre. Lo dije yo y no sabía lo que estaba diciendo.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque no soportaba ver la cama hecha.
Silencio.
—Y ella se quedó en el pasillo. Delante del ladrillo. Cuatro minutos, igual que la otra. Y luego se fue. Y el chico del vivero me dijo que no llevaba maleta, que llevaba solo el bolso, y que se fue andando hacia la parada del autobús.
—¿Y no la fuiste a buscar?
—Fui. —Y Pilar se seca la boca otra vez con el paño seco—. Fui a la parada. Y el autobús ya había pasado. Y luego fui a la ciudad. Y luego fui a todos los sitios a los que va una madre cuando no tiene ninguna dirección. Y luego volví. Y la pared seguía ahí.
Miro el vaso de Nocilla. El cepillo rojo. Las cerdas dobladas hacia fuera.
—¿Y el cepillo?
—Se lo dejó en el vaso del baño. —Y hace un gesto con la barbilla hacia el pasillo—. El baño de arriba. El ladrillo norte es el de la izquierda de la segunda hilera, contando desde abajo. Ahí es donde ella se apoyó. Se ve el mortero un poco más claro porque se le quedó la mano.
· · ·
Me lleva al pasillo. No entramos en ninguna habitación. Nos quedamos en el pasillo, delante de una pared pintada de blanco hueso, lisa, sin ningún marco ni ningún cuadro, de unos dos metros y medio de ancho.
En la segunda hilera, contando desde abajo, el ladrillo de la izquierda tiene el mortero un poco más claro.
Una mano. Del tamaño de una mano. Con los dedos juntos, apuntando hacia arriba, y el pulgar un poco separado.
Pilar se queda mirándolo. No lo toca. Lleva seis años sin tocarlo y no va a empezar hoy.
—Pilar. ¿Cuánto hace que no la ves?
—Seis años y cuatro meses.
—¿Y sabes dónde está?
—No.
—¿Y la llamas?
—Todos los lunes. A un número que me dio una amiga suya en el segundo año. —Y en toda la mañana la voz no le había salido en dos trozos, y no es un trozo grande: es una sílaba—. No lo coge nadie nunca. Y el lunes pasado lo cogieron.
Me giro hacia ella.
—¿Y?
—Y colgué.
—Pilar.
—Colgué yo, cariño. Sonó dos veces y colgué yo. —Y se pasa el paño por la cara, y el paño sigue seco, y eso es lo peor de todo—. Porque llevaba seis años ensayando qué iba a decir y no tenía nada. Y preferí no tener nada antes que decir lo primero que se me ocurriera.
Miro el ladrillo. Miro la mano. Miro a Pilar con el paño seco en la cara.
—Pilar. Si te lo vuelven a coger.
—¿Qué vas a decir?
Pilar Ambrós, con el calendario de hace dos años abierto en noviembre y el fontanero del diecisiete tachado a lápiz, se queda mirando el ladrillo norte de su pasillo durante mucho rato.
No contesta. Vuelve a la cocina. Yo la sigo.
Se sienta. Coge el paño. Lo dobla en dos otra vez, aunque ya estaba doblado en dos.
Sin levantar la vista, me hace ella la pregunta.
—Vera. ¿Tu hermana tiene la puerta abierta?
· · ·
Me quedo de pie en la cocina de Pilar con el abrigo en el brazo izquierdo. El calendario de la ferretería sigue abierto en noviembre de hace dos años. El diecisiete sigue tachado a lápiz. El imán de la bota sigue torcido del mismo lado.
—Vera. Contéstame a eso y luego vete a casa.
Yo pienso en la tarjeta blanca con dieciocho dígitos que llevo en el bolsillo del abrigo. Y pienso en la puerta pintada del vestidor, que esta mañana he dejado abierta de par en par, y llevaba catorce meses sin hacerlo. Y pienso en que la he dejado abierta y no he bajado a comprobarlo.
Pienso en que llevo dos horas fuera de casa.
—Pilar. La he dejado abierta.
—Bien.
—Pero no he bajado a mirarla antes de salir.
Pilar Ambrós deja el paño encima de la mesa, se levanta, y me pone las dos manos en los hombros con la fuerza de una mujer que lleva dieciocho años cargando sacos de sustrato.
—Pues corre, cariño.