El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

«Cuarenta y siete»

—No las leas todas.

—¿Por qué?

—Porque te vas a sentar en el suelo y te van a doler las rodillas a los veinte minutos, y luego vas a estar dos días acordándote de las rodillas en vez de acordarte de las hojas.

Me he sentado en el suelo de todas maneras. Marga ha descolgado las cuarenta y siete de la pared, una por una, en orden, y me las ha ido dando. Y yo las tengo en el regazo en dos montones porque no caben en uno. Y el papel de las de abajo ya está tibio de tenerlo encima.

El suelo es de hormigón con una capa de pintura gris que se está levantando en placas del tamaño de una uña.

Llevo las rodillas encima y a los veinte minutos exactos —los he contado, porque es lo que hago— empieza el dolor.

No es un dolor agudo sino una presión sorda justo debajo de la rótula.

En el sitio donde el hueso está más cerca de la piel.

Marga me mira desde la cama.

—Te lo he dicho.

—Ya.

—Hay un cojín detrás de la puerta.

—Ya lo he visto.

—Pues úsalo.

—Si lo uso, no me acuerdo de las hojas.

Ella se encoge de hombros con esa pereza suya de profesora que ya ha suspendido al alumno y ahora solo quiere ver hasta dónde llega.

—Tuya es la rótula.

La primera hoja es del 14 de marzo. No del de hace tres años. Del de hace dos. Y arriba a la derecha, en la letra redonda y apretada que conozco desde que tengo uso de razón, pone:

Hoy ha dicho: «Marga, la avena está en el borde de la mesa.»

Nada más. Una línea. Y debajo la fecha.

La segunda es del 19 de marzo:

Hoy no ha dicho nada.

La tercera, del 21:

Hoy ha dicho: «Marga.» Solo el nombre. Estaba en la cocina. Ha dicho el nombre y luego ha cerrado la puerta del frigo.

Sigo. Las rodillas ya no me duelen: me laten. Es distinto. Y el latido me sube por el muslo y se me instala en la cadera. Y cambio el peso de un lado a otro y el hormigón me devuelve el frío por el sitio nuevo.

La séptima: Hoy ha dicho «Marga» dos veces. Una a las nueve y otra a las once y media. A las once y media estaba en el pasillo. No sé con quién hablaba.

La duodécima: Hoy ha llorado en la cocina. No ha dicho nada. He estado veinte minutos con la mano en el techo del conducto. El conducto se calienta cuando ella está encima.

La vigésima: Hoy ha dicho «perdón» al teléfono. No era para mí.

· · ·

Llevo treinta y una hojas y me paro.

No por las rodillas. Porque acabo de entender qué son los cuarenta y siete papeles, y el entenderlo me ha dejado las manos quietas encima del montón.

Nada más. Una línea. Y debajo la fecha. La segunda es del 19 de marzo:

—No son los días.

—No.

—Son los días en que dije algo.

—Sí.

—En catorce meses.

—Sí.

Dejo las hojas en el suelo, encima de la pintura gris que se levanta en placas. Me miro las manos: las tengo rojas en los nudillos del frío del hormigón, y hay una placa de pintura pegada a la palma izquierda.

—¿Cuántos días hay desde el 14 de marzo de hace dos años?

—Setecientos cuarenta y tres.

—¿Y has escrito cuarenta y siete?

—Cuarenta y siete.

—Marga. Eso es uno de cada dieciséis.

—Uno de cada dieciséis, sí.

—¿Y los otros setecientos?

Mi hermana, con las manos cruzadas delante, sentada en una cama hecha con las esquinas metidas, me contesta sin ninguna inflexión, como se contesta a una pregunta de traducción que un alumno ha hecho mil veces.

—No pasó nada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que hay. —Se descruza las manos.

Se las mira—. Setecientos días en los que tú subías a las nueve, ponías el bol en el borde de la mesa, decías «Marga», y te ibas.

Y yo contaba las baldosas. Y eso es todo.

Y yo al principio escribía también esos, ¿sabes?

Los primeros tres meses escribía todos los días.

Y eran todos iguales. Y un día me di cuenta de que estaba copiando el día de antes, y que lo estaba copiando bien, y que eso era peor que no escribir.

—¿Peor?

—Porque si copias un día y te sale igual, es que el día no existe.

Me llevo la mano a la boca. No para taparme nada. Porque la rótula me ha dado una punzada y el cuerpo me ha mandado la mano a la cara por su cuenta.

—Marga. Perdón.

Nada más. Una línea. Y debajo la fecha. La segunda es del 19 de marzo:

—Ya lo dijiste ayer.

—Perdón otra vez.

—No hace falta que lo digas dos veces, Inés. —Y se pasa la mano por la cara—. Hace falta que lo digas una y luego hagas otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

—Cualquier otra cosa. Da igual cuál. Eso es lo que no entiendes.

—Y le sube la voz, y no es un grito: es un cansancio—.

Da exactamente igual cuál. Podrías haberme bajado un libro.

Podrías haberme bajado un jersey que oliera a la calle.

Podrías haberme dicho una mentira nueva.

Cualquier cosa que no fuera la avena en el borde de la mesa.

· · ·

Cojo el montón de abajo. La hoja treinta y dos.

Hoy ha dicho «treinta y dos». Estaba al teléfono con la del súper. Ha dicho: «sí, treinta y dos botellas, las del pack de ocho, cuatro packs.» Y luego se ha reído sola y ha dicho: «qué manía con el treinta y dos.»

La dejo encima de las otras.

—Marga. ¿Por qué treinta y dos?

—¿El qué?

—Todo. —Y me oigo decirlo deprisa, porque si lo digo despacio no lo digo—.

En la floristería tenía treinta y dos cubos de agua.

Los conté un día y eran treinta y dos y no compré ni uno más ni uno menos durante trece años.

Y tú tienes treinta y dos libros ahí debajo.

Y doy treinta y ocho pasadas al cepillo, que no es treinta y dos.

Pero es doce y doce y siete y siete. Y doce más doce son veinticuatro.

Y veinticuatro más siete más siete son treinta y ocho.

Y treinta y ocho es treinta y dos más seis.

Marga se ha quedado muy quieta.

—Sigue.

—Y mamá nos metía a las dos en la bañera para ahorrar agua y nos hacía contar los dientes.

—Nos hacía contar los dientes.

—Sí. Y un adulto tiene treinta y dos.

Silencio.

El rectángulo de luz ha bajado y ya no llega a la cama de Marga. Le llega a los pies, y el polvo gira dentro. Y se le ven las uñas de los pies a la luz, cortadas al ras. Las dos igual de largas.

—Inés. Eso es una coincidencia.

—Por eso la he contado yo primero.

—Es una coincidencia de las que se fabrican solas.

Una cuenta los cubos una vez y luego ya solo ve el número.

—Se quita las gafas—. Yo llevo años contando cosas para no volverme loca y he contado los libros cuatro veces y siempre me salen treinta y dos, y la cuarta vez ya sabía que me iban a salir treinta y dos.

—Entonces no significa nada.

—No.

—¿Y por qué lo has escrito en una hoja?

Ella me mira con las gafas en la mano. Y tiene exactamente la cara que tenía a los ocho años, en el suelo del baño de la calle del Horno. Inventándose un código secreto de hermanas que no significaba nada y que servía para todo.

—Porque si no lo escribía, no paraba de contarlo.

· · ·

Cojo la hoja cuarenta y seis.

Hoy ha dicho «perdón» otra vez. Por la puerta. Y luego ha dicho «perdóname». Y luego ha dicho cinco perdóname seguidos, uno por cada cosa. Los he contado. Cinco.

La cuarenta y siete está en blanco.

La giro. En blanco por las dos caras. Con la fecha de hoy puesta arriba a la derecha, y debajo nada.

—Marga. Esta no tiene nada.

—Por eso no la he tirado.

—¿Por qué?

—Porque hoy has bajado.

Me quedo con la hoja en las manos. El papel es del mismo cuaderno cuadriculado que las otras, con la cuadrícula azul, y la fecha está escrita con el mismo boli, y el boli está en la cama, al lado del libro, con el capuchón puesto.

—¿Y no la vas a escribir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy no has dicho nada desde arriba.

Miro la hoja. Miro las rodillas, que me laten. Miro las cuarenta y seis hojas en el suelo del sótano, en dos montones, encima de la pintura gris que se levanta en placas del tamaño de una uña.

Hago lo que Marga me ha dicho que no haga: leerlas todas.

· · ·

Inés está sentada en el suelo del sótano con cuarenta y seis hojas en el regazo y las rodillas encima del hormigón. Inés lee. Inés no se da cuenta de que lleva nueve minutos sin parpadear. Inés tiene una placa de pintura gris pegada a la palma izquierda y no se la quita.

Inés lee el día en que se le cayó una sartén y dijo una palabrota y Marga lo escribió.

Lee el día en que Inés cantó en la cocina, mal, una canción de la radio, y Marga escribió la canción entera aunque solo se oían dos palabras.

Lee el día en que Inés estuvo cuarenta minutos sentada en el suelo del vestidor, del otro lado de la puerta, sin decir nada, y Marga escribió: «Hoy no ha dicho nada pero se ha quedado. »

Inés lee el día en que Galo bajó la manta térmica del desván y Marga escribió: «Hoy ha venido él. Ha puesto la mano en la puerta. No ha dicho mi nombre.»

Inés llega al día en que ella misma se cortó con el borde de una lata y dijo «joder» en voz alta, y a la hoja siguiente, y a la siguiente.

En algún punto entre la hoja treinta y ocho y la hoja cuarenta, Inés deja de leer las hojas y empieza a leer la pared: los cuarenta y siete huecos que han dejado las chinchetas en la pintura.

En filas de seis, ordenados, medidos a ojo pero derechos, cubriendo exactamente el trozo de pared donde da la luz.

Inés entiende entonces que la pared no era un archivo. Era un espejo puesto donde da el sol.

Inés se lleva la mano a la boca. Inés no llora. Inés hace una cosa peor: se ríe, dos veces, en seco, y luego taparse la boca con la palma que tiene la pintura gris pegada.

· · ·

Vuelvo.

Estoy en el suelo. Tengo la hoja cuarenta y siete en la mano derecha y la izquierda cerrada. Y al abrirla se me ha quedado la placa de pintura pegada a los dedos. Y me la quito con la uña y la dejo en el suelo al lado de las hojas.

Marga se ha levantado de la cama. Está de pie delante de mí, con las gafas puestas otra vez, mirándome desde arriba.

—¿Qué has visto?

Niego con la cabeza. No puedo decirlo. Y entonces ella se agacha, despacio. Las manos en las rodillas, porque lleva catorce meses sin agacharse y el cuerpo ya no le da. Y se sienta en el hormigón a mi lado. Y coge la hoja cuarenta y siete en blanco y la pone encima del montón de las otras.

—Inés.

—Dime.

—Las rodillas.

—¿Qué?

—Que te van a doler dos días.

Mi hermana, que lleva años ensayando una conversación y cuarenta y siete escribiendo lo que digo desde arriba, me pasa el brazo por los hombros y me dice, mirando la pared vacía donde da la luz:

—Pues que me duelan.