El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

«Treinta y ocho»

Estoy a mitad del tercer peldaño cuando me doy cuenta de que llevo el vaso en la mano.

El vaso de cristal del baño, con los dos cepillos dentro, el azul y el blanco, con las cerdas todavía húmedas de anoche.

Lo he cogido de la repisa sin pensar. Porque estaba en la cocina pensando en cómo se le dice a alguien una cosa así y el cuerpo se me ha ido al baño solo.

Y ahora estoy en la escalera del sótano con un vaso de cepillos en la mano derecha y la izquierda en la pared.

Me paro. Miro el vaso. Miro los cinco peldaños que me quedan. Sigo subiendo, porque si vuelvo a bajar a dejarlo no voy a volver a subir.

· · ·

Marga está de pie en el umbral de su habitación.

No la he visto de pie nunca. Sé que es más alta que yo, lo he calculado mil veces por las fotos.

Pero verla de pie en el marco de una puerta es otra cosa: tiene los hombros más anchos de lo que yo recordaba y anda con el peso en los talones.

Y esa manera de estar de pie con las dos manos cruzadas delante.

Es la manera de estar de pie de las profesoras de instituto cuando están esperando a que un alumno termine de hablar.

—Voy a decirte una cosa y te va a parecer una tontería —le digo—. Darío va a arrancar la página del libro de registro.

Marga no contesta enseguida. Se descruza las manos. Se mira la mano izquierda, la de los tres dedos ampollados de hace tres años, que ya no tiene ampollas sino tres marcas blancas y planas.

—¿Las dos páginas?

—Las dos. El impreso viene de dos.

—Ya. —Y asiente una vez—. ¿Y tú qué le has dicho?

—Que era un documento público. Que es una falsedad. Que le quedan ocho años de servicio.

—¿Y?

—Y que lo iba a hacer de todas maneras.

Marga se apoya en el marco. El marco es de madera pintada del mismo color que la puerta, y al apoyarse deja una marca en la pintura, una raya blanca del grosor de un hombro, y los dos la miramos.

—Inés.

—Dime.

—Llevo tres años esperando que alguien hiciera una tontería por mí.

En el silencio que viene después de esa frase, suena el teléfono móvil que tengo en el bolsillo del albornoz.

El móvil tiene cobertura desde el miércoles por la tarde: cuatro barras enteras, en un sótano, en una casa donde mi móvil lleva quince días sin servicio.

No he preguntado por qué. Y es el súper del pueblo.

Y es la mujer de la centralita. Y me dice que el pedido de hoy no me lo pueden servir, porque el repartidor ha tenido una avería en la furgoneta en la carretera de la costa.

Que si me va bien mañana, entre las diez y las doce.

Le digo que sí. Que me va bien. Que muchas gracias.

Cuelgo.

Marga me está mirando con una expresión que no le conozco.

—¿Qué?

—Nada. —Y se le escapa media risa, seca, de una sola sílaba—. Que estás en un sótano diciéndole a tu hermana que el hombre que te quiere va a cometer un delito, y te llaman del supermercado, y contestas.

—Era el pedido.

—Ya.

—Marga.

—No, si me parece bien. —Y se aparta del marco—. Me parece la cosa más normal que ha pasado en esta casa en catorce meses.

· · ·

Subimos.

Esa es la palabra: subimos. Las dos, por la escalera del sótano, ella delante porque conoce los peldaños que crujen y yo detrás con el vaso de los cepillos en la mano. Y en el tercer peldaño ella se para y me dice «este cruje. Pisa en el borde», y yo piso en el borde.

Cruzo el vestidor. Salgo al pasillo. Y me paro.

Porque Marga se ha parado también, en el umbral, y está mirando la casa.

El pasillo tiene seis metros y dos puertas a la izquierda y una al fondo, y la luz entra por la ventana del rellano de la escalera. Y hay polvo en el aire. Y la alfombra está torcida porque yo la torcí al vomitar hace dos noches y no la he vuelto a colocar.

—Está igual —dice Marga.

—No.

—Sí que está igual. —Y da dos pasos dentro—. La alfombra torcida. El cuadro del pasillo torcido desde hace años y nadie lo endereza. La bombilla del aplique de la izquierda fundida.

—Mira hacia arriba—. Esa lleva fundida desde antes de que yo bajara.

—Galo no la cambia porque dice que con una basta.

—Galo dice muchas cosas.

Se queda quieta en medio del pasillo con las manos otra vez cruzadas delante. Y yo la miro y me doy cuenta de que estoy esperando a que diga algo grande, y que lo que va a decir no es grande.

—¿Cuánto hace que no abres la ventana del rellano?

—No lo sé.

—Huele a cerrado.

—Marga.

—No pasa nada. —Y por fin me mira—. Es que llevo catorce meses pensando en qué iba a decir cuando subiera, y resulta que es esto. Que hace falta ventilar.

· · ·

Voy al baño. Dejo el vaso en la repisa. Abro la ventana del rellano, de guillotina, que cuesta, y la subo hasta el segundo tope y la dejo ahí, y entra aire de marzo. Mojado y frío. Y cruza el pasillo entero y se va por la puerta de la cocina.

Cuando vuelvo, Marga está sentada en la tapa del water del baño de arriba.

Con los pies en el borde de la bañera.

Igual que yo hace tres años, en otro baño, en otra casa, en la calle del Horno. Me quedo en el umbral.

—Siéntate —me dice.

—Ahí no cabemos dos.

—No. Pero el baño tiene dos metros por uno y medio y yo estoy en la bañera. —Y palmea el borde—. Tú en el suelo. Como cuando éramos pequeñas y mamá nos metía a las dos juntas para ahorrar agua.

Me siento en el suelo de baldosa, con la espalda contra el lateral de la bañera, y ella se queda arriba. Los pies en el borde. Y las dos miramos la repisa donde está el vaso con los dos cepillos.

—Inés. ¿Cuántas pasadas das?

La pregunta me coge tan desprevenida que contesto sin pensar.

—Treinta y ocho.

—¿Cómo?

—Doce arriba. Doce abajo. Siete por la derecha. Siete por la izquierda.

Marga se echa hacia delante. Se le ven las manos, agarradas a las rodillas.

—¿Y eso quién te lo enseñó?

Aquí es donde tengo que decir la cosa que llevo veinte años diciendo, y que siempre he dicho sin pensar. Y que esta mañana, en el suelo del baño de una casa con la ventana del rellano abierta. Suena a lo que es.

—No lo sé. Lo hago desde los nueve años y no sé quién me lo enseñó.

Silencio.

El aire de marzo entra por el rellano y cruza el pasillo y llega hasta aquí, y se oye la ventana vibrar un poco en el segundo tope.

—Inés. Te lo enseñé yo.

No contesto.

—Tenías cinco años y yo ocho y mamá nos metía a las dos en la bañera para ahorrar agua, y tú no querías cepillarte los dientes, y yo te inventé un juego.

—Y su voz ha cambiado; ya no es la voz plana de la profesora de Latín—.

Doce arriba. Doce abajo. Siete por la derecha.

Siete por la izquierda. Y te dije que era un código secreto de hermanas y que si lo hacías las dos a la vez en dos cuartos de baño distintos, funcionaba.

—¿El qué?

—No lo sé. —Y se ríe, y la risa se le rompe en la mitad—. No lo sé. Me lo inventé. Tenía ocho años. Creo que quería decir que estábamos juntas aunque no estuviéramos juntas.

Me miro las manos. Las tengo abiertas, en las rodillas, igual que ella.

—Treinta y ocho.

—Treinta y ocho.

—Llevo treinta y cinco años dando treinta y ocho pasadas dos veces al día.

—Sí.

—Y siempre he dicho que desde los nueve.

—Porque a los nueve ya lo hacías sola. —Y lo dice sin dudar, con la voz con la que se corrige una traducción—. A los cinco te lo enseñé. A los nueve me dejaste de mirar. Y de lo que no se mira no se acuerda nadie.

—Y he estado tres años creyendo que me lo había inventado yo.

—Sí.

—Marga. He estado tres años creyendo muchas cosas que me había inventado yo.

Ella, desde el borde de la bañera, con los pies descalzos colgando, me dice la frase que no estaba ensayada, la que no lleva mil noventa y cuatro días preparando, la que se le ocurre ahora mismo.

—Pues esta no te la inventaste.

· · ·

Cojo el vaso de la repisa. Saco el cepillo azul. Se lo doy.

Ella lo coge. Lo mira. Le pasa el pulgar por las cerdas, que ya están abiertas de tanto uso, y luego lo mira otra vez, y veo que está haciendo cuentas.

—Este tiene tres años.

—Sí.

—Y no lo has usado.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo usaba se gastaba.

Marga se queda con el cepillo en la mano.

—Inés. Se gasta igual.

—No igual. —Y me oigo decirlo con una voz que no me esperaba—. Si lo usas, se gasta. Si no lo usas, se queda como está. Y yo necesitaba que hubiera una cosa en esta casa que se quedara como estaba.

Marga deja el cepillo azul en el borde del lavabo. Coge el blanco. Me lo tiende.

—Pues usa este.

—Es el mío.

—Ya lo sé. —Y me lo pone en la mano, con los dedos cerrados encima de los míos un segundo más de lo que hace falta—. Y yo uso el azul. Y así los dos se gastan. Y así los dos se quedan como están. Que es lo único que se puede hacer con las cosas.

Abro el tubo de pasta. Aprieto. Pongo la cantidad de siempre, la del tamaño de un garbanzo, y le doy el tubo a ella y hace lo mismo con el otro cepillo.

Nos cepillamos los dientes juntas, en el baño de arriba, a la una y veinte de la tarde de un miércoles de marzo, con la ventana del rellano abierta y el aire de la calle entrando.

Doce arriba.

Doce abajo.

Siete por la derecha.

Siete por la izquierda.

En el siete de la izquierda de la segunda vuelta, Marga escupe y se limpia la boca con el dorso de la mano y me dice, sin mirarme, mirando el espejo:

—El termo no da seis minutos de agua caliente.

—¿Qué?

—Llevas catorce meses duchándote en seis minutos porque crees que el termo se agota a los seis minutos. Da veinte. Galo bajó el termostato en enero para ahorrar y no te lo dijo.

Me quedo con el cepillo en la boca.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el primer día que subí, en marzo del año pasado, me duché.

—Se enjuaga. Escupe—. Veinte minutos. Y me estuvo dando calor los veinte.

Y pensé: mi hermana se está duchando en seis minutos en una casa donde el agua da para veinte, y no se lo voy a decir nunca, porque es de las cosas que una se guarda.

Trago saliva. Con la pasta todavía en la boca.

—Marga.

—Dime.

—¿Cuántos días te has duchado tú ahí dentro?

—Ciento doce.

—¿Y no me lo has dicho hasta ahora?

—No.

—¿Por qué?

Mi hermana se seca la boca con la toalla de invitados, la buena, la que nadie usa, y me contesta mientras la dobla en dos y la deja en el borde del lavabo, con los bordes cuadrados.

—Porque hoy era el primer día que te ibas a creer que el agua dura veinte minutos.

· · ·

Dejo el cepillo blanco en el vaso. Ella deja el azul al lado.

Dos cepillos. Uno azul. Uno blanco. Las cerdas abiertas las dos, gastadas las dos, tocándose.

En el borde del lavabo, doblada en dos con los bordes cuadrados, la toalla de invitados que llevaba un año sin usarse y que ahora está mojada.