El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

«La diligencia»

La segunda página está en blanco.

Llevo veinte minutos con el folio en las manos, sentada en el borde de la segunda cama, y la segunda página está en blanco. Dos hojas grapadas arriba a la izquierda. Membrete azul. Sello negro abajo. La primera tiene veintitrés renglones escritos a máquina. La segunda no tiene ninguno.

Marga está en la suya, apoyada en la pared, mirándome.

—Léela —dice.

—Ya la he leído.

—Léela otra vez. En voz alta.

Y yo le leo en voz alta, en un sótano, a las once de la mañana, una diligencia policial firmada cuando nosotras dos todavía nos hablábamos.

· · ·

«En la localidad de ———, siendo las 00:10 horas del día 15 de marzo. El instructor que suscribe tiene conocimiento de la existencia de una persona retenida contra su voluntad en el domicilio sito en calle del Horno n.º ———. Y de la identidad de la persona que la retiene.».

«Que dicho conocimiento se adquiere de forma directa y presencial, habiendo accedido el instructor al rellano de la primera planta del citado domicilio en el curso de una visita de carácter privado.»

«Que el instructor hace constar que en el momento de abandonar el inmueble la persona retenida se encontraba con vida, consciente. Y que manifestó de forma expresa y reiterada su voluntad de no interponer denuncia. De no recibir asistencia sanitaria y de no ser trasladada a centro alguno.».

«Que asimismo hace constar que la manifestación de voluntad se produjo en presencia del instructor, quien pudo comprobar por sí mismo el estado de la persona retenida.»

«Que en virtud de lo anterior, y al no concurrir denuncia ni requerimiento, no se practica detención alguna y no se da cuenta al juzgado de guardia.»

«Y para que conste, firmo.»

· · ·

Me quedo con el folio en las manos.

—Marga.

—Dime.

—Esto no es un encubrimiento.

—No.

—Esto es un policía que entra en una casa, ve a una mujer con el brazo abierto hasta el hueso, le toma la voluntad, y la deja donde está.

—Sí.

—Y luego se va a la comisaría y lo escribe.

—Sí.

—Y lo firma.

—A las dos y cuarto de la madrugada. —Marga se recoloca contra la pared—. Con el libro de registro abierto. Delante del compañero de la mesa de al lado, que estaba rellenando un parte por un robo en un bar.

Miro el sello. La tinta negra está un poco corrida en el borde de abajo, como si el tampón tuviera demasiada tinta o como si alguien apoyara la mano encima antes de secar.

—¿Por qué lo escribió? —digo.

—Porque es policía.

—Eso no es una respuesta.

—Sí lo es. —Y Marga señala el folio con la barbilla—.

Un policía que ve lo que vio él y no hace nada tiene dos opciones.

La primera es no dejar rastro: salir de esa casa, olvidar, y que nadie sepa nunca que estuvo ahí.

La segunda es dejar constancia escrita, fechada y sellada de que estuvo ahí, de lo que vio y de lo que la víctima le pidió que hiciera.

—La segunda es peor.

—La segunda es la que eligió.

—¿Por qué?

Y mi hermana, que lleva tiempo guardando esto entre las tapas de un libro, me contesta con la única respuesta que existe.

—Porque si algún día alguien le preguntaba, quería poder decir que él lo había dejado escrito.

· · ·

Dejo el folio en el edredón. Me paso las dos manos por la cara.

Y hago una cosa que no había hecho en tres años, ni una vez, ni con Galo, ni con Pilar, ni con Octavia, ni con la mujer del súper por teléfono. Ni con el hombre del banco de la calle Alcalá.

—Perdón.

Marga no se mueve.

—Perdóname —digo otra vez, porque la primera ha salido demasiado pequeña—.

Perdóname por haberte dejado ahí. Perdóname por los siete días.

Perdóname por la nota. Perdóname por haber cogido el coche de mamá.

Perdóname por haberme comprado un nombre con un bolígrafo prestado mientras tú estabas debajo de una casa contando los días en hojas de cuaderno.

Y sigo, porque resulta que esto no se puede parar una vez que empieza.

—Perdóname por haber estado tres años creyendo que eras tú la que me había hecho algo a mí.

Marga se quita las gafas. Las dobla. Las deja encima del libro.

—No te perdono —dice.

—Ya lo sé.

—No te perdono hoy. —Y se pone las gafas otra vez—. Pero has dicho la palabra. Llevaba tres años esperándola y no sabía que la estaba esperando hasta que la he oído.

—Marga. ¿Duele menos?

—No.

—Vale.

—Pero es la primera vez que me lo dices sin que yo te lo pida.

—Hace una pausa—. Eso sí que se nota.

· · ·

Me quedo mirando la segunda página en blanco.

Y aquí es donde me voy por las ramas, porque llevo veinte años haciendo esto y no sé dejar de hacerlo: cuando una cosa me pesa demasiado, me pongo a pensar en otra cosa que no tiene nada que ver.

Pienso en los folios en blanco. En la floristería teníamos un bloc de albaranes de tres copias.

Y la tercera copia era siempre blanca del todo porque el papel carbón del segundo folio ya no pintaba.

Y yo guardaba esas terceras copias en un cajón y al final del año tenía un cajón entero de papeles en blanco con el membrete de la tienda y la fecha y el número de serie y ninguna palabra.

Y un día mi madre me dijo: «¿para qué guardas eso?

» Y yo le dije: «para escribir.» Y ella me dijo: «pues escribe. » Y no escribí nunca nada en ninguno.

Tengo cuarenta y cuatro años y he guardado papel en blanco toda mi vida.

Y ahora estoy sentada en un sótano con un folio oficial cuya segunda página está en blanco, y lo único que puedo pensar es que Darío Ferrán dejó espacio para algo que no escribió.

—Marga.

—Dime.

—Las diligencias tienen dos páginas siempre.

—No lo sé.

—Es un impreso. El impreso tiene dos páginas. La segunda no es que él la dejara en blanco: es que el impreso viene así.

Marga deja la frase a medias, que es su manera de contestar.

—Entonces no significa nada.

—No.

—¿Y por qué la estás mirando desde hace veinte minutos?

Y le contesto con la verdad. Una verdad estúpida.

—Porque es lo único de esta casa que está limpio.

· · ·

Subo a las doce y veinte.

El folio no lo subo: lo dejo en la cama de Marga, encima del edredón estirado, porque es suyo y porque ella lo guardó tres años.

En la cocina hay un vaso en el fregadero. Es de Galo: tiene la marca del café hasta la mitad y una cucharilla dentro. Lleva ahí desde ayer por la mañana y nadie lo ha recogido, y yo lo miro durante nueve segundos con la mano en el tirador de la nevera.

Y suena el teléfono de la casa.

No el móvil. El de la casa. La línea que Darío dijo que no era un teléfono sino una línea, y que una línea la decide otro.

En la pantallita hay un contador que no había mirado nunca: LLAMADAS PERDIDAS 3.

Las tres a las seis y cuarto. Las tres del mismo número, un fijo de aquí, de los que empiezan por nueve.

Y las tres han entrado, porque esta línea solo deja entrar lo que alguien decidió hace un año que tenía que entrar. Y en eso no he pensado hasta ahora.

Descuelgo al tercer timbre.

—¿Diga?

Silencio. Cuatro segundos. Los cuento porque llevo tres semanas contándolos.

—Vera.

Es Darío. Y tiene la voz de alguien que lleva muchas horas despierto y que ha estado llorando hace poco pero ya no.

—Darío.

—No cuelgues.

—No.

—Estoy en la comisaría de la calle del Prado. Delante del libro de registro. Tengo abierto encima de la mesa el tomo de marzo de aquel año, y el compañero de al lado se jubiló en febrero, y ya no puedo preguntarle nada.

—Darío.

—He venido a hacer una cosa que no debería hacer. Y te llamo antes porque si no la hago y no te lo cuento, luego no puedo mirarte a la cara. Y si la hago y no te lo cuento, tampoco.

Miro el vaso de Galo en el fregadero. La cucharilla dentro. El café seco en el borde.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a arrancar la página.

Silencio.

—¿Cuál?

—La del catorce de marzo. La mía. —Y respira, y se le oye el aire entrar y salir—. Las dos páginas, Vera. El impreso viene de dos.

Me llevo la mano libre a la boca.

—Darío, eso es un documento público.

—Eso no lo hace menos público.

—Es un registro oficial. Arrancarlo es una falsedad documental, o una destrucción de documento público, o ambas.

—También sé lo que te hacen a ti por hacerlo.

—Te quedan ocho años de servicio.

—Ocho y medio. Llevo la cuenta.

—¿Y lo vas a hacer?

Y el inspector Darío Ferrán, dieciséis años de servicio y ninguna multa, me contesta con una voz que por fin suena a la voz que yo conocía.

—Lo hice hace tres años y no lo hice. Escribí dos páginas y no hice nada. Las dos están mal. —Hace una pausa—. Esta vez elijo yo cuál de las dos hago.

—Darío. Perdón.

Silencio. Largo.

—¿Por qué me pides perdón a mí?

Y yo, con la mano en el teléfono, en la cocina donde hay un vaso con una cucharilla dentro que nadie ha recogido, le digo lo único que se me ocurre.

—Porque fui yo la que te puso en la página.

· · ·

Cuelga él.

Me quedo de pie en la cocina con el teléfono en la mano y el tono de línea sonando bajito. Y luego dejo el teléfono en su sitio. Alineado con el borde de la encimera. El cable recogido en dos vueltas.

Y cojo el vaso de Galo del fregadero.

Lo lavo. Le quito la cucharilla. Lo seco con el paño de los vasos, el de cuadros, y lo dejo en el escurridor boca abajo, al lado del mío.

Dos vasos. Uno al lado del otro. Con los bordes tocándose.

Me quedo mirándolos hasta que se me seca la boca.

Y luego bajo los cinco peldaños otra vez, porque tengo que decirle a mi hermana una cosa, y no puedo decírsela desde arriba.