El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

«Los cuatro minutos»

Cuento hasta el vaso.

Cuento el vaso que se le cayó, y el agua y los cristales en el plato de la ducha, y la palabrota de Darío, y los cuatro segundos en los que Marga no dice nada. Y cuento las cinco palabras.

—Cinco meses —digo—. Eso fue lo primero que dijiste.

Marga no contesta. Tiene el libro cerrado en el regazo y las manos encima y me está mirando con esa atención plana de los profesores de Latín cuando un alumno traduce mal y aún no sabe por dónde va a fallar.

—Y luego dijiste lo de Cuca. Y lo de mi prima. Y lo del dinero del cajón. Y lo del coche los fineses. Y lo de los tres años diciéndole a mamá que estaba en casa de una amiga.

—Sigue.

—Y luego diste dos pasos. Y luego rompiste el bote de las tijeras. Y el espejo de aumento. Y tiraste el neceser de Darío al suelo con el dorso de la mano.

—Sigue.

—Y Darío te cogió del brazo.

Silencio.

El rectángulo de luz se ha movido. Está más bajo. Ha pasado media hora.

—Inés.

—Dime.

—Ahí te has parado.

—No.

—Llevas cuatro minutos diciendo «y luego». —Y se inclina un poco hacia delante—. Y ahora has dicho «y Darío te cogió del brazo», y has respirado, y te has callado. Así que entre que él me coge del brazo y que yo estoy en el suelo del baño hay algo que no me has contado.

Me llevo las manos a la cara.

—No puedo.

—Puedes.

—Marga.

—Dilo.

—No.

—Dilo, Inés.

—¡Que no puedo!

Y mi hermana no sube la voz. No se mueve. No hace nada de lo que se hace en estos casos. Se limita a coger el dobladillo de la manga izquierda del camisón y a subírselo hasta el codo, despacio, con la otra mano, y a poner el antebrazo encima del edredón, a la luz.

—Esto.

Miro.

Es una línea. Empieza dos dedos por debajo del pliegue del codo, cruza en diagonal por el centro del antebrazo, y se pierde en la muñeca, justo donde empieza la mano.

Es ancha. Más ancha de lo que debería ser una línea.

Tiene los bordes irregulares, con ese relieve blanco y brillante de las cicatrices que se cosieron tarde.

Y en el tercio de abajo hay cuatro puntos donde la piel está hundida en forma de media luna.

Son los cuatro nudos que hice yo con una aguja curva y sin anestesia en el suelo de un sótano hace tiempo.

Veintitrés centímetros. Los he medido muchas veces en mi brazo, con la mano abierta, y son veintitrés.

—Acércate.

—No.

—Acércate, Inés.

Me levanto de la cama. Cruzo el metro y medio de suelo de la habitación. Me arrodillo en la grava al lado de la suya. Y ella me coge la mano derecha, la que tengo más cerca, y me la pone encima de la cicatriz.

Está tibia. La piel es lisa y no lo es: se nota el surco, se nota el hilo, se notan los cuatro nudos. Y debajo se nota el hueso, y eso no se notaba antes.

Y me quedo ahí. Con la palma abierta sobre el antebrazo de mi hermana, en el suelo de un sótano, con el polvo girando en el rectángulo de luz.

No digo nada.

No hace falta. El silencio hace lo que tiene que hacer.

· · ·

—¿Te acuerdas de la farmacia? —dice Marga.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—La farmacia de guardia. La de la plaza, la del neón roto en el brazo izquierdo de la cruz.

—Me acuerdo.

—Miraste el reloj y pensaste si te daba tiempo.

—Sí.

—Lo sé porque me lo dijiste. —Y vuelve a ponerse las gafas—. El segundo día. Cuando me estabas cosiendo. Me dijiste: «ayer miré el reloj». Y yo te dije: «¿y qué pensaste?». Y tú me dijiste: «que cerraban a las doce». Y yo me reí. ¿Te acuerdas de que me reí?

—No.

—Me reí. Con el brazo abierto. Me reí tanto que se me volvió a abrir y tuviste que coser dos puntos más. —Baja la mirada a mi mano, que sigue en su antebrazo—. Y esos dos puntos también son tuyos. Los cuatro nudos de abajo y los dos de arriba. Seis. Los he contado.

Retiro la mano. Me siento en los talones.

—Marga. Perdóname.

Y ella hace la cosa que llevaba tres semanas esperando que hiciera, y que no hace.

—No.

—¿Que no?

—Que no te perdono. —Y lo dice sin ninguna dureza, casi con pereza, como se dice una cosa que ya se ha decidido hace mucho—. No porque no quiera. Porque no puedo. Todavía no. Y no sé si podré. Y prefiero decírtelo ahora, con las dos sentadas, que decírtelo dentro de seis meses por teléfono.

—Vale.

—Pero no te voy a dejar ir.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Que no te voy a dejar ir. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

—Y por una vez en toda la conversación le tiembla la voz—.

Te voy a tener aquí abajo todos los días.

Te vas a sentar en esa cama. Me vas a contar cosas.

Me vas a traer agua. Y un día, dentro de un año o de diez, puede que te diga «te perdono».

Y puede que no. Y las dos vamos a tener que aprender a vivir sin saberlo.

· · ·

Me seco la cara con el puño.

—Cuéntame los cuatro minutos.

Marga se pone las gafas. Se las quita. Se las vuelve a poner. Y entonces hace algo que no esperaba: se saca del bolsillo del camisón una fotografía.

No una hoja de cuaderno. Una fotografía. Diez por quince. Con los bordes blandos de tanto manosearla.

Me la pone en la mano.

Somos Darío y yo. En la playa de la Concha.

Él está sentado en la arena con las rodillas abrazadas y yo estoy de pie detrás, inclinada.

Con la barbilla apoyada en su hombro. Y los dos estamos mirando a la cámara y los dos nos estamos riendo de algo que ha pasado un segundo antes.

Yo llevo el pelo mojado. Él lleva una camiseta que no es suya.

Le doy la vuelta.

En el reverso, a boli azul, con la letra redonda y apretada de mi hermana, hay seis palabras.

12 de octubre. Playa de la Concha.

Y debajo, en otra línea, con la misma letra:

Cinco meses antes.

Miro la fecha. Miro la foto. Y no entiendo nada.

—Marga. Esto lo encontraste en mi mesilla.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no lo encontré en tu mesilla, Inés. —Y se quita las gafas—. Esto me lo dio Cuca el doce de enero. Me lo dio en la puerta del instituto, con las dos temblando, y me dijo: «no sé si hacerte un favor o hacerte daño». Y yo le dije que me daba igual, que me lo diera.

El sótano se queda muy quieto.

—¿Cuándo?

—El doce de enero.

—Dos meses antes.

—Dos meses y dos días.

—Y lo llevabas encima.

—Lo llevaba en la cartera. En el bolsillo de las fotos.

Detrás del carné del instituto. —Y se palpa el camisón, en el sitio donde ya no hay ningún bolsillo—.

Todos los días. Dos meses. Daba clase de Latín con esto en la cartera.

Corregía exámenes con esto en la cartera.

Me sentaba a desayunar contigo todas las mañanas y te preguntaba qué tal habías dormido, y tú me decías que bien, y yo te decía que yo también, y esto estaba a treinta centímetros de tu codo.

Me quedo mirando la foto. Darío con las rodillas abrazadas. Yo con la barbilla en su hombro.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Y Marga Vega Ortiz, cuarenta y siete años, profesora de Latín durante diecinueve, hermana mayor durante cuarenta y cuatro, se inclina hacia delante. Me coge la cara con las dos manos. Y me dice la frase que lleva años ensayando.

—Porque quería que fueras tú la que me lo contara.

—Marga.

—Dos meses, Inés. Sesenta y un días. Todos los días pensé: hoy se lo digo. Y todos los días pensé: no, hoy no, hoy la miro a ver si aguanta. —Y aprieta un poco—. Y aguantaste sesenta y un días.

—No aguanté nada. No lo sabía.

—Eso es peor.

Me suelta la cara. Se echa para atrás contra la pared.

—Esa noche no grité —dice—. ¿Sabes por qué no grité?

Niego con la cabeza.

—Porque a las once y cuarto de la noche del catorce de marzo yo estaba en mi habitación, con esto en la mano.

Y llevaba dos meses sin poder dormir. Y me dije: voy a subir al baño de Inés y voy a llamar a la puerta y voy a enseñarle la foto y voy a ver qué cara pone.

—Se mira las manos—. No fui a buscar agua.

Fui a por ti. Con el cepillo en la mano izquierda para tener una excusa.

Y cuando empujé la puerta y os vi a los dos, y cuando se me cayó el vaso, una parte de mí, una parte muy grande, pensó: por fin.

—Marga.

—Y cuando me empujaste, y cuando caí, y cuando me abrí el brazo con el borde de la bañera, y cuando me quedé sentada en el suelo mirando cómo salía, no grité porque no me dolió lo suficiente.

Silencio.

—Y luego, cuando me bajaste al sótano y cerraste la puerta y dijiste «solo hasta que te calmes», no golpeé la madera. Ni una vez. En siete días. ¿Sabes por qué?

No contesto. No puedo.

—Porque una parte de mí quería que me encerraras —dice—.

Porque si me encerrabas, ya no era la tonta.

Ya no era la hermana a la que no se le cuenta nada.

Era la hermana a la que han tenido que encerrar.

Y eso, Inés, eso es otra cosa. Eso tiene un nombre.

Y los nombres los doy yo, que soy la de Latín.

· · ·

Me quedo de rodillas en la grava mucho rato.

El rectángulo de luz ha bajado otro palmo. Ya no llega a la cama. Ya solo llega al suelo, entre las dos, y el polvo gira ahí dentro.

—Marga.

—Dime.

—¿Y los cuatro minutos?

Ella se pasa la mano por la cara.

—Los cuatro minutos son lo que te falta. Cuando bajaste a por el botiquín, yo no me quedé en el baño.

—¿Dónde fuiste?

—Al pasillo. A por el cuadro. Lo tiré yo contra la pared, no se cayó. Y luego me senté en el suelo, con el brazo apretado contra el pecho, y esperé a que subieras, porque había decidido una cosa.

—¿Qué?

—Que te lo iba a enseñar. —Y señala la foto, que sigue en mi mano—. Que iba a esperar a que subieras con el botiquín, y te iba a poner esto delante, y te iba a decir: mírame a los ojos y dime desde cuándo.

—¿Y no lo hiciste?

—No.

—¿Por qué?

Y mi hermana me mira, y en tres horas no le había visto los ojos llenos, y la voz se le rompe en el sitio exacto donde lleva años aguantando.

—Porque cuando subiste, no venías sola.

Me quedo muy quieta.

—¿Qué?

—Que subiste por la escalera del sótano con el botiquín en la mano, y detrás de ti, en el rellano, con el abrigo puesto y las llaves del coche en la otra mano, estaba Darío.

—Marga. Darío no bajó nunca al sótano.

—No. Al sótano no. —Y se limpia la cara con el dorso de la muñeca—. Al rellano sí. Y yo le vi. Y él me vio a mí, sentada en el suelo del pasillo, con el brazo abierto, y con esta foto en la mano.

—No.

—Sí.

—Marga, eso no puede ser. Si él lo hubiera visto, si él lo hubiera sabido, no habría estado tres años…

—No estuvo tres años sin saber nada, Inés.

Y mi hermana coge el libro del regazo, lo abre por la última página. Y de entre las tapas saca un folio doblado en cuatro. Con un membrete azul en la esquina superior izquierda y un sello en tinta negra en la inferior derecha.

Me lo tiende.

—Esa noche, a las dos y cuarto de la madrugada, el inspector Darío Ferrán entró en la comisaría de la calle del Prado, pidió el libro de registro, y firmó una diligencia de dos páginas.

Despliego el folio.

Y leo la primera línea.

«En la localidad de ———, siendo las 00:10 horas del día 15 de marzo. El instructor que suscribe tiene conocimiento de la existencia de una persona retenida contra su voluntad en el domicilio sito en calle del Horno n.º ———. Y de la identidad de la persona que la retiene.».