CAPÍTULO 29
«La escalera»
Cojo la tarjeta. Bajo los cinco peldaños. Cruzo el vestidor.
Y me paro delante de la puerta pintada con la tarjeta en la mano derecha, y no puedo mover el brazo.
No es lo que yo esperaba. He pensado mucho qué es y no es lo que esperaba, porque eso otro lo conozco: tiene un sitio en el cuerpo, está en la boca del estómago, y ahora no tengo nada en la boca del estómago.
Lo que tengo es otra cosa, y está en la muñeca.
Es la sensación física de que si acerco esta tarjeta a este lector va a pasar algo que no se puede deshacer.
Como cuando firmas.
Doce meses de matrimonio y nunca he entendido a la gente que dice que firmar un papel le cuesta. Un papel se rompe. Un papel se quema. Un papel se pierde en un cajón y a los tres años nadie se acuerda. Lo que no se puede deshacer es la mano que se acerca al papel.
Acerco la mano.
El lector pita. Verde.
Y la puerta pintada de una casa que no está en ningún plano se abre hacia dentro.
· · ·
Lo primero que veo no es mi hermana.
Es la luz.
Porque la habitación tiene luz, y yo llevaba doce días convencida de que no la tenía.
Entra por el conducto: el tubo de chapa galvanizada que sube desde el techo hasta el desván, y que en el desván tiene una trampilla, y la trampilla está abierta.
Y por ahí baja un rectángulo de día, torcido.
Gris por la lluvia. Cae en diagonal sobre la cama de la izquierda y se muere en el suelo a un metro de la pared.
Y en ese rectángulo hay polvo. Mucho polvo. Suspendido, girando despacio, subiendo y bajando sin ninguna prisa.
Me quedo mirando el polvo.
No puedo evitarlo. Llevo toda la vida fijándome en el polvo de los rayos de luz y no sé por qué.
De pequeña, en la casa de la calle del Horno.
Había una ventana del rellano que daba al patio interior.
Y a las cinco de la tarde de los días de octubre el sol entraba por ahí en horizontal y cruzaba todo el rellano.
Y yo me sentaba en el tercer escalón a mirar el polvo.
Mamá decía que era la hora del rellano. Nunca entendí qué quería decir con eso y nunca se lo pregunté, y mamá se murió en noviembre de hace tres años y cuatro meses, y yo sigo sin saber qué es la hora del rellano.
—Inés.
Y ahí la veo.
· · ·
Marga está sentada en la cama de la izquierda.
En la suya. Con la espalda contra la pared, las piernas estiradas encima del edredón, y un libro abierto boca abajo sobre el pecho. Lleva el camisón de franela gris. El pelo recogido. Las gafas de leer puestas, de las de cerca, las que solo se ponía para corregir exámenes.
Y en la pared de encima de su cabeza, clavadas con chinchetas, hay cuarenta y siete hojas de papel.
Cuarenta y siete. Las he contado dos veces.
Son hojas de cuaderno cuadriculado, escritas a boli azul por las dos caras, y están puestas en filas de seis, de arriba abajo, cubriendo todo el trozo de pared que da el rectángulo de luz.
Algunas están amarillas. Algunas tienen los bordes mordidos.
Y en la esquina inferior derecha de cada una hay una fecha.
La primera: 14 de marzo.
La última: hoy.
Marga se quita las gafas. Las dobla. Las deja encima del libro.
Y me mira.
No me mira como me ha estado mirando a través de una puerta durante tres semanas. Me mira entera: de arriba abajo, despacio, parándose en la cara, bajando a las manos, volviendo a la cara.
—Estás más delgada —dice.
—Tú también.
—Yo llevo catorce meses comiendo avena.
—Yo llevo tiempo sin comer.
Ella asiente muy despacio.
—Eso se nota más.
· · ·
Se hace un silencio y yo sigo de pie en el umbral, y entonces veo la segunda cama.
La de la derecha.
Está vacía. Está hecha. El edredón está estirado, sin una arruga, con las esquinas metidas por debajo del colchón como las estiraba mamá. La almohada tiene la funda puesta y ahuecada. Y encima del edredón, en el centro exacto, hay un cepillo de dientes blanco.
Y en el vaso de la repisa, al lado del azul, hay otro.
Miro el vaso. Miro la cama. Y entiendo lo que ha hecho esta noche.
—Siéntate —dice Marga.
—Marga.
—Siéntate. En la tuya.
—No.
—¿Que no?
—No puedo sentarme en esa cama.
Y mi hermana, cuarenta y siete años, catorce meses bajo tierra, cuarenta y siete hojas de papel clavadas en la pared. Me contesta con una voz que no tiene ninguna inflexión y que por eso mismo es la voz más cruel que le he oído nunca.
—Lleva un año esperándote.
Me siento.
Me siento en el borde de la segunda cama del sótano. Con los zapatos en la grava del suelo y las manos en las rodillas. Y el edredón debajo de mí no cede nada, porque está tan estirado que parece una tabla, y huele a limpio.
A limpio.
Después de todo este tiempo.
—Lo he aireado por el conducto —dice Marga, como si me hubiera leído la cara—. Cada quince días. Subía al desván, lo tendía en el suelo, y lo volvía a bajar.
—¿Cada quince días?
—Veintiocho veces.
Miro el rectángulo de luz. El polvo sigue girando.
—Marga.
—Dime.
—¿Por qué?
Y ella se encoge de hombros. Y ese gesto, ese único gesto, es el que me rompe. Porque es exactamente el gesto que hacía cuando teníamos nueve y once años y yo le preguntaba por qué había guardado un trozo de tarta en el bolsillo del abrigo.
—Porque ibas a volver.
—No ibas a saber cuándo.
—No. Pero iba a saber que habías vuelto. —Se palpa el edredón con la mano abierta—. Y el olor de una cama es lo primero que se nota.
· · ·
Se echa para atrás. Se apoya en la pared. Cruza los tobillos.
Y me dice:
—Cuéntamela.
—¿El qué?
—La noche.
Me llevo las dos manos a la cara. Las dejo ahí.
—Ya te la conté. Por la puerta. Dos veces.
—Me contaste los bordes. —Baja las manos de mi cara con las suyas, una por una, sin ninguna brusquedad, y me las deja abiertas en las rodillas—.
Me contaste la casa. El coche. La ventanilla.
El bolígrafo. Todo lo que pasa después. Y todo lo que pasa antes de las once y veinte lo contaste bien.
Pero de las once y veinte a las doce y diez me contaste cuatro frases, y en esas cuatro frases falta lo único que importa.
—Marga.
—Cuéntamela. Palabra por palabra. Los cuatro minutos también.
Y yo le digo la verdad: que no los tengo.
—Esos cuatro minutos no los recuerdo.
—Nadie se acuerda de cuatro minutos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si los recordaras, no habrías podido sentarte en esa cama.
Me la quedo mirando.
—Entonces cuéntame lo que sí tienes —dice—. Y cuando llegues al hueco, me lo dices. Y yo te cuento lo que tengo yo. Y a ver si entre los dos trozos sale una noche entera.
Trago saliva.
—¿Y si no puedo?
Marga Vega Ortiz se pone las gafas otra vez. Coge el libro. Lo abre por la página donde estaba. Y sin levantar la vista me contesta:
—Entonces te vas por esa puerta. Subes los cinco peldaños. Cierras. Y mañana bajo yo, y me siento en tu cama, y te lo vuelvo a pedir.
—¿Cuántas veces?
—Las que hagan falta.
—¿Y si son muchas?
—Inés. —Y por fin levanta la vista—. Llevo mil noventa y cuatro días ensayando esta conversación. No me vengas con las veces.
· · ·
Respiro.
Miro el rectángulo de luz. Miro el polvo. Miro las cuarenta y siete hojas de la pared. Miro el cepillo blanco en el centro de la cama que llevo un año sin tocar.
Y empiezo.
—Es catorce de marzo y son las once y veinte de la noche. Y estoy en el baño de la casa de mamá, sentada en la tapa del water con los pies en el borde de la bañera. Porque Darío está de pie y el baño tiene dos metros por uno y medio y no hay más sitio.
Marga no me interrumpe.
—Llevamos cinco meses. Y «nadie lo sabe» en este caso duerme a cuatro metros, al fondo del pasillo.
Marga pasa una página del libro. Sin leerla.
—Y en eso oímos la puerta de la calle. Y la puerta se abre mal, porque tú empujas con el hombro cuando vienes cargada…
Y mi hermana, que lleva tiempo ensayando esto, que ha clavado cuarenta y siete hojas en una pared. Que ha aireado un edredón veintiocho veces. Ha subido cada noche por un conducto de chapa a cepillarse los dientes delante de un espejo a oscuras, hace la única cosa que no estaba ensayada.
Cierra el libro.
Se lo pone en el regazo.
Y me escucha.