CAPÍTULO 28
«Galo se va»
A las nueve de la mañana del decimosexto día, Galo Salaverría baja la escalera con una maleta.
Es una maleta pequeña, de cabina, de esas rígidas con cuatro ruedas que giran en cualquier dirección.
Y va medio vacía: se le nota en cómo baja los peldaños.
Es como baja las cosas la gente que no lleva peso.
Traje gris. Camisa blanca. La corbata en el bolsillo, doblada en tres.
Y en la solapa la pelusa del perchero del recibidor, esa que nunca se quita del todo.
Y en la mano izquierda, colgado del meñique, el llavero con las cuatro llaves que no abren nada en esta casa.
Yo estoy de pie en la cocina con un café que se me está enfriando.
No me dice buenos días. Deja la maleta en el suelo, al lado de la mesa, con las ruedas hacia mí, y se queda mirándola igual que quien comprueba que ha cerrado bien una cosa.
—¿Te vas hoy?
—Hoy.
—¿Al congreso?
—Al congreso. —Y luego, sin mirarme—: Y a Madrid. Y luego ya veremos.
El teléfono de la encimera vibra. Es el mío. Lo cojo. Es un mensaje del súper del pueblo, ese que hace reparto a domicilio y al que pedí dos botellas de agua hace cuatro días porque no me atrevía a salir: «Su pedido está en reparto. Franja estimada 12:00-14:00.»
Le doy la vuelta al teléfono y lo dejo boca abajo.
—Galo. Ayer vino Darío.
Él asiente. Coge una silla. No se sienta: la coge y la pone al revés, con el respaldo hacia mí, y se apoya en el respaldo con los dos antebrazos. Es un gesto que no le había visto hacer nunca y que me resulta insoportablemente íntimo, como verle sin zapatos.
—Lo oí.
—¿El qué?
—El coche. A las once y cuarto. Y luego la lluvia. Y luego el coche otra vez. —Hace una pausa—. No salí.
—No.
—Pensé que si salía, te iba a estorbar.
Miro la maleta. Miro las cuatro llaves en su meñique. Y hago la pregunta que llevo doce días sin hacerle porque sé lo que me va a costar.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?
Galo Salaverría, treinta y siete años, arquitecto de formación y psiquiatra de oficio —las dos cosas, y en doce meses de matrimonio yo solo le había visto ejercer la primera—, se toma mucho tiempo para contestar.
No el tiempo de pensar la respuesta. El tiempo de decidir si la respuesta va a servir de algo.
—Dos años —dice.
—No.
—Sí.
—No. Galo. Mírame. ¿Dos años de qué?
—De saber que mi mujer no es quien dice que es.
—¿Y de lo otro?
—De lo otro, más de un año.
El café se me ha enfriado del todo. Lo tiro en el fregadero sin beberlo.
Y mientras lo estoy tirando, mientras el líquido marrón baja por el desagüe y la última gota se queda colgada del borde de la taza.
Me doy cuenta de que llevo quince días viviendo en una casa donde todo el mundo sabe la verdad y la única que no la sabe soy yo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no me lo preguntaste.
—Te lo pregunté el primer día.
—Me preguntaste si estaba pasando algo raro en la casa. —Y deja la frase ahí, sin rematar—. Te dije que no. Y era verdad. En la casa no estaba pasando nada raro. Lo raro estaba en ti.
· · ·
Coge la maleta. La rueda hasta el vestidor. Yo le sigo.
Se para delante de la puerta pintada y no hace lo que he estado esperando doce días que haga: abrirla.
No la abre. Pone la palma derecha en la madera. Justo encima del rectángulo pintado. A la altura de la cara de una persona sentada. Y se queda ahí.
Diez segundos. Veinte.
Al otro lado no se oye nada.
—Galo.
—Calla.
Habla él. En voz baja, contra la madera, sin girarse.
—Marga.
Silencio.
—Me voy.
Silencio.
—No voy a volver a bajar. No porque no quiera, sino porque ya no me toca.
—Y la mano sigue ahí, plana, abierta, con los dedos juntos—.
Te he traído agua todos los días durante más de un año.
Te he cambiado la bombilla dos veces. Te he subido la manta térmica del desván en noviembre porque por el conducto entraba frío.
Y te he oído llorar todas las noches y no he bajado, y esa es la peor cosa que he hecho en mi vida, y la he hecho porque tu hermana me dijo que si bajaba te perdía a ti.
Yo estoy de pie detrás de él y no puedo hablar.
—Cuídala —dice Galo a la madera.
La madera no contesta. Él retira la mano. Se mira la palma, como si esperara encontrar algo. No hay nada. Se limpia la palma en el pantalón.
Se gira. Me tiende dos cosas. En la mano izquierda, una tarjeta blanca con un número de dieciocho dígitos y una banda magnética.
En la derecha, un papelito doblado con cuatro cifras escritas a boli.
—La tarjeta es de la puerta. La he pedido esta mañana al instalador de Alicante, con el recibo y la factura, y te la ha puesto él a tu nombre a las siete y media. —Deja la tarjeta en mi mano—. El papelito es el código de la calle. El de verdad. El de cuatro cifras.
Miro el papel.
—Mil novecientos setenta y cuatro.
—Sí.
—Galo. Ese número no es de nada.
—Es de todo. —Y se mete las manos en los bolsillos—.
Es el año en que se murió mi padre. Lo puse yo hace más de un año, el día que me dieron la llave, porque no se me ocurría ninguna otra cosa.
Y porque pensé que un código que solo signifique algo para quien lo pone es el más difícil de adivinar.
Y llevaba más de un año sin decírselo a nadie.
—¿A nadie?
—A nadie. Ni a ti.
Le miro.
—¿Y por qué me lo das ahora?
Galo Salaverría, que en doce meses de matrimonio no me ha dicho nunca una frase que no hubiera ensayado, me contesta sin ensayar.
—Porque ya no sirve de nada guardarlo.
Sube al salón. Coge el abrigo del perchero. Se lo pone. Coge la maleta.
Yo estoy en el vestíbulo con la tarjeta en una mano y el papelito en la otra.
—¿Vas a volver?
—El congreso acaba el domingo.
—Eso no contesta.
—No he dicho que la conteste.
Va hacia la puerta. La puerta principal, la de la calle, la que lleva más de un año abriéndose con un código de cuatro cifras. Se para delante del teclado. Mira el teclado.
Hace una cosa que no esperaba.
No pone el código. Saca la llave. La metálica, la que lleva más de un año en el llavero con las otras cuatro que no abren nada, y que yo siempre he creído que era de la caseta del jardín o del trastero o de algún armario.
La mete en la cerradura. Gira. Y la puerta se abre.
—Galo. Nunca has usado el código.
—Nunca.
—¿Por qué lo pusiste?
Él, con la puerta ya abierta y la lluvia de fuera entrando en el vestíbulo y el pueblo entero detrás, gris y mojado y vacío, me dice:
—Por si algún día quería que alguien entrara sin que yo estuviera.
Sale. Baja los tres escalones del porche. Rueda la maleta por el camino de grava hasta el coche. Abre el maletero. La mete. Lo cierra.
Se sienta al volante.
No mira atrás. Me quedo en el umbral con la tarjeta y el papelito en las manos, viendo cómo el coche sale por el portón de la verja y gira a la izquierda, hacia la carretera de la costa, y se hace pequeño.
Cuando ya no se ve, suena el timbre de la puerta. No el del portón. El de la casa. Miro por la mirilla.
Es el repartidor del súper, con dos packs de agua en los brazos, empapado, mirando el móvil.
—¿Vera Salaverría?
—Sí.
—Doce cuarenta, decía la franja. Pero he pasado antes.
Le abro. Firmo. Cojo el agua. La dejo en el suelo del vestíbulo, encima de la alfombra, en el charco que ha dejado Galo con los zapatos.
Desde abajo, desde el sótano, desde doce metros de hormigón y madera y tierra, oigo un ruido.
Es un ruido pequeño. Metálico. Como el de una tapa al encajar en su sitio.
Marga ha vuelto a cerrar el conducto.