El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Encima, su hermana llora en el suelo del pasillo durante veinte minutos.

Marga lo oye todo. El vómito en la alfombra. La campana del microondas. Los pasos que bajan y no entran. Y luego el silencio largo. El silencio de alguien que se ha acordado.

Se sienta en la cama. Se queda con las manos en las rodillas. Y dice en voz baja, hacia la madera:

—Bien.

Pero no basta.

· · ·

A la una y veinte de la madrugada se levanta.

Tiene hambre y no lo reconoce. Lleva tres días comiendo avena con leche y una manzana y el cuerpo le está pidiendo sal, y la sal está arriba, en el armario de la cocina.

En el segundo estante empezando por la izquierda.

Y eso es lo que le molesta: no que tenga hambre, sino saber exactamente dónde está la sal en una casa en la que no ha estado en más de un año.

Quita la tapa del conducto. Mete los pies. Se gira. Sube los dos metros de chapa galvanizada agarrándose a los travesaños que ella misma soldó en marzo del año pasado, y arriba, en el desván, aparta la manta térmica y sale.

El desván tiene el aire espeso de polvo y lana vieja, esa cosa dulce que hacen las casas cerradas. Se pone de rodillas. Se limpia las palmas en el camisón. Y se queda quieta, escuchando.

Abajo no se oye nada. La caldera no funciona porque Galo la apagó hace una semana para ahorrar. El pueblo tampoco: no hay coches, no hay perros, no hay nadie.

Y en el silencio, Marga Vega Ortiz se da cuenta de algo que no tiene ninguna importancia y que aun así le ocupa la cabeza durante los siguientes cuatro minutos.

Se da cuenta de que lleva años creyendo que su hermana se había ido del país.

No del pueblo. Del país. En algún momento de los primeros meses, en el sótano, se había construido esa idea y la había alimentado: Inés con un pasaporte nuevo, Inés en Lisboa, Inés en Burdeos, Inés casada con un portugués que no le hace preguntas.

Y se la había creído. Y la había usado, esa idea, igual que se usa una manta: para taparse.

Y resulta que no.

Resulta que estaba a doce metros. Resulta que durante más de un año ha estado subiendo cada noche por este conducto a cepillarse los dientes en el cuarto de baño de su propia casa.

Y que al otro lado del tabique. Todos los días a las nueve de la mañana.

Su hermana preparaba la avena y ponía el bol en el borde de la mesa y decía «Marga» en voz alta.

Y que ella nunca se paró a pensar que la voz no venía de la cocina.

Venía de doce metros.

· · ·

Baja la escalera.

Los peldaños crujen en el tercero y en el séptimo y ella los evita de memoria. Cruza el salón. Entra en el baño.

No enciende la luz.

Abre el armario. Lo palpa. Saca el cepillo blanco. Lo mira a oscuras, como mejor se mira, y se lo lleva a la boca, y se cepilla los dientes delante del espejo sin verse.

Dos minutos. Como ha hecho todas las noches durante más de un año.

Y luego no lo devuelve al armario.

Lo deja en el vaso, al lado del azul.

Dos cepillos. Uno azul. Uno blanco. Las cerdas todavía húmedas, las dos, tocándose.

Marga los mira durante mucho rato.

—Como antes —dice.

Y se va.

· · ·

Cuando vuelve a estar sentada en la cama del sótano, con las manos en las rodillas y la manta encima, pone la palma derecha en la segunda cama. En la que no usa. En la que lleva más de un año sin usar y que esta mañana su hermana ha tocado con la punta de los dedos.

Alisa el edredón. Dos veces. Con la palma abierta, despacio. Con el cuidado de quien alisa algo que va a usar mañana.

—Mañana bajarás —le dice a la cama vacía—. Te sentarás aquí. En la tuya. Y me vas a contar la noche entera. Palabra por palabra. Los cuatro minutos también.

Espera.

—Y luego vamos a ver si puedo vivir sin perdonarte.

Y muy bajo, con la boca casi pegada a la almohada de la otra cama:

—Pero juntas.

Se echa. Se tapa hasta el cuello. Cierra los ojos.

Y en el vaso de cristal del cuarto de baño de arriba, dos cepillos de dientes se secan el uno al lado del otro, con las cerdas tocándose, durante toda la noche.