El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

«El beso»

Salgo a las once y cuarto de la noche y está lloviendo.

No una tormenta. Una de esas lluvias finas y constantes que no mojan de golpe sino que te van empapando por capas. Esta calle, con los pinos a un lado y ninguna farola funcionando, hace que todo el pueblo parezca una fotografía mal revelada.

El coche de Darío está aparcado treinta metros más abajo, en el mismo sitio donde lo dejó Octavia hace doce días.

Doce días de los que la única noticia suya es un recorte del periódico comarcal, guardado en el cajón de las pilas.

Salen la mesa presidencial, la alcaldesa con la copa en la mano y mi boca abierta en el centro de la página cuatro.

Las luces de posición encendidas.

El limpiaparabrisas moviéndose despacio, sin nadie dentro, en modo parking.

Abro la puerta del copiloto. Me siento. Cierro.

Y el sonido que hace la puerta al cerrar es el sonido más normal que he oído en dos semanas.

Él está mirando el volante. Tiene las dos manos arriba, en la parte de las doce. Lleva la misma camisa de hace dos días y no se ha afeitado y huele a coche cerrado y a tabaco frío. Y ese olor. Durante tres años ha sido el olor de la persona más fiable que he conocido. Me revuelve el estómago.

—No me digas nada todavía —dice.

—Tengo que decirte una cosa.

—Ya lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has salido a las once y cuarto de la noche, lloviendo, en albornoz, y te has sentado en mi coche. —Y por fin se gira—. Y porque llevo años sin dormir, Vera. Y hoy he dormido cuatro horas. Y en esas cuatro horas he soñado contigo, y en el sueño tú sabías algo y yo no.

Miro el parabrisas. El limpiaparabrisas pasa y deja un arco limpio y el arco se vuelve a llenar en dos segundos.

—Me llamo Inés.

Él no parpadea.

—Ya lo sé.

—¿Cómo?

—Por la matrícula. —Y saca del bolsillo interior una hoja doblada en cuatro y me la pone en las rodillas sin mirarme—.

La he pedido esta mañana. Coche comprado en marzo del año pasado a nombre de Vera Salaverría, sin historial anterior, con el DNI emitido hace mucho en una oficina de la calle Alcalá.

Y en la oficina de la calle Alcalá, en marzo de hace tres años, hay una solicitud de cambio de nombre firmada por una tal Inés Vega Ortiz.

Miro la hoja.

—¿Cuándo lo has sabido?

—Esta mañana a las nueve.

—Y has estado aquí desde las nueve.

—Sí.

—Catorce horas.

—Sí.

—¿Por qué no has subido?

Y Darío Ferrán, cuarenta años, inspector del Grupo de Personas Desaparecidas, dieciséis de servicio, tres condecoraciones y ninguna multa.

Me contesta con una voz que no le había oído nunca.

Es la voz de un hombre que lleva catorce horas ensayando una pregunta y que sabe que la respuesta le va a costar el resto de su vida.

—Porque si subía, me lo ibas a contar. Y yo quería elegir el momento.

· · ·

Se lo cuento todo.

Tardo cuarenta minutos. Hablo sin mirarle, con las manos en las rodillas y los ojos en el parabrisas.

Y cuento las cosas en orden cronológico porque es la única manera de que me salgan: la calle del Horno.

El baño de dos metros por uno y medio, los cinco meses, el vaso que se le cayó, la mano de Darío en su brazo, el empujón, el borde de la bañera, la toalla, el reloj de la pared.

La farmacia de guardia que cerraba a las doce, los cuatro minutos que no tengo, el sótano, los siete días, la nota, la mano quemada, el coche de mamá, la ventanilla del banco de la calle Alcalá, el bolígrafo, Vera.

Y cuando llego a Vera, me callo.

Él no dice nada durante mucho rato.

Lo único que se oye es el limpiaparabrisas. Y en algún momento, muy lejos, un perro.

Y Darío enciende la radio.

No la pone alta. La pone a un hilo, como en los coches de policía cuando estás esperando: lo justo para que el silencio no sea absoluto.

Es una emisora de noticias y están dando el parte del tiempo de la provincia.

Y la chica dice que mañana hay aviso amarillo por viento a partir de las cuatro de la tarde.

Y que las rachas pueden llegar a setenta kilómetros por hora en el litoral.

Y yo estoy escuchando el parte del tiempo.

Y él me está mirando.

—Repite lo del empujón —dice.

—Darío.

—Repítelo.

—La empujé con las dos manos abiertas, en el hombro. Ella estaba de espaldas a la bañera y girada hacia ti. Se cayó hacia atrás y hacia la derecha. El borde le dio en el antebrazo.

—¿Cuánta fuerza?

—No lo sé.

—Inés. ¿Cuánta fuerza?

—La de una mujer de cuarenta y un años que pesa cincuenta y ocho kilos y que lleva cinco meses sin dormir.

Él asiente muy despacio.

—Eso no mata.

—Lo sé.

—Eso ni siquiera rompe un hueso. He visto caídas de bañera peores en gente de ochenta años.

—Lo sé.

—Entonces lo que la mató no fue el empujón.

Y yo le contesto con la frase que llevo años sin poder decir. Y que ahora, dicha en voz alta en el asiento del copiloto de un coche aparcado con el limpiaparabrisas puesto. Suena exactamente igual de estúpida de lo que es.

—Lo que la mató fue que yo la dejé allí siete días.

· · ·

Él se gira hacia mí.

Y ahí me doy cuenta de algo que no había pensado en tres años.

Y que es la razón por la que este hombre ha estado durmiendo cuatro horas al día durante mil y pico noches: que él no estaba investigando un crimen.

Estaba investigando la desaparición de una mujer a la que había querido, sin saber que la mujer a la que había querido estaba sentada delante de él.

Y que la hermana de esa mujer era la desaparecida.

Y que la causa de la desaparición era él.

Darío Ferrán lleva años buscándose a sí mismo.

Se lleva la mano a la cara. Se la deja ahí. Y cuando habla, habla contra la palma.

—Cinco meses.

—Darío.

—Cinco meses, Inés. Y yo no me enteré de nada.

—Nadie se enteró.

—Yo me tenía que haber enterado. —Y baja la mano—.

Yo estaba ahí. Yo estaba en el baño. Yo la cogí del brazo.

Yo le toqué el brazo a la mujer que luego tú dejaste siete días en un sótano y no supe nada.

Y luego me pasé tres años tomando declaración a tu hermana sin saber que era tu hermana.

Y luego vine a este pueblo y me senté en la cocina de la mujer que la había encerrado y le pedí un café.

—Darío.

—Y me lo diste.

—Te lo di.

Y él se ríe. Una risa corta, de una sola sílaba, sin ninguna alegría.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice—. Que lo volvería a hacer. Que si mañana me llaman de otro pueblo por otra mujer desaparecida, cojo el coche y voy. Sin pensarlo dos veces.

Y me besa.

No lo veo venir. Se inclina por encima de la palanca de cambios, me pone una mano detrás de la oreja, en el hueco donde empieza el pelo, y me besa.

Es un beso corto. Cuatro segundos, quizá cinco. Sabe a lluvia y a filtro quemado. Y sabe a algo que no tiene nombre, de esas que solo se le ocurren a quien ha estado esperando demasiado: sabe a las catorce horas que ha pasado sentado en este coche.

Yo no le rechazo.

Y eso es lo que luego, cuando él ya se ha ido y yo estoy otra vez en el suelo del pasillo con la mano en la puerta pintada.

Me va a costar más de entender que todo lo demás: que no le rechacé.

Que durante cuatro segundos, en el asiento del copiloto de un coche aparcado con el limpiaparabrisas puesto.

Me dejé besar por el hombre al que había querido durante cinco meses y al que había estado mintiendo todo este tiempo. Y que me gustó.

El beso se rompe porque él lo rompe.

Se echa para atrás. Se pasa la mano por la boca. Y me mira.

—Te he estado protegiendo —dice—. Tres años. Todos los días. Te he estado protegiendo de ti misma y de los demás y del expediente y del juez y de mi propio cuerpo, porque cada vez que pensaba en aquella noche pensaba en ti. Y eras tú.

—Sí.

—Eras tú todo el tiempo.

—Sí.

—Tres años.

—No lo recuerdo —digo—. Hasta anoche no lo recordaba. Te lo juro por lo que quieras. Hasta anoche estaba segura de que mi hermana estaba viva y de que Galo la tenía en alguna parte y de que yo era la víctima.

Y Darío Ferrán, que lleva dieciséis años tomando declaraciones a gente que dice exactamente esa frase, me contesta sin levantar la voz y sin ninguna crueldad, y eso es lo que hace que duela.

—No me importa si lo recuerdas.

—Darío.

—No me importa. Me importa que lo hiciste.

Silencio.

El limpiaparabrisas pasa. Deja el arco limpio. El arco se vuelve a llenar.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunto.

Y él me dice la verdad, la única cosa que este hombre ha hecho sin mentir en tres años.

—No lo sé.

Pone el motor. Enciende las luces. Mete primera.

—Darío. Gracias.

—¿Por qué?

—Por no haber subido a las nueve.

Y él asiente una vez, muy despacio, y saca el coche del arcén. Y se va por la carretera de la costa con las luces rojas encogiéndose en la lluvia. Y en la radio del coche. Se ha quedado sonando bajito. La chica del parte del tiempo dice que el aviso amarillo empieza mañana a las cuatro de la tarde.

Me quedo de pie en la calle. Empapada. En albornoz. A las doce y diez de la noche.

Y susurro:

—No te vayas.

Y no sé a quién se lo he dicho. Si a él. Si a ella. O si a la mujer que hace años se subió a un coche a las seis de la mañana y condujo cuarenta minutos hasta una ventanilla de la calle Alcalá para comprarse un nombre con un bolígrafo prestado.