El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 25
58%

CAPÍTULO 25

«La noche»

Subo los cinco peldaños y no entro en el dormitorio.

Me siento en el suelo del pasillo, con la espalda contra la puerta pintada, con la nota de hace tres años en el bolsillo del albornoz y la mano izquierda abierta encima de la madera.

Al otro lado oigo la cama. Oigo la manta.

Oigo a mi hermana respirar despacio, sin prisa, con la paciencia de alguien que lleva mil noventa y cuatro días esperando cuarenta minutos más.

La memoria hace lo que dijo el médico que haría, solo que al revés.

No vuelve por los bordes. Vuelve entera. De golpe. Como cuando abres una caja que llevaba tiempo cerrada y todo lo de dentro cae al suelo entero.

Me agarro al pomo de la puerta. Y me acuerdo.

· · ·

Es catorce de marzo y son las once y veinte de la noche y estoy en el baño de la casa de mis padres, en la calle del Horno, segunda a la izquierda bajando hacia la plaza.

Sentada en la tapa del water con los pies en el borde de la bañera, porque Darío está de pie y el baño tiene dos metros por uno y medio y no hay más sitio.

Llevamos cinco meses. Cinco meses y nadie lo sabe, y «nadie» en este caso tiene nombre y apellidos y duerme en la habitación del fondo del pasillo, a cuatro metros de donde estoy yo, y se llama Marga.

Darío me está contando lo del expediente de un chaval de dieciséis años que ha aparecido en un descampado con la cartera intacta y el móvil intacto y las zapatillas intactas.

Y que por eso sabe que no ha sido un robo.

Y yo no le estoy escuchando, porque llevo cinco meses aprendiendo a no escucharle cuando habla de trabajo y a mirarle la boca.

En eso oímos la puerta de la calle.

La puerta se abre mal: Marga empuja con el hombro porque viene cargada, y luego deja caer algo en el recibidor, y luego dice «mamá» en voz alta. Y se acuerda de que mamá murió en noviembre. Y se calla.

Darío se queda quieto a mitad de frase.

Yo me quedo quieta a mitad de respiración.

Los dos hacemos exactamente lo mismo. Es no hacer nada, porque los dos hemos calculado en el mismo segundo que si no hacemos nada quizá ella suba a su habitación. Y que su habitación está al fondo del pasillo. Y que el baño está en el medio, y que si esperamos cuarenta segundos esto no ha pasado.

Marga sube.

Oigo los peldaños. Oigo cómo deja las llaves en la cómoda del pasillo. Es donde las deja siempre, y oigo el grifo de su lavabo. Y oigo el armario. Y oigo cómo se quita los zapatos de uno en uno y los deja caer.

Y luego oigo cómo se para el grifo.

Y luego oigo sus pasos otra vez, pero no hacia su habitación. Hacia la mía.

Y luego oigo cómo se para delante de la puerta del baño.

Darío me mira. Yo le miro. Y en ese segundo, en el segundo entero que pasa entre que Marga se para y que Marga habla. Yo pienso una cosa que luego he pensado tres mil veces y que es la cosa más estúpida que he pensado en mi vida.

Pienso: no puede saberlo.

—Inés.

No contesto.

—Inés, estás ahí. Se ve la luz por debajo.

Pasa lo que pasa siempre en estas casas: Marga no espera. Marga nunca ha esperado. Marga gira el pomo y empuja, y la puerta da contra el lateral de la bañera. Y Darío da un paso atrás. Y Marga se queda en el marco con un vaso de agua en la mano derecha y un cepillo de dientes azul en la izquierda.

Con la pasta todavía puesta.

Se había estado cepillando los dientes en su habitación y había venido a buscar algo y no había terminado.

No dice nada durante cuatro segundos.

Y esos cuatro segundos son los que luego he intentado reconstruir tres años y los que no puedo, porque no sé qué le pasó por la cara. Sé lo que le pasó a la mía. Sé que me levanté de la tapa del water. Sé que dije su nombre.

Y sé que el vaso se le cayó.

No lo tiró. Se le cayó. Lo he pensado mucho y estoy segura: se le abrieron los dedos y el vaso bajó y se rompió en el plato de la ducha. Y el agua y los cristales saltaron. Y Darío dijo una palabrota y se tapó la cara con el antebrazo.

Marga dijo:

—Cinco meses.

—Marga.

—Cinco meses, Inés. Desde octubre. —Y tenía la voz muy plana, muy baja, y esa era la peor voz que tenía—. Me lo dijo Cuca en enero y le dije que era mentira. Me lo dijo mi prima en febrero y le dije que era mentira. Y ahora estás tú sentada en la tapa del water con los zapatos quitados.

—Marga, por favor.

—No. —Y dio un paso dentro del baño—. No me pidas nada por favor.

Nunca me has pedido nada por favor en tu vida.

Me has pedido las cosas de otras maneras y yo te las he dado todas.

Todas. El dinero del cajón. El coche los fineses.

Los apuntes. Los tres años diciéndole a mamá que estabas en casa de una amiga cuando estabas en casa de un amigo.

—Marga.

—¿Y sabes qué es lo peor? —Otro paso. El baño tiene dos metros por uno y medio y Darío estaba contra el lavabo y yo estaba contra la puerta y ella estaba en el medio—.

Que no es que te lo acuestes. Que te lo acuestes me da igual.

Es que llevas cinco meses mirándome a la cara todas las mañanas en el desayuno y no me has dicho nada.

Después rompió cosas.

No el vaso, que ya estaba roto. Rompió lo que tenía a mano: el bote de las tijeras, que era de cristal grueso y cayó entero; el espejo de aumento. Que estaba en ventosa y se despegó. El neceser de Darío. Estaba en el borde del lavabo y que ella tiró al suelo con el dorso de la mano.

Y Darío la cogió del brazo.

Y eso fue lo que la paró. No los gritos. No mis manos. La mano de Darío en su brazo, con los dedos cerrados, porque él llevaba años siendo policía y llevaba cinco meses siendo su amante sin saberlo y reaccionó como reaccionan los policías: sujetar.

Marga se giró hacia él.

Yo la empujé.

No la empujé fuerte. Eso lo he pensado tres mil veces y sigo sin saber si es verdad o si me lo he construido. La empujé con las dos manos abiertas, en el hombro, con la fuerza de una mujer de cuarenta y un años que pesa cincuenta y ocho kilos y que lleva cinco meses sin dormir.

Ella estaba de espaldas a la bañera. Y estaba girada hacia Darío. Y tenía el cepillo en la mano izquierda.

Se cayó hacia atrás y hacia la derecha.

El borde de la bañera le dio en el antebrazo.

No oí el corte. Oí el golpe, que fue sordo, y luego oí cómo se le iba el aire, y luego oí el agua del plato de la ducha, que ya no era agua.

Me quedé de pie en la puerta del baño.

Lo siguiente que recuerdo con claridad, y esto es lo que he tardado tres años en poder mirar de frente, es que lo primero que hice no fue arrodillarme al lado de mi hermana.

Lo primero que hice fue mirar el reloj.

Eran las once y treinta y cuatro. Y pensé: la farmacia de guardia cierra a las doce.

· · ·

La caldera da su golpe.

Nueve segundos. Otro golpe.

Y yo estoy en el suelo del pasillo, con la palma abierta en una puerta pintada. Y acabo de acordarme de que hace tres años. En el suelo de un baño de dos metros por uno y medio, miré el reloj de la pared y calculé si me daba tiempo a la farmacia de guardia.

Me acuerdo de la farmacia. Me acuerdo del cartel de la cruz verde. Me acuerdo de que la de la plaza tenía el neón roto en el brazo izquierdo.

Y no me acordaba del empujón.

Arriba, en la cocina, suena la campana del microondas. Dos pitidos largos y uno corto. Y la voz de Galo, muy lejos, dice «ya voy».

La avena. Otra vez.

Y es esa campana, y no la sangre, y no el vaso roto, y no el cepillo, lo que me hace doblarme en dos en el suelo del pasillo y vomitar en la alfombra.

· · ·

Darío quería llamar a una ambulancia. Eso lo recuerdo porque fue lo único que dijo en voz alta durante toda la noche: «voy a llamar a una ambulancia», tres veces, y las tres veces le dije que no.

Marga estaba sentada en el suelo del baño con el antebrazo abierto desde el codo hasta la muñeca, y no se había desmayado, y no gritaba. Y se estaba mirando el brazo con la cabeza ladeada. Como se mira una cosa que no te pertenece.

Le puse una toalla. Le apreté. La toalla se empapó en cuarenta segundos y puse otra encima y apreté más.

Y fue ella la que habló.

—Inés.

—No hables.

—Inés. Mírame.

La miré.

—Si llamas a una ambulancia, viene la policía.

Y si viene la policía, le toma declaración a Darío.

Y si le toma declaración a Darío, sale que lleva cinco meses follando con la hermana de su novia.

Y si sale eso, me preguntan a mí por qué no lo sabía.

Y si me preguntan por qué no lo sabía, voy a decir la verdad.

Que lo sabía desde enero y que no quise decirlo porque prefería tener razón dentro de cinco meses.

—Marga.

—Y entonces tú vas a la cárcel, o no vas a la cárcel, pero sales en el periódico. Y yo me quedo con esto. —Se miró el brazo—. Y con lo otro.

Darío estaba de rodillas al otro lado, con las dos manos encima de la toalla, y no dijo nada.

Y yo hice la pregunta. Y la hice sabiendo lo que estaba preguntando, y eso es lo que no me puedo perdonar, porque no puedo decir que no lo sabía.

—¿Qué quieres que haga?

Y Marga Vega Ortiz, cuarenta y cuatro años entonces, profesora de Latín del instituto del pueblo durante dieciséis, con el antebrazo abierto hasta el hueso y la mano izquierda todavía cerrada alrededor de un cepillo de dientes azul, me contestó:

—Que me dejes aquí un rato.

—¿Un rato?

—Un rato. Hasta que pare de sangrar. Y luego me subes a mi cuarto y me coses tú, que lo has hecho otras veces, y mañana decimos que me he caído en la ducha.

—Marga.

—Y luego, Inés, me sientas en la cocina y me cuentas por qué. Y si la respuesta me gusta, no pasa nada.

Eso fue lo que dijo. «Si la respuesta me gusta.»

Y la respuesta no le gustó.

Y yo bajé al sótano a buscar el botiquín, y cuando subí ella ya no estaba en el baño, estaba en el pasillo de pie, y Darío estaba en el pasillo de pie. Y los dos se estaban mirando. Y él tenía la boca abierta igual que va a decir una cosa que sabe que no va a servir de nada.

Y yo no sé qué pasó en esos cuatro minutos.

Sé que había sangre en el marco de la puerta del salón.

Sé que el cuadro del pasillo estaba en el suelo y el cristal roto, y que el cristal roto no era el del vaso de los dientes.

Y sé que a las doce y diez mi hermana estaba en el sótano, y que la puerta estaba cerrada por fuera. Y que la llave estaba en mi mano derecha. Y que yo estaba al otro lado diciendo una frase en voz baja a través de la madera.

Solo hasta que te calmes.

· · ·

Me quedé en el sótano de la casa de mis padres siete días.

No siete días dentro. Siete días alrededor.

Dormía en el sofá del salón con la llave en el puño.

Bajaba cada ocho horas con una bandeja. Le cosí el brazo el segundo día, con la aguja curva del botiquín de mamá y sin anestesia, y ella no hizo ningún ruido, y eso fue lo peor de los siete días: que no hizo ningún ruido.

El tercer día escribí la nota.

El cuarto día intenté quemarla.

El quinto día metí la mano por el hueco de la esquina de abajo y me la quemé, y ella me la sacó. Y nos quedamos las dos con las manos al otro lado de la puerta hasta que se me durmió el brazo. La suya con tres dedos ampollados y la mía con la palma roja.

El séptimo día, a las seis de la mañana, cogí el coche de mamá, conduje cuarenta minutos hasta la ciudad, aparqué delante de un banco de la calle Alcalá, y me inventé un nombre con un bolígrafo de la ventanilla.

Vera.

Porque Vera Salaverría no había empujado a nadie.

Y el cepillo azul me lo llevé porque estaba en el suelo del baño. Entre la toalla empapada y el cristal del cuadro. Y porque cuando me agaché a recoger la toalla lo vi y no se me ocurrió ninguna razón para no cogerlo.

Tres años después sigo sin tener ninguna razón.

· · ·

Me limpio la boca con el puño del albornoz. Me quedo sentada en el suelo del pasillo. Y al otro lado de la puerta oigo cómo Marga se levanta de la cama, cruza la habitación descalza contando las baldosas, y pone la palma abierta en la madera, exactamente a la misma altura que la mía.

—Inés —dice.

—Dime.

—Ya te has acordado.

—Sí.

—¿De todo?

Cierro los ojos.

—De casi todo. Hay cuatro minutos que no.

Silencio.

—Esos cuatro minutos los tengo yo —dice—. Y no te los voy a contar hoy.

—Marga.

—Dime.

—¿Por qué no gritaste?

Y al otro lado de la madera, muy cerca, con la boca casi pegada a la raya de la puerta, mi hermana me dice la frase que lleva mil noventa y cuatro días ensayando.

—Mañana.

—Marga.

—Mañana, Inés. Con luz. Sentadas. Y con las dos cosas encima de la cama.

—¿Qué dos cosas? —La noche entera —dice—. Y la foto.