CAPÍTULO 24
«La nota»
Lo cojo.
El papel es una hoja de cuaderno de espiral, arrancada por la línea de los agujeros, y los agujeros están pelados de tanto desdoblarse.
Tiene cuatro pliegues, hechos con la uña, uno encima del otro.
El papel está más blando en los pliegues que en el resto.
Es lo que le pasa a un papel que alguien ha abierto y cerrado muchas veces.
Muchas veces no. Mil noventa y cuatro.
Lo abro.
Es mi letra. La de hace tres años: la ese más redonda, la te con el palo largo, el punto de las íes un poco a la derecha.
Es una letra que dejé de tener cuando dejé de firmar.
No la he vuelto a ver desde el día de la boda, porque en el registro civil firmé Vera Salaverría, y esa firma me la inventé en un banco de la calle Alcalá con un bolígrafo de la ventanilla.
Pone:
Marga:
Sé lo que hice. Sé que te empujé. Sé que cerré la puerta. Sé que me fui.
No puedo deshacerlo y no puedo quedarme, y hacerlas las dos juntas es lo único que sé hacer.
Si estás leyendo esto es que ya no me acuerdo. Lo escribo ahora porque todavía me acuerdo, y porque me conozco, y porque cuando se me pase esto voy a ser capaz de convencerme de cualquier cosa.
Hay cosas que se borran solas. No de golpe: se borran por los bordes. Primero se va la hora. Luego la luz que había. Luego lo que dijiste tú. Y al final se va lo que hice yo. Eso es lo último que se va, porque es lo que más pesa.
Necesito que TÚ me lo recuerdes.
No me dejes huir. No me dejes cambiar de nombre. No me dejes casarme con nadie. Si desaparezco vuelvo a hacerte daño, y no quiero, y te quiero, y estas tres cosas las estoy escribiendo en el mismo papel y no sé cómo se ordenan.
No me dejes ir.
Inés.
Debajo de la firma hay una mancha. Del tamaño de una lenteja. Marrón muy oscuro, casi negra, seca en escama, con el borde deshilachado donde el papel chupó.
Es la cuarta mancha que veo en quince días. La del mango del cepillo. La de la nota del felpudo. La de la nota de la puerta pintada. Y esta.
Las cuatro son iguales, y las cuatro están en el mismo sitio, en la esquina de abajo a la derecha, y las cuatro las hizo la misma mano apoyando el papel en la misma superficie.
—La escribiste en el suelo del sótano —dice Marga—. Encima del tercer peldaño, que era el único sitio plano. Con la espalda contra la pared. Con las manos temblando tanto que la te se te fue tres veces a la derecha.
No levanto la vista del papel.
—¿Tú la viste escribirla?
—Estaba al otro lado de la puerta.
—¿Y cómo te la quitaste?
Marga se sienta otra vez en el borde de su cama. Se alisa el jersey en la rodilla, dos veces, y es un gesto que no le he visto hacer nunca y que hace ahora porque necesita tener las manos en algo.
—Encendiste el mechero —dice.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
—Tenías un mechero en el bolsillo del abrigo. Uno de plástico, rojo, de los del estanco. Y acercaste la esquina del papel a la llama y la esquina se prendió, y tú la dejaste prender.
—Y tú me la quitaste.
—Metí la mano por el hueco de la puerta.
—Y me enseña la mano derecha. La abre. Y en el dorso, entre el pulgar y el índice, hay una cicatriz blanca y fina de medio centímetro—.
El hueco de la puerta de mamá tenía dos centímetros y medio en la esquina de abajo, porque la casa era de 1974 y las puertas se habían hinchado.
Por ahí entraba el aire. Y por ahí metí la mano.
Me quedo mirando la cicatriz. Es la misma cicatriz. La de la mano que salió por la puerta pintada el tercer día a las siete y cuarenta y dos de la tarde y dejó un papel en el suelo.
—Te quemaste.
—Me quemé tres dedos y la palma. —Cierra la mano—. Tú apagaste el papel contra el peldaño, con la suela del zapato. Y te fuiste corriendo por el patio. Y yo me quedé al otro lado de la puerta con la mano en alto y el papel en el suelo y siete días por delante.
—Marga.
—Dime.
—¿Por qué la guardaste?
—Porque es la prueba.
—¿De qué?
—De que sabías. —Y lo dice muy despacio, sin levantar la voz, y es lo peor que me ha dicho en quince días—.
De que sabías lo que habías hecho mientras lo hacías.
De que te dolía. De que querías que alguien te parara.
Y de que te fuiste igual. Y de que al día siguiente, cuando se te pasó, te convenciste de que había sido otro.
Y de que llevas años viviendo una vida entera construida encima de un papel que tú misma escribiste y que intentaste quemar.
Me quedo con el papel en las manos. Hago una cosa que no está en ninguna regla y que no había hecho nunca: huelo el papel.
Es un reflejo de veinte años de oficio. En la cámara frigorífica del mayorista, a las cinco de la mañana, con mil ochocientos tulipanes en treinta y dos cubos y el agua a cuatro grados, tú sabes qué caja se te ha estropeado antes de abrirla.
Lo sabes por el olor. Una rosa que lleva tres días cortada huele a verde y a azúcar.
Una rosa que se está muriendo huele a verde y a agua sucia.
Y una caja entera que se te ha helado en el transporte huele dulce.
Muy dulce, como a almíbar. Ese olor dulce es el peor que hay en el mundo, porque es el olor de una flor que ya no va a abrir.
Yo olía treinta y dos cubos todas las mañanas antes de tocar ninguno.
Ahora estoy oliendo un papel de hace tres años, en un sótano, delante de mi hermana, y el papel huele a tres cosas.
A polvo. A la lejía barata de esta habitación. Y debajo, muy debajo, a humo frío.
A un mechero rojo de los del estanco.
—Todavía huele —digo.
—Lo sé. —Se pasa la mano por la frente—. Lo he olido todos los días durante tres años y ya no lo notaba. Pero tú sí, porque tú notas todo y luego no te acuerdas de nada. Es tu especialidad.
Me guardo el papel en el bolsillo del albornoz. No lo doblo por los pliegues viejos: lo doblo por otros nuevos, y el papel cruje en los dos sitios, y Marga mira cómo lo doblo y no dice nada.
—Marga. ¿Por qué me la das hoy?
—Porque hoy la has pedido.
—No la he pedido.
—No con la boca. —Se levanta. Va hasta la pared del fondo, la de las marcas, y pone la palma abierta encima de los bloques de cinco—.
Llevas quince días midiéndome la casa. Has contado las rejillas.
Has encontrado el ramal cuatro. Has sacado los planos del tubo y los has vuelto a meter con las etiquetas a la izquierda, como los deja él.
Y has tenido la suerte de tu vida porque él te dijo una vez que tú los dejabas a la derecha.
Y has bajado aquí con una tarjeta clonada y una ampolla reventada en la mano y no has traído ni una linterna.
—Traigo el móvil.
—No has traído linterna. —Se gira—. Una persona que viene a rescatar a otra trae una linterna. Una persona que viene a que la reconozcan no trae nada.
No contesto. Ella vuelve a su cama, se sienta, y saca de debajo de la almohada un segundo papel.
Este no está doblado en cuatro. Está doblado en dos. Y es más pequeño. Y no es una hoja de cuaderno de espiral: es un trozo de receta médica, con el membrete de una clínica privada que cerró hace dos años y el número de colegiado impreso en la esquina.
—¿Y eso?
—Eso no te lo doy.
—Marga.
—Eso no te lo doy hoy.
Se lo guarda otra vez debajo de la almohada. Y se queda mirándome con las manos abiertas sobre las rodillas, y tiene la cara de alguien que lleva tiempo ensayando una frase y que acaba de decidir no decirla.
—Hay algo más —dice.
—¿Qué?
—Algo que no está en la nota. Algo que Galo no sabe. Algo que solo sé yo, y que llevo tiempo decidiendo si te lo cuento.
—Cuéntamelo.
—No.
—Marga.
—No te lo voy a decir. —Y se inclina hacia delante, y me baja la voz, y me habla como me hablaba cuando teníamos nueve y doce años y mamá estaba en la cocina—. Te lo voy a enseñar. Pero primero tienes que recordar la noche.
—No puedo.
—Puedes.
—Marga, te juro que…
—Puedes. —Y me corta con la mano abierta, sin tocarme—. No te pido que la recuerdes entera de golpe. Te pido una cosa. Una.
—¿Qué?
—El tenedor.
Me quedo muy quieta.
—Me acuerdo del tenedor —digo.
—Ya lo sé. Todo el mundo se acuerda del tenedor, porque es lo último que pasó antes del hueco. —Se recuesta contra la pared. Cruza los brazos—. Yo no quiero el tenedor. Quiero lo de antes del tenedor.
—¿Qué hay antes del tenedor?
—Eso me lo tienes que decir tú.
—Marga. ¿Y si no quiero saberlo?
Justo ahí mi hermana hace la única cosa que no la he visto hacer en tres años y que no esperaba ver nunca.
Se ríe. Con ganas. Con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Una risa de seis segundos que se le acaba en un acceso de tos. Se tapa la boca con la mano de la cicatriz, y cuando se le pasa tiene los ojos húmedos de toser y no de otra cosa.
—Ahí estás —dice—. Ahí estabas. Esa es exactamente la misma frase que dijiste el catorce de marzo a las once y veinte de la noche, en el baño de mamá, catorce minutos antes de empujarme.
—Yo no…
—«¿Y si no quiero saberlo?» —Y me lo dice imitándome, con mi tono, con mi voz de hace tres años, y lo hace tan bien que me reconozco—. Lo dijiste así. Con esa mismita entonación. Y yo te contesté una cosa.
—¿Qué me contestaste?
Marga se seca los ojos con el dorso de la mano. Se sienta derecha. Y pone las dos palmas abiertas encima de la manta, una al lado de la otra, como se ponen las manos las personas que van a decir algo que llevan mucho tiempo preparando.
—Te contesté: «Entonces no lo sabrás, Inés. Pero me lo vas a deber.»
—¿Y?
—Y me lo debes. —Me mira—. Tres años y doce días. Con intereses.
Arriba, en la cocina, suena la campana del microondas. Dos pitidos largos y uno corto.
Marga, sin levantar la vista de mí, dice:
—La avena. Otra vez.
—Marga.
—Dime.
—Si tiro de este hilo, se me cae todo.
—Por eso tiro yo.
—No voy a poder volver a ser Vera.
—Ya lo sé. —Y se levanta de la cama y me tiende la mano. Y yo me quedo mirando la mano once segundos. Y la cicatriz blanca de medio centímetro en el dorso. Y las uñas mordidas hasta la carne. Y la mano abierta—. Por eso te la tiendo yo.