El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

«La fractura»

Bajo a las ocho de la mañana del decimoquinto día y Galo no baja.

Se ha quedado arriba. La puerta del estudio sigue entornada y la raya de luz sigue entera. Al pasar oigo la ducha del baño principal: dura once minutos, porque el grifo de esta casa tira nueve litros por minuto y Galo se ducha siempre el mismo tiempo.

No le espero. Cojo la tarjeta del bolsillo del albornoz, salgo al pasillo y la paso por la ranura. El relé. El carro de rodamientos. El paño de pared moviéndose hacia dentro y hacia la izquierda.

Cinco peldaños.

En el segundo peldaño se funde la bombilla.

No parpadea. Se apaga. Con un chasquido pequeñísimo y un aire a metal caliente. Y el hueco de la escalera se queda a oscuras del todo, porque la bombilla de la jaula de alambre del rellano lleva meses encendida y la del pasillo de arriba no llega hasta aquí.

Me quedo en el segundo peldaño. Con la mano en la pared. Con la tarjeta en la otra mano. Con la ducha sonando arriba, once minutos, y una mujer al otro lado de una puerta de madera maciza a dos metros de mi cara.

—Se ha fundido la bombilla.

—Ya lo he oído.

—¿Tienes otra?

—No hay otra. No hay ninguna. Galo no baja bombillas. —Una pausa—. Baja.

—No veo los peldaños.

—Son tres. Cuenta.

Cuento. Tres. Y en el tercero la mano me encuentra la mano, y me la coge, y me tira, y no con fuerza: con la fuerza justa de alguien que lleva años midiendo cuánto puede tirar de una cosa sin romperla.

· · ·

La habitación es más pequeña de lo que me esperaba y tiene tres cosas en el aire.

Lejía barata. Papel viejo. Y una persona.

Es aire de persona. No es desagradable. Eso no lo tapa ninguna lejía. Está en la manta, en la almohada, en los treinta y dos libros del suelo y en el aire. Lleva tanto tiempo aquí que ya debe de ser de la habitación y no de nadie.

Hay dos camas.

Una, contra la pared del fondo, con la almohada hundida en el centro exacto.

La otra en mitad de la habitación, separada de la pared, con los cuatro lados a la vista. La manta doblada en tres pliegues. Un libro con el marcapáginas en la página ciento doce. Un vaso de agua con una nata blanca encima.

Marga está sentada en el borde de la primera.

Yo la miro y no la reconozco, y la reconozco del todo, y las dos juntas son la cosa más difícil que he hecho en quince días.

Es más alta de lo que era. O más larga: está más delgada de lo que se puede estar y seguir sentándose sola.

Tiene el pelo largo y recogido en una coleta mal hecha con una goma de oficina.

La cara ancha, con la mandíbula de alguien que aprieta los dientes al dormir: la misma mandíbula de la fotografía impresa en color que un hombre me enseñó ayer en mi salón.

Las sombras moradas debajo de los ojos. Y las uñas mordidas hasta la carne.

—Siéntate —dice.

Señala la segunda cama.

Miro la segunda cama. Miro el vaso con la nata. Miro el libro con el marcapáginas en la página ciento doce.

—Siéntate, Inés. Está hecha para ti. Llevo un año alisándola todas las mañanas.

Me siento. El colchón cede en un sitio donde no ha cedido nunca y la tela hace un sonido nuevo. Marga cierra los ojos dos segundos al oírlo. Y cuando los abre tiene la cara de alguien a quien le acaban de dar una cosa que llevaba mucho tiempo pidiendo y no sabe dónde ponerla.

—No hables —dice.

—Marga.

—Que no hables. Escucha. Tengo mil noventa y cuatro días pensando en qué decirte y he cambiado de opinión mil noventa y cuatro veces.

Quería matarte. Quería perdonarte. Quería que te quedaras.

Quería que te fueras. Quería que me contaras la noche y quería no saberla nunca. Y al final solo quiero una cosa.

—¿Qué?

—Que me cuentes la noche.

Se me seca la boca.

—No recuerdo la noche.

—No te lo pregunto por eso.

—Marga.

—Que ya lo sé. —Se inclina un poco hacia delante, con los codos en las rodillas, y me mira desde abajo, y es la primera vez en tres años que alguien me mira desde abajo—.

No te lo pregunto porque no lo sepas. Te lo pregunto porque lo sabes y no lo quieres decir.

Y llevo tiempo esperando a que te canses de no querer.

—No es eso.

—Es eso.

—Marga, te juro que no recuerdo nada. Recuerdo la cena. Recuerdo el tenedor. Y luego hay nueve horas que no están.

—Mentirosa.

—No te estoy mintiendo.

—Mentirosa. Como siempre. —Y lo dice sin rabia, casi con cariño, y eso es mucho peor—.

Mentías a los nueve años cuando rompías mis cuadernos.

Mentías a los catorce cuando te cogías el dinero del cajón.

Mentías a los veintidós cuando mamá te preguntaba si habías dormido en casa.

Y mentiste el catorce de marzo, y mentiste después, y llevas tiempo mintiéndote a ti misma, que es la única mentira que no se te da bien, porque si se te diera bien no estarías sentada en esa cama.

—¿Por qué?

—Porque las mentirosas buenas no vuelven.

· · ·

Arriba se corta la ducha.

En el silencio que viene después —un silencio de casa entera y no de habitación—, oigo dos cosas: los doce peldaños, y la puerta del estudio, que no se cierra.

Marga levanta la cabeza hacia el techo.

—No baja —dice.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lleva nueve días sin bajar y hoy se ha duchado a las ocho, y él no se ducha por la mañana. Se ducha cuando ha decidido algo.

—¿Y qué ha decidido?

—Que te lo cuente yo. —Me mira—. Que es exactamente lo que le pedí hace tres años y lo que me ha estado negando tres años, y que hoy me lo da porque ya no puede más.

—¿Por qué hoy?

—Porque ayer entró un hombre en tu salón y puso mi fotografía encima de tu mesa de cristal.

Me quedo muy quieta.

—¿Cómo sabes lo de Darío?

—Porque llevo años oyéndote a ti y más de un año oyendo esta casa. —Se mira las manos—. Y porque cuando alguien se enamora otra vez respira distinto, y tú llevas dos días respirando distinto.

—Marga.

—Dime.

—No me he enamorado.

—Ya. —Y se ríe, una risa corta de dos notas, sin aire, y se tapa la boca con la mano—. Ya.

Pasa algo que no tiene nada que ver con nada.

En algún sitio de la casa, arriba, suena la campana de un microondas. Dos pitidos largos y uno corto. Y luego la voz de Galo, muy lejos y muy amortiguada, diciendo «ya voy».

Nos quedamos las dos calladas, escuchando los pasos de un hombre cruzando la cocina de su propia casa para sacar del microondas una cosa que se ha calentado hace nueve segundos.

Yo no sé qué hay en ese microondas. Marga tampoco. Y las dos estamos esperando a que termine de sonar para poder seguir hablando de la noche en que una hermana encerró a la otra.

Cuando deja de sonar, Marga se ríe otra vez.

—Lleva tres años poniéndose avena a las ocho de la mañana —dice—. Y odia la avena.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la tira por el water. Todos los días. Y luego baja el plato limpio.

Se me humedece algo en la cara y no sé qué es, y no me lo limpio.

—Marga.

—Dime.

—¿Por qué no te has ido? Tienes llave. La puerta se abre por dentro. Llevas más de un año subiendo todas las noches a las tres y cuarto.

Se queda mirándome mucho tiempo.

—Esa es la pregunta buena —dice—. Y no te la voy a contestar hoy.

—¿Por qué?

—Porque si te la contesto ahora, me vas a dar una razón para quedarme o una razón para irme, y las dos serían tuyas. —Se levanta. Va hasta su cama. Mete la mano entre el colchón y el somier, hasta el fondo, donde la tela hace un bolsillo—. Y yo llevo años aquí abajo con una sola cosa que sea mía.

Saca un papel.

Doblado en cuatro. Con los bordes pelados y el pliegue marrón de haber estado doblado mucho tiempo.

—Si no recuerdas la noche —dice—, te voy a ayudar.

Me lo tiende. Yo no lo cojo.

Porque he reconocido la letra antes de leer una sola palabra.

Es una letra que conozco mejor que la mía de ahora.

Está en el sobre de unas tarjetas de felicitación que hay en el cajón de mi madre.

Está en los márgenes de todos mis cuadernos del instituto.

Y está en la libreta de cuentas de una floristería que cerré hace años.

Es mi letra de hace tres años.

Yo no recuerdo haber escrito esto.