CAPÍTULO 22
«Galo sale del estudio»
Galo sale del estudio a las nueve y diez de la noche del decimocuarto día, y lo primero que noto no es la cara.
Es el olor.
Nueve días en una habitación de doce metros cuadrados con un sofá, una manta y un hombre dentro dan el olor de un sitio cerrado, no el de un hombre. Papel caliente, ropa que no se ha cambiado, café viejo y esa cosa dulce y agria que suelta la piel cuando lleva una semana sin ver el sol.
Se queda en el umbral del pasillo, con la mano todavía en el pomo, y me mira desde arriba de los dos últimos peldaños.
Está gris. Tiene la barba de nueve días mal afeitada en dos sitios, los ojos rojos y el cuello de la camisa doblado hacia fuera, y lleva los mismos pantalones que el sábado.
—Hola —dice.
—Hola.
—¿Qué hora es?
—Las nueve y diez.
—¿De la mañana?
—De la noche, Galo.
Asiente despacio. Baja los dos últimos peldaños agarrándose a la pared, algo que no le he visto hacer nunca, y pasa por mi lado sin tocarme, y entra en la cocina, y pone agua en el hervidor.
—¿Quieres té?
—No.
—Voy a hacer dos.
—Que no.
—Hago dos igual. —Saca dos tazas del armario. Las pone en la encimera. Y entonces se queda mirándolas diez segundos, con la mano todavía en la puerta del armario—. ¿Dónde están los posavasos?
—En el cajón de la izquierda.
—Ah.
Los saca. Pone dos. Encima de los posavasos pone las dos tazas. Y lo hace todo con una precisión de hombre que lleva nueve días sin hacer nada y que necesita que las manos tengan un trabajo. Me apoyo en el marco de la puerta y le miro.
El hervidor es de acero y tiene cal en la base, una costra blanca y dura que lleva ahí desde la mudanza porque el agua de este pueblo es muy dura y porque a Galo le da igual la cal. Yo he comprado dos veces antical y las dos veces se ha quedado en el armario.
Eso no significa nada. Es un hervidor con cal.
—Siéntate —dice.
—Estoy bien aquí.
—Siéntate, Vera.
Me siento en el taburete de la isla. Él se sienta enfrente, con las dos tazas entre los dos, y no bebe de ninguna.
—He abierto la caja —dice.
No contesto.
—El cuadro estaba recto cuando me fui. —Me mira—. Lo colgué yo en abril, con un nivel láser, y estaba recto. Y la mañana que me fui estaba recto también, porque lo miré desde la cámara del porche antes de salir.
—No hay cámara en el porche que apunte al despacho.
—No. —Asiente—. Pero sí que hay una en el pasillo de la planta baja. Y desde el pasillo se ve la esquina del cuadro a través de la puerta. Y la esquina estaba a dieciocho milímetros del marco la mañana que me fui y a catorce ayer.
Me quedo muy quieta.
—Catorce milímetros. —Se lleva la mano a la cara y se frota el ojo—. Cuatro milímetros, Vera. Eso es lo que tarda una persona en volver a colgar un cuadro deprisa.
—¿Y no has dicho nada en nueve días?
—No.
—¿Por qué?
—Porque quería ver hasta dónde llegabas.
El hervidor salta. Galo se levanta, echa el agua en las dos tazas, mete las dos bolsitas, las remueve siete veces cada una y las deja.
Vuelve a sentarse.
—Sé lo de la plastilina. Sé lo de la cinta métrica. Sé lo del cuaderno de cuadrícula, que no has usado porque tú no trabajas en cuadrícula, trabajas en listas. Sé que has estado en el sótano de instalaciones, que no es un sótano de instalaciones. Y sé que has hablado con Darío Ferrán.
—¿Cómo sabes lo de Darío?
—Porque el chico de la papelería se lo contó a su madre. Y su madre se lo contó a la mujer que viene a regar las orquídeas. Y la mujer que viene a regar las orquídeas me manda un mensaje los jueves. —Mira el techo, como se mira una gotera—. Es un pueblo.
—Es una urbanización.
—Es un pueblo con setos, Vera. Y en un pueblo con setos todo el mundo sabe quién entra y quién sale, y lo único que no sabe nadie es lo que pasa dentro.
Cojo la taza. No la bebo. La sujeto con las dos manos porque está muy caliente y porque necesito tener las manos ocupadas.
—¿Y el albarán? —digo.
—¿Qué albarán?
—El del paquete de la cámara. Escribí GRACIAS en el margen. Podía haber escrito otra cosa.
Galo se queda mirándome. Y en nueve días es la primera vez que le cambia algo en la cara, y no es ninguna de las cosas que yo esperaba: es una especie de respeto muy cansado.
—Me lo enseñó el chico —dice—. Le di veinte euros y me lo trajo. Está en el cajón del estudio.
—¿Y qué pone?
—GRACIAS. Con buena letra.
—Sí.
—Vera. —Y ahora sí me mira entero—. Si hubieras escrito AYUDA, yo no estaría aquí sentado haciéndote té.
No contesto. Porque tiene razón, y porque si contesto tengo que decir la verdad, y la verdad es que no escribí AYUDA por la cámara del porche y que eso es exactamente lo que él quería que yo creyera de mí misma.
—Tenemos que hablar —dice.
—No.
—No te lo pido. Te lo digo.
—Galo.
—Tenemos que hablar de la noche que no recuerdas.
Dejo la taza en el posavasos. La dejo muy despacio, para que no suene.
—¿Cómo sabes que hay una noche que no recuerdo?
—Porque llevo años sabiéndolo.
—Tres años.
—Tres años y cuatro días. —Y lo dice sin pensarlo, de memoria, y esa es la peor cosa que ha dicho en nueve días—. Desde el veintiuno de marzo. Que fue el día que te encontré en el sótano de la casa de tus padres, con una linterna en la mano y siete rayas en una pared.
La cocina se queda muy silenciosa. El frigorífico no arranca. La caldera da su golpe cada nueve segundos.
—Sigue —digo.
—No. Sigue tú.
Saco el móvil del bolsillo. Lo pongo encima de la isla, entre las dos tazas, y abro la aplicación de la grabadora.
—Antes —digo— escucha esto.
—¿Qué es?
—Catorce archivos. Cincuenta y un minutos. Los saqué del cajón de abajo de tu despacho el segundo día.
Galo mira el móvil. Y no se mueve.
—He oído diez segundos —digo—. Los he oído doscientas veces. Y no he podido poner el resto. Lo he llevado en el bolsillo del abrigo desde que lo saqué.
—¿Y hoy sí?
—Hoy sí.
Le doy a reproducir. Archivo siete.
La voz de Galo llena la cocina. Es una voz distinta: más grave, más lenta, con ese tono plano que pone la gente cuando está leyendo algo que ha escrito otra persona. Y dice:
«…y el auto de sobreseimiento, señoría, se firma el viernes.
No hay elemento novedoso. No hay cuerpo.
No hay denuncia de la familia porque no hay familia.
Lo único que hay es un médico que ha tratado a la paciente durante dieciocho meses y que le dice a usted, con su número de colegiado delante, que esa mujer se fue porque quería irse. »
Una pausa. Y otra voz, más vieja, con acento del sur:
«Doctor. Eso que me está usted pidiendo.»
«Le estoy pidiendo que firme, señoría. Y le estoy dejando encima de la mesa una donación de cuarenta mil euros a la Fundación Nido, que preside su cuñada, y que se canaliza a través de una sociedad que se llama Almendro Holding.»
Silencio en la grabación.
Luego la voz vieja:
«Almendro. Qué nombre más bonito para eso.»
Paro la grabación.
Galo no se ha movido. Tiene las dos manos encima de la mesa, a los lados de su taza, y no las ha cerrado.
—Cuarenta mil euros —digo.
—Sí.
—A la fundación de la que tu madre es vocal.
—Sí.
—Y el juez firmó.
—El juez firmó. —Y por fin levanta la cabeza—. ¿Quieres saber por qué lo hice?
—Quiero saber por qué lo hiciste.
—Para que nadie la buscara.
—Eso no tiene sentido. Si la buscabas tú…
—Yo no la buscaba, Vera. Yo la tenía. —Lo dice muy tranquilo, como se dice la hora—.
La encontré el veintiuno de marzo, a las once de la noche, en el sótano de la casa de tus padres, con siete rayas en la pared, dos litros de agua y un cepillo de dientes azul en la mano.
Llevaba siete días. Le quedaban unas treinta horas.
Me quedo mirándole.
—¿Y qué hiciste?
—La saqué. La llevé a mi casa. La ingresé en la clínica el día veinte, con mi número de colegiado y con mi firma. Y a los cuatro días pedí el alta voluntaria porque si la dejaba allí la encontraban. Y si la encontraban le preguntaban. Y si le preguntaban decían tu nombre.
—¿Y por qué no la dejaste ir?
—Porque ella no quería ir.
—Eso no es una razón.
—Es la única que tengo. —Y se frota la cara con las dos manos, y cuando las baja tiene los ojos mojados y no se los limpia—.
Le pregunté tres veces, Vera. Tres. En marzo, en junio y en septiembre.
Y las tres veces me dijo lo mismo: que no quería denunciar, que no quería un hospital, que no quería volver al pueblo, y que lo único que quería era que su hermana recordara.
—Y tú la encerraste.
—Yo la guardé.
—Eso es lo mismo.
—No lo es. —Y en nueve días no le había oído levantar la voz, media nota, y la vuelve a bajar—.
Un hombre que encierra a alguien quiere que no salga.
Un hombre que guarda a alguien quiere que no le pase nada.
Y a Marga no le ha pasado nada en tres años.
Come, duerme, lee treinta y dos libros. Se cepilla los dientes treinta y ocho veces todas las noches.
Y tiene una cama hecha al lado de la suya que lleva un año esperando.
—Espera. ¿Cómo sabes lo de los treinta y dos libros?
Silencio.
—Porque se lo pregunto —dice—. Todos los meses.
Me levanto del taburete. Voy hasta la ventana de la cocina, que da al jardín, al seto de boj y a la casa de al lado. Me quedo ahí de pie con las manos en los bolsillos. Hago la cuenta entera. Y la cuenta me da una cosa que no quiero.
—Galo. ¿De quién es el pasaporte que hay en tu caja fuerte?
No contesta.
—El pasaporte no es tuyo. El pasaporte está caducado desde hace tres años y tiene una foto de una mujer con el pelo largo y un jersey azul. —Me giro—. ¿Por qué tienes tú el pasaporte de mi hermana?
—Porque si ella quiere salir algún día, necesita un nombre.
—¿Y por qué necesita un nombre si está muerta?
—Porque las muertas no cruzan fronteras, Vera. —Y lo dice sin ironía ninguna, sin énfasis, con la voz plana de un hombre que ha pensado esta frase muchas veces—. Y yo llevo años preparándole la salida a una mujer que no me ha pedido ninguna.
Me quedo mirándole.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Contigo.
—Sí. ¿Qué pasa conmigo en tu plan?
Galo coge su taza. La mira. Y la deja otra vez en el posavasos sin beber.
—Que tú eres la única parte del plan que no he conseguido sostener.
—Explícamelo.
—No. —Se levanta—. Esta noche no. Esta noche ya has oído lo del juez y ya sabes lo del pasaporte y ya has hablado con Darío Ferrán en un coche blanco detrás del campo de fútbol. —Recoge las dos tazas. Las pone en el fregadero—. Mañana bajas. Y ella te lo cuenta entero. Y yo no estoy.
—¿Dónde vas a estar?
—Fuera.
—¿Fuera de la casa?
—Fuera.
Abre el grifo. Empieza a fregar las dos tazas, de espaldas a mí, con el agua muy caliente, porque le sale vapor.
Yo me quedo en el marco de la puerta del salón mirándole la espalda durante nueve segundos, lo que tarda la caldera en dar su golpe, y entiendo las dos de golpe.
Que este hombre lleva años haciendo de carcelero de una mujer que no le ha pedido nada.
Que yo llevo dos semanas creyendo que el carcelero era él.
—Galo. La lista de la compra.
—¿Qué lista?
—La que está pegada detrás del imán de la nevera, con cinta de carrocero. Con letra temblorosa. «Pescado blanco, dos raciones, del tamaño de una mano.»
Se le para el agua dos segundos.
—La escribe ella —dice.
—No hace falta que me lo jures.
—¿Y?
—Que tú la copias. En mayúsculas pequeñas, todas de la misma altura. —Me acerco un paso—. Y que llevas años copiando la letra de una mujer que no puede salir a comprar. Y que no se lo has dicho nunca. Y que no la has dejado nunca escribir ella el papel que le das al chico de la furgoneta.
Cierra el grifo.
—Vera. ¿Por qué crees que lo hago?
Esa es la pregunta que llevo dos semanas esperando que me haga alguien, y no tengo respuesta, y se lo digo.
—No lo sé.
—Pues mañana te lo cuenta ella. —Se seca las manos en el pantalón. Se pasa la mano por la cara—. Y cuando te lo cuente, sube. Y me lo cuentas a mí.
—¿Y si no quiero?
—Entonces me habré equivocado tres años.
Sube los doce peldaños. Entra en el estudio. Y esta vez no cierra con llave.
Deja la puerta entornada.