CAPÍTULO 21
«El tabú»
El coche blanco con la antena rota está otra vez en la plaza de la iglesia. Esta vez sé que está ahí porque me lo ha dicho Pilar desde el otro lado del boj, con las tijeras en la mano y sin mirarme.
—Cuatro martes seguidos no son casualidad —ha dicho—. Y hoy no es martes.
Así que a las siete y veinte de la tarde del decimocuarto día salgo por la puerta de servicio y cruzo el jardín. Saco la tarjeta clonada por la ranura de la puerta metálica.
En dos semanas la verja nunca había dependido tan poco de que Galo Salaverría esté de humor en Lisboa.
El coche blanco no está en la plaza de la iglesia. Está en el camino de tierra que hay detrás del campo de fútbol, con las luces apagadas y el motor al ralentí.
Subo. Huele a tabaco frío y a café de máquina y a esa cosa que huelen todos los coches de policía aunque no lleven nada de policía encima.
—No deberías haber venido —dice Darío.
—No.
—Tu marido tiene cámaras en la verja.
—Tiene tres cámaras y ninguna apunta al camino de tierra.
Se gira en el asiento. Me mira. Y se ríe por la nariz, una vez, y se le apaga en seguida.
—¿Cuánto llevas midiendo esa casa?
—Catorce días.
—Yo llevo tiempo midiendo una que ya no existe.
Deja el café en el salpicadero, en un hueco redondo que tiene el plástico, y el vaso encaja con un clic.
En el vaso hay una etiqueta de la máquina de la comisaría con el precio escrito a mano: un euro con veinte.
Debajo, con bolígrafo, alguien ha tachado el precio y ha escrito OTRO.
No significa nada. Es un vaso de café de máquina con un precio tachado.
—¿Qué quieres? —dice.
—Quiero que me cuentes lo del juez.
—No.
—Darío.
—No. —Se pasa la mano por la cara—. Si te cuento lo del juez, tú eres cómplice. Y si tú eres cómplice, yo pierdo la placa. Y si pierdo la placa, no hay nadie buscando a Marga Vega Ortiz. Ni dentro ni fuera. ¿Lo entiendes? No es heroísmo al revés. Es aritmética.
—Entonces cuéntame otra cosa.
—¿Qué?
—Algo que no te cueste la placa.
Se queda mirando el parabrisas. Afuera no hay nada que mirar: un camino de tierra, dos chopos y la luz del campo de fútbol, que se apaga a las nueve y son las siete y media.
—El caso se cerró el nueve de julio —dice—. Cuatro meses después de la desaparición. Lo cerró un juez de instrucción que se llamaba Bermúdez y que firmó el sobreseimiento libre un viernes a las dos menos cuarto de la tarde.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que lo firmó para irse de fin de semana. Significa que no se leyó el informe. —Le da la vuelta al bolígrafo entre los dedos—. O que se lo leyó y le dio igual. Las tres cosas son posibles y ninguna se puede probar.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pedí la reapertura catorce veces.
—¿Catorce?
—Catorce. Me la denegaron catorce. La última con un auto de dos páginas que decía, y cito, que «no consta elemento novedoso alguno que justifique la reactivación de las diligencias».
—Me mira—. Catorce veces. En tres años. Y cada una de las catorce me costó un expediente de información reservada.
Así se llama aquí a que te abran la cabeza para ver si te sale la vocación por el otro lado.
—¿Y por qué sigues?
—Porque no me sale nada por el otro lado.
Se ríe otra vez, y otra vez se le apaga.
Yo hago lo que no estaba previsto: mirarle las manos. Las tiene en el volante, a las diez y diez, y le tiemblan. Un temblor fino, de las puntas de los dedos, que no se ve si no se mira.
—Te tiemblan las manos.
—Tomo mucho café.
—Tomas café de máquina a un euro veinte. Eso no tiembla a nadie.
No contesta. Llevo dos semanas sin hablar con nadie que no sea un marido a través de una puerta, una vecina a través de un seto y una hermana a través de cuatro centímetros de madera maciza.
Digo lo que no iba a decir.
—Yo también conozco a Marga.
Darío se queda muy quieto.
—¿Cómo la conoces?
—De antes.
—¿De antes de qué?
—De todo.
El motor está al ralentí y el coche vibra un poco. La vibración se nota en el asiento y en los hombros. Es un ruido muy pequeño y muy constante. Y durante cinco segundos ninguno de los dos dice nada.
—Marga no tenía amigas —dice al fin—. Tenía una hermana. Y la hermana desapareció dos semanas después que ella, y la familia no puso denuncia porque no quedaba familia, y yo la busqué a ella también durante seis meses y no encontré ni una multa de aparcamiento.
—A lo mejor no quería que la encontraras.
—A lo mejor. —Me mira—. ¿Cómo se llamaba?
Ahí es donde tengo que elegir entre dos mentiras, y elijo la que cuesta menos.
—No lo sé.
—¿Conocías a Marga y no sabes cómo se llamaba su hermana?
—Sé cómo se llamaba. No sé dónde está.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—No. —Miro el parabrisas—. No lo es.
Se me acerca un poco. No mucho: lo justo para que el hombro de su chaqueta, que le queda grande, me toque el brazo. Y se queda ahí.
Yo no me aparto.
Esa es la peor cosa que he hecho en dos semanas. Peor que la ganzúa de clips. Peor que la plastilina. Peor que la gala.
Es un hombro contra un brazo, y nada más, en un coche blanco con la antena sujeta con una brida, en un camino de tierra detrás de un campo de fútbol. A las siete y media de una tarde de marzo.
—Vera. ¿Por qué tiemblas tú?
No contesto. Contesto otra cosa, porque es lo único que sé hacer: le hablo de flores.
—Los tulipanes siguen creciendo después de cortados —digo—.
Dos o tres centímetros en el agua. Si no los pinchas con una aguja por debajo de la corola se tuercen hacia la luz y llegan a la tienda torcidos y ya no sirven.
Yo tenía dos cámaras frigoríficas y treinta y dos cubos y mil ochocientos tulipanes a la semana, y todas las mañanas, a las cinco, pinchaba mil ochocientas corolas con una aguja de coser.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que una flor cortada sigue empeñada en crecer hacia la luz aunque ya no tenga raíz. —Me miro las manos—. Y que si nadie la pincha, se tuerce.
Darío se queda callado. Cuenta hasta cuatro antes de hablar.
—No sé si me estás hablando de tulipanes.
—No.
—¿De qué me estás hablando?
—De que llevo dos semanas torciéndome hacia una luz que no es la mía.
Ahí me coge la mano.
No la aprieta. La coge. Con los dedos temblorosos de las puntas. Me la pone boca arriba en el asiento, entre los dos. Me mira la palma. Y luego me mira el pulgar, que está limpio porque me lo froté con piedra pómez hace una hora en el baño de invitados.
—Tienes las manos de alguien que ha trabajado con agua —dice.
—Veinte años.
—¿En qué?
—En una floristería.
—Marga odiaba las floristerías. Decía que eran cementerios con caja registradora.
Me suelta la mano. Yo la retiro. No por él. La retiro de los dos y la meto en el bolsillo del abrigo. Dentro del bolsillo está el cepillo azul. Está frío, tiene polvo en el cuello y lleva años sin usarse.
Una mujer debajo de mi casa lo ha estado usando todas las noches a las tres y cuarto durante más de un año.
—No puedo —digo.
—No has hecho nada.
—No puedo. Si Marga nos viera…
—Vera. —Y ahora sí me mira entero, con los dos ojos, algo que no había hecho desde que me subí al coche—. Marga lleva tiempo muerta.
El motor sigue al ralentí. La luz del campo de fútbol sigue encendida. Y yo tengo la mano en el bolsillo del abrigo, encima del cepillo, y noto el polvo azul en la yema de los dedos.
—No —digo.
—¿Cómo que no?
—Que no está muerta.
—Vera.
—Está debajo de nosotros.
No digo «debajo de mí». Digo «debajo de nosotros». Y los dos nos damos cuenta de que lo he dicho así al mismo tiempo. Él gira la cabeza hacia la ventanilla y mira el camino de tierra, los dos chopos y la nada, porque desde aquí mi casa no se ve.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
—Has dicho «debajo de nosotros».
—He dicho una cosa que no puedo decirte.
—Vera.
—Si te la digo, entras. Y si entras, no sales. Y si no sales, ella se queda sola otra vez.
Se queda mirándome mucho tiempo. Y luego hace una cosa que yo no habría hecho: no pregunta.
Arranca.
—Te llevo a la verja.
—Puedo andar.
—Te llevo a la verja.
Me deja a sesenta metros, con las luces apagadas, y no espera a que entre. Yo camino los sesenta metros por la cuneta, con las manos en los bolsillos, y cuando llego a la verja y saco la tarjeta oigo el coche pasar por la carretera de atrás, despacio, y no miro.
Entro. La verja se cierra.
En el panel del recibidor, en letras verdes muy pequeñas, aparece una línea que no estaba hace una hora:
19:58 · APERTURA REMOTA · USUARIO 1 (G.S.) 20:41 · APERTURA REMOTA · USUARIO 1 (G.S.) Galo me ha abierto la verja para salir. Me la ha vuelto a abrir para entrar. Desde Lisboa. Sin llamarme. Sin preguntarme dónde he estado ni con quién.
Subo los doce peldaños. Y en el pasillo, debajo de la puerta del estudio, la raya de luz se corta por la mitad.
Galo se ha levantado de la silla.