El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

«Pilar sabe»

Salgo al jardín a la una menos cuarto con el coche blanco de la antena roto ya fuera de mi cabeza, y no lo consigo.

Pilar está podando el boj. Lleva la misma camisa de hombre con las mangas remangadas hasta el codo y los mismos guantes de cuero gastados en el pulgar derecho, y no levanta la vista cuando abro la puerta de servicio.

—Ha venido un coche blanco —dice.

—Sí.

—Con la antena sujeta con una brida.

—Sí.

—Ese coche lleva aparcado en la plaza de la iglesia tres martes seguidos. —Corta una rama. La mira caer—. Los martes no hay misa.

Se me posa algo en el dorso de la mano.

Una avispa. Grande, de esas negras con una raya amarilla en la cintura, que se apoyan sin peso y se quedan quietas tres segundos antes de decidir. No me ha picado. Todavía no sé si va a picarme.

No puedo mover la mano. Si la muevo, me pica. Si no la muevo, me pica igual dentro de ocho segundos. Además Pilar me está mirando las manos desde el otro lado del boj, y lleva dos semanas mirándome las manos.

—No la espantes —dice Pilar.

—No pienso espantarla.

—Pues quédate quieta y no la espantes.

Me quedo quieta. La avispa se queda. Dieciséis segundos.

Los cuento porque cuento todo, y porque contar es lo único que sé hacer con las manos quietas.

Al decimosexto segundo levanta el vuelo y se va hacia el seto, y yo suelto el aire que no sabía que estaba aguantando y me meto las dos manos en los bolsillos del albornoz.

—¿Qué quería?

—Nada.

—Vera.

—Que nada. Ha venido a hacerme unas preguntas y se ha ido.

Pilar deja las tijeras en el suelo, clavadas en la tierra, y se apoya en el mango. Lo hace siempre que va a decir algo que ha decidido decir, y ya he aprendido a distinguirlo: cuando corta mientras habla, es información. Cuando para de cortar, es un veredicto.

—Conocía a Marga.

No lo pregunta. Lo dice mirándome las manos, que están otra vez cerradas dentro de los bolsillos.

No contesto. Si contesto tengo que decir una de dos cosas. Las dos son verdad y ninguna de las dos la he dicho en voz alta a nadie en tres años.

—Conocía a las dos —dice Pilar—. Eran hermanas.

—Pilar.

—Vivían en el pueblo. En la calle del Horno, la segunda casa a la izquierda bajando hacia la plaza. Con un patio detrás y una higuera que se comía la cal de la tapia. —Se limpia la hoja en el pantalón—. Yo vivía al lado. Cuarenta y un años.

—¿Y por qué estás aquí?

—Porque mi hija se fue y la casa de al lado se vació, y yo no podía mirar dos casas vacías al mismo tiempo.

—Coge otra vez las tijeras—. Los contenedores nuevos que han puesto en la plaza son ilegales, ¿sabes?

Están a ocho metros de una fachada y la ordenanza dice quince.

Se lo he dicho al alcalde tres veces y me ha dicho que la ordenanza es de antes.

Como si eso fuera un argumento. Una ordenanza no caduca. Una ordenanza se deroga.

—Ya.

—Nadie me da la razón en este pueblo.

—Yo te la doy.

—Tú no sabes nada de ordenanzas.

—No. Pero sé que tienes razón.

Pilar corta dos ramas seguidas. Y luego hace algo que no la he visto hacer nunca: se limpia la hoja en el pantalón dos veces, aunque la hoja está limpia.

—La mayor era Marga —dice—. La pequeña eras tú.

No contesto.

—La pequeña se llamaba Inés.

El boj huele a gato y a verde amargo. Hace calor. Es la una menos diez de la mañana del decimotercer día. Tengo una avispa dando vueltas a dos metros. Y tengo a una mujer de cincuenta y cinco años al otro lado de una franja de arbusto recortado a cuarenta centímetros que acaba de decirme mi nombre.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estuve allí.

—¿Dónde?

—En la calle del Horno. La noche del catorce de marzo.

Se me seca la boca.

—Pilar.

—Salí a tender a medianoche pasada porque no podía dormir. Es lo que se hace cuando una tiene una hija de veintidós años que no contesta al teléfono desde hace cuatro meses. —Corta—. Y oí gritar.

No digo nada.

—Y no miré hacia la ventana. —Ahora sí me mira, y tiene los ojos muy claros y muy quietos, y no hay nada dentro—.

Dejé la cesta en el suelo. Me quedé en el patio de mi propia casa, con el paño de la cocina en la mano, escuchando a una chica gritar al otro lado de una tapia durante unos cuatro minutos.

—¿Cuatro?

—Cuatro o cinco. No los conté. —Una pausa—. Después sí los conté. Todos los días durante tres años.

La avispa vuelve. Se me pone en el antebrazo esta vez, más arriba, cerca del codo. No la miro.

—¿Y luego?

—Luego nada. Luego silencio. Y a la semana siguiente había un coche aparcado delante de la casa de los Vega tres días seguidos. Y un hombre entraba y salía con una maleta negra. Y al cuarto día la casa se puso en venta y la vendieron en dos meses. Y yo me vine aquí. Y él compró el solar de al lado.

—Galo.

—Galo. —Asiente—. Y tú apareciste el año pasado con un nombre que no es el tuyo y una forma de andar que conozco.

—Pilar. ¿Por qué no fuiste a la policía?

Deja las tijeras otra vez. Se quita un guante. Y se mira la mano, la derecha, que tiene una cicatriz vieja en el pulgar y una uña partida de tanto apretar.

—Porque cuando salí al día siguiente a mirar la tapia, la tapia estaba limpia.

—Se pone el guante—. Y porque en tres años nadie ha venido a preguntarme nada, y eso también es una respuesta.

Y porque yo callé durante cuatro minutos al otro lado de un muro, Inés, y hay cosas que una no cuenta si antes no cuenta la otra.

Se me doblan un poco las rodillas. Me apoyo en la pared de mi casa, en el ladrillo de la fachada norte. Está otra vez caliente, aunque sea la una de la tarde y aquí no dé el sol nunca.

—¿Y por qué me lo cuentas hoy?

—Porque hoy ha venido el coche blanco de la antena rota.

—Coge las tijeras—. Y porque llevas dos semanas midiéndome la casa con una cinta métrica, y una mujer que mide una casa con una cinta métrica ya ha decidido lo que va a hacer y solo está buscando el sitio.

—No sabes lo que voy a hacer.

—No. —Corta una rama gruesa, en dos golpes—. Pero sé lo que hiciste.

Se va hacia su casa sin mirar atrás, arrastrando las tijeras por la hierba.

Yo me quedo de pie en el jardín, con el albornoz puesto a las una menos cinco de la tarde y una avispa en el antebrazo, hasta que la avispa se cansa y se va.

· · ·

Entro. Cierro. Pongo el cerrojo.

En el felpudo, empujado desde fuera por debajo de la puerta de servicio, hay una nota.

Papel de cuaderno de espiral. Borde pelado. Pero los pliegues son distintos: tres, no cuatro, y hechos con toda la mano y no con la uña. Y la letra no tiembla. La letra aprieta hacia abajo y se come las erres.

Yo también tengo un cepillo que no debería estar ahí.

El mío es rojo.

No te voy a contar por qué.

No hay firma. No hace falta. Me quedo de pie en el recibidor con el papel en la mano, y hago la cuenta, y la cuenta no me da lo que esperaba.

Tres cepillos. El azul debajo de mi suelo. El rojo en el baño de al lado. Y el blanco en el vaso de mi baño: el mío, el único de los tres que alguien usa para lo que se usan los cepillos.

Una mujer al otro lado del boj que lleva años callando cuatro minutos de gritos, y que hoy ha decidido hablar porque ha visto un coche blanco con la antena sujeta con una brida.

Subo al baño. Abro el cajón de la izquierda.

El cepillo azul no está.

Está en el vaso. De pie. Con las cerdas hacia arriba. Y el jabón de flores ya no está a la derecha: está en el centro del lavabo, desenvuelto, con la esquina blanda hacia arriba y una marca de tres dedos hundida en la pasta.

Alguien ha subido mientras yo estaba en el jardín.

Alguien ha usado el jabón.

Alguien ha puesto el cepillo en el vaso, de pie, junto al mío. Exactamente donde yo lo puse la primera noche y exactamente donde Marga lo puso la noche del segundo día.

Cojo el jabón. Lo acerco a la nariz.

Nardo. Jazmín. Un tallo verde partido.

Debajo, otra cosa, y en trece días no la había visto: sudor. Sal. Una mano que ha estado apretando algo de metal durante mucho rato.

Una tijera de podar.

Dejo el jabón en el centro del lavabo. No lo devuelvo al cajón.

Escribo en la libreta, con la letra de Galo:

DÍA 13 · PILAR SABE TODO Y HA CALLADO TRES AÑOS. MARGA HA SUBIDO MIENTRAS YO ESTABA FUERA. HAY TRES CEPILLOS EN DOS CASAS.

Debajo, con la otra letra, una sola línea:

Ya no estoy buscando.

Ya me están encontrando.