CAPÍTULO 19
La bandeja de plástico tiene un número en el culo. Un cuatro.
Marga lo sabe desde el segundo mes. Lo ha mirado cuatrocientas veintiséis mañanas y no significa nada.
Es el número de molde de una fábrica de menaje de hostelería en un polígono de Castellón.
Venden lotes de quinientas unidades a residencias y a colegios mayores.
Lo sabe porque se lo dijo Galo una vez, sin querer, cuando ella le preguntó por qué la bandeja era naranja.
Es el único dato del mundo exterior que ha entrado en esta habitación en estos años sin pasar por la boca de nadie.
Hoy no mira el cuatro.
Hoy está encima de la silla, con la oreja en la rejilla, desde las once y veinte de la mañana.
· · ·
Oye el timbre.
El timbre de la puerta principal suena en toda la casa y el conducto se lo trae con un retardo de medio segundo. Marga cuenta ese medio segundo todos los días desde hace más de un año, porque es la única manera que tiene de saber por dónde pasa el tubo.
Pasos descalzos. La puerta. Una voz de hombre que no es la de Galo.
Se le para el corazón un compás entero. Y no es por la voz.
Es por cómo respira Inés cuando oye esa voz.
Marga lleva años escuchando a su hermana a través de un tubo de aluminio. Sabe cómo respira cuando miente: aguantando. Sabe cómo respira cuando mide: por la boca y despacio. Sabe cómo respira cuando duerme, que no lo sabe nadie más que ella en el mundo.
Esta respiración no es ninguna de las tres.
Es una respiración corta, de arriba del pecho, con la boca cerrada. Así respira una persona delante de alguien a quien ha querido.
—Marga era mi prometida.
La voz del hombre sube por el conducto con las consonantes comidas, pero la palabra «prometida» llega entera, porque es una palabra larga y el tubo se le da bien lo largo.
Marga cierra los ojos.
Tres años.
Tres años oyendo a Galo decir «está muerta» y «fue una incineración» y «no hay cuerpo». Tres años tragándoselo.
Ahora resulta que en algún sitio de ahí fuera hay un hombre buscando su cadáver sin cadáver desde hace tres años. Que ese hombre ha entrado en la casa. Que está sentado en el salón, a dos metros por encima de su cabeza. Y que acaba de decir que era su prometida. Era.
Lo ha dicho en pasado.
—No lo sienta. Todavía no sabe lo que tiene que sentir.
Marga, que lleva años ensayando una sola frase, se da cuenta de que acaba de oír la mejor frase que ha oído en tres años y de que no es suya.
· · ·
Dentro de la cabeza tiene otra cosa.
Darío era suyo.
No en el sentido de las personas, que las personas no son de nadie y ella lo sabía mejor que nadie porque llevaba años siendo de alguien.
En el otro sentido: el de que había un hombre en el mundo que sabía cómo tomaba el café.
Que se acordaba de que no podía dormir con la ventana cerrada.
Y que una vez le regaló un diccionario de latín porque ella había dicho, en una cena, que le habría gustado hacer Filología Clásica.
Un diccionario de latín. Nadie regala un diccionario de latín si no está escuchando.
Luego vino su hermana. Luego el sótano. Luego las tablas en la ventana alta, y Galo, y la casa de en medio, y esta.
Abre los ojos.
Baja de la silla. Va hasta la cama. Se sienta en la suya, no en la otra, porque la otra ya no es suya desde hace dos noches y todavía no se ha acostumbrado a que no lo sea.
Saca el cortauñas del dobladillo.
No para la rejilla. Los cuatro tornillos llevan dos años en el dobladillo de la manta y la rejilla lleva dos años suelta. Es solo que el cortauñas pesa poco y cabe en la mano, y que cuando lo tiene en la mano piensa mejor.
Se lo pasa del pulgar al índice. Del índice al pulgar.
Arriba, en el salón, Inés dice «no lo sienta».
Marga lleva tiempo oyéndola mentir. Y esta mentira no le da rabia, porque es de protección y no de huida. Porque su hermana acaba de decirle que no a un hombre que podría sacarla de aquí en veinte minutos.
Se queda muy quieta con el cortauñas en la palma.
—Si él la toca, salgo —dice en voz baja.
Nadie contesta. La madera no contesta nunca.
—Y no vuelvo a bajar.
Se levanta. Vuelve a la silla. Pone la oreja en la rejilla otra vez.
Arriba, en el salón, oye cómo Inés le dice que no a la única persona del mundo que ha venido a buscarla.
—Tres años esperándote, hermana —dice Marga, contra el aluminio, tan bajo que ni el tubo se entera—. Y ahora viene él.
Se baja de la silla. Alisa la segunda cama con la palma abierta, de arriba abajo.
—Pero no te preocupes.
—Yo también sé esperar.