CAPÍTULO 18
«El inspector»
Llaman al timbre a las once y veinte de la mañana del decimotercer día, y el timbre suena.
Llevo trece días en esta casa y es la primera vez que suena el timbre. El interfono del jardín se descuelga solo y no habla. El portero de la puerta metálica no da señal. El teléfono fijo deja entrar lo que alguien decide que entre.
Anoche entré con el portátil en la web de la Fundación Nido, porque la fibra va por cable y el portátil sí funciona. La memoria de cuentas sigue colgada. Lo que ha cambiado es la página de la subasta: donde el martes ponía «Lote único: obra gráfica contemporánea», ahora pone
«Destino del lote: proyecto Nido-Casa». Debajo, en un cuerpo de letra más pequeño, unas iniciales que no son una firma.
O. S. Pero el timbre de la puerta principal suena, con dos notas alegres de casa de urbanización, porque el timbre no lo instaló Galo para las visitas: lo instaló el constructor, y el constructor no sabía nada.
Voy descalza por el pasillo, con la tarjeta clonada en el bolsillo del albornoz y el cepillo azul en el otro, porque llevo dos días llevándolo encima y ya no sé por qué.
Abro.
Hay un hombre de unos cuarenta años en el porche, con una chaqueta que le queda grande y una carpeta de plástico bajo el brazo. Detrás, en la grava, un coche blanco sin logotipos con una antena rota sujeta con brida.
—Buenos días. Darío Ferrán. —Saca una placa y me la enseña el tiempo justo para que yo lea dos palabras y ninguna cifra—. Inspector. Grupo de Personas Desaparecidas.
—No he llamado a nadie.
—No. —Baja la placa—. Conste en acta. Por eso he venido yo.
Se queda mirando la fachada por encima de mi hombro, dos segundos, y luego me mira a mí, y luego vuelve a la fachada. Y yo hago algo que no había hecho en trece días: me tapo el escote del albornoz con la mano.
—¿Puedo pasar?
—Mi marido no está.
—Lo sé. Está en el estudio. Lleva cuatro días.
No contesto. Él tampoco. Se queda en el umbral con la carpeta bajo el brazo y las manos muy quietas, y entiendo que no va a entrar hasta que yo lo invite, y que esa cortesía es una herramienta de trabajo.
—Pase.
· · ·
Le ofrezco café y dice que no. Le ofrezco agua y dice que sí, y cuando voy a la cocina a por el vaso oigo que no se sienta.
Al volver está de pie delante de la ventana del salón, mirando el rectángulo de ladrillo visto de la fachada norte. No lo mira desde fuera. Lo mira desde dentro, con la cabeza ladeada, calculando.
—Ahí iba una ventana —dice.
—Ahí no ha ido nunca nada.
—Ahí iba una ventana. —Se gira—. Mide noventa por ciento veinte desde fuera. Desde dentro hay un armario empotrado de sesenta de fondo. Sobra un hueco.
Me quedo con el vaso en la mano.
—¿Usted ha visto los planos?
—No. —Se guarda la libreta en el bolsillo de la chaqueta—. He visto la fachada. Y he medido el pasillo dando vueltas alrededor de la casa. Es lo que hago cuando no me dejan entrar. Treinta y cuatro pasos de esquina a esquina. Desde dentro, su pasillo debe de tener unos veinte.
Cuenta. También cuenta.
—Siéntese, por favor.
Se sienta en el sofá, con la carpeta en las rodillas, y la abre por una pestaña de plástico, y saca una fotografía impresa en color del tamaño de un folio. La deja encima de la mesa de cristal, boca arriba, y no la empuja hacia mí. La deja ahí y espera. Es una mujer.
Pelo largo y oscuro recogido en una coleta mal hecha. Una cara ancha, con la mandíbula de alguien que aprieta los dientes al dormir. Un jersey de lana azul. Detrás, una pared de gotelé con un cuadro torcido.
No es la fotografía de la carpeta azul. En la de la carpeta azul la mujer está sentada en el borde de una cama sin hacer y tiene las sombras moradas de los ojos y las uñas mordidas.
En esta la mujer está de pie en la calle, entornando los ojos contra el sol, y se ríe con la boca cerrada, como se ríe la gente a la que no le gusta que la fotografíen.
Al pie, con letra de imprenta:
MARGA VEGA ORTIZ · 44 AÑOS · DESAPARECIDA EL 14 DE MARZO HACE TRES AÑOS Yo estoy de pie en el salón de mi casa, con un vaso de agua en la mano derecha, mirando la cara de mi hermana muerta de viva, y lo que estoy pensando no es nada útil.
El jersey azul de la foto es del mismo azul que el cepillo que llevo dos días tocándome en el bolsillo del albornoz.
El hombre que tengo sentado en el sofá lleva tiempo buscando a esa mujer fuera del sistema, sin placa y sin sueldo, porque alguien con dinero le dijo a un juez que el caso estaba cerrado.
Ese alguien tiene una caja fuerte en el despacho que hay a cuatro metros de donde estoy yo.
Y dentro de esa caja hay un pasaporte que no es de mi marido.
Yo llevo trece días midiendo paredes con una cinta métrica, copiando tarjetas con plastilina y marcando cinco números en un teléfono que no me deja llamar a nadie.
En ningún momento de esos trece días se me ha ocurrido que pudiera haber otra persona en el mundo haciendo exactamente lo mismo, por exactamente la misma razón.
Esa persona está sentada en mi sofá. Con una chaqueta que le queda grande y una carpeta de plástico en las rodillas.
Y acaba de poner la fotografía de mi hermana boca arriba encima de mi mesa de cristal y no la ha empujado hacia mí, porque lleva quince años aprendiendo que si la empuja la gente no la mira.
—¿La conoce? —dice.
—No.
—Mírala bien.
—Ya la he mirado.
—No. —Y levanta la voz media nota, y en seguida la baja—. No la ha mirado. La ha reconocido. Son dos cosas distintas y usted ha hecho la segunda.
Me siento en el sillón de enfrente. Dejo el vaso en la mesa, al lado de la fotografía, y el vaso hace un ruido pequeño contra el cristal.
—¿Qué quiere?
—Quiero saber por qué una mujer que no conoce a Marga Vega Ortiz tiene en el bolsillo del albornoz un cepillo de dientes que es del mismo azul que su jersey.
Silencio.
—No tengo ningún cepillo en el bolsillo.
—Tiene la mano izquierda metida en el bolsillo desde que he entrado.
—Se inclina un poco hacia delante, con los codos en las rodillas—.
Y tiene el pulgar manchado de polvo azul.
Es un polvo muy fino. Se mete en las rayas del plástico cuando un cepillo lleva meses guardado en un cajón y alguien lo coge muchas veces.
Me saco la mano del bolsillo. La miro. El pulgar está gris.
—Yo soy florista —digo—. Tengo las manos siempre sucias.
—De tierra.
—De tierra.
—El polvo de un cepillo de dientes no es tierra, señora Salaverría. Es polvo de baño. Y es azul.
Deja la carpeta en el sofá. Se queda con las dos manos abiertas encima de las rodillas, y hace lo que no hacen los policías de las películas: se cansa. Le veo cansarse. Le veo decidir que no va a apretar más, y le veo elegir otra frase, y le veo descartar dos antes de decir la tercera.
—Marga era mi prometida —dice—. Íbamos a casarnos en septiembre. Se fue en marzo.
—Lo siento.
—No lo sienta. Todavía no sabe lo que tiene que sentir.
Me mira de una manera distinta. No a la cara: a la línea del pelo, a la forma de la mandíbula, a la distancia entre los ojos. Es la mirada de un hombre que ha mirado una fotografía impresa en color durante tres años y ha aprendido a descomponerla.
—Usted se parece mucho a alguien —dice.
—A mucha gente.
—A alguien que debería estar muerta.
El vaso está encima de la mesa. La fotografía está al lado del vaso. Y entre las dos hay once centímetros de cristal y yo estoy mirando los nueve centímetros porque si levanto la vista tengo que mirarle a él.
—No sé de quién me habla.
—Ya. —Se levanta—. Eso es lo que dicen siempre. Y a veces es verdad.
Recoge la fotografía. La guarda en la carpeta. La carpeta bajo el brazo.
En la puerta se para. Con la mano en el marco me enseña tres cuartos de cara, exactamente igual que Galo.
Esa coincidencia me hiela más que todo lo que ha dicho en cuarenta minutos.
—Una cosa más.
—Diga.
—Su marido compró un saco de plastilina blanca en la papelería de la plaza el jueves. Y una cinta métrica. Y un cuaderno de cuadrícula.
No contesto.
—El chico de la papelería se acuerda porque pagó con tarjeta y el nombre de la tarjeta no es el suyo. —Se pone bien la chaqueta, que le sigue quedando grande—. Es el de su mujer.
Baja los tres escalones del porche. Se para en la grava. Y antes de subir al coche blanco con la antena rota se gira otra vez.
—Señora Salaverría.
—Dígame.
—Si algún día decide llamar a alguien, no use el teléfono de su casa.
—¿Por qué?
—Porque su casa no tiene teléfono. —Abre la puerta del coche—. Tiene una línea. Y una línea la decide otro.
El coche se va por la grava. La verja se abre sola, con la APERTURA REMOTA que aparecerá en el panel dentro de nueve segundos.
Yo me quedo en el porche descalza, con las manos vacías y el pulgar gris de polvo azul. Y me doy cuenta de que llevo trece días esperando que alguien viniera a buscarme.
De que acaba de venir.
De que le he mentido.
· · ·
Subo al baño. Me lavo las manos con el jabón de limón de bote, el que huele a un limón que no existe, y me las lavo hasta que el pulgar deja de estar gris.
Luego abro el cajón de la izquierda y dejo el cepillo azul dentro. Alineado. Con el jabón de flores a la derecha, como lo encontré la primera noche.
Escribo en la libreta, con la letra de Galo, una sola línea:
DÍA 13 · HA VENIDO DARÍO FERRÁN. BUSCA A MARGA FUERA DEL SISTEMA DESDE HACE TRES AÑOS. SABE LO DE LA PLASTILINA. SABE LO DEL CEPILLO. NO SABE LO DE ABAJO.
Debajo, con la otra letra:
Yo no le he dicho nada.
Porque si le digo algo, entra.
Si entra, Marga se queda sola otra vez.